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Benito Júarez. Héroe de Mármol

Por: Guadalupe Ríos de la Torre [*]
Profesora – Investigadora Universidad Autónoma Metropolitana -
Azcapotzalco

La Guerra de Reforma, iniciada en medio de los palacios arzobispales de Tacubaya y terminada en las parduscas llanuras de Calpulalpan, fue para el país la escuela más activa y fecunda de heroísmo. La nación cristalizó en ella sus ideales de libertad y de tolerancia e impuso un tono de modernidad en un ambiente hasta entonces impregnado de rancios prejuicios coloniales. (Bulnes 1905, 322-323)

Después de más de treinta años en el poder, en septiembre de 1910 el gobierno de Porfirio Díaz celebró el Centenario de la Independencia. Los festejos del Centenario marcan el fin del siglo XIX mexicano. La cultura se despedía de las escuelas literarias, plásticas y teatrales del siglo XIX e iniciaba su camino en el nuevo siglo, en medio de la turbulencia social que desembocará en la lucha revolucionaria.

En los años inaugurales del siglo XX, las capitales vieron pasar el proceso modernizador. Las ciudades serían el mejor escaparate de la evolución de la nación y mostraría las bondades de la paz social y los frutos del desarrollo económico, convirtiéndose en espejo del lema “orden y progreso” y ejemplificando el éxito de la fórmula “poca política y mucha administración.” Con ello servirían para legitimar al régimen porfirista y para justificar práctica como el sacrificio de la democracia o la falta de respeto a las garantías individuales; además permitirían demostrar al extranjero que el país progresaba, disipar su temor hacia el pueblo mexicano y seguir atrayendo la confianza extranjera.

Sin embargo, se fomentó una cultura nacional y nacionalista, es decir, que brillaba lo propio del país y que, por ello, podía servir para impulsar un sentimiento de identidad. Persiguiendo una vieja tradición se cultivó inicialmente la literatura costumbrista de tinte romántico o
realista.[1] Más tarde se dio también la literatura realista, heredera del costumbrismo pero interesada en la fiel reproducción de la realidad, sus ambientes y sus personajes.[2]

En este aspecto destaca también asimismo otra antigua tradición, el paisajismo mexicano, con pintores como José María Velasco o Joaquín Clausell, e incluso con el retrato de personajes, como actos y acontecimientos de la vida diaria, a cargo de José Guadalupe Posada, quien divulgó en periódicos que costaban un centavo y en los cuadernillos y en las hojas sueltas que publicaba la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo. (Ríos 1980, 56-589)

Sin embargo, para crear redes de aproximación - y nuevamente al igual que los habían hecho los gobernantes de la República Restaurada -, los porfiristas pensaron que nada era mejor que la enseñanza de la historia patria, capaz de rebasar las identidades regionales e inculcar los niños los valores cívicos que podrían calificarlos como futuros ciudadanos. Por ello la educación era gratuita y obligatoria, con programas y textos oficiales. Sin embargo, el proyecto educativo no tuvo el éxito esperado. Se concentró en las zonas urbanas y aun en ella resultó insuficiente.
(Bazant 1993,25-26)

Otra forma de promover el nacionalismo, la historia patria y el culto a los héroes fueron las ceremonias cívicas. Celebraba la formación de la nación y la defensa de la soberanía, como también de las instituciones liberales, de las cuales el porfiriato se proclamaba heredero y defensor.

Una muestra de lo anterior, fue la conmemoración del natalicio de Benito Juárez. Desde el momento de su muerte comenzó la tarea de sus biógrafos, pero sin duda el caudal se incrementó al celebrarse en 1906 el primer centenario de su nacimiento. Recordemos que Porfirio Díaz, quien aunque había sido discípulo de Juárez se rebeló y deseaba conocer su propia popularidad entre el pueblo para contraponerla a la del prócer.
(García 1904,123)

Pero el presidente del Gran Congreso Obrero de la República Mexicana protesto contra tal calumnia y convocó a las sociedades mutualistas y las agrupaciones de obreros de las fábricas de hilados y tejidos del valle, para que se organicen y formaran una comitiva ante el sepulcro de Juárez: “se hizo la primera manifestación de cariño.” (La Clase Media 1908, 39).

