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Juárez, Recuerdo y Actualidad

Por: María Elvira Buelna Serrano [1]
       Lucino Gutiérrez Herrera [2]
       Santiago Ávila Sandoval [3]

I. EL ENTORNO LIBERAL


1. El liberalismo

La Ilustración fue un movimiento filosófico, cuyo objetivo se centraba en generar y difundir el conocimiento para alcanzar la libertad individual y colectiva de las naciones. Sus pensadores aportaron el sustento programático a una serie de movimientos políticos y sociales denominados liberalismo, que tuvieron como objetivo eliminar las reminiscencias del absolutismo en la organización institucional del estado, introducir valores de progreso en las costumbres económicas, generar conocimientos con base en la razón e impactar con éstos el sistema de creencias y comportamientos sociales.

El liberalismo sostenía que el individuo es un ente integrante de la estructura social; un ser con derechos y obligaciones establecidos en la ley, la cual le proporciona garantías individuales en contra de los abusos del poder. Esta proposición implicó un avance en relación a la forma de concebir al hombre durante el medioevo, porque no se trata del reconocimiento individual a partir de la pertenencia corporativa, sino del individuo en sí como humano, como ser perteneciente a la sociedad, no a la corporación, como parte del todo, no como una parte de otra de las partes del todo.

La doctrina liberal, cuyo fundamento es la idea de la soberanía popular, concibe al pueblo como el conjunto de individuos que conviven socialmente, pero con voluntad particular, con expectativas realizables en la tierra dentro el ámbito económico, dispuestos a competir por el poder; personas cuya fuerza proviene de la razón, no de la creencia religiosa o de la posición social;. Por lo tanto, el movimiento liberal elimina todo indicio o concepción teocrática del poder; sujeta el dominio de las monarquías al cumplimiento de reglas; elimina la concepción de poderes particulares (fueros).

Los liberales consideraban a la razón como la base del saber y del comportamiento, por eso cuestionaban a la Iglesia, porque la prescribían como la institución que mantenía el monopolio de las conciencias mediante la fe, es decir, mediante creencias irracionales. Ley, razón, libertad, progreso y un sentido de corresponsabilidad entre poder y pueblo fueron partes constitutivas del liberalismo.

El progreso demandaba de una concepción diferente de la economía. El liberalismo requería suprimir las trabas que dificultaban la libre circulación de bienes, tales como las alcabalas o impuestos de tránsito; también necesitaba abolir los gremios, impulsar el desarrollo de la industria y el libre comercio, desamortizar la propiedad, extinguir los mayorazgos y fideicomisos, crear la individualidad económica a través de venta de bienes del estado, de la iglesia y de las corporaciones públicas, pugnar por un sistema que favoreciera la ganancias en el tiempo y la competencia, no la renta y el monopolio.

La razón exigía otra forma de relación entre la sociedad y el conocimiento. El liberalismo requería eliminar las costumbres sociales basadas en estamentos e introducir un sistema de incentivos sociales de movilidad y libertad de elección con base en el entendimiento, no en la creencia. Por ello, los movimientos liberales pugnaban por el establecimiento de un sistema público de enseñanza donde la ciencia y la tecnología, no la creencia, fueran la base formativa del hombre.

Estado- nación era el marco institucional en donde las innovaciones del liberalismo se plasmaban. Los valores de libertad y ley configuraban nuevas instituciones, que daban forma a la idea de que la sociedad era resultado de un acuerdo entre iguales, un “contrato social” [4]. Esta premisa configura un nuevo concepto legal. La ley se concibió entonces como un código que delimita los derechos y obligaciones para todos y cada uno de los ciudadanos a partir del principio de que todos son iguales ante dicha ley. Bajo esta concepción se generó estructuras legales donde se eliminaban los privilegios y fueros corporativos, y se daban garantías a la persona y a la propiedad, es decir, se establecían los derechos de propiedad y las garantías individuales en contra de los abusos del poder.

El liberalismo como movimiento social tuvo un proceso paulatino de avance. Se dio primero como realidad económica en Inglaterra, después, como realidad nacional en los Estados Unidos, y como realidad universal a partir de la Revolución Francesa. Sin embargo, no tuvo una implementación lineal, en la propia Europa continental vivió el flujo y reflujo de las luchas por establecer nuevas o conservar viejas prácticas de poder.

España no estuvo exenta de este movimiento. Primero con las Reformas Borbónicas, después como consecuencia de la invasión liberal napoleónica, cuyas guerras en Europa difundieron los principios de la Revolución Francesa. La particularidad de España estriba en que su acercamiento al liberalismo tuvo una naturaleza dialéctica, ya que bajo los símbolos de la monarquía, se opuso al liberal Napoleón, y bajo los de la libertad, al absolutista Fernando VII.


2. España, la imposibilidad de la modernidad social

España, desde su integración en el siglo XVI, fue una peculiaridad como nación en Europa. Primero, porque fue un estado reconquistado para occidente, y en el proceso de reconquista la religión católica jugó un papel fundamental de cohesión, mismo que mantuvo durante todo el periodo de su dominio ultramarino, por lo cual la intolerancia de creencias se constituyó en un valor de carácter nacional. Segundo, porque en su proceso de formación, se integró como una unidad política continental, es decir quedó configurada como parte central de un imperio que alcanzaba el Mediterráneo y territorios del Mar del Norte europeo, lo cual exige a sus gobernantes de una visión integral de la estructura de su dominio y desarrollo del mismo. Tercero, porque se convirtió en una nación colonizadora ultramarina, en un imperio mundial fundamentado en valores tradicionales, donde la desigualdad social le era característica, y la falta de incentivos eliminaba con el tiempo la dinámica de cambio entre la población colonizada.

Esta nación, que había defendido con éxito en Lepanto a la Europa occidental, y cuyos reyes externaban con claridad que más valía perder un reino que perder el reino de la fe, vivió un largo proceso de decadencia que le llevó después de dos siglos a su desintegración como potencia europea. España hacia el siglo XVIII, hizo intentos por integrarse a la dinámica de cambios que caracterizan al mundo europeo, introdujo como forma de gobierno el Despotismo Ilustrado y se encaminó con las llamadas Reformas Borbónicas a fomentar las luces en la política, en la educación, en la tecnología, en la industria nacional [5]. Sin embargo, el resultado de dichas acciones fue insuficiente, tanto España como sus colonias se mantendrían lejos de los objetivos sociales y políticos de la Ilustración hasta ser sorprendida por Napoleón.

