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La Guarida del Tigre de Montiel

por: Dra. Ana María Peppino Barale[*]

A las entrañables Beatriz Bosch y
Susana Tota Pace de Domínguez Soler
con quienes comparto el interés
por Urquiza y su tiempo.

na rama de las ciencias sociales, la historia, se dedica al estudio y al análisis metódico y sistemático del pasado. Si bien su fuente de conocimiento primordial se encuentra en los documentos escritos, no menos valiosas son otras de muy distinta índole que permiten al historiador lograr mayor exactitud en su interpretación de la época o situación estudiada según la cantidad y calidad del material con que cuenta. De igual manera, otras disciplinas (geografía, sociología, antropología, economía, psicología, etc.) desde sus particulares enfoques aportan datos, técnicas y procedimientos, que ayudan a presentar una visión más integral de lo acontecido.

Para que los hechos pasados adquieran un sentido integral es recomendable superar el abordarje aislado, para lo cual se debe relacionar tiempo y espacio. Este último, se refiere a todo aquello que constituye el escenario donde sucesos y personajes interactuaron y que son los que generalmente persisten a través del tiempo y que permanecen como mudos testigos de una historia que se intenta reconstruir. Así como las características geográficas determinan el carácter de mujeres y hombres e influyen en la cadena de acontecimientos, también los edificios y todas aquellas construcciones que representan el modo de ver el mundo de sus creadores. Son, en suma, el espacio donde se desenvolvieron vidas importantes para el nacimiento y fortalecimiento de las instituciones y las naciones actuales; entre sus muros se encierran todavía los murmullos de otros tiempos; por sus ventanas se aprecian paisajes semejantes a los que miraron los ojos de próceres, de sus familias y también de sus asesinos. Aquí quiero referirme a una casa señorial de campo, que puede considerarse como un casco de estancia[1], como un establecimiento rural que representa un modelo de adelantos para su época, producto del interés de su visionario dueño y lugar de encuentros y desencuentros determinantes para la historia del país en cuestión por lo que adquiere un carácter extraordinario. Por su suntuosidad, poco común para la época y el sitio, la gente fue llamándole “palacio”, si bien el propio dueño la llamó “posta de San José”.

El lugar: la provincia de Entre Ríos en la República Argentina; el tiempo: segunda mitad del siglo XIX; el dueño: el General Justo José de Urquiza; el edificio: el Palacio San José.

La Provincia Entre Ríos

Así, en las páginas que siguen se presenta apretadamente el contexto geográfico y político en que surgió la construcción que interesa destacar como símbolo y testigo de un periodo significativo de la historia argentina y, también, como ejemplo de lo que es capaz un hombre visionario en medio de la lucha continua por la construcción de una nación después de la independencia de España. Los personajes han quedado en las páginas de la historia, el edificio aún nos asombra, recorrerlo permite captar físicamente el halo del pasado; detener la mirada en los cuadros de Blanes que representó las batallas que encabezó Urquiza, animan a aguzar el oído para captar el relincho de los caballos al galope y los ladridos de Purvis. Entre esas paredes, por esos patios y jardines desfilaron personajes de la época, también, jugaron y corrieron los hijos de Urquiza y Dolores Costa, mientras las hijas mayores del general interpretaban piezas musicales clásicas y de moda. Indudablemente, el Palacio San José ha conquistado un lugar referencial de honor y se lo debe entender más allá de su interés turístico pues resguarda un fondo documental de incalculable valor para la investigación histórica.

La Provincia Entre Ríos

San José: Vista aérea.


Entre Ríos

Al promediar el siglo XIX la provincia de Entre Ríos conservaba en general las mismas características que pudieron ver los primeros exploradores españoles. Geográficamente forma parte de la Mesopotamia (tierra entre ríos) Argentina[2] y se distingue por sus suaves ondulaciones cubierta de densos montes, intactos en aquel tiempo, región apenas poblada por 50 mil habitantes dispersos por la agreste campaña o reunidos en pequeñas poblaciones “de las cuales sólo la mitad pasaba del millar de almas”. [3]

Es conveniente recordar que cuando los españoles llegaron a las tierras sudamericanas, éstas no se encontraban desiertas si bien escasamente pobladas por aborígenes[4], que en el caso que nos ocupa correspondían a guaraníes, chanás y charrúas con sus correspondientes subgrupos. Estos habitantes originales ofrecieron resistencia pero también fueron moviéndose a zonas más seguras. Si bien ellos no tenían un título de propiedad, ésta se entendía por la ocupación física de un territorio determinado. La conquista significa entonces la usurpación del espacio por la fuerza a nombre de la corona española y así comenzar a implantar la cultura y la religión del invasor. La posesión oficializada de las tierras comenzó con el reconocimiento de la merced de extensos territorios a los fundadores de ciudades en los nuevos territorios. Así cuando Juan de Garay fundó la ciudad de Santa Fe (noviembre 15 de 1573), por jurisdicción se asignó a su cabildo la mayor parte del actual territorio entrerriano. Garay distribuyó las tierras entre sus capitanes y se quedó con tres estancias que heredaron sus hijas y otra su yerno Hernandarias[5] .

Lenta y difícil se desarrolla la colonización entre tratados de paz con los caciques locales y lucha permanente para superar los obstáculos presentados por las características singulares de la naturaleza que se ofrecía rica y majestuosa en su variedad primitiva y salvaje, según relatos de época.

