icono Historia 04 art1| art2| art3| volver

Mujeres Públicas y burdeles en la Segunda Mitad del Siglo XIX

por: Guadalupe Ríos de la Torre [*]

Refugio_S_García

Limpieza/ Suciedad

capitularon el fin de combatir los problemas a los que se enfrentaban las grandes ciudades se adoptaron diferentes políticas, algunas dirigidas al entorno urbano, otras a crear los hábitos de los citadinos otros a normar a los transgresores. Dentro de ellas se destacó las campañas sanitarias. Los gobernantes y algunos grupos particulares, entre ellos los médicos, emprendieron una cruzada por mejorar la higiene de las ciudades y de sus pobladores.

Como parte de la ideología en torno a la sexualidad y al pensamiento sobre la dicotonomía salud /enfermedad, limpieza/suciedad, en la época que nos ocupa siguió manteniéndose la idea del anticontagismo. El panorama de normatividad urbana, y en específico lo referente al cuidado de la salud, la higiene y la moral pública de los residentes de la ciudad de México (donde el incremento de las enfermedades venéreas como la sífilis era una amenaza pública) hizo necesaria una vigilancia de las clases bajas, los “ceros sociales”, que formaban la capa más abundante e improductiva, los vagabundos, los mendigos, los carterista, los niños expósitos y por supuesto las prostitutas. (González Armida1973,369) Por lo tanto, predominó en el pensamiento colectivo el impulso que pretendió luchar contra lo higiénico e impedir contagio de las enfermedades, en este caso las venéreas, y particular la sífilis. De ahí que el discurso floreciente del anticontagismo se anclara en la reglamentación de la práctica prostibularia.

La tolerancia hacia el ejercicio de la prostitución no se dio hasta el siglo XIX, cunado Aquiles Bazaine, promulgó el 17 de febrero de 1865, un reglamento basado en el sistema francés creado por el Doctor Alexandre Paret Duchâlet (especialista en drenaje y alcantarillado), so pretexto de proteger la salud de los soldados invasores. Este reglamento creó la oficina de Inspección de Sanidad, centro administrativo dependiente del Consejo Superior de Salubridad, que era el encargado de llevar el registro de las prostitutas que habitaban los burdeles, de las casas de cita y de asignación, y del cobro de impuestos fijados por el Estado para autorizar el ejercicio de la prostitución. De acuerdo con estas disposiciones, las mujeres dedicadas a ese oficio quedaron obligadas a ser revisadas médicamente una vez a la semana y a pagar, con la misma frecuencia, una determinada cantidad al Estado por el permiso.

Con el tiempo se modificó este reglamento, con la intención de ampliar el control del Estado: en el año de 1871 se autorizó a la policía a encarcelar a las meretrices que no cumplieran con su cuota, (Núñez Becerra 2002, 29-30) y hubo otra modificación en 1872. En 1879 se emitió un nuevo reglamento, para sustituir al de Segundo Imperio, que en esencia retomaba las mismas obligaciones onerosas y vejatorias para las mujeres comerciantes de su cuerpo.

Registro_de_mujeres_públicas
Registro de mujeres públicas

En 1898 se emitió un nuevo reglamento de sanidad, por el cual se obligaba a las mujeres vendedoras de placer a registrarse en la Inspección de Policía,(Figueroa Guerrero 1946,19-28) que vigilaba los centros de prostitución y aprehendía a las mujeres sospechosas, y especialmente a las meretrices clandestinas o no registradas. El registro era una libreta común utilizada en ese tiempo por notarios, jueces y párrocos, y estaba compuesta 196 fojas. En cada página se inscribía a tres mujeres públicas con su respectiva fotografía: durante el Imperio de Maximiliano no sólo se utilizó este medio para custodiar a los reos sino, para control de ejercicio de la prostitución. (Aguilar Ochoa 2001,77-89) Se trataba del primer intento de organizar la vida prostibularia a través de un elemento moderno en la ciudad de México. Este corpus de identificación quedaría conformado bajo el nombre de “Registro de Mujeres Públicas” (1865-1867), el cual fue elaborado conforme al Reglamento de Prostitución expedido por Maximiliano.