La invasión napoleónica dio la pauta para recuperar el sentido de soberanía popular. Así, durante la resistencia formularon nuevas reglas para el poder y lucharon por implantar un proyecto de reforma instituyendo la monarquía constitucional en vez del absolutismo. Derrotado Napoleón en España, el poder absolutista nunca fue el mismo, pero tampoco el auge del liberalismo. Los asuntos del poder se desenvolvieron en un contexto de represiones contra los liberales y sublevaciones contra la corona; el reino se subsumió en un conflicto que se prolongó hasta mediados del siglo XIX.

España se mantuvo alejada de la modernidad y no la logró sino hasta el Siglo XX, cuando retomó los valores del progreso y el individualismo con un nuevo movimiento liberal que tuvo como base la integración de esta nación al bloque europeo. Fue hasta entonces cuando, finalmente, pudo de manera consistente mejorar sus condiciones de vida correspondientes a la modernidad.


3. Liberalismo, tiempos aciagos en España y en México

3.1. Liberalismo en España

El liberalismo español surgió a raíz de la crisis de poder que generó la invasión francesa en 1808. La ausencia del monarca lo obligó a interrogarse sobre el fundamento del poder soberano. Encontró respuestas en la tradición medieval jusnaturalista que afirmaba que el poder lo confería Dios al soberano con el objetivo de que éste lo ejerciera para lograr el bien común, pero si el monarca falta a ese principio, el pueblo podía desconocer su legitimidad. Este principio tendía a limitar a la autoridad real. Por otra parte, también existían las Cortes, conformadas por miembros de la aristocracia y del alto clero de cada uno de los reinos, y que tenían poder de decisión sobre las políticas públicas, es decir, funcionaban como un importante contrapeso al poder monárquico. Los liberales, para enfrentar al absolutismo y a los invasores extranjeros, recuperaron ambas tradiciones, aquella que sostenía que el monarca sólo era legítimo si gobernaba para el bien general, y la de las Cortes que, junto con el monarca, también tenían un poder político importante [6].

Los liberales hispanos resistieron a los invasores defendiendo la soberanía del pueblo español. Promovieron un programa que en gran medida continuaba el que había desarrollado el despotismo ilustrado: atacar los privilegios de la iglesia, propiciar la secularización de la vida cotidiana, promover una reforma social con base en la cultura y fundada en valores de tolerancia espiritual y científica, impulsar la economía en el marco de principios relativos al progreso y no a la tradición.

Los liberales peninsulares actuaron en la escena política con una contradicción: por una parte, defendían su soberanía contra el liberal Napoleón y peleaban por el regreso de Fernando VII, pero, por otra, se oponían al absolutismo de este soberano estableciendo una base constitucional para el ejercicio del poder; por tanto, se oponían a la concepción del poder absolutista y promovían una práctica orientada a democratizarlo.

Los liberales eran nacionalistas y constitucionalistas porque defendieron a España de los invasores y fueron los primeros en derrotar a Napoleón en Europa, y porque establecieron un congreso para emitir una Constitución: la de Cádiz. ésta última instauraba la idea de soberanía popular, y con ella promovía un sistema igualitario legal en el sentido de eliminar los derechos exclusivos y los señoríos jurisdiccionales; por consiguiente, daba pauta para formular códigos y leyes comunes, es decir, lo que ahora denominamos igualdad ante la ley.

España, al igual que sus ex colonias, vivió un largo proceso de inestabilidad social durante la primera mitad del Siglo XIX. El regreso de Fernando VII a Castilla significó un sistemático sistema de terror en contra de los liberales, quienes en 1814 y en 1820 lograron obligar al rey a jurar la constitución mediante continuos levantamientos militares.

Después de la muerte de Fernando VII en 1833, su sucesión se vio envuelta en una guerra civil entre carlistas y los seguidores de la infanta Isabel II y la reina Cristina como regenta. A partir de 1833 y hasta 1837, la inestabilidad dio pauta a una nueva constitución, pero los españoles no respetaban las reglas políticas que se daban y acudían a las revueltas militares para ascender al poder. Los radicales rechazaban los resultados electorales, el militarismo progresista o conservador generó que los regímenes conservadores o progresistas, apoyados por los extranjeros y las milicias, se alternaran en el poder. Este vaivén se alargó hasta el año de 1855, cuando la emisión de un nueva constitución consiguió la paz e inició un periodo de progreso que se extendió hasta 1868.

3.2. Conservadurismo y liberalismo en México

Como podemos observar México vivió un proceso casi paralelo durante la guerra de independencia y el establecimiento republicano liberal. En principio, el impacto de la intervención francesa tuvo en Nueva España consecuencias similares a las de la Península porque sus vasallos españoles y criollos se interrogaban sobre a quién representaba el virrey, bajo qué norma jurídica se regía una sociedad sin rey, el cual había sido depuesto por los franceses. Esta situación dio cabida a la introducción del concepto de soberanía popular. El movimiento liberal, en tanto soberanía del pueblo, tuvo su primer representante en el Virrey Iturrigaray, y el primer movimiento de resistencia en el golpe de estado organizado por la iglesia y comandado por Riaño.

Luego, como en España, se dio un proceso de inestabilidad en busca de formas de gobierno y de transmisión del mismo. Primero, inestabilidad para establecer formas de gobierno, después, para respetar mecanismos de cambios de gobierno, luego para aceptar reglas generales. Vemos pues que entre 1833 y 1854, es decir, desde las reformas de Valentín Gómez Farías y el establecimiento y triunfo de la República Liberal, México vivió un proceso equivalente al español.

Así nos desenvolvemos en la misma dualidad de acción con diferentes actores que terminaron por sintetizarse en la lucha Imperio-República, República central – República federal, Estado-Iglesia. Dualismos representativos de las condiciones sociales que pretenden cambiarse o conservarse tanto en México como en España.

3.3. Paralelismos: dos naciones que no saben vivir bajo reglas parlamentarias

¿Cuál fue la base de este proceso aciago? Los dos pueblos lucharon por su soberanía; los dos pueblos emitieron constituciones que no fueron respetadas por sus autores; los dos pueblos se enfrentaron en guerra civil por sus ideas e intereses; los dos corrigieron constituciones y emitieron nuevas. Históricamente, los dos pueblos iniciaron su proceso de cambio a favor del liberalismo en 1808; los dos entraron en conflicto para instaurar la Constitución de Cádiz; los dos pierden en 1820 su oportunidad liberal; los dos hicieron de la inestabilidad su forma de resolver las diferencias políticas entre 1833-48, y, por último, los dos emitieron a mediados de la centuria nuevas bases constitucionales de orden liberal, 1855 en España, 1857 en México.

Ambos pueblos tenían similitudes en su estructura social, en principio, porque en ambos la iglesia y su inquisición era la institución social dominante; los estamentos sociales y sus prejuicios ante el trabajo eran valores arraigados, la intolerancia política y de creencias era común; ambos pueblos carecían de industriales y comerciantes liberales, no tenían ciudades ilustradas y laboriosas, contaban con dirigentes intransigentes sin capacidades de gobierno y con un continuo sistema de transmisión de poder basado en golpes de estado y agitación endémica.