A raíz de estas muestras de solidaridad la prensa liberal y más tarde algunos personajes ilustres de ese partido, dieron la pauta para que anualmente se estableciera una costumbre “que ha servido para exaltar la gratitud y el amor al Benemérito de América. (El Correo Español 1906, 4) Nombre que se le dio en mayo de 1865 en el Congreso de los Estados Unidos de Colombia y cuyo decreto fue:

Artículo 1°. El Congreso de Colombia en nombre del pueblo que representa, en vista de la abnegación y de la incontrastable perseverancia que el señor Benito Juárez, en calidad de Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, ha desplegado, en defensa de la independencia y libertad de su patria, declara que dicho ciudadano ha merecido bien de la América, y cómo homenaje a esas virtudes y ejemplo a la juventud colombiana, dispone que el retrato de ese eminente hombre de Estado sea colocado en la Biblioteca nacional con la siguiente inscripción: “Benito Juárez, Ciudadano Mexicano.- El Congreso de 1865 le tributa en nombre del pueblo de Colombia este homenaje por su constancia en defender la independencia de México.”

Artículo 2°. El poder ejecutivo hará llegar a manos del señor Juárez, por conducto del Ministerio de Colombia, residente en Washington, un ejemplar del presente decreto.

Artículo 3°. En el presupuesto que ha de votarse por el Congreso para el año económico próximo, se incluirá la cantidad suficiente para que el poder ejecutivo pueda dar puntual cumplimiento al presente decreto.

Dado en Bogotá, 1° de mayo de 1865. El Presidente del Senado de Plenipotenciarios, Victoriano D. Paredes. El Presidente de la Cámara de Representantes, santiago Pérez. El Secretario del Senado de Plenipotenciario. Juan de D. Rionalo. El Secretario de la Cámara de Represen-
tantes, Nicolás Pereira Gamba.

Bogotá 2 de mayo de 1865. Publíquese y ejecútese Manuel Murillo. Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, Antonio del Real. Número 369. Legación Mexicana de los Estado Unidos de América. Washington, julio 31 de 1865. Decreto Congreso de Colombia.

Pero no solamente en el extranjero se reconoció la figura de Benito Juárez, en la ciudad de México fue inaugurado el monumento que lleva su nombre. Los habitantes del Distrito Federal participaron de dicho acontecimiento:

“El monumento a Juárez fue inaugurado por el Señor Presidente.

El recuerdo del gran reformador Benito Juárez. Palpitó ayer en el espíritu de todos los que asistieron a presenciar la inauguración del bello monumento que la gratitud nacional levantó a su memoria en el más hermosos parque de la metrópoli.

Las palabras de los oradores y la poesía de Luis G. Urbina loaron la memoria del patricio.


Arenga a Juárez.

Y fue del sueño de la noche oscura
de raza infeliz heroica y triste,
del que brotó serena figura.

No, efímero relámpago, prendiste
por un instante al horizonte, el fuego
de un sideral y lívido amatista;

no relumbraste en la tiniebla, y luego,
extinto tu fulgor, quedose el mundo
más hirviente de sombras y más ciego.

No señor, fue tu brillo en lo profundo
de la terrible noche de la raza
hundida en un sopor meditabundo,

perenne antorcha que el pavor rechaza;
fanal insomne que los vientos veta,
astro que resplandece y amenaza.

He aquí por que la multitud inquieta,
agítese, y estemos frente a frente,
tú, la inmortalidad, y yo, el poeta.

Inmenso y grave tú, yo reverente
y humilde; tú, marmorizado ensueño;
yo, voz que canta y átomo que siente.

He aquí llegar con peligroso empeño
a ti - lo grande, el símbolo que dura; -
al hombre - lo que pasa, lo pequeño,-

Pero al pasar su pequeñez, depura
la vida; y de tu carne, ayer morena,
hace hoy, por fin, escultura blancura.

Más no se laza tu imagen serena,
ni tan radiante está de lo que entonces
fue en medio de la tenaz lucha terrena.

La puerta del ser giró en sus gonces
y entraste tu, llevado hasta la muerte
el color y la fuerza de los bronces.
Y así, señor, quisiste engrandecerte;
y penetrar severo en el combate
y así morir en él, tranquilo y fuerte.

¡Late, soberbio mármol! Late, late,
cual si tuviese corazón; te lleva
el pueblo en su lama como a dios penante;

Y tu memoria, en cada hogar, renueva
La gran veneración por el que pudo
Surgir del negro fondo de la gleba.

Por el que fue una voz del triste y mudo
genio del conquistado que aún se asombra
con la final visión del férreo escudo.

Y por aquel que el indio llama y nombra,
cuando quiera mirar como fobias
a un ángel blanco en medio de la sombra.

Tramontaron los soles de tus días
penosos, y el derecho, tu bandera,
ampara nuestras dulces alegrías.

El sol de tu cielo reverbera,
con flamante esplendor, con anhelo
de dar al aire luz de primavera.