Árboles magníficos, de variadísimas especies, algunos de los cuales patentizaban con su corpulencia cientos de años de vida, arbustos elegantes, vistosas lianas, musgos, gramillas, helechos, palmeras enredaderas, orquídeas multicolores, entremezcladas a las más variadas especies vegetales, triunfaban libres de todo reato, en el medio propicio de la selva, cuya formación es hasta hoy asombro de los sabios, que no aciertan a explicar sus causas inmediatas, ni su existencia en un ambiente híbrido francamente adverso. (Pérez Colman 1937, 30)

Provincia entre dos ríos

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El camino de la colonización se vio signado por el establecimiento de reducciones indígenas (las jesuíticas destacaron por su organización y recursos); por expediciones como la de 1749 de Francisco Antonio de Vera y Mujica en contra de los charrúas de la Banda Oriental y del territorio de Entre Ríos; y, por la fundación de poblaciones como las ordenadas por el Virrey Vértiz en 1782, con el fin de reforzar la presencia española ante las incursiones portuguesas en la zona. El comisionado, Tomás de Rocamora, organiza a los pobladores dispersos en la región en tres villas: Gualeguay, Concepción del Uruguay y Gualeguaychú. Para estos casos las Leyes de Indias reglamentaban rigurosamente la conquista, la posesión de tierras y la fundación de ciudades, villas y pueblos; en este sentido, las ordenanzas funcionaban como verdaderos instructivos para los fundadores y, si se seguían, proporcionaban condiciones básicas de supervivencia y orden. Para que “las nuevas poblaciones se funden con las calidades de esta Ley”, era necesario atender que:

[…] pueblos se ubiquen en los lugares libres que se puedan tomar sin perjuicio para los naturales o con su libre consentimiento, que se repartan los sitios dejando plazas y calles tiradas a cordel que den a los caminos principales, reservando tierras para futuros crecimientos. Deben tener agua cerca, materiales de edificación, tierra de labor y pasto. Que se elijan lugares que no sean muy altos por los vientos y dificultades del acarreo, ni bajos por enfermizos, ni sujetos a nieblas. Que estando en la ribera de un río, sitúen la población de modo que el sol al salir dé primero en el pueblo y luego en el agua.

Dado los avances de los ingleses y la presión de los portugueses, la corona española, para ejercer un control más eficaz de los dominios sudamericanos, decide la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776. Como consecuencia, el territorio entrerriano pasó a formar parte de la Intendencia de Buenos Aires. En mayo de 1810 comienza la revolución por la independencia política de España que durará una década, pero se requerirán treinta años más para ir superando las luchas fratricidas que asolaron la región.

Las crónicas señalan que aún en el siglo XIX, la vida humana en la zona entrerriana era tremendamente precaria y salvaje, entre montes de talas, espinillos, quebrachos y algarrobos donde “grandes tropas de ganado que pronto se transformaban en cerriles” porque los dueños no podían atenderlos por incorporarse a las tropas que luchaban en las continuas refriegas entre unitarios y federales que caracterizaron dicho siglo, en el duro camino a la conformación de lo que hoy se entiende como República Argentina. Así, entre manadas de caballos salvajes y de avestruces, la población sobrevivía aislada generalmente por las cíclicas avenidas de los abundantes ríos y arroyos que cancelaban las precarias comunicaciones. Sin embargo, esta provincia litoral se vio favorecida por el control temprano de la hostilidad nativa y así pudo comenzar una colonización ganadera estable que se refuerza, en la época ya independiente de España, con ingleses y franceses. Cuando, en 1853, el gobierno de la Confederación Argentina se establece provisionalmente en Paraná (hoy capital de Entre Ríos), se favorece el crecimiento poblacional particularmente con la llegada de artesanos y agricultores europeos que respondieron a las políticas de migración y se asentaron en las nuevas colonias. La participación de Urquiza en la colonización agrícola fue fundamental.


Justo José de Urquiza

Resulta difícil concentrar en unas pocas líneas la vida compleja de Justo José de Urquiza y su papel en los acontecimientos de la convulsa región. Militar y político, empresario, administrador, colonizador y, por sobre todo eso, un constructor visionario que siempre fue más allá de lo que el medio y el momento permitían. Nació el 18 de octubre de 1801, hijo del vasco José Narciso de Urquiza y Alzaga y de María Cándida García y González nativa de Buenos Aires; el matrimonio se trasladó años después a Entre Ríos, tierras que se encontraban muy poco pobladas como se dijo anteriormente, pero que contaba con características interesantes –buenas aguadas y pastizales, libre del acoso del indio- que para los espíritus emprendedores ofrecía la oportunidad de progresar económicamente. El onceavo y penúltimo vástago, como sus hermanos mayores, fue enviado a estudiar al colegio de San Carlos en Buenos Aires, donde se educaban los hijos de los “mejores hogares porteños”, y cuya disciplina escolar refuerzan en el joven entrerriano dos cualidades sobresalientes: “la rapidez en el razonar y la firmeza de carácter”. (Bosch 1971, 6) Regresa pronto a su lugar natal y comienza a destacar desde temprano en el comercio, actividad limitada entonces al tráfico de cueros y despacho de pulperías[6]. A los diecinueve años y como resultado de una serie de aventuras amatorias, es padre por primera vez. La niña es bautizada como Concepción y la madre es Encarnación Díaz.

Justo José de Urquiza

Antes de Dolores Costa, que fue la señora de San José, con la única que contrajo matrimonio y con la que procreó seis mujeres y cinco varones, habían nacido otros doce vástagos de siete madres distintas que fueron reconocidos y atendidos en sus necesidades y educación. Pero tal actividad amorosa no se desarrollaba en un pacífico entorno sino en medio de una lucha fratricida, que siguió a las batallas por la independencia, y que representó a “un país dividido contra sí mismo” en el que se enfrentaron dos “modos de vida colectiva irreductiblemente distintos; el de la ciudad, que viven la del siglo XIX, y el de las campañas, en el que sobrevive el siglo XII”, según la visión dicotómica de la época. (Halperin 2002, 27)