Se perpetuó hasta los años de la vida revolucionaria. Los datos que acompañaban de cada fotografía incluían el nombre de la mujer y el pueblo o ciudad de que provenía y la edad, profesión o el oficio, que muy probablemente la mujer seguía desempeñando. Además, se daban a conocer los domicilios en los que se localizaban las casas públicas o burdeles y las casas de tolerancia.

En algunos casos, las prostitutas detallaron sus domicilios personales: cuartos o accesorias en vecindades.
El tipo de formato fotográfico que localizamos con más frecuencia en
el documento es el de tarjetas de visita;[1] los otros formatos son de tipo cuadrado, o de credencial como hoy lo conocemos, óvalo y otros más reducidos.

En el registro se mandaba que la prostituta entregara su fotografía al comisario de Sanidad para tener derecho a ejercer la actividad. Estas fotografías se adhirieron a un costado de los datos de filiación que cada una respondió en el momento de su inscripción. El corpus fotográfico para las autoridades representó un ejemplo coherente con la idea de normalizar y de excluir a las mujeres de manera tácita de la vida en la ciudad.


Zona de tolerancia


zona_de_Tolerancia
Zona de Tolerancia

La nueva traza urbana fue factor importante para la remodelación y la apropiación del centro de la ciudad por la élite en ascenso, lo que transformó la ecología humana. En la metrópoli se abrieron avenidas, se limpiaron calzadas, lo que permitió un mejor tráfico de las mercancías y de los nuevos transportes de la clase triunfante, al mismo tiempo que favoreció la circulación del aire, volviendo más sano el ambiente. De esta transformación urbana nacería la moralización y la higienización de las calles céntricas que alejo a los burdeles tradicionales de un centro reservado a las actividades de los ciudadanos respetables: vender, comprar, convivir, y desarrollar las representaciones del espectáculo de la decencia y del nuevo modo de vida.

También fue la búsqueda de normas, comisiones, campañas y reglamentaciones. Las autoridades fijaron, de acuerdo con el reglamento de prostitución, las llamadas zonas de tolerancia, dentro de las cuales se permitiría la casa no santa. (González Rodríguez 1990, 90) La intención era fijar un solo perímetro circunscrito, lo más lejano posible de las áreas habitadas por la gente de orden, el cual quedó como sigue: zona de primera, segunda y tercera clase.

Los burdeles al igual que la zona de tolerancia podían ser de primera, aquellos en donde se pagaba aproximadamente tres pesos o un poco más por una visita ordinaria; de segunda, las casas donde se cobraba dos pesos por una visita, de tercera, en donde se desembolsaba menos de dos pesos por visita.

Los burdeles debían ocupar una casa entera o bien una vivienda que estuviera completamente separada y aislada del resto de la casa. Debían de mantener las puertas y ventanas cerradas tanto de día como de noche, para que desde el exterior no se averiguara lo que sucedía en el interior. Las condiciones de las instalaciones eran bastante aceptables en cuanto la higiene y tenían un aspecto elegante. Las de segunda clase tenían las mismas características, es decir, apariencia elegante, servicios sanitarios, pieza para cada pupila; pero carecían de irrigadores.

La autorización para el establecimiento de los burdeles o casa de citas fue autorizada por el Inspector de Reglamentos del Consejo de Sanidad y para su aprobación debía de cumplir con lo siguiente:

|sigue>

<<párrafo anterior|

Que la accesoria o casas en cuestión se encuentre en buen estado de higiene, con sus correspondientes llaves de agua y excusados. No tener en el perímetro que marque el reglamento ni escuelas, ni cuarteles, ni templo o cantinas. (Reglamento de Prostitución 1878, 56-58)

No sólo los burdeles o casa de tolerancia se encontraron estratificados por la regulación. Otra de las sistematizaciones que recuperó el registro fue que cada mujer se le otorgara una categoría (clase primera, segunda y tercera) en relación con sus posibilidades económicas. Las mujeres podían ser de tal o cual clase siempre y cuando pagaran sus contribuciones a la Comisaría; es decir, si la mujer quería ser de primera clase estaba obligada a pagar mensualmente 10 pesos, y por derecho de inscripción 20 pesos; la de segunda clase cuatro y diez pesos; y las de tercera clase 1 y 4 pesos respectivamente. La categoría fue tasada o medida según edad y el atractivo; su forma de trabajo, en prostíbulos o independientemente. (Reglamento de prostitución, op.cit. 67-68)

Además las autoridades decidieron para los policías de burdel que:

El personal policíaco que se encargué de la vigilancia de dichas zonas deberá ser seleccionado y se le dará convenientes instrucciones para que se concrete a intervenir exclusivamente en las faltas de policía y de moral que se [cometan] dentro de las propias zonas, respetando los demás aspectos de los asuntos de prostitución, que corresponden a los Inspectores de Sanidad, con los cuales podrá colaborar cuando su auxilio le sea requerido por dichos Inspectores de Sanidad.

