SEXUALIDAD, DEMONIOS E HISTERIA EN UN CASO DE LA INQUISICIÓN NOVOHISPANA
Por: Marcela Suárez Escobar
Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco

 
Satán y la sexualidad
 
Se creía que el diablo bautizaba a los miembros recién iniciados del culto de las brujas rociándolos con un líquido infernal cuyo principal ingrediente era “orina pútrida”.
 

 

  La cosmovisión cristiana supone la existencia de un “pecado” y éste la presencia de un Dios. Un pecado es la trasgresión a un compromiso personal a una exigencia infinita de un poder inconmensurable , es la ruptura de una relación, es una desviación y también una prisión, porque el pecador requiere de ser liberado (Ricoeur, 1992, 213-246); pecar es faltar a los mandatos de Dios cuando estos mandatos constituyen la base moral de los creyentes, y la sociedad cristiana occidental vinculó desde los orígenes de su discurso, la sexualidad al pecado. El ejercicio de la sexualidad apareció ligado a la maldad, a Satán y esto se manifestó en pensamientos y discursos sobre sus trampas y tentaciones.

La Iglesia cristiana desde sus primeros tiempos emitió una serie de normas dentro de las cuales se encontraban aquellas que intentaban controlar el ejercicio de la sexualidad. Dentro del esfuerzo de los predicadores por interiorizar en las mentes de los primeros cristianos la diferencia entre Dios y el demonio, se ubicó el discurso sobre la sexualidad y éste se empezó a emplear para delimitar manchas y pecados. De esta manera el control de las pulsiones sexuales se constituyó en un elemento fundamental en la construcción del cristianismo primitivo y piedra angular en su desarrollo posterior. Desde el principio la Iglesia cristiana hizo suyo el terreno de la sexualidad, quizá como lo indica Peter Brown (Brown, 258-273) porque fuera uno de los elementos con cuyo ejercicio particular se distinguían los cristianos de los otros grupos religiosos en los primeros momentos de construcción de la doctrina.

Los padres apostólicos fueron las personas que en los primeros tiempos de la cristiandad iniciaron la coherencia del discurso cristiano. Entre ellos la primera referencia al mal ligado a la lujuria y a las mujeres la hizo Filón de Alejandría (30ac-40dc), cuando escribió de la existencia de ángeles demonios que según él, eran los intermediarios entre los hombres y Dios; relata la caída de estos ángeles y su transformación en seres malignos, culpando a la lujuria por las mujeres mortales como la causa de la caída (Burton, 1981, 60).Tertuliano de Cartago (160-220 dc) afirmó que el mundo venía de Dios pero lo mundano del Diablo, y sostuvo que éste provocaba las inmoralidades como la lujuria, la impaciencia y la ira; fue el primero en acusar a las mujeres como fuente de tentación de los hombres ya que afirmaba que las mujeres eran la puerta del diablo. Los ángeles tentados por mujeres se corrompieron y fueron arrojados de los cielos. Clemente de Alejandría (muerto en 215 dc) manifestó que los demonios promovían la herejía, el ateísmo, los malos sueños, la magia, la fornicación, las pasiones diabólicas y la lujuria (Burton, 1981, 145).

Para el siglo III después de Cristo el monasticismo fue la mejor fuente para el desarrollo de la demonología porque se pensaba que los demonios con frecuencia empleaban la tentación de la lujuria entre los monjes jóvenes, y dentro de la hagiografía de este siglo III, el diablo tomó la forma de mujer para seducir a los hombres (Burton, 1981, 218-220).

Para el siglo XIII el pensamiento Cátaro propuso nuevas ideas para la demonología, manifestó que Satán era el dueño del mundo y de los cuerpos humanos que por materiales eran corruptos. Expresó que la sexualidad era una invención diabólica para engendrar más cuerpos diabólicos que aprisionaran el alma.