El proceso histórico fue costoso, España perdió todas sus posesiones en América, excepto Cuba, y México, la mitad de su territorio; España, la oportunidad de gobernar para el bienestar de su población; México, la oportunidad de establecer una nación orientada por el principio de igualdad y la tolerancia fundamentado en la ley. Ese medio siglo fue un periodo de dictadura y militarismo contra anarquía y liberalismo que se caracterizó por el sectarismo de las élites poderosas y por un pueblo sumido en la ignorancia y en la pobreza.



II. JUÁREZ A TRAVÉS DE SUS DISCURSOS


4. El contexto, la inestabilidad social

El período formativo de la república fue uno de los más convulsos en la vida nacional, y sus consecuencias, del todo funestas. En lo general, comprende el la guerra de independencia, los conflictos para encontrar formas de gobierno para la nueva Nación y la inestabilidad de los gobiernos republicanos posteriores a la emisión de la Constitución de 1824 y el conflicto institucionalidad resultante de la emisión de las Siete Leyes en 1836.

La lucha entre quienes pugnaban por una república federal o una de carácter central generó una sombría inestabilidad en el poder que permitió el triunfo del oportunismo representado por el General Antonio López de Santa Anna, quien se distinguió por fomentar y generar continuos golpes militares contra las facciones en disputa, incluso cuando él mismo representara a una de ellas como presidente de la República, es decir, conducía el golpe de Estado contra su propio gobierno [7].

La segunda mitad del siglo XIX inició con una nueva generación de hombres que lucharon contra el militarismo sistemático fomentado por Santa Anna y que lo derrocaron mediante la Revolución de Ayutla en 1853 [8]. No obstante, el triunfo de los revolucionarios no logró estabilizar políticamente al país. Los liberales triunfantes, para ver realizado su programa, emitieron dos Leyes, la de Juárez y la de Lerdo, instauraron el Congreso Constituyente que emitió la Carta Magna de 1857.

La nueva constitución no trajo los frutos esperados, los grupos sociales afectados enfrentaron su implantación durante tres años en lo que se denomina la Guerra de Tres Años o de Reforma. Una vez que el triunfo liberal fue inminente, siguió la intervención francesa, el Segundo Imperio Mexicano y, finalmente, la República Restaurada. Fueron tiempos aciagos: de incertidumbre social, de inseguridad, de dictaduras e intervenciones.

Benito Juárez participó tardíamente en la política nacional, inició su actividad primero como exilado en Estados Unidos junto con Melchor Ocampo y Filomeno Mata, luego como invitado a participar junto con los revolucionarios de Ayutla. A partir de su llegada a Acapulco se destaco por ser en la práctica uno de los principales promotores de La Reforma, y, sin lugar a dudas, como la figura central que a partir de 1858 consolidó el triunfo y la restauración de la república federal [9].

La exposición de su pensamiento de la que trata esta segunda parte se hace siguiendo una estructura temática donde se resalta su posición ante España como entidad imperialista colonial, en donde encuentran raíz nuestros problemas sociales y falta de bienestar; en seguida, la relacionada con el significado del movimiento de independencia. Posteriormente, ordenamos las opiniones y juicios que emitió en diferentes fases de su vida pública, es decir, como gobernador de su entidad natal, como insurgente ante la dictadura santanista, como ministro federal o como Presidente de la República, y que muestran la continuidad de su posición política liberal.


5. La España de la que México se libera [10]

Juárez calificó al dominio español sobre América como ilegítimo e injusto. Sostenía que el imperio hispano se conformó valiéndose de mecanismos reprobados tanto por la razón como por la moral.

Señaló que la monarquía española había descuidado la educación y había cerrado las puertas a las ciencias. Por lo tanto, sus cimientos eran la ignorancia y en la fe. Benito particularizaba esta actitud como una acción promovida desde el centro a sus colonias, lo cual no era del todo cierto porque en todos los reinos de la monarquía, incluso los de la Península Ibérica, existía la misma actitud.

Consideraba que la monarquía hispana, en todos los lugares en donde gobernó, se había caracterizado por su intolerancia hacia la libertad de creencias y hacia el desarrollo del conocimiento; asimismo, fomentaba la ignorancia, se sustentaba sobre el principio de obediencia ciega; no reconocía los derechos del hombre, sino el servilismo y la esclavitud; su poder era estamental, alejado de los valores de la modernidad que había generado la Ilustración sobre el orbe. Llama la atención que Juárez utilizara el concepto de esclavitud de manera laxa, porque en Nueva España, los indios, mestizos, castas o criollos no eran considerados esclavos, sino súbditos de una Corona.

Desde el punto de vista del benemérito, España había generado una sociedad funcional a su poderío, sin vínculos entre sus miembros, la arbitrariedad del poder y el dominio de los estamentos superiores sobre los inferiores era habitual, por consiguiente era un “maléfico trono”, cuyo fundamento era los fueros.

Asimismo, señaló como defectos que, por intereses políticos, impidiera la comunicación con naciones extranjeras, cerrara los puertos al comercio y fomentara el odio contra extranjeros, a quienes hacían aparecer como enemigos de Dios y de los hombres. Respecto a México, reprobaba que se utilizara el castigo corporal: “la inmoral y vergonzosa pena de azotes con la que al fin acostumbró a que el individuo perdiera el pudor, que es el baluarte más firme de la dignidad del hombre” [11]; lo mismo que mantuviera un estado de economía estamental tributaria que mantenía en continuo estado de pobreza a la población.

Para Juárez, este fue imperio teocrático orientado por el egoísmo que mezcló la política con la religión para revestir sus máximas de una veneración que sólo se debía dar a Dios; que había sistematizado la intolerancia y el fanatismo. Cualquiera que osaba reclamar sus derechos o “atacar los abusos del poder con las armas de una razón ilustrada, recibía el cadalso o la hoguera” [12]. España se había valido del aislamiento, la corrupción, la intimidación y la división; el resultado era nuestra miseria, nuestro embrutecimiento, nuestra degeneración y nuestra esclavitud (sometimiento) por trescientos años.

Este institucionalismo del poder ajeno al pueblo es el marco en donde se explica: la estúpida pobreza en que yacen los indios, nuestros hermanos; las pesadas contribución que aún los gravan; el abandono de su educación primaria; el menosprecio de las artes y las ciencias; el aborrecimiento al trabajo y el amor a los vicios y la holgazanería; el deseo de vivir de los destinos públicos a costa de los sudores del pueblo y la protección que se dispensa al hombre inepto y prostituido.