La realidad señala que esas tendencias opuestas crearon una división entre el poder central, ahora delegado en Buenos Aires como heredera del aparato administrativo colonial y de buena parte de los recursos fiscales generados por la apertura mercantil, y las provincias, que no aceptaban esa recurrencia centralista que las dejaba de lado. Así, se abrió un espacio para un nuevo linaje de caudillos que reemplazaron a los señores de la guerra y que fungieron, en su momento, como intermediarios entre uno y otro polo de intereses políticos; hombres, como señala Félix Luna en Los caudillos, “que en estilo arisco y montaraz se metieron a empellones en la historia y allí quedaron”. Dentro de ellos, los caudillos, Urquiza fue uno particular y el que venció al Restaurador de las Leyes, a Juan Manuel de Rosas, en Caseros (1852), que abrió el camino para el Congreso General Constituyente. Tal vez, la mayor diferencia resida en que, a diferencia de otros caudillos como los riojanos Facundo Quiroga y el “Chacho” Peñaloza que desconfiaban de todo lo europeo y se apegaban a lo tradicional, el entrerriano estableció vínculos estrechos con representantes de las diferentes disciplinas referidas a sus actividades comerciales, con proveedores para cada una de las necesidades de su San José y con su apoyo a la llegada de colonizadores provenientes de diferentes países europeos. Al respecto, la ambigüedad de Urquiza, respecto a la pertenencia entre campo y ciudad, queda registrada por la vestimenta que llevaba durante el desfile triunfal en la ciudad porteña después de Caseros: “poncho campero y galera ciudadana”. (Luna 1988, 23)

Pero, una condición común de Urquiza con aquellos hombres poderosos y valientes, aquellos montoneros que alimentaban su lucha con sentimientos en lugar de ideologías, esos a los que Sarmiento llamó “bárbaros”, era la popularidad; ésta se originaba en las luchas compartidas y el reconocimiento de una superioridad personal, pero que una vez ganada debía defenderse cotidianamente. De esa manera, como militar Justo José había compartido con sus seguidores los sufrimientos de la lucha armada y gozado juntos cuando el azar de la guerra les era favorable, como en las batallas que luego inmortalizaría el pincel de uruguayo Blanes en San José. También, fungió como el padre protector que ayudaba a las viudas e hijos de los combatientes caídos o premiaba con dinero o tierras a los más aguerridos. Era una condición de caudillo proteger a su gente. Pero cuando Urquiza apaciguó su llama guerrera y quiso disfrutar de sus bienes y gozar de su familia, fue arrastrado por esa popularidad ganada en la defensa de los intereses de las provincias y que después de Caseros, según sus detractores, traicionó al plegarse a los intereses centralistas de Buenos Aires y su superioridad económica. La desconfianza alimentó la mano asesina que terminó con la vida del dueño de San José en un atardecer de 1870.

En las primeras décadas del siglo XIX, en las provincias de la Confederación Argentina, eran pocas las personas instruidas de ahí, que el joven Urquiza al establecerse en Concepción del Uruguay donde se padre había instalado casa, fue requerido como notario eclesiástico y procurador, ocupaciones que abandono prontamente a medida que fue progresando en sus actividades mercantiles. Con el ingenio que lo caracterizaría organizó el traslado de sus productos y los de su padre por la vía fluvial a Buenos Aires y Montevideo; compró campos en sociedad o por su cuenta; “provee al gobierno de telas para uniformes, de tabaco, yerba [mate] y jabón para el consumo de las tropas […] manda caballos a la República Oriental [del Uruguay]”; compra semillas de trigo y se asocia para la molienda de harina; en 1829, adquiere campos fiscales en un remate. (Bosch 1971, 23) Esa febril actividad se prolongaría a lo largo de su vida y es lo que le valió consolidar una de las fortunas más grandes del país sudamericano; encomiable labor si se toma en cuenta que paralelamente desarrolla su vida política y militar.

El 12 de abril de 1826 es elegido diputado al congreso provincial y como presidente del mismo, le tocó presentar el rechazo de la provincia a la constitución nacional promovida por el presidente Rivadavia y sancionada el 24 de diciembre de 1826. En el corto periodo hasta su renuncia en octubre 23 de 1827, sus actividades ya descollaban por su interés en la educación pública –construcción de edificios escolares en todos los pueblos-, y su capacidad administrativa –proposición reducción de gastos, clasificación de la deuda pública, etc. La renuncia de Rivadavia (junio 27 de 1827), ante su fracaso de imponer un gobierno central, y la guerra contra Brasil, sumieron al país en la inestabilidad política y económica. El 8 de diciembre de 1829, la legislatura de Buenos Aires invistió a Juan Manuel de Rosas como gobernador, con el título de Restaurador de las Leyes. En enero de 1831, se firma un pacto federal entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos para detener el avance de los unitarios. El 13 de abril de 1835, Juan Manuel de Rosas asumió su segundo mandado de acuerdo con la condición que exigió: la suma del poder público.

En tanto, en 1830, Urquiza participa en el movimiento revolucionario encabezado por Ricardo López Jordán (padre) contra el gobernador de Entre Ríos, que fracasa; en 1832, es designado comandante general del Segundo Departamento Principal entrerriano; en 1837, recibe los despachos de coronel mayor (general) de la misma provincia; al frente de la caballería gana, en 1939 la batalla de Pago Largo, en 1840, la de Sauce Grande. Se lo elige gobernador de Entre Ríos -y capitán general de la provincia- por el periodo 1842-1845 y es reelegido por los siguientes dos periodos: 1846-1849; 1850-1854. Si en 1846 vence en Laguna Limpia, y al año siguiente en Vences, en 1849 crea el Colegio del Uruguay, su obra cumbre educativa y que sigue funcionando en Concepción del Uruguay. En 1851 se pronuncia contra Rosas y al año siguiente lo vence en Caseros, se firma el Acuerdo de San Nicolás y Urquiza es nombrado director provisorio de la Confederación Argentina; estalla en Buenos Aires un levantamiento para separar la provincia del resto del país, los poderes se trasladan a Paraná y comienza a sesionar en Santa Fe el Congreso General Constituyente, y el 1° de mayo de 1853 se sanciona la Constitución Nacional.