Oro y diafanidad, para que el vuelo
de las lamas, se bañe en lo infinito
claridad milagrosa de tu cielo.

Todo florece en paz - la paz bendita;
la paloma del arca que atraviesa
la nube, y la esperanza resucita.

Brilla tu monumento en la turquesa
del fulgor matinal, y hasta el ramaje
parece que inclina y que te besa.

En ti, reposaron de su viaje
azul, las golondrinas bulliciosas
sacudiéndose el polvo del plumaje.

Hasta a ti llegaron las mariposas
Y te enviaron perfume en el viento
los rojos incensarios de las rosas.

Vela en la majestad del monumento,
gran héroe de la ley, como la vida:
recogida en un noble pensamiento.

Del bloque mismo en que fue esculpida
tu imagen, evocaron los cinceles
el simbólico grupo que te cuida.

Y en la blanca materia, tus laureles
se vuelven perdurables, y así miras
que la patria y la gloria te son fieles.

No provocas temor ni odios inspiras;
pero quedó sobre tu ceño adusto,
el resplandor de las sagradas iras.

Salvaste a la república en tu a gusto
deber. Señor, estás aquí por eso,
y porque fuiste grande y fuiste justo.

En tus hombros de atlante cayó el peso
del porvenir, tuviste la energía
de conducir un mundo hacía el progreso.

A través del dolor y la agonía
- la patria al recordar tus heroísmos,
se estremece de orgullo todavía.

Porque entre sus terribles cataclismos
y tus fastos gloriosos, Señor, eres
como una luz que alumbra los abismos.

No el odio temes, ni el olvido esperes
no es efímera y vana tu grandeza
¿vive la libertad? Pues tu no mueres.

La apoteosis inmortal empieza;
la de tu raza en ti, la que parece
una gran sombra en una gran tristeza.

La que tosca y callada languidece
y en su informe, quimera primitiva,
no se que sueños pavorosos nace.

Padre, de tu cabaña, de improviso,
salió firme, tenaz, clarividente,
como un fulgor de paraíso.

Tu alma indígena…entonces en oriente
hubo aurora, y el sol de tus montañas
con ardor de oro se clavó en tu frente.

Y fuiste conductor del pueblo; - extrañas
vidas, las que esperáis a que el sol hiera
con su dardo de luz vuestras cabañas.

Mirad este alto ejemplo - lisonjera
es la esperanza ¡Oh padre! Pero, dime:
¿Se cambiaría el erial en sementera?

Tú, el hombre de la fe; la fe sublime;
para sembrar, de nuevo a nuestra mano
y en nuestras almas tu vigor imprime.

Que el glorioso excelsos soberano
se canta el nombre del plebeyo fuerte,
de austeridad viril como un romano.

Que en nuestro libre espíritu despierte
la admiración por ti cuya existencia
tranquila y pura sorprendió la muerte.

Que nos envuelva cual divina esencia,
la libertad; pues también nos diste
la santa libertad de la conciencia.

Y que en el fondo de tu raza triste
se encienda el ideal como en la oscura
noche se encienda un pálido amatista.

Que se levante siempre la blancura
de tu soberbio mármol, que las rosas
inciensen con fragancias tu figura.

Que suban hasta a ti las mariposas
que aquí vengan los pájaros contentos
a sacudir alas temblorosas.

Que les ofrezca la cauda de los vientos,
bañados cual aves en rocío,
en lágrimas de amor, los pensamientos.

Y así como en la paz en la contienda,
en dócil calma o en frío bravío,
como a una ara magnífica y tremenda,
llegue a regar las flores de su ofrenda
y a bendecirte, el pueblo ¡Padre mío!

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[Párrafo anterior]

El presidente Benito Juárez, al volver a la ciudad de México, a la secular y tradicional sede de poderes mexicanos, después de recorrer en humilde carroza los extenso y abiertos campos mexicanos, en salvaguarda de la dignidad y libertad de la nación que llevaba consigo, ponía fin a una etapa dolorosa y sangrienta de México, anhelaba una nueva era en la que México, deseoso de renovación, superaría su propia historia.

El pueblo de mexicano que ha sentido siempre admiración y cariño por el indio glorioso. Se apretaba en torno del lugar de la ceremonia, ansioso de presenciar la glorificación del héroe.

Era el aire un ambiente de fiesta y alegría en los árboles que besaban el mármol del monumento, un rumor suave y un efluvio primaveral y era en las tribunas colocadas cabe las majestuosas columnas de la exedra glorificadora, concurrencia más selecta, los uniformes diplomáticos más brillantes, los penachos militares más gallardos, y las bocas femeninas más sonrientes y los ojos más bellos, tan bellos como la mañana esplendorosa en que la carne morena de Benito Juárez fue tomada blanca del más blanco mármol e imperecedera por el milagro de la gloria.