“Todos estos defectos -decía Juárez- son todavía reliquias del gobierno colonial, son los resabios de su política mezquina y miserable, son los verdaderos obstáculos de nuestra felicidad y son los gérmenes positivos de nuestras disensiones intestinas” [13]. Cabría pensar si en realidad estos pensamientos son reliquias o herencias, porque hasta la fecha no hemos logrado establecer una sociedad orientada por los valores humanos con un gobierno comprometido con su pueblo que elimine la discriminación y que venza el egoísmo y la desigualdad dando paso a la solidaridad.


6. México independiente [14]. Egoísmo corporativo o individualismo social.

Benito Juárez, después emitir sus opiniones acerca del dominio español, estableció dos máximas que justificaban y explicaban el movimiento de independencia: la primera sostenía que cualquier pueblo que quisiera ser libre, lo sería; la segunda, que el poder de cualquiera que lo detentara se debilitaba cuando se gobernaba en contra de la voluntad de los pueblos. El hecho simbólico del 16 de septiembre demostraba la veracidad de estos dos principios.

A continuación resaltó los méritos del movimiento de independencia iniciado por Hidalgo porque consideraba que éste daba inicio a la formación de la patria, había logrado que el pueblo saliera de su letargo, había disminuido el egoísmo social. Estos argumentos le sirvieron de sustento para establecer cómo debe ser un gobierno cuyo objetivo se el bien común.

Para Juárez, el egoísmo como actitud social del individuo permitía violar las leyes, ultrajaba la libertad, propiciaba que el invasor profanara el suelo patrio y aceptaba la injusticia como parte del mundo. Cuando en un país se multiplicaban los hombres así, –los dominados por el egoísmo-, esa patria sin duda alguna se arruinaría. Sostenía este juicio como una verdad fundamental, el egoísmo propiciaba la decadencia de las civilizaciones, ya fuera la de los antiguos mexicanos, la de los romanos, la de los griegos, pues donde este vicio reinaba, la sociedad perecía.

Juárez concluía que, para consolidar el bien nacional, había que huir del egoísmo. Sostenía a la vez que los aliados del despotismo y enemigos feroces de la patria eran los egoístas que “semejantes a brutos, sólo atienden al pasto que los alimenta. No tienen principios. Son oportunistas de los beneficios del poder” [15].

Por lo tanto, para el oaxaqueño, la construcción de una nación libre y soberana bajo la forma de gobierno republicano, permitía que los mexicanos dejáramos de ser vasallos degradados, y nos obligaba a seguir las reglas de una política ilustrada y justa, lo cual implicaba proteger al hombre liberándolo de los tributos, remover los obstáculos que impedían el libre ejercicio de sus derechos, premiar la virtud y méritos, menospreciar a quienes buscan puestos públicos con supercherías y adulación, respetar al ministro del santuario que infunde patriotismo, libertad y demás virtudes o al militar que ha luchado por la independencia y libertad de la nación, proteger la ilustración de toda clase. Cerró sus juicios con la afirmación de que sólo los tiranos y los que viven de los abusos y de la ignorancia son quienes temen y aborrecen el progreso de las luces.


7. Sobre el buen y mal gobierno

Si algo caracterizó a la sociedad mexicana después de la ruptura institucional de 1828, fue la inestabilidad social y política. Pues bien precisamente en este ambiente Juárez llegó a ser gobernador de su tierra natal, y como tal emitió un conjunto de juicios sobre lo que a su parecer distinguía el buen del mal gobierno y, con ello, lo que promovía la paz o la inseguridad social.

Convencido de que el federalismo era la forma de gobierno apropiada para garantizar la libertad y la independencia de la patria. Recalca que el fundamento de la paz y la convivencia es el respeto a la ley por todos los miembros de la sociedad, iniciando por los que la gobiernan. Y a su vez sostiene que la ilustración (educación y cultura) es obligación del gobierno hacia el pueblo, porque ella engrandece al hombre, lo aparta del desorden, los vicios, la miseria y porque es fundamento de la tolerancia [16].

Un gobernante gobierna para el bien general y no para sostener privilegios particulares, sostiene los derechos de los gobernados y cuida de su formación, de que se engrandezca y se críe un porvenir. Es así es como el gobernado abandona la carrera del desorden, de los vicios y de la miseria. El gobernante por su parte debe se ser tolerante con los compatriotas, sean cuales fueren sus opiniones políticas; respetar y dar asilo y protección al extranjero y nunca olvidar que la libertad, la federación y la independencia deben sostenerse tanto con las virtudes del gobierno como con los brazos. |sigue >>

II. Juárez a través de sus discursos (continuación)


[Párrafo anterior]

En contraposición considera un mal e ilegítimo gobierno cuando es ajeno al respeto a la ley, se basa en un ejército numeroso manejado con arbitrariedad, en donde no hay garantía contra la expoliación de las rentas nacionales. Un gobierno que sistematiza el espionaje, la persecución y el terror, por medio de agentes activos e inmorales que obedecen ciegamente su voluntad.

Su conclusión es sencilla un buen gobierno debe ser apoyado el mal gobierno debe ser derrocado. Y poniendo de ejemplo a Santa Anna señala la importancia de la revolución de Ayutla Entonces concluye que está “persuadido de que la misión del gobierno republicano es proteger al hombre en el libre desarrollo de sus facultades físicas y morales, sin más límite que los derechos de otro hombre, y dice “cuidaré muy escrupulosamente de que se conserven intactas las garantías individuales, evitando que un hombre, una facción o una clase oprima al resto de la sociedad, y reprimiendo con mano fuerte a cualquiera que atente contra el derecho ajeno” [17].


8. Juárez, la reforma y la constitución

La revolución de Ayutla no fue una revolución más, sino la que puso límite temporal al periodo de Santa Anna. Su triunfo dio paso a la integración del congreso constituyente que redactó la Constitución del 1857. Entre 1854-57 el país vivió un cambio definitivo porque se generó una nueva relación de poder entre el Estado y la Iglesia, entre el Estado y la sociedad. Entre 1854 y 1857 Ignacio Comonfort fue la figura central que impulsó el avance democrático de La Reforma, y, a partir de enero de 1858, la institucionalidad endeble por la guerra civil recayó en Juárez, el cual enarboló la bandera reformista [18].

La Guerra de Reforma fue el episodio más intenso de los cambios que se requerían para establecer un estado moderno. Juárez fue el defensor del estado constitutivo, y combatió fervientemente para que no se ejerciera el poder al margen de la ley. Estaba convencido de que defender la ley era defender a la nación por encima de los intereses privados; consideraba que su lucha era legítima porque pretendía el bienestar y el progreso del pueblo en general. En contraste, algunos grupos de eclesiásticos utilizan a la religión para preservar sus intereses, por lo tanto, su actuación era ilegitima. Para el oaxaqueño la defensa de la Carta Magna era la defensa de la libertad, de la paz y del progreso [19].