En 1854, el hombre fuerte de Entre Ríos es nombrado presidente constitucional de la Confederación, por seis años; se le concede el grado de brigadier general de los ejércitos de la Confederación Argentina (1856) y posteriormente el grado de capitán general con el tratamiento de excelencia (1857). La díscola Buenos Aires (provincia y ciudad de) se enfrenta en Cepeda (1859) a las tropas confederadas con Urquiza a la cabeza, que triunfan y promueven el Pacto de Unión Nacional de San José de Flores. Al término de su mandato como presidente, Urquiza continúa como general en jefe del ejército de la Confederación a la vez que es nombrado por la legislatura entrerriana gobernador de la provincia de 1860 a 1864; repitiéndose la elección en 1868 periodo que no logra cumplir.

La apretada secuencia anterior, permite una mirada fugaz sobre la participación de Urquiza en la enconada lucha entre la centralista provincia y su ciudad puerto, y los intereses de las provincias que se vieron dejadas de lado por el control monopólico del comercio exterior y la derrama económica centralizada por Buenos Aires. Sin embargo, también es necesario destacar las acciones progresistas que implementó cuando fue gobernador de Entre Ríos y que atendían a una diversidad de intereses como la protección al comercio y a las industrias, el desarrollo de obras públicas, el control minucioso de las rentas de la provincia y el importante apoyo al desarrollo de la educación que ya, desde que fue presidente del Congreso provincial había firmado la ley que la establecía gratuita y obligatoria. Impulsó la creación del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay –que sigue funcionando- apoyando continuamente con becas y otros apoyos a los alumnos destacados. Igualmente, se preocupó por la educación femenina y en una circular de noviembre 13 de 1850, indicaba a los responsables departamentales vigilaran el buen funcionamiento de las escuelas de niñas, porque el consideraba que “poderoso y constante es la influencia de la mujer en el corazón de los hombres, como lo es la de éstos en la prosperidad de los pueblos”. (Bosch 2001, 65)

Además, esta figura protagónica de la historia nacional argentina, decidió construir un edificio tan particular como él mismo que con el tiempo, quedaría como testigo de su vida familiar, del paso de personajes distinguidos tanto nacionales como extranjeros y donde se escribieron páginas políticas, militares y económicas decisivas. Una construcción señorial que no sólo requirió una sólida fortuna para llevarse a cabo sino también una preocupación obstinada para encontrar a los constructores y artistas, a los artesanos y jardineros, que fueron dándole la armoniosa presencia final.

En 1870, el entonces presidente de la República Argentina, Domingo Faustino Sarmiento, partió rumbo a Entre Ríos acompañado de miembros del cuerpo diplomático acreditado en Buenos Aires, de funcionarios de la administración y periodistas. Responde a la invitación del general Justo José de Urquiza que lo recibe el 3 de febrero en Concepción del Uruguay, donde se le rinden los honores del caso. La comitiva se dirigió al palacio San José y esa noche en el banquete y brindis sellaron la recobrada relación que se había roto por diferentes puntos de vista políticos, tiempo en los que Sarmiento, el antiguo “boletinero” del ejército de Urquiza en 1851, no ahorró frases coléricas como era su costumbre resultado de un carácter intransigente y polemista. El gran sanjuanino, se asombró del edificio, de los interiores ricamente decorados, preciosos jardines, capilla, lago, todo en fin con el sello de su dueño y, así, comprobó que de “guarida” San José sólo tenía el emplazamiento, si se refiere a las zonas no cultivadas que conservaban la vegetación autóctona de ñandubay, algarrobo y espinillo, formando un bosque con abundantes especies vegetales y animales, que dieron al lugar el nombre de “selva” de Montiel. Mientras recorría con la mirada el aposento que le había sido designado, Sarmiento seguramente recordó el momento en que se presentó ante el que ahora era su anfitrión:

Lago restaurado

El momento supremo llegaba de ver al general Urquiza, objeto de interés de todos, el hombre de la época, y el dispensador de cuanto el hombre puede apetecer: fortuna, gloria, empleos, etc. Yo hice anunciar mi llegada y mi visita, y mientras llegaba el momento de hacerla, me informaba de cuanto convenía a mi propósito, y repasaba mis lecciones sobre los miramientos que debía guardar para no comprometer indiscretamente nada. (Sarmiento 1958, 80)


El Palacio San José

La construcción se inicio en 1848 bajo al dirección del arquitecto Jacinto Dellepiane, pero fue concluida diez años después por el italiano Pedro Fossati que le dio el carácter y la forma definitiva. San José no sólo fue el hogar del General, de su esposa Dolores Costa, de los vástagos de ambos y de los nacidos anteriormente (rama Díaz, Calvento, López Jordán, Sambrana, Mercado), sino que se constituyó en el eje político, económico y social de la provincia de Entre Ríos primero y de la Confederación Argentina después; también, donde fue asesinado el 11 de abril de 1870.


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A 23 kilómetros al oeste de Concepción del Uruguay y a 230 kilómetros al norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se levanta el conjunto edilicio del cual, una visión aérea, permite apreciar la distribución de 38 habitaciones en torno a dos patios principales, a los que se suman en un tercer patio –en el contrafrente-, dependencias de servicio, cocheras y panadería en un extremo de la avenida que unía esa ala con la entrada secundaria donde se ubica la pulpería (almacén de ramos generales), palomar y la señorial capilla.

En este entonces, la propiedad constaba de 2.500 hectáreas, de las cuales 20 estaban destinadas a parques, jardines y una enorme quinta de frutales, en medio de los cuales se situaba el casco principal, construido en estilo renacentista italiano.

Las habitaciones alrededor del Patio de Honor, para uso de la familia y los invitados especiales, abren sobre él las puertas y asimismo, siguiendo la usanza italiana, se comunican entre sí. El ala correspondiente a la entrada principal dedica sus salas a la recepción, al comedor, a la sala de juegos y al escritorio de su excelencia como se llamó originalmente; los ojos deben voltear hacia los cielorrasos, distintos en cada habitación. Es posible que Sarmiento haya admirado a Dolores y Justa, las hijas jovencitas de Urquiza y Dolores Costa, cuando ejecutaban piezas de moda al piano y al arpa, escena reflejada en los espejos franceses del techo, tal como en el comedor se reflejarían los comensales que eran celebrados como visitantes ilustres por el gobernador entrerriano. Diversos testimonios sobre tales sucesos se pueden consultar en el archivo del Palacio, para conocer las impresiones de los visitantes respecto a la majestuosidad del recinto así como de la generosa hospitalidad de sus propietarios.

