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La Censura en las Diversiones del
México Porfirista

por: Dra. Guadalupe Ríos de la Torre [*]
Universidad Autónoma Metropolitana

Palacio Nacional

Tarjeta postal del Palacio Nacional. Colección Familia de la Torre


¡Silencio, señores! La Diversión va Empezar

CapitularLa segunda mitad del siglo XIX, fue decisiva la constante preocupación por introducir proyectos modernos e incluso liberales. Durante esta época se emitieron un considerable conjunto de leyes y decretos, la mayoría tendientes a modernizar la nación en casi todos los aspectos. Tenemos ejemplos de obras de remodelación y urbanización de la ciudad de México; proyectos culturales y artísticos; mejoras al sistema carcelario y distribución de casas corrección, cárceles, presidios, por mencionar algunos.

Es asombroso comprobar el número de obras y proyectos artísticos, culturales y urbanísticos que se realizaron durante este siglo. Varios de estos proyectos serían retomados y llevados a cabo por los subsiguientes gobiernos.[1]

Por lo tanto, no es extraño que los nuevos sistemas reglamentarios para controlar las diversiones encontraran eco en las propuestas del Segundo Imperio (1864-1867). Éstos se venían desarrollando en Francia, como un instrumento de control social. (Aguilar, 80- 81).

Maximiliano de Hamburgo

Maximiliano de Habsburgo. Oleo sobre tela de
Elberte Graefle, 1865. Munchen.
Relatos e historias en México,año 1, núm.
8, abril 2009, p.65

Guadalupe De La Torre

Guadalupe De La Torre.
Colección Familia De la Torre.

La moral social mostró a la sociedad qué hacer, y qué no hacer a través de escritos, revistas especiales, novelas de folletín y los sermones repartidos en forma de hoja suelta que llegaban a todo el público que describían las costumbres y los rituales, las distracciones y las modas.[2]

Una necesidad de la noción de orden como factor indispensable para el progreso, base fundamental se la sociedad del siglo XIX y del pasado. Las metrópolis fueron blanco de los deseos modernizadores de los gobernantes y de las elites, quienes se esforzaron por llevar a la práctica un viejo propósito que venía de los últimos tiempos de la época colonial pero se vio entorpecido a raíz de la Independencia y a causa de la inseguridad política subsecuente. Los ahíncos de estos grupos se concentraron en la capital, pero también alcanzaron a otras ciudades del país. (Torres Sánchez 1996, 213-214).

A sus ojos las ciudades serían el mejor aparador de la evolución de la nación y mostrarían las bondades de la paz social y los frutos del desarrollo económico, convirtiéndose en modelo de salud y progreso e ilustrando el triunfo de la fórmula “poca política y mucha administración”.

Sin embargo, la modernización no sólo exigía innovar la ciudad sino también organizar a la sociedad e incidir en los hábitos y el aspecto de sus habitantes. Las elites anhelaban que los mexicanos acogieran las experiencias que ellos habían hecho suyas y que pensaban positivas para el avance material y moral del país y para la prosperidad de los propios individuos. Como muestra, investigaron que los citadinos cuidaran y mantuvieran las vías públicas que fueran limpias y pulcras, y que se comportaran de forma “civilizada”, es decir que regularan sus emociones, sus impulsos y la expresión de necesidades, para llevarse de forma sobria y moderada.[3]


La censura

El Consejo Superior de Salubridad creó la oficina de Inspección de Sanidad- centro administrativo para el control y registro de las diversiones, paseos, salones de baile, pulquerías, etcétera, y encargado del cobro de impuestos fijados por el Estado para autorizar los centros de esparcimiento de la ciudad de México.

Se inició entonces el reglamentarismo, como conjunto de disposiciones jurídicas que registraron, marcaron, clasificaron las diversiones en decentes e indecentes.[4]

En opinión, para el Consejo Superior de Salubridad se debía asistir a diversiones propias del mundo culto, como era el ir al teatro, la opera, escuchar música, y abandonar las fiestas tradicionales-las religiosas-o las consideradas sanguinarias- como los toros o las peleas de gallos. (Guerrero 1980, 89-90).

La fiesta brava en especial, siguió siendo una de las distracciones favoritas de muchos capitalinos. También en las corridas de toros convivían deferentes sectores sociales, aunque en espacios separados, pues eran mucho más costosas las localidades para los sitios de sombra.