El repudio armado contra las reformas puso en peligro a la nación, su unidad e independencia, y generó inestabilidad. Fue un conflicto entre los poderes del Estado y los de la Iglesia. ésta última se valió de la religión como instrumento de ambiciones ilegítimas. Juárez puso a Dios del lado de los justos, y concluyó que, en vista de que su causa era justa, confiaba “en que la Providencia Divina la seguirá protegiendo” [20]. Para él, Dios estaba a favor de las causas democráticas, y argumentaba: “Perdamos o no batallas; perezcamos a la luz del combate o en las tinieblas del crimen, los que defendamos tan santa causa, ella es invencible. […] la democracia es el destino de la humanidad futura; la libertad, su indestructible arma; la perfección posible, el fin donde se dirige” [21].

La victoria primero, el respeto a la ley después, era el camino para alcanzar la paz, el espíritu de adelanto, el reinado de la ley, el amor a Dios y al prójimo y no el sosiego, no la sujeción servil, no la aristocracia ridícula de nuestros vanos y mentidos redentores; no las hipócritas simulaciones de prácticas religiosas sin verdad ni sentimientos.”[22]

En 1858, cuando Juárez asumió el cargo de presidente interino después de la renuncia de Ignacio Comonfort, emitió un comunicado en el que argüía que la mayor parte de los males de México podían remediarse fácilmente porque la paz en la República, la moral en la política, y el respeto a la ley eran el fundamento del progreso. Argumenta de manera específica: “Su falta de industria cesará con la paz; su falta de rentas, con la moralidad en la recaudación y la economía en distribuirlas; su falta de costumbres, con unos cuantos años de un gobierno probo, enérgico y justiciero. Todos los hombres de buena fe convienen en la facilidad con que nuestra situación puede cambiarse con solo que alguna vez se entre en el camino de la justicia. La opinión está ya preparada, la senda descubierta,; no hay, pues, más que entrar y marchar firmes en ella,…el único deber de todo mexicano que se sienta tal, e combatir al enemigo común.” [23]

Pero para restablecer la paz, hacía falta combatir la anarquía que resultaba de un periodo de encono, porque la anarquía no era buena amiga de la nación, sino la legalidad. ésta era “la única garantía de una paz duradera en nuestro país, único valladar que se puede oponer a las ambiciones bastardas de los que han fundado su bienestar en los abusos y elegido la escala de los motines para ascender a los altos puestos de la República. Fuera de la Constitución que la nación se ha dado por el voto libre y espontáneo de sus representantes, todo es desorden.” [24]

Asimismo, enfatizó un juicio profundamente liberal: “Cualquier plan que se adopte, cualquiera promesa que se haga saliéndose de la ley fundamental, nos conducirá indefectiblemente a la anarquía y a la perdición de la patria, sean cuales fueren los antecedentes y la posición de los hombres que la ofrezcan.” [25] La arbitrariedad no puede ser fundamento de gobierno, porque ella disminuye la confianza en las leyes: “Desde que en 1853, la traición y la perfidia desgarraron la Constitución de la República, disolviendo la representación nacional y la de los Estados, cesó el reinado de la legalidad y del orden, y la anarquía y el despotismo consumaron excesos y desgracias que deshonran nuestra historia. Desde entonces la desconfianza y la alarma han tenido en permanente agitación a todos los espíritus, porque las garantías individuales no tuvieron otra salvaguardia que la voluntad de los gobernantes. Esta Situación triste y violenta, hacía necesario y urgente un pacto en que quedasen asegurados, de una manera sólida y permanente, la libertad y los derechos de la comunidad.” [26]. Este pacto era la Constitución del 1857 que, durante los tres años de guerra, implicó un nuevo entorno de legalidad para el Estado y de cuya vigencia trata la siguiente sección.


9. El contenido de la Reforma

En 1859, un año antes de vencer definitivamente a los conservadores en la guerra, Benito Juárez, Mariano Escobedo, Manuel Ruiz y Miguel Lerdo de Tejada signaron un documento interesante que delimita las acciones y las razones políticas a seguir para implementar Las Leyes de Reforma. A continuación presentamos los puntos de mayor interés del texto.

En primera instancia, el documento reconoce que los principios del liberalismo, a pesar de que se habían establecido en diferentes códigos políticos desde la independencia, y en 1857 en la Constitución, no se habían podido arraigar en la nación porque era necesario cambiar la forma de ser social y administrativo para vivir con orden y libertad. Por tanto, quedaba claro que no era suficiente establecer principios, sino cambiar los comportamientos para poder realizarlos [27]. Pues bien para lograr estos cambios emitieron el programa liberal. A su parecer se requería expresar en forma nítida los motivos de la lucha que estaban dando para hacer triunfar a La Reforma.

9.1. Sobre la separación de la Iglesia y el Estado

En un estado en guerra civil, lo primero que debe hacerse es eliminar las fuentes de financiamiento que alimenta a la misma. Los liberales estaban convencidos de que los conservadores se financiaban de la iglesia, y que ésta lo hacía no por el interés general, sino por la defensa de sus intereses de tipo corporativo. En este sentido que señalan que:

“En primer lugar, para poner un término definitivo a esa guerra sangrienta y fraticida, que una parte del clero está fomentando hace tanto tiempo en la Nación, por sólo conservar los intereses y prerrogativas que heredó del sistema colonial, abusando escandalosamente de la influencia que le dan las riquezas que ha tenido en sus manos y del ejercicio de su sagrado ministerio, y despojar de una vez a esta clase de los elementos que sirven de apoyo a su funesto dominio” [28].

Era cierto, durante tres siglos, la Iglesia como tal había sido política y económicamente poderosa; sus elementos contaban con el privilegio de no ser juzgados por los tribunales civiles, sino por los eclesiásticos, y eran un segmento de la sociedad que respondía a una gran gama de intereses de grupo que existían al interior de la propia institución. Esto no sólo pasaba en México, sino en toda América y en Europa. Por ello, quienes ostentaban ese poder, no estaban dispuestos a perderlo sin resistencia, y se opusieron a separación de los asuntos temporales y los espirituales.

Esa es la razón por la que las medidas propuestas por los grupos liberales eran similares a las implementadas en otras partes de Europa y América Ibérica para poder separar a la iglesia del estado, separación que cubría dos fines: el estratégico, al eliminar el financiamiento, y el estructural , porque era imposible establecer la igualdad ante la ley si subsistían instituciones que la negaban. En consecuencia, luchar por el principio de igualdad ante la ley era luchar por la supremacía del estado como institución rectora de la sociedad. En este sentido se deben comprender las siguientes disposiciones:

“1° Adoptar, como regla general invariable, la más perfecta independencia entre los negocios del Estado y los puramente eclesiásticos.

