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Gozar de su Cuerpo:
El Abuso Sexual a las Negras Esclavas en el Caribe Colombiano.
Cartagena y Mompox, siglo XVIII.

por: Dr. Moisés Munive Contreras [*]
Miembro de La Academia de Historia de Santa Cruz de Mompox, Colombia

1. Introducción.

n la mayoría de las tiempos y territorios, aquellos conjuntos que detentan el poder ya sea político, económico o social, por lo general terminan manifestando tal soberanía con comportamientos un tanto exagerados y propios de un afán por mostrarse poderosos. En el período colonial español, por ejemplo, algunos amos y negreros adoptaron en ciertas ocasiones formas de relaciones con sus esclavas un tanto abusivas, si el contexto lo permitía. En términos sexuales la relación entre dueños y esclavas estuvo determinada por la probabilidad de acceso carnal que los primeros sentían tener por derecho de su dominio hacia las segundas. ¿Cuáles fueron los elementos del contexto social que facilitaron tales usos y abusos?

El trato diario, periódico, habitual, cotidiano entre unos y otras fue construyendo el tejido propicio para el acercamiento. Lo cotidiano no se refiere exclusivamente a lo que acontece en el ámbito privado, por el contrario, la vida cotidiana se construye por prácticas, lógicas, espacios y temporalidades que garantizan la reproducción social. En lo cotidiano entran acciones, hábitos mentales y rituales. Así, la vida cotidiana no puede pensarse al margen de las estructuras que la producen y que son simultáneamente producidas y legitimadas por ella. Sus mecanismos y lógicas de operación al ser rutinizadas constriñen a los actores sociales, les imponen unos límites y unos modos de operación aunque dejando un espacio también para la improvisación; lo mismo para hacer frente a situaciones desconocidas como para incorporar desde el orden social elementos novedosos[1]. Este era el espacio en el que amos y dominadas se referenciaban a la vez que se iban encajando las piezas claves de la exigencia sexual, concertada o no.

En este punto es necesario abordar con sigilo el escaso número de demandas relacionadas con abuso sexual encontradas en el Archivo General de la Nación, las cuales no deben despreciarse por la supuesta insuficiencia que representan a la hora de validarlas como fuentes para una historia general sobre los comportamientos sexuales excedidos de los amos hacia las esclavas. Todo lo contrario, los historiadores debemos asignarle la importancia merecida, porque gracias a la valentía de unas pocas mujeres negras subyugadas que se atrevieron a entablar un pleito judicial contra sus dueños, podemos reconstruir este pasado. Desde esta configuración la sexualidad es vista como un fenómeno mental subjetivo que se conforma en el curso de las prácticas sociales históricamente determinadas, que otorga significados a la identidad individual y como elaboración social que funciona dentro del campo de poder.


2. La esclava en el siglo XVIII. ¿Cuál era la personalidad de una subyugada?


Una esclava acompañando a su ama.

Cartagena de Indias fue una plaza fuerte bastante importante dentro del sistema defensivo del Caribe hispano, uno de los desembarcaderos acreditados en los dominios españoles de América para penetrar negros esclavos y un puesto de asentamiento de la Flota de Galeones en su comercio con Sur y Centroamérica. El monopolio del comercio exterior y del tráfico de esclavos transformó sustancialmente la vida social de esta ciudad, dotándola de una identidad peculiar en el concierto neogranadino; donde el elemento decisivo de tal cambio fue la importación masiva de miles de negros, la mayoría residentes hasta su posterior envío a tierras del Perú, Quito, Panamá y el interior de la Nueva Granada[2]. Aproximadamente se está hablando de 823 esclavos en promedio por cada uno de los 300 años de dominación colonial, es decir, al menos 250.000 negros entraron a la actual Colombia y un poco más de 62.000 se encontraban en todo el territorio de la Nueva Granada hacia finales del siglo XVIII[3].Un número considerable de estos esclavos eran mujeres.