Sala de los espejos

En las paredes del patio principal colgaban los óleos que Urquiza encomendó al novel pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, que recuerdan las acciones guerreras en las que intervino y venció: Vences, India Muerta, Don Cristóbal, Laguna Limpia, Pago Largo, Sauce Grande y Caseros. De esta última, Blanes elaboró dos cuadros; en el primero exhibe un despliegue de la caballería entrerriana, en el segundo, mejor logrado, representa la carga contra el Palomar y la casa de Caseros, baluarte de Rosas. Urquiza se encuentra en el centro de la escena ordenando la carga contra el lugar defensivo. Lo sigue su fiel perro Purvis que lo acompañó en muchas campañas militares y que desfiló en esa posición por las calles porteñas después del triunfo.

VENCES (detalle) Juan Manuel Blanes

El general Urquiza tiene a su lado un enorme perro, a quien ha dado el nombre del Almirante inglés[7] que simpatizó con la defensa de Montevideo en los principios del sitio, y contribuyó a su sostén contra Oribe. En honor del anciano y simpático Almirante, la batería que defiende la puerta principal de la línea de defensa se llamaba Purvis. El perro Purvis, pues muerde horriblemente a todo aquel que se acerca a la tienda de su amo. Esta es la consigna. Si no recibe orden en contrario, el perro muerde. Un gruñido de tigre anuncia su presencia al que se aproxima; y un “Purvis” del general, en que le intima quedarse quieto, la primera señal de bienvenida. Han sido mordidos [muchos]. El general Paz, al verme de regreso de Buenos Aires, su primera pregunta confidencial fue: ¿No lo ha mordido el perro Purvis”. (Sarmiento 1958, 81)

Blanes llevaba dos años trabajando en San José, cuando en 1858, Urquiza le encargó la decoración de la cúpula de la capilla. El artista uruguayo, entonces de 27 años, seguramente debió vencer grandes dificultades para realizar la pintura al fresco y en bóveda, porque aún no viajaba a Florencia donde posteriormente estudió con cuidado a los grandes pintores italianos. El resultado son siete cuadros entre los cuales se destaca la representación de San José, el santo al que Urquiza rendía preferente culto siguiendo la devoción de su propio padre José Narciso de Urquiza y Álzaga.

La capilla de planta octogonal, con un diseño sobrio, fue proyectada por el mismo arquitecto italiano, Fosatti y fue la última parte importante de la residencia y con la que se completó el conjunto. La talla del altar, en cedro con aplicaciones de oro, fue obra de los españoles José Clusellas y Pedro García, que en 1858 también elaboraron los dos palcos situados a los lados de la entrada principal, uno para el coro y otro para asistir desde su interior a los oficios religiosos; la pila de mármol para el agua bendita fue esculpida en Italia y existe una copia en el Vaticano; las tres campanas, según los datos en ellas grabadas, fueron fundidas en Buenos Aires por Antonio Massa en 1858.

En la parte posterior del edificio, se extiende la zona de quintas, el parque y la alameda que conduce al lago artificial que tuvo una extensión de unos 20.000 m2 y cuyas aguas se traían de una laguna distante dos kilómetros y medio por cañerías subterráneas; Urquiza mando construir un barco a vapor, San Cipriano, para navegar en ese lago actualmente en recuperación, que sirvió de entretenimiento y lugar de fiestas con fuegos artificiales. Otro símbolo más del espíritu progresista de su dueño que logró combinar la comodidad con la belleza y el placer, en un entorno natural enriquecido por especies botánicas traídas de distintas parte del mundo. El propio Urquiza dictó, siendo Presidente de la Confederación, una disposición que obligaba a los propietarios de estancias entrerrianas con más de cien cabezas de ganado, a plantar treinta árboles útiles por año. Además, se enumeraban en la circular las especies posibles de aclimatar, clasificadas en frutales y bosque, mismas que no sólo embellecerían la provincia sino que la harían más productiva.

Torre y patio de honor

En el segundo patio, denominado del Parral por la artística herrería que lo rodea, precisamente para sostener las vides que fueron enviadas por el naturalista Eduardo Holmbert -muchas de las cuales aún subsisten-, fue obra del artesano Tomás Benvenuto que las colocó en 1861. En el centro de los
500 m2 se emplazó un aljibe de mármol de Carrara de una sola pieza finamente labrado. Alrededor se disponen 17 habitaciones que se destinaban, para dependencias propias de las actividades de la casa familiar, como la cocina, despensa y un comedor secundario, seguido de cuartos para alojar a familiares y a visitantes que iban a arreglar asuntos políticos y comerciales: en dos de ellas funcionaba el escritorio central donde se administraban las múltiples actividades económicas del señor de la casa. (Macchi, 1982 s/p)

Aljibe del Patio del Parral

En el frente principal, se despliega una galería de ocho columnas toscanas unidas por arcos de medio punto adornados con rosetones; precisamente en esa galería se encontraba Justo José de Urquiza cuando se llevo a cabo el asalto a San José que acabó con la vida del prócer. Un óvalo de mármol con las iniciales JJU resaltadas en oro, está colocado sobre el arco del centro que precede a la amplia entrada que da acceso, de frente, al patio de honor, y que por el costado izquierdo conecta con la Sala de Recepciones o Sala de los Espejos, porque su rico artesonado encierra 144 lunas provenientes de Francia. “La sala rememora sucesos trascendentes para los destinos del país. En ella se gestó la organización nacional, se firmaron tratados internacionales, se establecieron vínculos amistosos entre hombres prominentes del país y se estimularon obras literarias y científicas”. (Macchi 1982, s/p)

En cada una las esquinas del frente principal que da sobre el jardín francés, se levanta una torre cuadrangular de dos plantas, con puertas en cada uno de los lados y balcones con barandilla de hierro forjado. En la cara principal de una las torres se colocó un reloj, comprado en 1857, “con un mecanismo atribuido a los jesuitas, una campana de bronce en lo alto tiene esta inscripción: ‘Ora pro nobis S. Baltasar Año 1733’, una de las primeras fundiciones en el país”. (Domínguez Soler 2002, 2) Para guardar la simetría que rige en todo el edificio, en la otra torre se pinto un reloj similar al real.