2° Suprimir todas las corporaciones de regulares del sexo masculino, sin excepción alguna, secularizándose los sacerdotes que actualmente hay en ellas.

3° Extinguir igualmente las cofradías, archicofradías, hermandades y, en general, todas las corporaciones o congregaciones que existen en esta naturaleza.

4° Cerrar los noviciados en los conventos de monjas, conservándose las que actualmente existen en ellos, con los capitales o dotes que Cada una haya introducido y con la asignación de lo necesario para el servicio del culto en sus respectivos templos.

5° Declarar que han sido y son propiedad de la Nación todos los bienes que hoy administra el clero secular y regular con diversos títulos, así como el excedente que tengan los conventos de monjas, deduciendo el monto de sus dotes y enajenar dichos bienes, admitiendo en pago d una parte de su valor títulos de la deuda pública y de capitalización de empleos.

6° Declarar, por último, que la remuneración que dan los fieles a los sacerdotes, así por la administración de los sacramentos como por todos los demás servicios eclesiásticos, y cuyo producto anual, bien distribuido, basta para atender ampliamente al sostenimiento del culto de sus ministros, es objeto de convenios libres entre unos y otros, sin que para nada intervenga en ellos la autoridad civil.

Además de estas medidas, que en concepto del Gobierno son las únicas que pueden dar por resultado la sumisión del clero a la potestad civil en sus negocios temporales, dejándolo, sin embargo, con todos los medios necesarios para que pueda consagrarse exclusivamente, como es debido, al ejercicio de su sagrado ministerio, cree también indispensable proteger en la República, con toda su autoridad, la libertad religiosa, por ser esto necesario para su prosperidad y engrandecimiento, a la vez que una exigencia de la civilización actual” [29].

Puede constatarse que estas acciones no estaban dirigidas a terminar con la iglesia, ni a expulsar o excluir a los miembros del clero, sino someterlos a la autoridad civil, a restringir sus fuentes de enriquecimiento que utilizaban para financiar la guerra, pero conservando los ingresos que requerían para que siguieran existiendo mediante el cobro de los servicios divinos. Es decir, contemplaba la forma en que podían continuar sus actividades pastorales sin que éstas se vieran mayormente afectadas, y que el clero contara con los medios necesarios para su subsistencia. No menos importante fue el hecho de que la separación de la iglesia y el estado significó la eliminación de poderes diferentes al del estado sobre la población, el reconocimiento de que la sociedad es una asociación entre pares, y la legalidad, una para todos sus participantes.

9.2. Sobre la justicia

El segundo punto que aborda el texto es el relacionado con el tema de la justicia. Un gobierno republicano que se basaba en la división de poderes debía contar con un poder judicial cuya organización fuera expedita. Esto sólo era posible en un entorno donde el acato a la ley fuera total por parte de todos los ciudadanos. Pues bien, para que esto sucediera se requería que desaparecieran los fueros de todo tipo, que no hubiera privilegios judiciales para el clero, para el ejército, para los nobles o para aquellos que ocupaban importantes cargos administrativos.

La Constitución de 1857 había dado este importante y apremiante paso precisamente porque la resistencia ante la ley de parte de las corporaciones era causa de la inestabilidad social. Así establece en el artículo 13: “En la República Mexicana nadie puede ser juzgado por leyes privativas, ni por tribunales especiales. Ninguna persona ni corporación, puede tener fueros, ni gozar emolumentos que no sean compensación de un servicio público, y estén fijados por la ley. Subsiste el fuero de guerra solamente para los delitos y faltas que tengan exacta conexión con la disciplina militar. La ley fijará con toda claridad los casos de excepción.” [30] Así mismo, en el artículo 108 menciona: “En demandas del orden civil no hay fuero, ni inmunidad para ningún funcionario público.” [31]

La misma Constitución garantizaba la libertad de expresión de las ideas, por lo que no era necesario el fuero para tener libertad los funcionarios de ningún nivel requerían protección particular para se libres en sus opiniones: “Art. 6. La manifestación de las ideas no puede ser objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque la moral, los derechos de tercero, provoque a algún crimen ó delito, o perturbe el orden público.” [32]

Uno de los principales problemas que existían para que se actuara conforme a lo que ahora denominamos el estado de derecho, era que los códigos no estaban claros, que existían multitud de leyes, incluso diferentes en los estados de la República, y, por tanto, podían trasgredirse mediante estratagemas procesales. Por ese motivo, estos liberales señalan: “una de las más urgentes necesidades de la República es la formación de códigos claros y sencillos sobre negocios civiles y criminales y sobre procedimientos, porque sólo de esta manera se podrá sacar a nuestra legislación del embrollado laberinto en que actualmente se encuentra, uniformándola en toda la Nación, expeditando la acción de los tribunales y poniendo el conocimiento de las leyes al alcance de todo el mundo; […] [33]

. La aclaración respecto a que buscarían los mecanismos para que la legislación pudiese ser conocida por todos es un principio básico para que cualquier ciudadano pudiese defenderse de los abusos de las autoridades.

Por consiguiente son dos ideas básicas: la ley es para todos y el gobierno debe ser el primero en acatarla. La reforma establecía que la ley no implicaba excepciones ni de leyes ni de personas, una república sólo podía consolidarse si se establecía bajo el imperio de la ley, tanto para la ciudadanía como para el gobierno, sobre todo para el gobierno, el cual estaba obligado a hacerla expedita. [34]

9.3. Sobre la educación

El tercer tema de relevancia que hace explícito este documento es la necesidad de la instrucción, porque las luces permitirían el predominio de la razón que , según sus preceptos era la base del progreso y el bienestar general. Por ello hacen hincapié en que “el Gobierno procurará, con el mayor empeño, que se aumenten los establecimientos de enseñanza primaria gratuita, y que todos ellos sean dirigidos por personas que reúnan la instrucción y moralidad que se requieren para desempeñar con acierto el cargo de preceptores de la juventud, porque tiene el convencimiento de que la instrucción es la primera base de la prosperidad de un pueblo, a la vez que el medio más seguro de hacer imposibles los abusos del poder.” [35]

También propusieron mejorar los planes de estudio de la educación media y superior bajo el principio de libertad para la enseñanza de toda clase de estudios.