El Consejo Superior de Salubridad pensaba, que esta diversión excitaba una serie de perversos instintos del público y lo hacían alegrarse con la muerte del animal y con los peligros y daños a la salud del torero. Causa por lo que al inicio de la era porfiriana el espectáculo fue prohibido en el Distrito Federal y en algunos estados, como Zacatecas y Veracruz, aunque los aficionados asistían a las que se celebraban en los alrededores. En el año de 1888 se levantó la prohibición, pero el festejo se frenó a estrictas leyes. Se intentó sin éxito erradicar las corridas de toros, que eran frecuentadas por todos los grupos sociales. (Vázquez Mantecón 1999,168-1699)

Toros y Publico Taurino

Publico

Toros y público taurino. Grabados de José Guadalupe Posada.

Las clases sociales nuevamente se dividieron, se desligaron definiendo sus gustos en los escenarios, estadios y salones de baile. En la ciudad de México existieron una serie de salones de baile y allí acudieron la élite de la sociedad mexicana, obreros, concubinas, y por supuesto las prostitutas. De vez en vez, el público de los salones de baile se inscribía a los concursos de polka, vals, pasodoble, tango y danzón.

Tango

Danzon

Los subscritos empresarios de los salones denominados La Alambra, Degollado, Bucareli y María Conesa solicitamos permiso para efectuar bailes públicos, los días lunes, jueves, sábados y domingos de cada semana.[5]

Se emitieron las normas de higiene necesarias para los establecimientos de la capital: los encargados de dictar las medidas sanitarias fueron el Departamento de Salubridad Pública y el Consejo Superior de Salubridad. El reglamento ordenaba lo siguiente, entre otras cosas:

  • Debe practicarse diariamente el barrido cuidadoso de los pisos de teatros, cinematógrafos, salas de baile y todos los centros de reunión para diversiones públicas. El barrido deberá hacerse humedeciendo el suelo con una solución de bicloruro de mercurio.
     
  • Deben colocarse tubos ventiladores en la parte alta de los edificios para procurara una corriente continua que haga cambiar constantemente el aire viciado por aire puro.
     
  • Contar mínimo con un gato para evitar la visita de ratas y ratones.[6]

No sólo se bailaba en esos salones, sino también en las barracas, en los patios típicos de las vecindades, lugar de fiestas y jolgorios, como los que había en la colonia Guerrero, los domingos y entre semana. Esas barracas se localizaban en la plaza de la Constitución (Zócalo), en el jardín Garibaldi y en el jardín de la Plaza del Carmen, donde había bailes espontáneos, motivo de frecuentes incidentes. Al respecto, se dispuso lo siguiente:

Los frecuentes escándanlos registrados tanto en algunos salones de baile, como en los jardines donde se dan Kermeses, el C. Gobernador del Distrito Federal deseando acabar con estos escándalos, ha tenido a bien disponer que se prohíban los bailes públicos, así las Kermés en jardines y paseos. [7]

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Disposición que no fue acatada por temor a las repercusiones para la gente que gustaba de bailar en los lugares públicos.

Desde luego, la moral ciudadana laica y religiosa alzó la voz para criticar los centros de mala muerte que habían proliferado en la capital.[8]

Jose Guadalupe Posada

Grabado de José Guadalupe Posada
Al H Consejo Superior de Salubridad.

En vista de la inmoralidad que encierran los bailes que se están verificando en diferentes salones de la ciudad, donde se reúnen mujeres de mal vivir con otras que en creencia de que dichos bailes son honrados concurren a distraer sus horas de descanso, me permito presentar a la consideración. Suplícale se sirva ordenar la clausura de todos los salones de bailes públicos y en adelante no se vuelva a dar permiso para esta clase de espectáculos. (Ríos de la Torre 2004, p. 151)

Pero jamás la moral analizó lo que significaba para algunos el baile, una posibilidad de desinhibición, una libertad corporal. El concepto de cuerpo que tenía era rígido y solemne, poco dispuesto a la sensualidad.

Aurelio de los Reyes

Aurelio de los Reyes, Los orígenes del cine mexicano / 1896-1900, SEP, 1984, (Lecturas Mexicanas 61).

