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Delfina Bunge. Diarios íntimos de una época brillante

por: Dra. Ana María Peppino Barale [*]

RESEÑA

Delfina Bunge. Diarios íntimos de una época brillante
de Lucía Gálvez.
Buenos Aires, Planeta, 2000. 318 pp.


Capitularuando Lucía Gálvez le comentó a Félix Luna (1925), que quería escribir un libro sobre su abuela, el eminente historiador argentino le preguntó qué iba a contar de una mujer que no cometió adulterio, que no se casó de nuevo, que no se divorció. Afortunadamente, la también historiadora y escritora no sacó el dedo del renglón porque intuía que el diario personal de su querida y admirada “Mami”, era un registro de su época y su clase social, un fresco de cómo vivió una familia pudiente en las postrimerías del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX; particularmente, resaltando la restrictiva educación de las mujeres que eran consideradas “bellos adornos”, sin libertad para decidir su vocación ni su propia vida, y ante lo cual Delfina dejó testimonio de su inconformidad ante la imposición de ciertas conductas que le resultaban humillantes.

Delfina Bunge Arteaga nació el 24 de diciembre de 1881, en una casa de la calle Tacuarí en el barrio de San Telmo de la capital argentina; hija de María Luisa Artega y de Octavio Bunge. Al respecto la autora fija los orígenes familiares

Como muchas familias argentinas, la de los Bunge Arteaga fue el resultado de una conjunción de conquistadores o comerciantes españoles, llegados en distintos siglos, con criollos nacidos en la tierra, alguna autóctona princesa inca y algún representante de otra nacionalidad, en este caso, el abuelo prusiano Karl August Bunge. (p. 120)

Las familias de aquella época eran prolíficas, la de Octavio Bunge no lo fue menos, nueve varones (dos fallecidos infantes) y dos mujeres, todos crecieron con la ciudad de Buenos Aires y participaron activa y productivamente en su progreso. Octavio, abogado, fue miembro de la Suprema Corte, dedicó sus empeños a la educación de sus vástagos, seis hombres[1] y dos mujeres (Delfina y Julia un año mayor), que compartían música, lecturas y el cultivo de una pequeña parcela de tierra en la quinta familiar, sin embargo sólo los varones siguieron estudios superiores, tal la costumbre de la época.

No bien aprendió a escribir, Delfina comenzó a “borronear página tras páginas”, y ella misma reconoció tempranamente a la escritura como una de sus vocaciones -la otra era el piano-, y le costó tiempo para que su familia la reconociera como tal y no como un simple entretenimiento. Comenzó su diario en 1897, cuando a los quince años la sacaron del colegio de “madres” y la alejaron de sus compañeras, por lo que ella y sus amigas más cercanas decidieron escribir cada una un diario para compartir su lectura y así poder sustituir “los alegres ritos de las clases diarias”. Delfina había reclamado a su mamá y a sus tías, que no hubieran conservado nada de su propia madre y abuela, negándole a ella la posibilidad de “palpar un poco lo que ellas fueron de jóvenes”. Será por eso que no le negó a su propia nieta, Lucía Gálvez, la oportunidad de hurgar en los 18 cuadernos manuscritos, más cinco volúmenes escritos a máquina, que dejó como herencia y testimonio de su paso por este mundo.