Tomás de Aquino planteó su discurso del mal alrededor de la prohibición, y respondió a los Cátaros afirmando la dependencia de Satán con respecto a Dios. Atribuyó al Diablo un perfecto intelecto y una gracia sobrenatural que perdió por el orgullo, y de manera indirecta lo culpó de los males del mundo porque sus tentaciones no restan la libertad humana para elegir. Manifestó que el Diablo era la cabeza de las criaturas del mal y los pecadores miembros de su cuerpo místico (Burton, 1981, 202), siervos de Satán. Todas las acciones del Diablo son con la anuencia de Dios, Satán es capaz de ejercer su acción a través de la naturaleza penetrando en la mente de los humanos y provocando ilusiones y sensaciones. Puede actuar desde fuera del cuerpo humano ofreciendo bienes materiales, o desde adentro, a través de los fluidos corporales. Satán no tiene cuerpo, y es incapaz de engendrar pero le es posible adoptar cualquiera y tener prácticas sexuales con los humanos como íncubo o como súcubo; puede anidarse en los cuerpos humanos un tiempo, pero no puede impedir el libre albedrío (Burton, 1981, 200-206). Estas ideas tomistas fueron determinantes para las posteriores incriminaciones y acusaciones de brujería.

 
 
Satán y la hechicería
 
Aquellos de quienes se sospechaba que habían empleado la brujería para alterar las vidas sexuales de sus vecinos, eran sometidos a la tortura de ser pinchados con agujas para encontrar “marcas del diablo” o zonas de piel insensibles.
 

 

  En el medioevo se consideraba en general que las mujeres eran inferiores y aptas para transgredir la razón fácilmente, por lo que se desconfiaba mucho de aquellas que se sospechaba se desviaban de las normas, se penaban más los delitos femeninos porque tenían amplias posibilidades de alterar el orden público y eran consideradas seres muy peligrosos cuando sus faltas estaban vinculadas a la pasión sexual (Wade, 1986, 247-248). La brujería como un “habitus de gracia negativa” se entiende en el sentido religioso como la disposición permanente de hacer el bien o el mal (Pitt, 1989, 121) , y en este sentido la enfermedad y el amor pueden inducir a conductas sospechosas lejanas a los patrones cristianos. La noche, la luna y la muerte siempre se han vinculado a lo femenino (Caro Baroja, 1986, passim) y también a lo oscuro y al mal, y muchas mujeres que fueron acusadas de brujería eran aquellas que de alguna manera habían estado ligadas a la naturaleza con tradiciones mágicas, muchas veces vinculadas con asuntos amorosos o sexuales; estas mujeres tuvieron un papel inquietante ya sea como curanderas, brujas o seductoras y el miedo social a lo incierto creó chivos expiatorios, esos individuos que “requerían” de purificación.

Existió un manual el “Malleus maleficarum” que se constituyó en la manual de consulta empleado por los jueces que determinaban el estado brujeril de una persona o su inocencia. El Malleus explicaba los actos de íncubos y súcubos, la manera de hacer pactos con el demonio, la supersticiones, los hechizos, y el modo de elaborar pócimas para hechizos. Para el Malleus la brujería era la peor herejía que por cierto requería de tres elementos: “El demonio, la bruja y el permiso de Dios”. Consideraba que la infidelidad y la lujuria eran los principales motivos que llevaban a las mujeres a pactar con el demonio, siendo las que poseían un temperamento más ardoroso para satisfacer sus “repugnantes apetitos”las más proclives. Clasificaba a estas brujas en tres grados: las que curan y dañan, las que sólo dañan y las que sólo curan (Trejo, 2000,295-297).

 
 
En la Nueva España
 
En el siglo IX se había introducido la idea de la posibilidad de un pacto directo con el Diablo, hecho que sirvió después para la demonización de las minorías. En la Nueva España el tema del pacto era común, y dio origen a innumerables denuncias ante el Santo Oficio y personas de todas las etnias fueron denunciadas por esta falta [1]. Ante necesidades imperiosas otras personas intentaban invocarlo con técnicas que iban desde oraciones hasta ofrecimientos varios. [2]
 
Los súcubos -como las ninfas de los bosques de los tiempos clásicos y las amazonas nocturnas chupadoras de sangre de la leyenda germánica- tenían fama de sentarse en los árboles, a la espera de víctimas.
 