El cinematógrafo llegó a todos los niveles, al igual que las salas de exhibición se propagaron por toda la capital, como fue el elegante y coqueto Salón Casino, ubicado en la quinta calle de la populosa colonia Guerrero, El Wiilton en la colonia San Rafael; El Buen Tono en la Doctores, y el cine Lerdo, con una capacidad para dos mil espectadores, en la colonia Santa María la Ribera. (De los Reyes 1984, 163)

El cine siguió cumpliendo con su función moralizante y, por lo tanto, las damas y niños pudieron seguir asistiendo a tan moderno entretenimiento sin ninguna recriminación. En gran parte a esto debe su éxito el espectáculo. La censura del Consejo Superior de Salubridad comentaba al respecto:

El éxito obtenido a la labor de los escritores permite en los empresarios ofrecer al público asuntos literarios de mérito. Pero no comprendemos por qué se han de tomar como temas únicamente las inacabables intrigas de adulterios y desvergüenzas, ni tampoco aceptamos que se borden argumentos con hazañas de rateros y policías.[9]

Por otro lado, pretendieron que fueran trabajadores, ahorrativos y que no se emborracharan ni apostaran, pues pensaban que así tendrían dinero para vestir a su familia de forma “decente”, o lo que era lo mismo, a la europea. Miguel Macedo recomendaba mirar el vestido: “la levita, la chaqueta y la camisa representaban los tres estratos de la sociedad.”[10]

Para los capitalinos que buscaban diversión nocturna no sólo estaban atenidos a establecimientos fijos, como los cafés cantantes La voz de México, La flor de orquídea que eran salones grandes de techo bajo, con luz tenue, mesas y sillas donde se escuchaba música y se bailaba. O bien existía una amplia oferta de recintos que contaban con una pequeña pista de baile, en ocasiones amenizado con música de pianos se hicieron famosos: el salón Degollado, Bucareli, La Alhambra y Cuauhtemotzín, salón que por cierto producía frecuentemente numerosos escándalos, de los que los vecinos se quejaban:

Algunos vecinos de las calles de Cuauhtemotzín van a dirigir una carta a las autoridades con el fin de que ordenen la suspensión de los bailes públicos que han establecido en aquellos rumbos. Los vecinos se quejan por los continuos escándalos que se suscitan a diario, mucho de los cuales, por no decir todos, terminan a balazos entre policías y los soldados que concurren a dichas diversiones públicas.[11]

Tertulia

Propaganda El Globo

A esta bohemia mexicana asistían clases privilegiadas y grupos medios, entre los que destacaban literatos como Federico Gamboa, el compositor Abundio Martínez y joven José Vasconcelos. (Gamboa 1979, y Vasconcelos 1945,123-124)

Fue una época de búsqueda de normas, comisiones, campañas y reglamentaciones. El primer reglamento para prostitución en general localizado, data de la época del Segundo Imperio en México y fue el que creó la oficina de Inspección de Sanidad, centro administrativo para el control y registro de prostitutas y burdeles, encargado del cobro de impuestos que generaba la prostitución para el Estado, pero el que mejor sintetiza las principales medidas es el de 1899,[12] que especificaba como deberes de las mujeres dedicadas al oficio de la prostitución, las siguientes obligaciones:

  • Inscribirse como prostituta ente el Comisario de la Oficina de Inspección de Sanidad.
     
  • Someterse a un examen médico semanal practicado por los médicos de la Oficina de Sanidad y pagar por ello.
     
  • En caso de enfermedad, permanecer internadas forzosamente en el hospital de San Juan de Dios, después Morelos hasta curarse.
     
  • Pagar al Estado semanalmente, una cuota por el permiso para ejercer el trabajo de acuerdo a tasas medidas según juventud, edad y atractivo.
     
  • Presentar libreta de tolerancia cuando les fuera requerido.[13]

Las autoridades fijaron de acuerdo con el reglamento de Prostitución, las llamadas zonas de tolerancia, dentro de las cuales se permitiría la casa no santa. (González Rodríguez 1990, 90) La intención era fijar un solo perímetro circunscrito, lo más lejano posible de las áreas habitadas por la gente decente, el cual quedó como sigue: Primera, segunda y tercera zona.

Mapa

Plano de la ciudad de México1909. Mapoteca UNAM

El reglamento también dividía a las casas donde se ejercía la prostitución en tres tipos: burdeles, casas de asignación y de cita.[14] Las nuevas normas establecieron además un cuerpo de policía especial para vigilar las casas de prostitución, y tareas específicas para los empleados de la Oficina de Inspección de Sanidad.

Los clientes que asistían a esta clase de diversión en busca de sexo en forma individual, o en grupo de hasta cinco o más personas. ¿Quiénes iban a estos lugares? En realidad dependía de la posibilidad económica del cliente para poder pagar de acuerdo a la clasificación del burdel hecha por el Consejo de Salubridad.