Ante tal cúmulo de páginas, cerca de diez mil, el lapso referido en este libro va del sábado 8 de abril de 1899 a fines de 1909, en las puertas de su boda con el escritor entrerriano Manuel Gálvez (1882-1962), que se celebró el 21 de abril de 1910. El contenido del diario de vida de Delfina no se presenta cronológicamente, sino que su incorporación responde a la organización por temas de cada uno de los diez capítulos que componen la obra, y se alterna con las explicaciones que la autora introduce para proporcionar el contexto necesario para una comprensión más precisa, tal como en el inicio del primer capítulo dedicado a la “Infancia y adolescencia en Buenos Aires y San Isidro”, donde da cuenta del liderazgo del hermano mayor, Carlos Octavio, y de su método para enseñarle a su hermanita de siete años a tocar el piano a cuatro manos; rudo pero efectivo, después de una sencilla explicación frente al pentagrama le indicaba cómo colocar los dedos sobre el teclado y le avisa que cuando se equivoque la pellizcara. Delfina anota que seguramente recibió la ayuda del espíritu santo porque “los pellizcos no fueron tan numerosos como las notas”. (p.18) Tuvo la suerte de asistir a las tertulias familiares donde cada uno de sus hermanos exponía y defendía sus puntos de vista, lo hacían con tal ímpetu que no le dejaban tiempo para hablar, pero sí para asimilar todo lo que escuchaba. La música era parte de la familia y cada uno tocaba un instrumento, Delfina sentía particular devoción por Beethoven, lo que la llevo a preguntarse: “¿Qué libro de meditaciones tengo que me valga el de las sonatas de Beethoven?”. En mayo de 1899 tiene el primer encuentro con La Walkiria de Wagner y señaló compungida que dos oídos le resultaban demasiado pequeños para una música como aquella, (p. 21) Poco convencional, no aceptaba que todo lo que hiciera una joven debía estar dirigido a tener novio, lo que la llevó a disgustarse con su madre y hermana Julia más apegadas a las reglas de la moda; respecto al uso del corsé señalaba que pronto se vería como un acto de barbarie, a lo que su madre le respondía que ella “no quería tener un cuerpo como la gente”. Su familia, particularmente las mujeres, no aprobaba esa manía suya por escribir en todo momento y lugar, que la llevaría a “tomar fama de literata”. En ese tiempo y entre las familias pudientes ser actriz o escritora era muy mal visto. Se revolvía en contra de afeites y emperifollamientos para asistir a las reuniones sociales, pero se divertía en ellas aunque hubiera querido:

Poder conversar con jóvenes largamente y así encontrar una especie de amigos. Conversar niña y joven con sinceridad…Frecuentar la sociedad sin perder miserablemente el tiempo. Yo no puedo vivir sólo de pensamientos, de sentimientos; necesito obras… Pero en cuanto digo lo que pienso me tratan de “emancipada”. (p.26)

La religión era una parte importante de la vida de las mujeres en las postrimerías del siglo XIX y las lecturas recomendadas insistían en las conductas ejemplares –como si todas fueran monjas-, prédicas ante las cuales Delfina asumía una actitud prudente; no aprobaba las penitencias corporales y en lugar de castigar su cuerpo, cuidaba su salud. Pero, era difícil defenderse de una educación influenciada por sacerdotes y monjas que reforzaban en las jóvenes ideales de pureza y virginidad; así, en el segundo capítulo “Las dudas del primer amor”, deja constancia de su primera experiencia sentimental que se inicia cuando se le presenta la oportunidad de conversar por primera vez a solas con un joven, mientras cabalgan por las sierras cercanas a Rosario de la Frontera (provincia de Salta), donde había viajado con una familia amiga. Los ojos azules del muchacho prendan a Delfina que casi un año más tarde, el 13 de diciembre de 1901, anota en su diario:

Hoy, no sé por qué, he recordado todo el día esos ojos y esa voz. Esa voz entre la espesura de aquel paseo, y esa mirada que, vagando por los vastos corredores y en el comedor, se encontraba tan a menudo con la mía. Es un recuerdo, un leve sentimiento que por un lado no admite duda, y por el otro no admite tampoco la comparación con ningún otro. Con ningún otro conocido de mí, o leído… Y no le he vuelto a ver; y no deseo verlo. (p. 48)