 

  En los inicios de la época moderna el diablo todavía formaba parte muy importante de la cultura popular, para la conquista de América estuvo presente siempre en los discursos eclesiásticos y en el imaginario colectivo como parte de la conquista espiritual (Cervantes, 1994, 9). Bartolomé de las Casas en su Apologetica historia Sumaria culpaba al diablo de algunos estados y prácticas relacionadas con posible magia y afirmaba que los demonios podían mover la sangre y los humores hacia la imaginativa y fantasía, potencias interiores; la perturbación de los humores provocaba el surgimiento de imágenes en los vientos y la magia era una desviación moral (Gruzinski y Bernard, 1992. 57-62). A decir de Lecler en el siglo XVI el Estado y la religión cristiana se encontraban estrechamente unidos y la intolerancia religiosa era casi universal, se consideraba a todos los herejes continuaron siendo siervos del demonio (Lecler, 1969, 95). Para el siglo XVII el diablo penetró en la naturaleza femenina y gran cantidad de mujeres fueron perseguidas como brujas; un documento escrito por un inquisidor Boloñes en 1639, señalaba que:

...Bruja formal es aquella que ha hecho pacto con el demonio y apostatando de su fe, con sus maleficios o sortilegios ha dañado a una o mas personas, de modo que de tales maleficios o sortilegios se siga la muerte, o por lo menos enfermedad impotencia para engendrar o detrimento no- table a los animales, el pienso u otros frutos de la tierra...(Gingzburg, 1994,37)

En Nueva España el demonio estuvo presente en blasfemias, creencias, supersticiones, discursos de la Iglesia y la Corona, documentos del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, en las fantasías sexuales y en los campos. Cualquier acto considerado sobrenatural se pensaba empapado de su influencia y lo no explicable también; Pedro Ciruelo, un inquisidor español famoso por su ortoxia, escribió un “Tratado de las Supersticiones”(Ciruelo, 1986, passim) en donde especificaba este tipo de faltas y las relacionaba siempre con la intervención del Maléfico.

De hecho en la primera mitad del siglo XVII fue cuando la brujería tuvo más auge. Nadie escapó a la obsesión del demonio y en España donde la preocupación por la ortodoxia cristiana era grande, el fenómeno fue mayor (Deforneaux, 1966, 144). En este sentido resulta interesante que como lo señala Raymundo Mier el fantasma de Satán coexistiera con los albores de una ciencia médica “moderna” (Mier, 1999, 140-141), que iniciaba otra explicación a los fenómenos corporales pero que no pudo sacar al diablo de ahí.

 
 
La inquisición novohispana
 
Ilustración de Gustav Klimt sobre una joven bruja sexualmente avezada, que transmite todo el encanto letal del demonio bajo forma femenina conocido como súcubo.
 

 

  Además de una institución política, a decir de Elia Nathan el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición fue una institución productora y difusora de ideologías, entre ellas la brujeril que se desarrolló en la Europa Occidental entre los siglos XIV y XVII. A partir del discurso sobre la brujería curanderos, magos y hechiceros que eran aceptados en la cultura popular, en las creencias populares, fueron estigmatizados al vincularlos con la noción del diablo y considerados elementos de peligrosidad social (Nathan, 2000, 275). Sin embargo los demonios no estuvieron presentes sólo en estos individuos, sino también en místicos, los alumbrados o iluminados que cayeron en manos del Tribunal del Santo Oficio y fueron acusados de herejes (Lagarriga, 2000, 263-277).

El diablo entonces se encontraba presente en asuntos corporales y sexuales, siempre se le vinculó al sexo, y las personas que fueron denunciadas al Tribunal voluntariamente o por tortura siempre confesaron transgresiones al modelo cristiano de conyugalidad. De alguna manera la noción del diablo siempre implicaba relaciones sexuales personales de los acusados o de terceras personas por culpa de éstos con el maldito. No sólo las brujas que realizaban pactos con Satán, ni las hechiceras que elaboraban pócimas en dado caso para el amor sino también los embrujados, endemoniados y místicos.