Cada una de estas mujeres despertaba en el mundo con información ya preestablecida sobre lo que eran y debían ser dentro de la sociedad que las recibía. En la construcción de su identidad como persona y mujer, la esclava contaba en primera instancia con elementos que la condicionaban a reconocerse como menos. La pertenencia a un grupo social, económico, religioso o de cualquier otra índole, supone cierta imposición; y la identificación se pone en funcionamiento para elaborar lo impuesto, aquello a lo que no se puede decir no. Si se pertenece a una comunidad no se puede dejar de recibir de esta alguna imposición, aunque puede dársele una forma particular[4]. Esto era lo que experimentaban las negras esclavas cuando después de existir, comenzaban ser conscientes de su existencia.

La mujer esclava en el discurso colonial estaba definida como un sujeto carente de honor y, por lo tanto, propensa a los comportamientos sexuales desbocados, a la lujuria y al vicio. A partir de la conquista española se impuso el catolicismo como principio religioso dominante, normando la vida de hombres y mujeres para conformar la sociedad Novo-hispana masculina y patriarcal de tradición judeo-cristiana, en la cual la oposición entre lo masculino y lo femenino trascendía a lo social con un marcado antagonismo entre los sexos, desigualdad necesaria para mantener el orden social[5]. Así que en un proceso judicial en el que tuvieran que enfrentarse alguna de ellas y su amo, era claro que la balanza se inclinaba en primera instancia hacia el segundo, debido al prejuicio sexual que se tenía de las primeras.

Cuando se presentaba una demanda por abuso sexual, era más fácil pensar que tal situación se hacía evidente por el afán de satisfacción de un deseo erótico reprimido en la mujer subyugada que por un intento igual por parte del amo: “los argumentos de la esclava son absolutamente falsos, sin visos de verosimilitud y originados de indebidos influjos fomentados por el ambicioso deseo de su goce”[6]. En la Normativa de 1764 se detecta claramente la continuidad que había en los sujetos de las “castas” el efecto de la carencia de honor de dichas
mujeres[7]. En el orden colonial hispanoamericano el ser mujer fue una condición heterogénea cruzada por criterios de descendencia racial que tenía su correspondencia en imaginarios de comportamiento sexual construidos a partir de la idea de honor.

Si una mujer negra esclava era concebida como una persona sin honor, o por lo menos éste estaba bastante deteriorado, entonces en el momento de experimentarse situaciones en las que el hombre blanco y amo se acercaba con motivos placenteros; ella tenía que considerar las pocas posibilidades de ganar un pleito si decidía entablar una demanda contra su propietario. Ser mujer en los tiempos coloniales de una u otra forma significaba que había un cierto paternalismo por parte del sexo masculino y que incluso sería él como padre o esposo el primer autorizado para orientar su vida. Y como propietario de una mujer negra esclava no sólo experimentaba el sentirse autorizado para encaminarla en la vida, sino además para accederla y disponer de ella tal como su impulso sexual lo condicionara.

Ser negra denotaba ciento por ciento impurezas raciales, pues quienes se hallaban dentro de la comunidad blanca eran puros y quienes estaban por fuera eran impuros, y tanto la pureza como la impureza se transmitían a través de la sangre[8]; y ser esclava representaba estar en el último peldaño del escalafón social. Esto representaba un elemento definitorio en la construcción de la personalidad de la mujer esclava, pues esta se concibe como el conjunto de situaciones, hechos, vivencias y experiencias que se combinan de forma distinta en cada individuo; constituyendo el retrato psicológico de la mujer y su forma de comportarse en el sentido más amplio de la
expresión[9]. Es decir, la personalidad no es algo estático, sino que la variedad de factores contribuyen a cambiarla continuamente.

Sin embargo, había quienes desafiaban la herencia colectiva de ser consideradas menos que las blancas. Por eso aquella que se atreviera a exigir justicia por haber sido violentada sexualmente, debió hacerlo más por intentar considerarse a sí misma como una persona digna que por creer en la eventualidad de ganar el pleito. Es posible que debido a esta situación sea que se encuentren pocos casos de pleitos judiciales, los cuales permiten la construcción de una historia que no es fácil fabricar.


3. El temor al amo. ¿De qué manera el sentimiento de miedo facilitó el espacio para el abuso?


Moliendo café.