Los clientes que frecuentaban los burdeles de primera y segunda eran por lo regular militares, la burguesía capitalina, la naciente élite revolucionaria y también el sector letrado de la capital. [15] Los visitantes de los burdeles de tercera solían ser los obreros, la tropa o en algunos casos los residentes de la zona, o gente que provenía del interior.[16] Los clientes jamás fueron perseguidos, registrados o encarcelados, a pesar de que trasgredieron la norma establecida por la sociedad mexicana.

De acuerdo con los valores en boga, la sexualidad sucia, e ilegítima había que esconder, tolerar, ocultar. La sociedad siguió vigilando el ejercicio de la prostitución e hizo surgir, como en tiempos pasados, la creencia de que el hombre estaba al abrigo del contagio. Las autoridades siguieron con más rigor a las prostitutas que se salían de la zona de tolerancia. Así, la mujer caída bajo la vigilancia de la Inspección de Sanidad y de los policías de burdeles estaba obligada a ejercer su actividad dentro de las redes de corrupción que se fueron tejiendo desde muchos antes en la famosa ciudad de los palacios.


Conclusión

Para lograr estos objetivos estimularon una serie de operaciones, y además la ley se convirtió en el utensilio mediante el cual buscaba efectuar su proyecto, así como regular la vida social e incluso algunos aspectos de la vida privada. Así, los legisladores emitieron leyes y reglamentos que afectaron los juegos de azar, las diversiones públicas y la limpieza de la ciudad, y que de manera indirecta incidieron en la forma en que se comportaban los hombres y mujeres.

Así, los habitantes de los barrios permanecieron al margen de la modernidad, al igual que grupos como los criminales, los mendigos o las prostitutas. Por lo tanto, para la mayor parte de la población de las grandes ciudades mexicanas la prosperidad era más aparente que real.

Por último, con el tiempo surgieron modas o hábitos que no provenían de épocas anteriores sino que, por el contrario, resultaban novedosas, aunque también se alejaban de lo que era considerado como deseable. Como muestra, los jóvenes practicaban nuevos bailes o se vestían de una forma que era considerada como escandalosa. Asimismo, se multiplicaron las posibilidades de la farándula, la vida nocturna o la bohemia propia de los bajos fondos parisinos. Todo ello parecía advertir la decadencia moral de la sociedad. En este sentido se puede decir que la modernidad no sólo generó sueños esperanzadores sino que despertó negras pesadillas: junto a la desmedida fe en la ciencia, el progreso y sus posibilidades, la ruina de la religión, el descenso de la vida familiar y el fin del orden social se perfilaba como una sombra.[17]