Indicadores de la presencia del demonio dentro de los cuerpos podían serlo estados de rapto, vómito de animales por parte del afectado, visiones, clarividencia, anestesia de algunas partes del cuerpo, ataques convulsivos, perturbaciones de la actividad sensorial ya alteraciones del discurso. Su presencia cercana se podía detectar por la presencia de hombres, muchas veces vestidos de negro, los vuelos mágicos con algún hombre, y en general, para las mujeres “tratos deshonestos con esos demonios. De acuerdo al imaginario colectivo, el Diablo acostumbraba presentarse en forma de un hombre poderoso física y económicamente, aunque también a veces aparecía como un animal indefenso que luego se transformaba en feroz, en viento, granizo o rayo (Salazar, 2000, 333) Concordando con el antiguo discurso medieval, Satán vivía en cuevas, árboles y barrancas; en la Nueva España relatos de Yautepec hablan incluso sobre “la cueva del diablo” (Salazar,2000, 327).

 
 
María Ifigenia de los Reyes , Satanás y la Histeria
[3]
Fue una mujer que en la primera mitad del siglo XVIII llegó a autodenunciarse con el Comisario del Santo Oficio de Inquisición en Guadalajara, Don Baltasar Colomo. Se acusó de tener tratos con el Demonio y justificó su denuncia por el temor que le provocó la epidemia de sarampión -que azotaba el lugar- y la posibilidad de morir. Se culpó de tener catorce años de “mala amistad con el demonio”, de efectuar cópulas casi diario con el Maligno o con otros doce amigos de Satán, de conculcar imágenes y de infanticidio, todo ello por la influencia y la presión del Demonio. El proceso duró cinco años durante los cuales la endemoniada fue presionada por el Tribunal que a la más pequeña resistencia de confesión aplicó grillos y torturó a la indiciada. La mujer relató la aparición del Diablo, el proceso de seducción, las órdenes de éste y su exigencia para ser adorado y obedecido así como de acuerdo al imaginario de la época, los detalles que acompañan a la noción del maléfico. Lo describió como un hombre fuerte y autoritario, no feo, con poder de volar y de hacer volar a las personas, de aparecer y desaparecer sin perder la presencia, de una sexualidad poderosa y sobre todo muy interesado en coitos y mujeres. Habló de hechizos, de magia, de asesinatos, de antropofagia y de sus travesías con él por los campos, barrancas, sembradíos y cuevas. Habló de la excitación sexual que le producía, y de la obligación que el maldito le imponía de copular con varios hombres. Temía al Tribunal, pero al mismo tiempo la atormentaba la conciencia, en su delirio soñaba con Dios que no perdonaba y con la virgen amorosa, pero al mismo tiempo intentó varias veces regresarse al campo con Satán. María Ifigenia alucinaba, tenía visiones y fenómenos de conversión, además existía una culpabilidad sexual, y una erotización en las declaraciones que se presentaron en varias ocasiones en su confesión. Más que el demonio, la histeria estaba presente.
 
 
La Histeria
 
En el mundo occidental de la época se consideraba la existencia de estados alterados de la conciencia. Se pensaba que un desequilibrio de los humores producía trastorno mental (Sacristán, 1992, 130). Según la teoría de los humores las enfermedades eran consecuencia de un desequilibrio entre los cuatro humores internos del cuerpo: el sanguíneo, el flemático, el melancólico y el colérico, y las enfermedades mentales se originaban por alteraciones del humor melancólico (López de Hinojosos, 1977, passim). Desde el siglo XVI Ambroise Paré había vinculado el pensamiento hipocrático a la teoría de los humores y había afirmado que en la histeria existía la posibilidad de encontrar además de algunos síndromes psíquicos algunos rasgos de enfermedades mentales. La mezcla de síntomas psíquicos y somáticos, la naturaleza onírica de ciertos estados y su relación con la sexualidad ya se mencionan el las primeras descripciones de la locura histérica. En el siglo XVII el inglés Edward Jorden fue el que descubrió en la supuesta posesión demoníaca, a la histeria, cuando afirmó que las crisis convulsivas, la anestesia corporal, la ceguera y el mutismo con intermitencia se debían a causas naturales y no demoníacas. Cuando en el siglo XVII se generalizaba el enfoque médico de la demonología, y autores cono Jorden, Burton, Sydenham y Baglivi empezaron a pensar en la histeria como enfermedad que podía trastornar el espíritu ( Maleval, 2004, 214-216), curiosamente al mismo tiempo se llevaban a cabo procesos inquisitoriales en donde el Malleus Maleficiarun indicaba los métodos de tortura para descubrir en los individuos la presencia del maligno.