Así como Cartagena era un puerto privilegiado dentro del imperio español, Mompox era el centro de distribución de las mercancías, incluidos los esclavos, llegadas a Santa Marta y Cartagena con destino al interior del país[10]. Esta villa era una población muy importante de la Nueva Granada, la tercera en orden al número de habitantes, aproximadamente 7118 personas hacia finales del siglo XVIII. Los españoles habían sido atraídos por las ventajas de su trascendente posición geográfica que le hacía el centro del comercio del río Magdalena, por las facilidades de comunicación, las riquezas naturales de su suelo, la fertilidad y abundancia de sus
campos[11]. Allí iban a avecindarse de otros lugares de la Nueva Granada y de la Península.

Mompox contaba con unas 600 casonas de mampostería y teja de barro, casas de un solo piso de alto frente y grandes ventanales, ancho zaguán y portón, amplios patios interiores llenos de árboles frutales, plantas y flores. Habían 1800 casas repartidas en 48 manzanas, en 6 plazas y 6 iglesias, con uno de los primeros hospitales públicos de América del Sur (San Juan de Dios), varios conventos, aduanas, cuarteles, fábrica de aguardiente, expendio de tabaco, pólvora y naipes, casa de fundición del oro, comisario de Santa Inquisición, cárcel, matadero y carnicería públicos[12]. En la gran mayoría de estos lugares habitaban y/o trabajaban mujeres esclavas.

Durante la época colonial el vínculo más vivo de toda persona era el familiar, el cual estaba muy controlado por un sistema colonial fundamentado en la religión católica. Pero para un número considerable de hombres, liberar su energía erótica era más fácil con mujeres negras esclavas que con sus pares. Incluso casi toda la vida social de los individuos ocurría en familia. La inserción de la población africana esclavizada en la sociedad colonial, particularmente en la vida urbana, llegó influir de manera sensible las relaciones familiares en la sociedad. La ilegitimidad y las relaciones conyugales estuvieron muy ligadas a la existencia de la población esclava en general, y a la de las mujeres esclavas en particular[13]. De otro lado, tales experiencias tuvieron entre la población femenina esclava un sentido especial: “En su demanda dice que con motivo de habérsele prostituido a su amo a fuerza de las instancias y persuasiones que le hizo.., concibió un hijo que a poco tiempo de nacido murió y que como su señora entendiese la amistad ilícita que su amo tenía con ella, le maltrataba en venganza del delito que sólo cometió por reverencia y temor a su amo”[14]. El temor jugaba un papel bastante importante en las relaciones amo-esclava.

A veces el miedo que una esclava podía sentir por su amo era tan amplio en dimensiones que le nublaba la capacidad de reacción sutil a los posibles acercamientos que se pudieran presentar. Para que una subyugada terminara embarazada de su dueño era porque el acceso carnal había pasado por ciertos estadios hasta convertirse en una acción constante. Tanto en Cartagena como en Mompox durante la centuria decimoctava pudieron experimentarse casos en los que el abuso sexual se había efectuado de una manera tan extensa que la misma negra afectada terminaba siendo reconocida por el otro y por ella misma como una mujer prostituida a su amo. Situación que tenía su génesis en el miedo hacia una persona que detentaba el poder y que estaba autorizado socialmente a dominarla.

Para un buen número de hombres la sexualidad está dominada por la idea del intercambio coital, la búsqueda de éste se vive como un reto y la consumación se considera como el logro de una meta. El placer sexual no tiene su origen en la fisiología y biología humana, sino en la construcción social de la experiencia. Por lo tanto el goce sexual no se puede reducir a un fenómeno puramente biológico, sino que se dinamiza en relación con las reglas, significados y formas de actuar que están presentes en ciertos escenarios relacionales[15]. Y los escenarios en los que se interrelacionaban los hombres blancos dominantes y las mujeres negras dominadas, eran propicios para la concepción y desarrollo de temores por parte de las segundas hacia los primeros. Así que el amo, con un impulso por satisfacer sin trabas sus placeres sexuales, tenía bajo su manga el as que le concedía la oportunidad de acceder a una relación coital con la esclava cercana.