La convicción sobre las luces hicieron que estos liberales propusieran para difundirlas que se elaboraran manuales sencillos y claros que favorecieran el aprendizaje; estaban convencidos de que la ciencia contribuía al desarrollo del bienestar y del entendimiento. Así, las publicaciones deberían ser estudiadas “aún por los niños que concurran a los establecimientos de educación primaria, a fin de que desde su más tierna edad vayan adquiriendo nociones útiles y formando sus ideas en el sentido que es conveniente para bien general de la sociedad.” [36]

El documento emitido por los liberales trataba también de otros asuntos de primera importancia, tales como la seguridad pública, porque los caminos y poblados se encontraban asolados por asaltantes y bandidos. La inseguridad tenía varios efectos: primero, contra las garantías individuales, pero también era una amenaza para el comercio, ahuyentaba la inversión extranjera y a los inmigrantes dispuestos a trabajar y desarticulaba aún mas la economía. [37]

La estabilidad era precondición para impulsar la economía. Asimismo, planteaban que era indispensable favorecer el libre tránsito de mercancías y personas , evitar las trabas burocráticas suprimir las alcabalas.

También abordaban el asunto de la libertad de expresión. Una república sana debía tener respeto a la libertad de opinión y credo, la prensa debía ser libre: “el Gobierno no cree que deben imponérsele otras trabas que aquellas que tiendan a impedir únicamente la publicación de escritos inmorales, sediciosos o subversivos, y de los que contengan calumnias o ataques a la vida privada” [38].

En él se explica la importancia de que existiera el registro civil porque, hasta entonces, la iglesia era la que contaba con los registros de los nacimientos, casamientos y decesos: “es, sin duda, una de las medidas que con urgencia reclama nuestra sociedad, para quitar al clero esa forzosa y exclusiva intervención que hasta ahora ejerce en los principales actos de la vida de los ciudadanos”.[39]

Como republicanos federalista, estaban dispuestos a defender la autonomía de los estados, e impulsar las reformas requeridas en éstos para que se dotaran de una legislación acorde con la Constitución de 1857.


10. El doble gobierno y el triunfo de la República

Para terminar esta sección, damos seguimiento a los textos emitidos durante la intervención francesa y el triunfo de la República, porque ellos expresan las constantes del pensamiento liberal que mantuvo Juárez desde su juventud hasta el momento de su muerte. Las ideas que expuso podemos resumirlas como sigue:

  • El gobierno legalmente establecido por la libre voluntad del pueblo defiende la ley, no los intereses particulares.[40]
  • La Reforma luchaba por la democracia. Gracias a ella era factible alcanzar la libertad, el orden constitucional, el progreso, la paz y la independencia de la nación.[41]
  • Las elecciones que se llevaron a cabo una vez que se restauró la República, eran la consumación de la revolución progresista, marcaban el inició de una nueva era en la cual prevalecería el patriotismo, la prudencia y la constancia para consolidar las instituciones democráticas.[42]
  • La aplicación de la ley permite consolidar la paz y el porvenir de la nación. [43]
  • Tanto el pueblo como el gobierno deben respetar los derechos de todos porque, entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno el la paz.[44]
  • El respeto a las leyes y la obediencia a las autoridades elegidas por el pueblo son el fundamento para lograr el bienestar y la prosperidad de la nación.[45]


III. ACTUALIDAD DE JUÁREZ


México, ahora como antaño, es un lugar de desigualdades económicas y sociales, donde tanto el poder -de cualquier índole- como la pobreza se ajustan con dificultad al cumplimiento general de las normas legales y, por consiguiente, la igualdad ante la ley es más bien un deseo que un valor entre la ciudadanía. Hay fueros implícitos que promueven la impunidad, y existe una costumbre centenaria de administrar la ley, no de aplicarla.

El nuestro es un estado de derecho débil, donde la ley es tela de araña, como decía José Hernández en Martín Fierro: “no la tema el hombre rico, nunca la tema el que manda, pues la rompe el bicho grande y sólo enreda a los chicos”. En consecuencia, como el estado de derecho no es confiable, la sociedad ha perdido confianza en el gobierno. Por eso vemos que continuamente los mecanismos de la institucionalidad se deterioran y la inestabilidad y la violencia se vuelven mecanismos de presión para lograr objetivos particulares al margen del derecho.

En este entorno, recordar la vigencia de Juárez implica, en principio, recordar el papel central que tiene en la sociedad el imperio de la ley. El sometimiento ante la misma, tanto del ciudadano como de las nuevas corporaciones y monopolios, es una condición necesaria para el desarrollo de la modernidad; si la ley no tiene aplicación general, o si carece de mecanismos expeditos de aplicación, o se le utiliza para atizar el encono político, o si se negocia su aplicación, entonces, la impunidad o la venganza se desarrollan, la seguridad se hace endeble y la sociedad se debilita.

La vigencia de Juárez lo es también la de su generación con la que integró lo que ahora se denomina una clase política, la cual fue tal en tanto obtuvo logros sustantivos para el interés público. Cuánto nos hace falta una clase política de ese tipo, que defienda el interés general de los mexicanos adentro y afuera del país; una clase que sea respetada por el reconocimiento de que quienes la integren sean actores que luchen por el interés general y porque ellos mismos estén sometidos a la ley; una clase que forme liderazgos políticos que, como el de Juárez, se basen en las virtudes humanas, y que, por sus acciones, orienten la política al interés general y la prestigien.

Juárez mismo es un ejemplo vigente de lo que puede lograr la educación. Una educación útil tenía en su tiempo que ser laica, en el nuestro también: laica, gratuita y de elevada calidad en todos los niveles; una educación que fortalezca los valores civiles y sociales, que articule la cultura y la ciencia para descartar fanatismos e impulse el conocimiento para el bienestar; una educación que nos enseñe el pasado sin maniqueísmos teleológicos, que elimine el sentido de discriminación social, que introduzca los valores de la tolerancia y, por último, que impacte la relación ciencia-producción.

La experiencia muestra que vivir respetando y aplicando la ley ha sido un sueño social; su falta de aplicación tiene fundamentos culturales. No basta que los principios legales estén “consignados, con más o menos extensión, en los diversos códigos políticos que ha tenido el país,…éstos…no han podido, ni podrán arraigarse en la Nación, mientras que en su modo de ser social se conserven los diversos elementos de despotismo, de hipocresía, de inmoralidad y de desorden que los contrarían”. Son palabras de Juárez, palabras vigentes en tanto muchos de estos vicios aún subsisten, y habrá que erradicarlos de la forma de ser, forma egoísta de ser que arruina a la patria.

El asunto de la legalidad mantiene una vigencia específica porque podría eliminar la creencia de que, si es justo miembros de la sociedad pueden actuar justicieramente; decía Juárez: “Cualquier plan que se adopte, cualquiera promesa que se haga saliéndose de la ley fundamental, nos conducirá indefectiblemente a la anarquía y a la perdición de la patria, sean cuales fueren los antecedentes y la posición de los hombres que la ofrezcan.”. Por tanto, la arbitrariedad no puede ser fundamento de gobierno, porque ella disminuye la confianza en las leyes, aleja a la población de su respeto, porque le hace parecer normal afectar con sus acciones el derecho de terceros.