Después Freud, el que resolvió y revolucionó el concepto de “Histeria” equipararía a la histeria con la posesión demoníaca por la relación de ambas con la penetración de “un cuerpo extraño” al del sujeto (Freud, 1985a, passim). A diferencia de sus antecesores Freud resolvió y revolucionó el concepto de Histeria (Freud, 2004a, 45-53), concibiéndola como una anomalía del sistema nervioso que descarga en una diversa distribución de excitaciones, probablemente con formación de un estímulo dentro del origen químico, un excedente de estímulo distribuido por representaciones conscientes e inconscientes. Señaló que esta patología podía surgir en la infancia o juventud sobre todo en mujeres o en hombres en edad inmadura; describió sus síntomas –ataques convulsivos, perturbaciones de sensibilidad, existencia de zonas histerógenas y perturbación de la actividad sensorial- y en cuanto a su etiología escribió sobre alguna posible predisposición hereditaria, pero sobre todo señaló en un primer momento como causa de patología un trauma de origen sexual, para agregar en 1893 la tesis de una vivencia de afecto, y descubrir en 1897 las fantasías en la sexualidad de varones adultos . Señaló la existencia de cosas reprimidas que los enfermos mantienen fuera de su pensamiento conciente y habló de la necesidad de volverlos a la conciencia provocando una descarga afectiva o abreacción para lograr la cura (Freud, 2004 b, 339-342) . Con respecto a la persecución de brujas y la obsesión por los demonios, la confesión y el tormento en el anhelo inquisitorial, las posesiones, las lascivias, las torturas, las ordalías y la búsqueda del stigmata diaboli con todas sus consecuencias vinculó el imaginario brujeril con la realidad de la histeria.8Freud, 1985 b, passim) Al respecto Jones en el siglo XX indicó que los principales significantes del delirio histérico del pasado lo habían sido las fantasías de íncubos y súcubos, los fantasmas, los vampiros, los diablos y las brujas que se encontraban entrelazados de manera que rasgos de uno podían encontrarse en los otros. Las supersticiones se elaboraron a partir de material sexual reprimido e inconsciente, destacando la importancia de los deseos incestuosos y la de formas infantiles de la sexualidad.[4]

Con respecto a María Ifigenia de los Reyes la presencia de alucinaciones, la fragmentación del cuerpo –cuando habla de transportarse y estar al lado del Maligno en dos lugares a la vez- las capacidades de desidentificación –cuando habla de que con muchos trabajos “es”, la presencia de una idea fija y la presencia del tema fálico –cuando todas sus declaraciones giran alrededor de Satanás- indican la existencia de un cuadro de histeria. El delirio como discurso contestatario existió en cientos de hombres pero sobre todo de mujeres que cayeron en las manos del Santo Oficio, el delirio siempre empapado de la sexualidad reprimida que sin embargo expresó muchas veces el encubrimiento de acciones sexuales trasgresoras que se dieron más allá de lo imaginario, en lo real.

 
 
Reflexión final:
 
Un retrato decimonónico de Hakeldama, un desagradable demonio en el cual creían algunos magos cabalísticos y cuyo nombre probablemente derive del nombre del lugar en el que fue enterrado el cuerpo de Judas Iscariote.
 
  En la mentalidad de las personas que constituyen las mayorías pobres de los grupos sociales, el diablo aparece a veces dentro de una religiosidad resultado de la mezcla de la información religiosa recibida con supersticiones, tradiciones o costumbres locales, su invocación, más que una cuestión de religión parece la expresión de situaciones críticas que lo colocan como una posibilidad de supervivencia.
 