A la Inspección de Sanidad se les encargaba revisar:

Todo lo relativo al acondicionamiento interior de las casas destinadas al ejercicio de la prostitución: instalación sanitaria, mobiliario, ropas, material higiénico y en general todo lo relativo a la parte sanitaria derivada del reglamento en vigor, respetando la moral de los policías y la moral pública. (Archivo Histórico de la Secretaría de Salud, Zona de Tolerancia, fondo de Salubridad Pública, sección Inspección Antivenérea, caja 10, exp. 10)

Las prostitutas no solo quedaron sujetas a la observancia de estrictas normas reglamentarias, sino también a las obligaciones que el propio oficio imponía. Estaban regenteadas por una mujer, madrota, que tenía como colaboradores en su misión a los conocidos padrotes, individuos que participaron con frecuencia como patrones de hecho, que no de derecho; en muchas ocasiones eran maridos o amantes, y con frecuencia traficantes o delincuentes.

De acuerdo con los valores en boga, la sexualidad sucia, e ilegítima había que esconder, tolerar, ocultar. Por lo que la sociedad siguió vigilando el ejercicio de la prostitución e hizo surgir, como en tiempos pasados, la creencia de que el hombre estaba al abrigo del contagio


Los usuarios


usuarios
Los Clientes

Los estudios sobre la prostitución generalmente parten del análisis de las meretrices y no de de los clientes. Éstos, a cambio del pago, satisfacen su deseo erótico, sacian su soledad y tal vez evaden temporalmente a su pareja sin poner en peligro el modelo conyugal o el de la institución. El varón paga y pretende encontrar en la prostituta una posibilidad a sus demandas sexuales y eróticas. (Alberoni 1991, 9-15)

Los clientes que asistían en busca de sexo en forma individual, o en grupo de hasta cinco o más personas. ¿Quiénes iban a estos lugares? En realidad eso dependía de la posibilidad económica del cliente para poder pagar de acuerdo a la clasificación del burdel hecha por el Consejo de Salubridad. Es obvio que las prostitutas no trabajaban solas, y que no existían sin sus clientes.(Güemes 1888, 49)

Los clientes que frecuentaban los burdeles de primera y segunda clase eran por lo regular militares, la burguesía capitalina y el sector letrado de la capital. ( Ríos de la Torre 2004,142-143) Los visitantes de los burdeles de tercera solían ser los obreros, la tropa o en algunos casos los residentes de las zonas, o gente que provenía del interior. (Ríos 2004, 147-148) Los clientes jamás fueron perseguidos registrados o encarcelados, a pesar de que transgredieran la norma establecida por la sociedad mexicana.


Consideraciones Finales


La meretriz siguió siendo el prototipo de la mujer delincuente y enferma, que sufría una desviación social por lo que victimizada y colocada en el terreno de la anormalidad sexual, era considerada como engendradora del relajamiento moral y del control venéreo. El discurso describía a estas mujeres como “seres que se entregaban a las caricias lujuriosas, a besos lascivos, a gustar los placeres del cuerpo, organizan orgías donde la moral y la higiene huye avergonzada”.( Sucesos 1887, 12) Los estudios referentes al tema de la prostitución la entendían como un problema de índole social, psicológico y penal, por lo que los gobiernos liberales plantearon soluciones para ayudar a salvar a las mujeres públicas: generar empleos o encerrarlas y medicalizarlas, Es decir, vigilar y controlar.