En el interesante capítulo III, “Esplendores y miserias de fines del siglo XIX y principios del XX (mentalidad y sociedad)”, Lucía Gálvez encuadra históricamente la “belle époque” porteña en la cual el grupo privilegiado económicamente paseaba sus elegancias europeas por bailes, paseos y encuentros donde, invariablemente, se encontraban las mismas familias. Época donde la ciudad puerto fue forjando su calidad cosmopolita y construyendo los palacetes que hasta hoy embellecen el barrio norte. También, tiempo de llegada de las grandes olas migratorias y del nacimiento del tango[2]. Delfina siempre dividida entre la vida social de toda “niña bien” y sus quejas por la manera en que se pierde el tiempo esperando turno con la modista, entre el goce por interpretar a Beethoven y de oír los aires populares emitidos por el organito callejero. La familia Bunge Arteaga tenía un gran sentido social por lo que Delfina reaccionaba en consecuencia, así cuando en 1904 las huelgas de trabajadores cortaban todos los servicios y mantenían los negocios cerrados, ella escribe: “Estos movimientos deben ser útiles para que comprendamos todos un poco a la humanidad, y a la humanidad obrera, y a los ‘resortes’ que mueven la ‘sociedad’.”

Delfina Bunge falleció el 30 de marzo de 1952 en Alta Gracia, provincia de Córdoba, donde había ido para celebrar los 35 años de la inauguración de la gruta de Lourdes que ella misma había mandado construir. Un lugar que le era muy grato pues desde principios del siglo XX su familia pasaba los veranos en esas sierras cuyo aire seco y puro era recomendado por los médicos en una época en que la tuberculosis hacía estragos entre jóvenes, sin importar la clase social. En, “Las sierras de Córdoba y los porteños de la belle époque” (cap. IV), pasan los veranos de 1901 y 1902, ahí sin las tirantes costumbres de la sociedad citadina, se siente a sus anchas cabalgando y relacionándose con muchachas y muchachos de su edad con algunos de los cuales establecieron una amistad que duro toda su vida. Es sorprendente la claridad y viveza con que detalla paisajes, personas, situaciones, sentimientos…

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Delfina Bunge

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El quinto bloque –hubiera sido más útil al inicio-, Gálvez lo dedica a la familia Bunge Arteaga y resalta las situaciones que la hacen fuera de lo común en su ambiente. No faltan mujeres cercanas a la madre, María Luisa Arteaga, que le expongan directamente su opinión; una, la urge para sacar a sus hijos de tanto estudio, trabajo y política, para dedicarse más a las actividades sociales, pues era un desperdicio que tan buenos mozos se dedicaran a tanta ciencia y perdieran la oportunidad de relacionarse “con las mejores niñas” para casarse; igual las chicas, dedicadas al piano y al canto, además de “leer unos libros muy raros” que deben dejarlos para “que se busquen un novio como deben hacerlo todas las niñas”. Otra, más sensata, resalta las virtudes de los jóvenes que se destacan en todo lo que emprenden, así como de las hermanas tan “bonitas y distinguidas, tan inteligentes y preparadas […] que se ve que no se lo pasan leyendo novelitas sino libros serios. Todos merecen casarse con lo mejor de lo mejor”. (p. 130,131) Si bien, en enero de 1903, Delfina le dice seriamente a su madre que ella no se casará, que trabajará aunque sea lavando pisos para mantenerse, ya que tiene “la inteligencia necesaria para comprender que cualquier trabajo es lo mismo” (p. 133)

En el sexto capítulo se recopilan las sabrosas anotaciones de Delfina en diversos años, sobre los veraneos en “San Isidro”, esa zona privilegiada al norte de Buenos Aires y pegada al Río de la Plata que fue escogida por la burguesía porteña para pasar los veranos; ahí, en los primeros días de 1900, Delfina apuntó su felicidad de estar en contacto con la naturaleza donde hasta las tormentas le parecían espléndidas porque la crecida del río “avanzaba por los caminos y formaba lagos entre los árboles con gran ruido”; de igual modo, con una “azada en la mano, sacando las viejas raíces inútiles de la tierra” (p. 156), sentía que valía más porque con sus propias manos ayudaba a preparar una cancha para el cróquet. En el séptimo, “Tres musas porteñas y algunos retratos de amigas”, Delfina registra la relación estrecha iniciada en la infancia con sus dos amigas más íntimas -las tres habían intercambiado sus diarios-, y que, en los albores del siglo XX, compartían sus inquietudes literarias y los pormenores de las relaciones con los festejantes; igual, retrata a varias otras de su círculo familiar y social. Es notable la descripción minuciosa del físico, carácter, vestimenta y, particularmente, de las relaciones de las nombradas con miembros del otro sexo; esto último tiene significado actual porque permite establecer los antecedentes de los vínculos que concluyeron en matrimonio y, también, fueron objeto de comentarios por la propia Delfina cuando al pasar a máquina su diario en 1928, veinte años después, se presentó en su casa uno de los festejantes de aquella época al que no había vuelto a ver.