NOTAS:
[*] Dra. Guadalupe Ríos de la Torre
Profesora- Investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco
Doctora en Historia. UNAM. Profesora-Investigadora de la UAM-A. Jefa del Área y Cuero Académico de Historia y Cultura de la Universidad Autónoma Metropolitana.
Autora de La prostitución femenina en la ciudad de México durante el Porfiriato. México UNAM, 1991.
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[1] Moisés González Navarro, Población y sociedad en México (1900-1975),  México, UNAM, 1974, pp. 78-79|Arriba
[2] En todo caso, lo significativo de la educación impartida por el Estado en aquellos momentos, era su afinidad con los códigos morales religiosos, basta confrontar catecismos, libros de civismo y de urbanidad. Como el conocido manual de Carreño.|Arriba
[3] Era lógico que en la gran ciudad se requiriese de servicios, entre otros renglones, para el abasto de alimentos, el trabajo doméstico, los transportes, lugares de recreo, la obra pública, además del que prestaban los hombres y mujeres que laboraban en varias fábricas de esa ciudad. Ibidem., pp. 240.|Arriba
[4] Archivo Histórico de la Secretaría de Salud, Ramo Protomedicato. |Arriba
[5] “Permiso”, Archivo del Ayuntamiento, Legajo 12, exp. 1364, vol. 807, 1900. |Arriba
[6] Archivo del Ayuntamiento, “Solicitud por la sección del Gobierno ramo Sanidad”, legajo 1, vol. 3892, exp. 223, 1899. |Arriba
[7] Nuevas disposiciones, “No habrá bailes ni Kermés”, en Gaceta Callejera, núm. 13, México, 16 de septiembre de 1889. |Arriba
[8] Véase Archivo de Ayuntamiento, “Diversiones Públicas”, legajo 12, exp. 1322, vol. 807, 1899. |Arriba
[9] Véase los siguientes periódicos, Chapultepec, Cosmos citar algunas. |Arriba
[10] Miguel Macedo, La criminalidad en México: medios de combatirla, México, Secretaría de Fomento, 1987, pp. 4-7 |Arriba
[11] "Queja de los vecinos de las calles de Cuauhtemotzín", en El Sol. Diario Libre, núm.21, México 11 diciembre 1914, p. 4. |Arriba
[12] Ricardo Franco Guzmán  en La prostitución,  México, Diana, 1973, p. 80 Escribe sobre la existencia de un proyecto de ley en 1882 y modificaciones al Código sanitario dentro de un férreo reglamentarismo en 1891 y 1894. Cada uno de estos reglamentos fue aportando diferentes elementos que cumplieron para la época porfiriana en la síntesis de 1898. |Arriba
[13] Marcela Suárez Escobar y Guadalupe Ríos de la Torre, “Criminales, delincuentes o víctimas. Las prostitutas y el Estado en la época porfiriana” en Revista Fuentes. Revista Semestral del Departamento de Humanidades de la UAM-A, año1, núm. 2. 1Semestre 1991, p.78. |Arriba
[14] Burdeles eran casas en donde residían varias prostitutas bajo la vigilancia de una mujer. Casas de asignación donde sólo asistían las mujeres a ejercer la prostitución y las de cita donde acudían las mujeres que no especulaban con la prostitución. Estas casas se prohibieron en 1905. Cf. Suárez y Ríos,  op. cit., pp. 78-79. |Arriba
[15] Como Abundio Martínez (compositor), que tuvo su época de pianista de prostíbulo, Ángel T. Morenos (periodista) y Lucio Blanco y su tropa. Cf. Julio Sesto, La bohemia de la muerte,  México, Libro Español, 1958, pp. 67-78, 204. |Arriba
[16] Quienes en algunos casos pagaban por los servicios de las prostitutas en mercancías, por ejemplo, el panadero con pan, el tendero con abarrotes por citar algunos. |Arriba
[17] Antonio Carreño afirma que la urbanidad se basa en una axiología social, fuertemente arraigada en lo valores cristianos, que se considera impuesta por Dios, la naturaleza y la misma sociedad, la cual obliga a dejar preferencia a unas personas sobre otras, según su edad, su sexo, su autoridad, su ocupación, su posición económica. Manual de urbanidad y buenas maneras. Nueva York, 1854, pp.12-19.  |Arriba


BIBLIOGRAFÍA: Arriba

 
Archivo Histórico de la Secretaría de Salud.
 
Archivo del ayuntamiento.
 
Aguilar Ochoa, Arturo.
La fotografía durante el Imperio de Maximiliano. México, UNAM/ Instituto de Investigaciones Estéticas, 2001.
 
Carreño, Antonio
V Manual de urbanidad y buenas maneras. Nueva York, 1854. De los Reyes, Aurelio. Los orígenes del cine mexicano /1896-1900), SEP, 1984, (Lecturas Mexicanas 61).
 
Franco Guzmán, Ricardo.
La prostitución, México, Diana, 1973.
 
Federico Gamboa.
Santa México, Grijalbo, 1979.
 
González Navarro, Moisés.
Población y sociedad en México (1900-1975), México, UNAM, 1974.
 
González Rodríguez, Sergio.
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Guerrero, Julio.
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Macedo, Miguel.
La criminalidad en México: medios de combatirla, México, Secretaría de Fomento, 1987.
 
Ríos de la Torre, Guadalupe.
Sexualidad y prostitución en la ciudad de México durante el ocaso del porfiriato y la Revolución Mexicana (1910-1920), México, UNAM, 2004, [Doctorado]
 
Sesto, Julio.
La bohemia de la muerte, México, Libro Español, 1958.
 
Suárez Escobar, Marcela y Guadalupe Ríos de la Torre.
“Criminales, delincuentes o víctimas. Las prostitutas y el Estado en la época porfiriana” en Revista Fuentes. Revista Semestral del Departamento de Humanidades de la UAM-A, año1, núm. 2. 1Semestre 1991.
 
Torres Sánchez, Rafael.
La Revolución y vida cotidiana 1914-1934. UNAM, 1996.
 
Vasconcelos, José.
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Vázquez Mantecón, María del Carmen
"Charros" contra "gentleman". Un episodio de identidad en la historia de la tauromaquia mexicana “moderna”, 1886-1905, México, UNAM, 1999.
 
Hemerografía:
 
Cosmos
 
Chapultepec
 
Gaceta Callejera
 
El Sol. Diario Libre
 
Relatos e historias en México.