Por lo general, se produce una situación donde la norma o la ley impuesta por la sociedad, con el fin de reglamentar el espacio público, origina una justicia institucionalizada en que la unión de voluntades da origen a un consenso que forma un pacto hegemónico y otorga un perfil claro, definido y determinado al régimen de sociabilidad existente. Es por ello que la convivencia de la política de control férreo del mundo civil se relacione estrechamente con el mundo religioso, especialmente en algunos aspectos relacionados con situar al individuo a un solo lugar, evitar sus espontáneos desplazamientos y someterlo a un sistema regulador donde no escape a su propia iniciativa[16]. Pero el hombre blanco colonial siempre buscaba espacios por donde huir de semejantes imposiciones que muchas veces estaba dispuesto más a recibir y aceptar que a cumplir.

Las normas establecidas sobre el control social no garantizaban las conductas que apuntaban al mantenimiento lícito de relaciones, pues el comportamiento de la población aceptaba la moral oficial pero no la ponía en práctica o no la obedecía con frecuencia, sea dentro del matrimonio o fuera de él, mientras la persona gozaba del abuso según su gusto y gana. Si el erotismo representaba la posibilidad de que los humanos dieran rienda suelta a la violencia, debe reconocerse que esta metáfora que hombres y mujeres construyen sobre la sexualidad, es una vía para escapar de la presencia de un sistema que limita la naturaleza violenta y que parece combatir cualquier expresión de violencia social, desde la física o material hasta la simbólica[17]. El culto al cuerpo y a la belleza, el afán de poder y la continua expresión de la concupiscencia, hicieron que la mayor parte de los fieles se apuntaran a un código moral presidido por la hipocresía, muy señalado continuamente[18]. Al final, parece que pudo más el envite libidinoso del amo y el miedo hacia éste que el acatamiento a las normas que regían tales comportamientos anómalos.


4. El poder y el apetito sexual. ¿De qué manera interactuaban poder y deseo en las relaciones amo-esclava?


Esclava vendedora.

El poder es toda posibilidad de imponer la voluntad propia dentro de una relación social, incluso contra una oposición sin importar en qué se funde tal posibilidad. Es persuasión, influencia, manipulación y hasta fuerza bruta; y si encuentra obediencia en unas personas determinadas respecto a unos contenidos determinados, éste se mueve en forma de dominio[19]. Este era el ambiente en el que se desenvolvían las relaciones entre amos y esclavas, el primero tenía plena conciencia que había nacido para manifestar un poder recibido y la segunda no contaba con herramientas precisas que lo frenaran. Tanto el uno como la otra estaban condicionados socialmente para desarrollar el rol que les había asignado la historia.

El poder se asume como un proceso que implica una tensión permanente entre los sujetos que entran en relación y, por ende, nunca está en su totalidad en alguno de los sujetos que interactúan. Como toda relación de poder, en el espacio sexual, en los espacios de intimidad, las relacione comportan una competencia por imponer al otro la dirección del encuentro sexual íntimo. Por consiguiente, se impone una moral viril en la que las mujeres sólo aparecen a título de objetos o cuando mucho de compañeras a las que hay que formar, educar y vigilar, mientras están bajo el poder propio y de las que hay que abstenerse cuando están bajo el poder de otro[20]. Si este era el contexto casi que predeterminado para las mujeres blancas, las mujeres negras esclavas cartageneras y momposinas del siglo XVIII estaban prácticamente a la merced de los apetitos sexuales de sus amos.

En la moral cristiana católica, la mujer cumplía un papel imprescindible en tanto circunscribía el acto sexual a la reproducción de la especie; de ahí que la relación poder/deseo incorporaba a la mujer en un status de subordinación al potencial sexual masculino. Pero como esta moral no concebía la continuación del género a través de la unión blanco-negra, lo que generaba era espacios para el pleno goce y satisfacción sexual de los amos hacia sus subyugadas, pues estos al final sabían que pesaba sobre ellos una norma de responsabilidades.