A lo largo de la fachada se despliega un friso con motivos clásicos – mismo que ha sido objeto de interpretaciones originales-, y la construcción remata en una verja de fino diseño en hierro forjado, en cuyo centro destaca el escudo de Entre Ríos.

Friso de entrada

La ley 12.261 de agosto 30 de 1935, declara al Palacio San José, Museo y Monumento Nacional “Justo José de Urquiza. Hoy, a ciento treinta y ocho años del suceso trágico, la guarida del tigre de Montiel sigue ahí y permite al visitante caminar sobre sus lajas traídas del paso del Hervidero en el río Uruguay y de piedras italianas de Spezia y, por supuesto, da lugar a la imaginación y a la lectura, no sólo de los innumerables documentos de su archivo sino, igualmente, de la propia construcción.


De novelas y significados

En este caso remato la exposición refiriéndome a dos situaciones que presentan maneras distintas de reinterpretar una realidad, la una desde la narrativa que intenta suplir los vacíos históricos y la otra, proponiendo una lectura interpretativa del friso de la fachada principal.

En una de mis visitas a San José y frente a los óleos de Blanes, hoy resguardados en una de las habitaciones del Patio de Honor (en los lugares originales se colocaron réplicas de las batallas), no pude menos que recordar la escena que la entrerriana María Esther de Miguel en su novela histórica El general, el pintor y la dama, describe con acertado realismo una escena entre el “general” (Justo José de Urquiza) y el “pintor” (Juan Manuel Blanes) como si la autora hubiera tenido el poder de presenciar el acto. En la escena novelada, Urquiza vistiendo “traje de paisano, altas las botas de reluciente cuero, chaqueta blanca la suya, pantalón oscuro, y en la mano ese latiguillo que jamás abandonaba, como no abandonaba su chambergo”, iba a ver “en que andaba su pintor”. Mientras avanzaba, su esposa Dolores Costa, disgustada por la presencia de ese “intruso que durante meses se apropiaría de un ala de la casa con sus trebejos”, le pregunta el porqué de la decisión. “Para confirmar la memoria y de algún modo recuperar la gloria –le respondió él-.” Así, la autora entreteje la acción de la novela a partir del encuentro en San José, donde el pintor ejerce su oficio mientras el general le relata los pormenores de las batallas para que plasme con realismo el espíritu de la acción guerrera y el de sus actores. Ante Don Cristóbal se detiene Urquiza: “Muy bien esa oscuridad que puso pintor”. Blanes se justifica: “Usted me ha dicho que estaba anocheciendo”. Y el vencedor de la batalla sentencia: “Ajá. Pero, más allá de lo que dije sépalo, Blanes, las batallas siempre son oscuras, aunque haya mucha luz. No lo olvide pintor. Se lo digo porque lo sé.” La emoción del momento imaginado por de Miguel llega como si así hubiera sido, ella supo recrear un momento que también pudo haber sido imaginado por quien lo ha leído.

Galeria de la entrada principal

Dejando atrás la novela, pero siguiendo una línea igualmente polémica, resulta interesante la lectura que Héctor Ciocchini[8], con la colaboración de Laura De Carli y Graciela Blanco, apuntó en El Palacio de la Memoria. Hipótesis sobre la simbología en la ornamentación de la residencia del General Urquiza.[9] Esta aportación apoya la idea de este artículo en el sentido de que los edificios no sólo cobijan muebles y adornos, sino que por sí mismo constituyen un texto que es necesario interpretar. En este caso, el Palacio San José podría entenderse, según Ciocchini,como un “edificio simbólico estructurado como un discurso, donde cada parte y su totalidad expresan un pensamiento”, por lo que explora la idea de que la construcción del Palacio San José se haya llevado a cabo a partir de una programación que es necesario desentrañar, por ejemplo, respecto a la fachada principal:

[…] la lectura del friso extendida al plano general de un programa de trabajo sería semejante a la realizada en los palacios europeos, en los que cada habitación y cada lugar está dictado por un designio que de alguna manera expresa el tono, tanto de pensamiento, como estético del autor de la obra. Para tal intención utilizamos el método warburgiano adecuado para este caso pues los edificios hechos con un programa pueden ser estudiados, a partir de esta forma de observación, atendiendo justamente al significado tanto estético como social que tenían para su época. (Ciocchini 208, 63)

Ciocchini, siguiendo a Aby Warburg[10], partió de la consideración de que podría interpretarse las figuras del friso a modo de un jeroglífico, basándose en la apreciación de que la ornamentación y la propia arquitectura del Palacio San José “son obstinadamente simétricas, desarrollándose a los lados de un insoslayable eje de simetría”(p. 51), constancia que no sigue el friso, ya que una observación atenta “revela que las figuras que lo componen se agrupan de tal suerte que puede verse que su transposición no es automática y que los elementos no se repiten regular y sistemáticamente” como es común en ese tipo de ornamentaciones. Aparentemente, el orden de las figuras del friso se combinan arbitrariamente, como si estuvieran colocadas al azar; sin embargo, una hipótesis de dicho investigador señala que, “considerando sólo las figuras de las catorce primeras metopas, se podría inferir que se tratarían de jeroglíficos que mantienen una cierta reiteración. Estos símbolos, si es que lo son, podrían remitirse al origen de los jeroglíficos egipcios que fueron reinterpretados por el Renacimiento”, bajo esa apreciación el examen efectuado en las postrimerías del siglo XX y los primeros años del siglo XXI, “podría arrojar cierta luz sobre las luchas fratricidas que se calmaron con la presencia de Urquiza y la posterior Constitución de 1853. La interpretación se refiere, de hecho, a la concordancia política de las facciones en conflicto.” (Ciocchini 208, 58)