La sociedad siguió vigilando el ejercicio de la prostitución e hizo surgir, como en los tiempos pasados, la creencia de que el hombre estaba al abrigo del contagio. Se comprueba con los documentos revisados el hecho de que las autoridades siguieron persiguiendo con más rigor a las prostitutas que salían de las zonas de tolerancia. Así, la mujer que caía bajo la vigilancia de la Inspección de Sanidad y de los policías de burdel estaba obligada a ejercer su actividad dentro de las redes de corrupción que se fueron tejiendo desde muchos años antes en la famosa ciudad de los palacios.

El funcionamiento interno que transcurría en cada burdel, a través de su espaciabilidad, su conformación y ciertos detalles de la vida de la actividad prostibularia de entonces, en el que participaron autoridades, médicos, instituciones, marcos normativos y la diversidad de mujeres que propiciaron un fuerte intercambio sexual.

Resalta, entonces, que esta multitud de vidas paralelas y peculiares se entretejieron varios caminos gracias a la puesta en práctica del recurso de la normatividad. En otras palabras, el registro de mujeres públicas lo identificamos como un saber organizado, que se postula como un magnífico controlador prostibulario. Por lo tanto, se estableció como un mecanismo multiplicador de coerciones, un fabricador de una política del detalle.

Evidentemente, las medidas oficiales no pudieron aliviar el problema de la prostitución en aquella sociedad y de ningún modo significaron la desaparición de este tráfico. Así por injusto que parezca las tendencias sociales de las autoridades liberales, a veces incomprensibles y duras, discriminaron a las mujeres tomando en cuenta su clase social, especialmente las prostitutas, como se comprueba con las opiniones de los juristas y de los médicos.

No debemos olvidar tampoco que la sociedad moderna y progresista del siglo XIX, fue miope ante las necesidades de las mujeres. A pesar de tanto empeño, los reglamentos, como intentos de control de las enfermedades venéreas, fueron un rotundo fracaso.

Hoy los primeros seis años del siglo XXI, todavía la prostitución se conceptúa en el terreno de lo moral, y aunque legalmente no sea considerado delito, en la práctica se toma como si fuera, pues las prostitutas son detenidas, consignadas por supuestas faltas al Reglamento de Policía y Tránsito; excepcionalmente se hace esto con los clientes. Es necesario reflexionar sobre el tema ¿Qué creen ustedes?


NOTAS:
[*] Guadalupe Ríos de la Torre |Arriba
Doctora en Historia.
Profesora Investigadora del Área de Historia y Cultura en México.
Departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco.
Síntesis:
Uno de tantos problemas a los que se enfrentaban las grandes metrópolis fue el de la suciedad por lo que las autoridades adoptaron diferentes políticas, algunas dirigidas al entorno urbano, otras a crear prácticas de sanidad para los habitantes de las grandes ciudades. Dentro de ellas se destacó campañas sanitarias con el fin de crear un confort en la vida de los ciudadanos del México del siglo XIX.
[1] El promedio es de 94.90%.Con otros formatos representan menos de 6% de 474 mujeres registradas con fotografía. |Arriba

BIBLIOGRAFÍA:
Arriba
Fuentes consultadas
Archivo Histórico de la Secretaría de Salud
 
Aguilar Ochoa, Arturo.
2001 La fotografía durante el Imperio de Maximiliano. México, Universidad Nacional Autónoma de México/Instituto de Investigaciones Estéticas.
Alberoni, Francesco.
1991 El erotismo. México, Gedisa.
Figueroa Guerrero, Leovigildo.
1946 La prostitución y el delito de lenocinio en México y los artículos 207 y 339 del Código Penal del Distrito Federal y Territorios Federales. México, Universidad Nacional Autónoma de México,
González Rodríguez, Sergio.
1990 Los bajos fondos.México, Cal y Arena.
González, Armida.
1973 "Las clases sociales" en Historia moderna de México. El Porfiriato.México, Hermes.
Güemes, Francisco.
1888 Algunas consideraciones sobre la prostitución pública en México. México, Oficinas de tipografía de la Secretaría de Fomento.
Núñez Becerra, Fernanda.
2002 La prostitución y la represión en la ciudad de México, (siglo XIX), México, Gedisa.
 
Reglamento de Prostitución de la Ciudad de México.
 
Ríos de la Torre, Guadalupe.
2004 La prostitución en la ciudad de México.Universidad Nacional Autónoma de México.

Hemerografía:
Los Sucesos