Benito Juárez sostenía que sus esfuerzos por defender la soberanía y establecer la reforma valdrían si “todos los hombres honrados y sinceros que, por fortuna, abundan todavía en nuestra desgraciada sociedad, dijeran siquiera al recordarlos: esos hombres deseaban el bien de su Patria y hacían cuanto les era posible por obtenerlo.” Dos siglos después podemos rememorar a estos hombres como ellos esperaban. Fueron patriotas que tuvieron una vida convulsa, azarosa y llena de privaciones, pero siempre contaron con la firme convicción de luchar por el bien de la nación, por el bien común, hombres morales que no se enriquecieron con el ejercicio del poder y vivieron legal y modestamente, todo lo cual tiene ahora una enorme vigencia.






NOTAS:
[1] Ma. Elvira Buelna Serrano.
Profesor investigador de tiempo indeterminado del Departamento de Humanidades de la División Ciencias Sociales y Humanidades. UAM-A  |Arriba
[2] Lucino Gutiérrez Herrera.
Profesor investigador de tiempo indeterminado del Departamento de Economía de la División Ciencias Sociales y Humanidades. UAM-A  |Arriba
[3] Santiago Ávila Sandoval.
Profesor investigador de tiempo indeterminado del Departamento de Economía de la División Ciencias Sociales y Humanidades. UAM-A  |Arriba
[4] J. J. Rousseau. El contrato social. México, Al  |Arriba
[5] Véase J. Sarrailh. La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII. México, FCE, 1981 (1954).  |Arriba
[6] J. Miranda. “El liberalismo español hasta mediados del Siglo XIX” en Historia mexicana (México, D.F.) T. 22, vol. VI, núm. 2, 1956. Pp. 161-200. |Arriba
[7] Justo Sierra analiza bien el problema del ejército que dirigía Santa Anna, el cual, como se conformaba mediante la leva, carecía de disciplina y compromiso institucional. Véase J. Sierra. “Juárez: su obra y su tiempo” en Obras completas.T. XIII. México, UNAM, 1984 (c. 1948) pp. 19-30. (Nueva Biblioteca Mexicana, 61).  |Arriba
[8] Ibid. Pp. 53-83  |Arriba
[9] R. Roeder. Juárez y su México. 5ª reimp. México, FCE, 2006 (c 1972). Pp. 184-191.   |Arriba
[10] B. Juárez. “Discurso pronunciado en la ciudad de Oaxaca” (1840) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. pp. 16-17. |Arriba
[11] Loc. Cit. |Arriba
[12] Loc. Cit. |Arriba
[13] Loc. Cit. |Arriba
[14] Loc. Cit. |Arriba
[15] Loc. Cit. |Arriba
[16] B. Juárez. “El Gobernador del Estado de Oaxaca a los habitantes del mismo” (1849) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. pp. 21-22. |Arriba
[17] B. Juárez. “Discurso después de haber prestado el juramento de ley para encargarse del Gobierno del Estado” (1857) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. P. 24.  |Arriba
[18] R. Roeder. Op. Cit. Pp. 184-191.  |Arriba
[19] B. Juárez. “Manifiesto relativo a las garantías que impartirá el Gobierno de la República” (1858) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. P. 25.  |Arriba
[20] Ibid. P. 26.  |Arriba
[21] B. Juárez. “El Presidente Constitucional Interino de los Estados Unidos Mexicanos y sus Ministros a la ciudad de Guadalajara y a la Nación” (1958) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. P. 27. |Arriba
[22] Loc. Cit. |Arriba
[23] B. Juárez, “El Presidente Interino Constitucional de la República a los mexicanos” (1858) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. P. 31. |Arriba
[24] B. Juárez. “El Presidente Interino Constitucional de la República de México a los habitantes de ella” (1958) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. P. 33  |Arriba
[25] Loc. Cit. |Arriba
[26] Ibid. P. 34 |Arriba
[27] B. Juárez, M. Escobedo, M. Ruiz y M. Lerdo de Tejada. “Justificación de las Leyes de Reforma” (1859) en Leyes de Reforma. México, PRI/CEN, [1972]. P.6.  |Arriba
[28] Ibid. P. 7 |Arriba
[29] Ibid. P. 7-9 |Arriba
[30] M. Dublán y J. M. Lozano. Legislación mexicana o colección completa de las disposiciones legislativas expedidas desde la Independencia de la República, edición oficial. México, 1877, tomo VIII, pp. 384-399.  |Arriba
[31] Ibid. |Arriba
[32] Ibid. |Arriba
[33] B. Juárez, M. Escobedo, M. Ruiz y M. Lerdo de Tejada. Op. Cit. P. 10. |Arriba
[34] J. Cobos. El Congreso Constituyente de 1857. México, UNAM, 1980. |Arriba
[35] Loc. Cit. |Arriba
[36] Ibid. P. 12 |Arriba
[37] Loc. Cit. |Arriba
[38] Loc. Cit..  |Arriba
[39] Loc. Cit.  |Arriba
[40] B. Juárez. “El Presidente Constitucional de la República a los Defensores de Veracruz” (1860) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. P. 37. |Arriba
[41] B. Juárez. “Proclama del Presidente Interino Constitucional de la República a sus compatriotas” (1861) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. P. 39. |Arriba
[42] B. Juárez. “Discurso pronunciado por el Presidente de la República, en la solemne apertura de las sesiones del Congreso de la Unión” (1861) en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. P. 40. |Arriba
[43] B. Juárez. “Manifiesto de Benito Juárez al volver a la capital de la República” en La lucha por la soberanía. (1867) México, PRI/CEN, 1988. P. 14. (Materiales de cultura y divulgación política mexicana, 25).  |Arriba
[44] Loc. Cit.  |Arriba
[45] Ibid. P. 15.  |Arriba

BIBLIOGRAFÍA:
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1849    “El Gobernador del Estado de Oaxaca a los habitantes del mismo” en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. pp. 21-22.
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1858    “Manifiesto relativo a las garantías que impartirá el Gobierno de la República” en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. pp. 25-26.
JUÁREZ, BENITO
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1859    “Discurso pronunciado por el Gobernador después de haber jurado la Constitución del Estado [de Oaxaca]” en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. pp. 34-35
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1859    “El Gobierno Constitucional de la República a la Nación Mexicana” en Textos políticos. Introd.. y comp. Andrés Henestrosa. México, SEP, 1944. pp. 35-37
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