Si bien, se encuentran muchas descripciones de este edificio emblemático de la historia argentina, con un despliegue de imágenes que dan cuenta puntual de sus habitaciones, patios, jardines, capilla y entorno, el contenido de El palacio de la memoria da un nuevo y original sesgo a la apreciación del edificio con su propuesta, sumamente sugestiva, de una lectura que entiende el lugar de emplazamiento y su proyección, los espacios, jardines y ornamentos como sintagmas “de lugares e imágenes parlantes que configuran una arquitectura simbólica”. (Ciocchini 208, 278)

Se trata de un tema que requiere una lectura atenta de la obra de Ciocchini y que no es motivo de esta comunicación, sin embargo, apunto como asunto interesante para seguir investigando al respecto por las implicaciones que pueden tener para la interpretación, lo expuesto por Antonio Cuyás y Sampere en sus Apuntes históricos sobre la Provincia de Entre Ríos (1888) que arroja luz sobre los primeros momentos inciertos del proyecto:

Continuaba don Justo José de Urquiza en su Cuartel General de San José, Costa del Gualeguaychú y campo de su propiedad […] Entretenía el tiempo en dirigir algunos trabajos preparatorios que había principiado para echar los cimientos del que posteriormente fue su palacio de San José y su residencia permanente; cuyo plano, por falta de una persona inteligente que lo confeccionara y dirigiera, tuvo que sufrir bastantes modificaciones, corrigiendo algunos de sus defectos. (Domínguez Soler 2002, 2)

La apreciación anterior parece indicar que en un comienzo la idea de Urquiza no era clara, si bien no se menciona si el proyecto ya estaba en manos del constructor Jacinto Dellepiane o si éste fue contratado precisamente para resolver esos defectos.

[…] cuando el propio Urquiza, todavía Gobernador de Entre Ríos, abrió su Provincia a las nuevas ideas: las de los miembros de la "Joven Argentina", reflejo mazziniano en el Plata de la "Joven Italia". Entonces algunos de los garibaldinos exiliados en la Banda Oriental, pasaron a Entre Ríos. Entonces el garibaldino Fossati se convirtió en el arquitecto de Urquiza y llevó al modesto Palacio San José de Jacinto Dellepiane a la escala actual. Entonces, por primera vez, las sutiles arquerías florentinas de Brunelleschi, pasaron a recortar el paisaje rural entrerriano. Con Fossati […], el Neo Renacimiento italiano se convirtió en el manifiesto arquitectónico de los tiempos nuevos que empezaban para el país. (Brandariz 1998)

Dada la importancia de Pedro Fossati en la conclusión del Palacio San José, considero como muy posible su influencia en la toma de decisiones respecto a la ornamentación del mismo, por lo que me parece de interés esclarecer si realmente está emparentado con los famosos arquitectos suizo-italianos Gaspare (1809-1883) y Giuseppe Fossati (1822-1891)[11], que en Estambul restauraron la monumental Hagia Sophia y construyeron las iglesias católicas de San Pedro y San Pablo y la catedral del Espíritu Santo, además las embajadas de Rusia y Holanda y otros célebres edificios de la ciudad turca, y que, a su vez eran nietos y bisnietos de otros célebres arquitectos del siglo XVIII, Giorgio y Carlo Giuseppe Fossati. Este linaje debe haber marcado una manera particular de ver y entender el mundo, por lo que resulta importante comprobar si el lombardo Pedro Fossati recibió esa herencia, lo que pudo haber marcado su obra; igualmente, verificar si ese “discurso ” se reprodujo en las otras construcciones que realizó para el caudillo entrerriano, como la catedral de Concepción del Uruguay y el edificio administrativo del saladero Santa Cándida que, luego de la muerte de Urquiza, los sucesivos propietarios la fueron transformado en una residencia familiar palaciega.


Epílogo

El Palacio San José es símbolo de una época y testimonio vivo de una forma particular de forjar el entorno. Se trata, en suma, de un lugar protagónico en sí de sucesos trascendentes de la historia nacional argentina, del devenir de la región litoral y, particularmente, de la historia de la provincia de Entre Ríos y de Justo José de Urquiza. Las dimensiones de los intereses de este último, son ejemplos de un espíritu emprendedor y visionario, carácter que se puede apreciar en la construcción de un próspero establecimiento rural, en el que todas las actividades económicas derivadas de las faenas de campo tenían cabida y eran desarrolladas con la aplicación de tecnologías y adelantos que dieron comodidad a sus habitantes (la primera llave de agua corriente del país). Recorrerlo, proporciona una lección de historia y también permite el encuentro con el espíritu de un hombre que no solo supo combatir como guerrero, sino como reproductor de las acciones de aquellos hombres renacentistas que concebían al mundo integralmente y por lo cual unían prosperidad con belleza, negocios con arte, producción con mejoramiento del entorno.

Para conocer la verdadera dimensión de la obra realizada por Urquiza, es indispensable revisar el amplio archivo que conserva el testimonio escrito de su actividad política empresarial. Los documentos dan cuenta de la amplitud de sus intereses y de su habilidad innata para concentrar en su entorno los adelantos venidos generalmente de Europa, de donde no sólo importó los muebles de la residencia sino también la mayoría del patrimonio botánico del lugar. Así entendió la utilidad de los árboles tanto por su madera como por los frutos que ampliaban la dieta cotidiana, sin dejar de lado la función estética de los mismos. Tal era su sensibilidad por la naturaleza que quienes lo conocían sabían que una forma de establecer buenas relaciones con él consistía en obsequiarle una planta rara que aumentara su colección botánica. Es nutrido el número de cartas sobre el tema que se pueden consultar, especialmente las intercambiadas con los naturalistas Eduardo Holmberg y el francés Aimé Bonpland (compañero de viaje de Alexander von Humboldt).