El desprecio de lo femenino sostenía todavía el edificio conceptual de los paladines del ideal ascético. Este aborrecimiento precede del miedo y de los fantasmas de una masculinidad mal resuelta, vivida al estilo arrogante de la violencia y de la agresividad. Toda virilidad digna de este nombre debe proceder de la fuerza y del deseo de que la misma fuerza excite al cuerpo, a la carne y al alma de las mujeres[21]. Esa lenta construcción histórica de que la mujer era menos que el hombre, y aún más la mujer negra, le impregnaba al blanco colonial la fuerza y la certeza de que acceder sexualmente a sus dominadas es un valor agregado del poder que recibió desde su nacimiento.

El poder entonces puede concebirse como la capacidad de los sujetos que interactúan para construir las condiciones que dirijan el proceso de seducción hacia la intimidad sexual o hacia otro tipo de relación[22]. En un caso específico en el que se escuchan las voces de las dos partes implicadas, se puede analizar la manera en que el poder y el deseo se mueven en este tipo de relaciones. La esclava expresa “en autos sobre que se le obligue a mi amo a que me venda en la misma cantidad de que me compró…, pero negando los excesivos rigores que él y su consorte han usado conmigo, y ratificándome yo en ellos..., las pruebas respectivas sean las que esclarezcan mi justicia”[23]. Lo primero que salta a la vista es que existe una conciencia clara de parte de la esclava que el hecho de ser agredida sexualmente por su amo no está tipificado como un delito que deba ser corregido y castigado penalmente por la justicia local, por eso lo único que pide es que se le cambie de dueño, no la asignación de una condena por el suceso. En segundo lugar, las demandas por abuso sexual se encontraban por lo general en el nivel de la palabra del amo contra la palabra de la esclava, situación que por sí sola ya ponía en gran desventaja a la negra. En tercer lugar, en la misma expresión final de la esclava se halla el elemento que definía la posibilidad de ganancia de un pleito de estos a favor de las mujeres negras esclavas, pues era demasiado difícil presentar las pruebas correspondientes a un abuso sexual; máxime si se tiene en cuenta que este tipo de experiencias se sucedían en la intimidad, en espacios solitarios, como por lo general el sexo exige.

Inmediatamente el dueño de la esclava replicó con gran autoridad y presión hacia los jueces: “mi sierva se vio apremiada con la rebeldía solicitando el nombramiento de Defensor..., en cuya virtud siendo bien conocida la malicia de mi sierva y notables los perjuicios que se me siguen por la falta de su servicio”[24]. Claramente se aprecia que tal vez en buena medida los Defensores o Abogados de los pobres terminaban siendo más que las personas capaces de exigir justicia para las esclavas, sí en las que facilitaban a éstas la oportunidad de expresar o de publicar una conducta anómala hacia ellas por parte de sus respectivos amos. Seguramente no esperaban que al final del litigio, su dueño acabara en la cárcel unos meses, pero sentían que los abusos sexuales a las que eran sometidas no quedaban plasmados únicamente en sus cuerpos, sino también en algunas mentes y almas diferentes a las de ellas.

El poder tiene muchas caras y, al mismo tiempo, variadas fundamentaciones doctrinarias. Depende de tiempos históricos distintos y de parcelas de dominio que no pueden encerrarse en el mismo campo. El poder es una manifestación de fuerza, y eso era precisamente de lo que se percataba el amo cuando a las buenas o a las malas accedía carnalmente a su esclava. Una fenomenología que se muestra y describe como influencia o como dominio o constricción física o moral, pero más que definirlo, se ejerce, se siente, se padece[25]. En las relaciones poseedor-poseída, estos componentes se percibían y evidenciaban de tal forma que las partes en cuestión simplemente cumplían su rol. El poder no se ve, ni se huele, ni se toca. Somos conscientes de las operaciones de la mente, pero el poder no es una operación más, sino algo que las acompaña a todas como condición suya. Aparece en nuestra conciencia como un concepto necesario. Que a veces no se sea consciente del poder, en el sentido propio de la palabra, no resultará menos evidente si se piensa que la conciencia es aquel poder de la mente por el cual se tiene un conocimiento inmediato de las propias operaciones[26]. En cada uno de los espacios de abuso sexual tanto el amo como la subyugada de Cartagena y Mompox dejaban fluir la naturaleza del poder que el primero ejercía sobre la segunda.