La vocación de Delfina Bunge por la escritura tuvo un impulso inesperado cuando el 24 de junio de 1904 le informaron que había ganado una tercera mención en Fémina, la revista francesa de moda, entre miles de participantes. El tema: “la jeune fille d’aujourd’hui, est-elle heureuse?”. Precisamente para solicitarle el artículo para su publicación en la revista de la que era editor, ese día toca a la puerta Manuel Gálvez, compañero de la Facultad de Derecho de Roberto Bunge, hermano de Delfina; así comienza el capítulo VIII, “Amor y literatura”. Al respecto asienta en el diario la incorporación de Manolo en las reuniones dominicales, además de que “entra y sale cuando quiere. Y si no hay nadie y estoy estudiante el piano, tiene derecho a entrar y a tener un bout de charla conmigo, como colega.” (p. 209) Es de notar la dificultad de Delfina para reconocer que puede enamorarse, ya que consideraba al amor divino muy por encima del amor humano, sin embargo después de un retiro espiritual en octubre de 1905, cambió su actitud y se dispuso a atender lo que la vida le presentara.

Lucía Gálvez razona que su abuela no rechazaba el matrimonio sólo por su religiosidad o por represión sexual, sino porque intuía que la tareas del hogar no le permitirían continuar con su vida de libertad intelectual y que estaría aprisionada en una cómoda casa burguesa, dejando de lado todo lo que hasta ese momento había sido su felicidad: la música, la escritura, las charlas amenas, la libertad… Se resistía mucho a dejarse llevar por el amor, y él no se animaba a declararse por medio al rechazo. El desenlace fue rápido porque Manolo partía a Europa y su padre consideró conveniente ir a pedir la mano de Delfina a casa de los Bunge Arteaga, porque no era correcto que se escribieran si ella no estaba “pedida”. El contraste con la realidad actual es profunda y solo puede aquilatarse si se conoce cómo se actuaba en el pasado, de ahí la importancia de este diario y similares.

El penúltimo capítulo “Delfina y Victoria [Ocampo]”, pudo haber seguido al VII para dar continuidad a los escritos sobre las amigas, entendiendo la necesidad de un espacio aparte por tratarse de esa otra rebelde que, ella sí, fue rompiendo uno a uno los convencionalismos sociales y familiares y fundó la mítica revista SUR y la editorial del mismo nombre. Victoria (1890-1979), escribió a Delfina solicitando, casi exigiendo: “Un poco de amistad para mí, Delfina. Tengo dieciséis años y a esa edad uno necesita confiar en alguien, sino el corazón estalla […].” Por su parte, Delfina no comprendía bien ese interés de ser su amiga, no solo por la diferencia de edad sino porque no encontraba relación entre ella “demasiado filósofa y razonadora frente al brillo de sus ilusiones de gloria y de mundo” (p.239). Cada una a su manera luchaba por la libertad de seguir su vocación, aunque la ruta de Delfina estaba impregnada de un catolicismo a ultranza. Al poco tiempo de la muerte de Delfina, la familia entregó a Victoria todas sus cartas que habían sido encuadernadas por la receptora –las suyas, en cambio, se perdieron-.