La oportunidad de recorrer el Palacio San José y revisar los archivos ahí resguardados que constituyen un fondo rico en información que permite interiorizarse en la vida de sus habitantes, fundamentar la capacidad y visión económica de su propietario y comprobar la importancia que esa propiedad representó en una etapa fundamental de la historia argentina: la formación del estado nacional.


El verano ha quedado atrás, y el airecillo del naciente otoño barre las flores tardías de las glicinas que habían perfumado el ambiente trepadas en la pérgola que abre el camino al lago. Las sombras comienzan a envolver la majestuosa construcción y es la hora propicia para confundir lo real con lo imaginado, momentos en que se deja oír, como a lo lejos, una contradanza y recordar que el baile fue una las pasiones del general Urquiza y que fue precisamente en uno donde conoció a Dolores Costa y Brizuela. En aquella época los bailes eran una institución pública. “Todas las tardes se trasmite la orden oficial a las familias y a los vecinos. Cuando el baile es de
chinas [12] se dice dónde es, y todos los concurrentes deben asistir de poncho. En esos días se habían distribuido de cuenta del Gobierno zapatos a la chinas para concurrir a los bailes. El Gobernador [Urquiza] baila imperturbablemente hasta las tres de la mañana.” (Sarmiento 1958: 116)

Pérgola del lago

Al cerrar los postigos de las habitaciones del Patio de Honor, la música va diluyéndose hasta desaparecer.



Justo José Urquiza


NOTAS:
[*] Dra. Ana María Peppino Barale
Profesora- investigadora del Departamento de Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco (México, DF) Doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Investigadora Nacional. Perfil PROMEP. |Arriba
[1] En Argentina, Chile, Perú y Uruguay se usa con el significado de extensa tierra agrícola destinada, principalmente, a la ganadería o a determinados tipos de cultivos extensivos. Actualmente muchos cascos de estancias, particularmente de la provincia de Buenos Aires y Entre Ríos, se han abierto al turismo. |Arriba
[2]La Mesopotamia comprende las provincias de Misiones, Corrientes y Entre Ríos. Se encuentra delimitada por dos de los ríos más importantes del país el Paraná y Uruguay que terminan formando el delta que da origen al Río de la Plata; además, la limitan los menores Iguazú, San Antonio y Pepirí Guazú. Se distingue la selva misionera, de los esteros correntinos más similares a la región chaqueña y ambos distintos a las cuchillas entrerrianas que forma parte de la pampa húmeda. |Arriba
[3] Las tres que sobrepasaban los dos mil habitantes en 1848: Paraná (actual capital) con 5386 habitantes en 1848; Gualeguaychú con 3032; Concepción del Uruguay con 2578; Gualeguay con 2019. (Bosch 2001, 7) |Arriba
[4] A principios del siglo XVI, se calcula en 330.000 habitantes la población indígena del actual territorio argentino. (Floria 1992, 78) |Arriba
[5] Su nombre completo: Hernando Arias de Saavedra (1564-1634), fue el primer criollo (nació en Asunción del Paraguay), que ocupó el puesto de gobernador de una región colonial. Hijo del capitán español (oficial de Álvar Nuñez Cabeza de Vaca) Martín Suárez de Toledo y de María de Sanabria, hija de la adelantada doña Mencía Calderón de Sanabria. |Arriba
[6] En la campaña, la tienda que vendía los productos indispensables para el abasto y que también servía como punto de reunión del paisanaje. |Arriba
[7] El comodoro británico Brett Purvis, comandante en jefe de las fuerzas navales británicas estacionadas en el Río del a Plata, prohibió llanamente al almirante Brown, que se encontraba frente a Montevideo al mando de la escuadra de Buenos Aires, que bloquease la plaza. Se consideraba autorizado a ello por el origen británico de Brown. Éste juzgó más prudente retirarse a Buenos Aires (febrero de 1843). La actitud de Purvis salvó muy probablemente la plaza de Montevideo, sitiada por tierra por las fuerzas de Oribe. (Nota de Tulio Halperin Donghi, Sarmiento 1958, 81) |Arriba
[8] Hector Ciocchini (La Plata, 1922- Buenos Aires, 2005), dirigió el Instituto de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur (1956 -1973); realizó estudios e investigaciones en el Warburg Institute de la Universidad de Londres sobre temas de iconografía y de retórica; impartió cursos de posgrado en la Universidad Hebrea de Jerusalén y dictó conferencias en King’s College de Londres, Saint Catherine’s College de Oxford y en la Universidad Complutense de Madrid. |Arriba
[9] A la muerte de Ciocchini, De Carli y Blanco han revisado y preparado para su publicación el estudio que venía realizándose desde 1992 bajo la dirección del primero y la colaboración de ellas; espero que pronto el público tenga a la mano este volumen que es de interés para arquitectos, comunicadores, diseñadores e historiadores del arte, entre otros y, por supuesto, para todos aquellos que estamos interesados en esa magnífica construcción, en la vida de sus propietarios, en la historia argentina y, particularmente, en la entrerriana. |Arriba
[10] Aby Warburg (Hamburgo, 1866) creo un instituto de investigación de historia cultural clásica, que se inauguró en 1926 y que tras su muerte en 1929 y con el ascenso de los nazis al poder en 1933, fue trasladado a Londres en 1944. Ahora el Instituto Warburg está asociado a la Universidad de Londres y es miembro de la Escuela de Estudios Avanzados, enfocando su interés en la influencia de la antigüedad clásica en todos los aspectos de la civilización europea. Warburg se especializó en el Renacimiento italiano y trató de encontrar las razones que permiten a la imagen clásica sobrevivir en épocas posteriores; centró su interés en la historia de los estilos y las tipologías. |Arriba
[11] Nacidos en Marcote, Ticino, descienden de una familia de arquitectos, artistas y constructores suizo-italianos, que trabajaron indistintamente al norte o al sur de los Alpes, particularmente en Venecia. |Arriba
[12] China: mujer del gaucho. |Arriba


BIBLIOGRAFÍA: Arriba

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