Se hace un silencio súbito. El Himno Nacional rasga los aires en tanto que el primer Magistrado de la Nación, de gran uniforme, brillando en su pecho la constelación de todos sus merecidos hechos cruces y condecoraciones, llega al lugar de la ceremonia, seguido de su Estado Mayor.

La ceremonia empieza a uno y otro lado del señor general Porfirio Díaz los señores vicepresidente de la República, ministros de Relaciones Exteriores, de Comunicaciones y Obras Públicas, de Guerra y Marina, de Instrucción Pública y Bellas artes, de Fomento, Subsecretarios de Relaciones Exteriores, de Hacienda, Magistrados de la Suprema Corte de Justicia. Comisiones de Diputados y Senadores; Embajada de los Estados Unidos, el señor Wilson, embajador residente de ese mismo país; embajador de España, ministro de España, del Japón, de la Argentina, de Guatemala; familias distinguidas de nuestra sociedad. La banda de Policía, invisible para la concurrencia, ejecutan las “Alegres comadres”, de Nicolai. (El Imparcial 1910, 8-9)

Se puso de pie el presidente de la República y descorriendo una bandera que cubría la leyenda colocada al pie de la estatua “Al Benemérito Benito Juárez. La Patria, dijo “hoy 18 de septiembre de 1910 declaro solemnemente inaugurado el monumento que la República agradecida, ha levantado a la memoria del Gran Reformador Benito Juárez. Se descubrió la cortina que había cubierto a la concurrencia, y los ojos de toda la multitud pudieron contemplar la hermosa obra helénica del arquitecto Guillermo Heredía, en toda su belleza, brillando el sol de una manera esplendorosa. (El País 1910, 5-7)

Pero no solamente la élite burocracia estuvo presente ante esta conmemoración también la junta Organizadora de las Fiestas Patrias estudiantiles, organizaron una fiesta en honor a Juárez:

Los estudiantes se reunieron a las 9 de la mañana en el jardín del Corregidora, y de allí formadas las escuelas por orden alfabético, van en procesión por las calles de Santo Domingo, la avenida de San Francisco, hasta el monumento a Juárez, en donde se verificará un acto cívico, conforme el siguiente programa:

  • Pieza de música por la Banda de Artillería.
  • Discurso por el señor Rafael Heliodoro Valle, alumno de la Escuela Normal para Maestros.
  • Pieza de Música por la Banda de Artillería.
  • Poesía por Luis Jasso, alumno de la Escuela Nacional de Jurisprudencia.
  • Pieza de música por la Banda de Artillería. (El Imparcial 1910, 10)

El monumento a Benito Juárez se levantó en el mismo sitio que ocupara el pabellón morisco, en el costado sur de la Alameda Central (El Mundo Ilustrado 1910, p.2)


Los problemas para la construcción:

Las obras de colocación de mármol de Carraral, principadas el 7 de abril del corriente año, hubieron de suspenderse durante varios meses por no haberse recibido con regularidad las remisiones hechas de Italia, habiendo obligado esa circunstancia a montar 1346 bloques de los 1620 que forman la construcción, en términos que no excedió de 45 días.
(El Imparcial 1910, 2)

La magnitud del hemiciclo:

Todo el mármol empleado alcanza un peso aproximado de 1400 toneladas y un volumen de cerca de 600 metros cúbicos. Cada columna pesa diez toneladas; cada arquitabre 8 toneladas; cada león de los que ésta al pie de la tribuna, 9 toneladas; y el grupo escultórico pesa cerca de 70 toneladas.
(El Mundo Ilustrado 1910, p. 1-5)

Estructura del mismo material, y sobreelevación del conjunto, de acuerdo con los contratos celebrados con el ingeniero Miguel Rebolledo: 45 800 pesos. Obras de mármol y de bronce, y montaje del monumento con la compañía italiana de Construcciones S. A 233 000.00 pesos. Movimientos y transporte de mármoles y gastos generales 16 625 pesos cantidades que dan un total de 299 438.00 pesos.
(El Heraldo Mexicano 1910, 5-6)

A la vista del público la gran obra:

Y surgieron de allí los tres órdenes clásicos, creación ingeniosa y admirable, que nada ni el tiempo ha podido destruir, y matizan e imprimen expresión definida a las altas manifestaciones de la arquitectura. El primero, el que procede de los Dorios, lleva la demostración de su genio severo, sólido, resistente; revela a primera vista su potencia, como atleta muestra sus músculos; y si se analiza se ven todas sus partes sostenerse con una lógica rigurosa. Este orden dórico fue adoptado en esta obra, es sin duda alguna, el que debía inspirar un monumento a Juárez, el hombre fuerte, recto, justo inconmovible ante las seducciones, severo ante las grandes adversidades de la fortuna, firme ante el huracán desbordante de las pasiones.(Revista Cosmos 1910, pp.123-124)

Así el pueblo, que vio en Juárez, mejor que en ninguno de sus ministros, al paladín de la Reforma, al símbolo corporeizado de la patria, que advertía que tras una máscara de impasibilidad se escondía un alma de temple nada común, capaz de todo sacrificio y de toda prueba, como lo demostró en los años venideros, le rindió un homenaje en su centenario de su natalicio que quedó en el famoso Hemiciclo a Juárez.


Consideraciones finales

Dio también al pueblo, además de nuevos ideales, los héroes que le faltaban y que desde la época de la Independencia no surgían espantados por los manes de Santa Anna. La historia mexicana aumentó sus nombres y a través de su culto resistió otros cincuenta años la ausencia de hombres auténticos.

Independencia absoluta, autodeterminación libérrima, dignidad soberana, tales eran los postulados que los patricios republicanos sustentaron en todo momento: hombres que lo mismo utilizaban la espada que la pluma, ponían en ellas toda la pasión, fuerza, inteligencia y valor que era necesario. Por haber querido edificar una patria nueva, tuvieron que destruir restos de un pasado que detenía el progreso, mas su acción fue en última instancia de un creador que amasa la arcilla que tiene a la mano, la purifica y le imprime nueva forma y un aliento más noble y alto.

La victoria se obtuvo merced a un gran esfuerzo colectivo del que tuvieron plena conciencia nuestros próceres. La autodeterminación había costado muchos sacrificios que no debían a todo trance ese principio, sellado con la sangre de la nación entera.

La República venció a sus enemigos del exterior gracias a que tras ella estuvo la nación entera, conducida por hombres de calidad extraordinaria: estadistas, políticos, filósofos, educadores, militares, poetas, pero no solos, sino acompañados por su pueblo, de donde arrancaban sus virtudes.

En el triunfo de hace más de cien años. Su sangre y heroicos esfuerzo, derramados por todos los rincones de la patria, le otorgaron en cambio la libertad. De sus anhelos, los grandes reformistas fueron lo intérpretes más certeros y fieles, y la victoria lograda.

Al regresar a la ciudad de México Juárez y sus compañeros, el destino de México que ellos habían contribuido a forjar con lealtad, honestidad y firmeza estaba asegurado. Al dirigirse a la patria señalándola el esfuerzo realizado para liberarla y el debate a cumplir en el futuro, el primer magistrado actuaba como un auténtico padre de la patria. Él le había devuelto su perdida libertad y dignidad y otorgado un destino más noble. Ella, en ese momento y para siempre, concedería a su Presidente, en pago de esa deuda, perpetua gratitud y los laureles de una gloria eterna.






NOTAS:
[*] Guadalupe Ríos de la Torre
Profesora Investigadora de la UAM-Azcapotzalco en el Departamento de Humanidades. Es Maestra en Historia. Ha publicado diversos artículos y ensayos en libros y revistas, entre los que se distinguen: “Azahares, fusiles y comercio”, “José Guadalupe Posada, ilustrador de la vida cotidiana”, “La rumba, la calandria y Santa, ante los valores morales del Porfiriato”. |Arriba
[1] Entre los autores que cultivaron el género romántico o realista fueron: Ángel del Campo, José Tomás Cuellar, Rafael Delgado y José López Portillo y Rojas. |Arriba
[2] Heriberto Frías, Federico gamboa o Emilio Rabasa son los escritores que captan la vida cotidiana.
|Arriba

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
Arriba
  • Bulnes, Francisco. Juárez y las Revoluciones de Ayutla y de Reforma. México,
    1905     Murguía.
  • Bazant, Milanda. Historia de la educación durante el porfiriato. México, El Colegio
    1993     de México.
  • García, Genaro. Juárez; refutación de don Francisco Bulnes. México, Vda. Ch. Bouret,
    1906.
  • Ríos de la Torre, Guadalupe. José Guadalupe Posada grabador. México, Universidad
    1980     Nacional Autónoma de México, [Tesis de Licenciatura]
  • Roedor, Ralph. Juárez y su México. México, Estampilla y Valores.
    1958.
Hemerografía
  • La Clase Media
  • El Heraldo de México
  • El Imparcial
  • El Mundo Ilustrado
  • El País
  • Revista Cosmos