“Noviazgo, misticismo y enfermedad”, capítulo X, cierra este libro que recoge con inteligencia el diario de una mujer que expresa sus dudas y temores, producto de una sensibilidad extrema que no logra empatar la rigidez y puritanismo de la educación recibida de monjas católicas que exacerbaron su tendencia mística y que la llevaron casi al convento, si no fuera porque su familia no la alentó a ello, por el contrario uno de sus hermanos mayores le señalaba que una mujer inteligente puede permanecer soltera si así lo deseaba sin desmedro de su dignidad. Delfina anota:

No puedo echar la culpa de todo esto a mi educación. […] Yo aceptaba la idea de querer como una especie de calamidad; me preocupaba tan sólo la idea de casarme. ¡Casarme! ¡Tener que casarme! Era una de las cosas terribles de la vida. Ante esa idea –tan tremenda- la persona resultaba lo de menos. (p.263)

Tal su conflicto ante el noviazgo con Manuel Gálvez, quien después de siete meses y medio en Europa regresa y se queja del poco tiempo que pueden pasar solos, situación que a ella la impresiona: “hay quizá algo demasiado intenso, y no resisto mucho…me siento agotada, diré.” (p.269) Poco a poco fue acostumbrándose, hasta que “un beso de amistad, de cariño, de amor”, le lleva a declarar: “Hemos hecho las paces, el amor y yo”(p.273), ¡aunque se desmayó al recibirlo! La debilidad de Delfina y su delgadez -46 kilos- asustó a los médicos que sospechando algo pulmonar y recomendaron viajar a Córdoba, por su aire más puro y porque la vida de campo le aumentarían las ganas de comer. Allí, en Alta Gracia y en La Calera, recibía las visitas que Manolo podía hacerle durante su paso por el lugar, cumpliendo con su cometido de Inspector de Enseñanza Secundaria y que se complementaba con la correspondencia que intercambiaban. Recién tres años después, se pudo fijar la boda. En el ínterin Delfina fue dejando su pacatería y logrando una mejor comunicación con su novio, hasta llegaron a hablar de los hijos que tendrían, conversación imposible al inicio de la relación.

En el “Epílogo”, Lucía, hija de Manuel Gálvez Bunge, rememora el día que llegó la noticia de la muerte de su abuela paterna y la enorme tristeza que los embargó. Muchos años después, ella decide publicar una primera selección del diario de Delfina Bunge Arteaga, para “dar a conocer a quienes poco o nada saben de ella, algo de la vida y del pensamiento de esta clarividente escritora porteña y su visión del mundo en que le tocó vivir” (p.318), y porque considera que los libros que dejó, si bien dan cuenta de su “pluma privilegiada” no reflejan su verdadera personalidad, excepto Viaje alrededor de mi infancia, publicada en 1938, la primera edición y en 1956 la cuarta. Gracias a este razonamiento se puede tener acceso a un registro pormenorizado de situaciones referidas a costumbres, acontecimientos y personajes del periodo tratado; pero, sobre todo, da una visión del papel impuesto a las mujeres por una sociedad androcéntrica, restrictiva y mojigata y el de una joven que intenta imponer su vocación y que paga un alto precio por comprender que el ideal romántico es una cosa y la realidad algo muy distinto.

Indudablemente, este rescate de la voz de una mujer consciente de su valía en un mundo predominantemente masculino, dispuesta a satisfacer su necesidad constante de escribir, agrega un eslabón importante en la construcción de una historia incluyente, entendida desde la intimidad, desde la cotidianeidad, desde el íntimo pensamiento femenino.


NOTAS:
[*] Dra. Ana María Peppino  Barale
Profesora- investigadora del Departamento de Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco (México, DF) Doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Investigadora Nacional. Perfil PROMEP. Autora de cuatro libros sobre radios educativas, populares y comunitarias en América Latina y de artículos en revistas especializadas sobre: comunicación social; mujeres en la comunicación, la ciencia, las artes, la literatura y la historia; y, tecnologías aplicadas a la educación. |Arriba
[1] Augusto Bunge Arteaga y María Müser fueron los progenitores de Mario Augusto Bunge (1919) el eminente físico, filósofo de la ciencia y humanista, radicado en Montreal, Canáda. |Arriba
[2] El miércoles 30 de septiembre de 2009, en la 4ª reunión del Comité Intergubernamental de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos), se otorgó “al baile y a la música de tango el estatus cultural protegido”, con lo que pasa ser patrimonio cultural de la humanidad. |Arriba