En gran cantidad de discursos de reos del Tribunal del Santo Oficio el Maligno estaba presente en blasfemias y en proposiciones heréticas, delitos menores que si bien fueron perseguidos con la aspiración de reducirlos, no se consideraron graves ni dentro del espacio de la herejía (Alberro, 1988, 179). También estuvo en la hechicería, que en el terreno novohispano estuvo relacionada con las tradiciones prehispánicas y ligado preferentemente al quehacer femenino. Mujeres negras y mulatas acudieron al Diablo para intentar mejorar sus míseras condiciones de vida, y las mestizas fueron las que se dedicaron a la magia fungiendo como intermediarias entre el indígena -dueño del saber y de las pociones- y las usuarias de la magia, principalmente mujeres blancas (Alberro, 1988, 187 ). La hechicería suponía el auxilio de la magia para fines prácticos como sanar [5] , asegurar la fertilidad, combatir a un enemigo, y -lo más socorrido- atraer al ser amado; originalmente los cristianos no suponían que involucraba a Satán, hasta que llegó la Escolástica que supuso que la magia natural no existía y metió a Lucifer ahí (Burton, 1996, 206). De cualquier modo y a pesar de discursos y prohibiciones la hechicería formó parte de la vida colonial para mejorarla, las plantas, las recetas mágicas, y los polvos fueron muy empleados para asir un poco la esperanza.

Con la sexualización de Mefisto su poder apareció en innumerables fantasías sobre todo en la ideología brujeril, la hechicería podía aspirar a penas leves, no así la brujería que implicaba trasgresión sexual. El Maligno sirvió a los inquisidores, esos que buscaban los estigmas de Satán para encontrar muchas justificaciones, y fue útil a los reos porque su presencia les otorgaba la posibilidad de romper con las normas represivas para el ejercicio de la sexualidad. Las fantasías y delirios acordes a la represión de la sexualidad y al discurso católico imperante, intentaron buscar un camino de fuga de la represión. La invocación a Satán y los discursos místicos, constituyeron elementos que se mantuvieron al lado de las pulsiones sexuales.

Los castigos, discursos y amenazas no fueron suficientes para impedir que en la cálida sociedad colonial las infracciones al modelo cristiano de sexualidad se realizaran todos los días. Muchas personas transgredían las normas pero la violación de estas nunca fue un asunto de hetedoroxia religiosa, simplemente, como diría Reich, fue el resultado de factores subjetivos como necesidades básicas. Nunca fue problema de ateísmo, ya que el pensamiento religioso cristiano se encontraba presente en la cotidianidad de todos los sectores sociales, aunque la conducta de los individuos pareciera lejana al dogma, el asunto era simplemente intentar ajustar un poco a la realidad terrenal el mandato divino, quizá porque el ejercicio de la sexualidad siempre ha tenido que ver más con la vida.

Gramci señala que cada individuo no es sólo la síntesis de las relaciones existentes sino también la historia de esas relaciones. Goffman (Goffman, 1989, passim) recuerda que un ser humano estigmatizado es un ser defectuoso portador de una mancha que contagia, se le relaciona con una posibilidad de culpa o quizás con un castigo (Delameau, 1989, 9-49) lo que puede implicar para los no estigmatizados un posible peligro y debe sugerir segregación y desprecio. La calificación social obliga al individuo estigmatizado a enfrentarse a una serie de restricciones porque el desvío de las normas implica una gran lesión a la identidad social. La concepción de delito implica la noción de culpa, y en occidente la unión de la sexualidad a la mancha, pecado y culpa fue fácil de construir.

 
 
NOTAS:
[1] Archivo General de la Nación México, en adelante AGNM, Ramo Inquisición, vol 543, exp 64 año 1700.
“Denuncia de Juana de San Crisóstomo, María Concepción y Tomasa de Guido contra varias personas,
por haber dado, según decían, su alma al diablo”.
[2] AGNM, Ramo Inquisición, vol 785, exp.10, año 1746. “El secretario que hace de Sr. Fiscal contra
Joaquín León, por haber invocado al diablo y cometer otras herejías”.
[3] María Ifigenia de los Reyes, AGNM, Ramo Inquisición, Lote Riva Palacio, t.29, no.3. Guadalajara,1737-1742.
 
[4] Cf. Jean Claude Maleval. “Delirio histérico no es delirio disociado”, en locuras...op, cit.- pp44-50.
[5] AGNM, Ramo Inquisición, vol 872,exp 24, año 1736. “El Señor inquisidor contra Juan Bautista Chirino,
de oficio cocinero y de nación extranjera, por dedicarse a la curación de diversas enfermedades
por medio de la magia blanca”.
 
 
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