La forma de vida amorosa del hombre novohispano era la de alcanzar los favores de una mujer si estaba enamorado, aun cuando su deseo erótico más profundo y auténtico era alcanzar a cualquier mujer, todas las que quisiera o deseara para someterlas a su voluntad; es decir pretendía no sólo que lo amara su esposa, sino que lo admiraran y desearan todas las mujeres con los que tenía cualquier tipo de relación. El varón novohispano se pensaba y se sentía dueño de la vida de las mujeres que custodiaba; fuesen estas familiares, arrimadas o sirvientas, todas se transformaban en objeto de deseo. Para algunos era un derecho tomarlas carnalmente, por eso el amancebamiento o la violación se presentaban normalmente dentro de los muros de la casa[27]. Por eso para un buen número de esclavas lo que había de esperar era el momento en que sucediera.


5. Los ambientes domésticos. ¿Qué papel desempeñaba la casa en el desarrollo de la agresión sexual?


Esclavas domésticas.

Hablar de esclavitud urbana, como institución particular, distinta del sistema de explotación que se desarrolla en las plantaciones y en las minas, implica en primer lugar definir el marco en el cual esas actividades se desarrollan. La urbanización de Hispanoamérica es un fenómeno único en la historia occidental. Desde los primeros decenios de la Conquista, la ciudad dominó el espacio territorial, inaugurando un rasgo que caracteriza hoy a todo el continente. La magnitud de las calles, el establecimiento de solares y parcelas cuadrangulares deslindadas sobre un territorio sin límites, el tamaño de la plaza mayor, centro geométrico, funcional y simbólico de la urbe, dieron a las ciudades americanas un aspecto muy diferente al de los centros europeos de raíces medievales[28].

La ciudad hispanoamericana era un lugar de sociabilidad y de representación. En ella se levantaban los edificios que simbolizaban el poder: catedral, palacio de Gobierno, sede de la Audiencia, construcciones modernas porque son nuevas e inspiradas en proyectos de urbanismo que combinaban la estética con la salubridad. Estas ciudades tenían un Cabildo, pero éste no gozaba de una verdadera iniciativa municipal: el verdadero poder estaba en el núcleo administrativo que encarnaba el poder de la Corona. Pero, entre sus funciones, estaba fomentar las celebraciones religiosas. La amplitud de las calles y de las plazas, y la perspectiva abierta por la traza rectilínea, favorecían esos espectáculos.

En primer lugar, la proximidad física del esclavo con la familia del amo. Por lo general vivía aquél en la misma casa, disponía del tercer patio —el del fondo— que era también el lugar de la intimidad, por ejemplo donde se encontraban las letrinas; estaba en contacto permanente con la mujer y los hijos. A este rasgo doméstico, que también se encontraba en el mundo de las plantaciones, hay que agregar otro, fundamental. El esclavo urbano vivía en un espacio de circulación y de mediación: la calle, los lugares públicos, las tabernas, las pulperías, los mercados, las plazas de toros y los corrales constituían su entorno exterior a la casa del amo. La frecuentación de estos lugares lo ponía al tanto de los cotilleos, chismes e informaciones de toda índole. La calle, donde se movía diariamente, le brindaba un espacio de libertad y un cierto anonimato, limitado por la visibilidad del color.

Como en las ciudades europeas, las de Hispanoamérica tenían sus zonas de anonimato que se extendían con los años y que, si bien alimentaban los sentimientos de inseguridad y de soledad, otorgaban a los individuos una libertad mayor, permitiendo que se diluyeran los vínculos personales. Dicha proximidad favorecía el buen ambiente para la esclava, pero también facilitaba el espacio de cercanía para el amo que intentara abusar sexualmente de su propiedad.

Los esclavos eran una población visible en cada ciudad. Habitaban todos los barrios urbanos aunque vivían en alta proporción en los exclusivos barrios de los blancos. Efectivamente, como en cada casa principal había numerosas esclavas, en pocas manzanas llegaban a concentrarse varios cientos. En Cartagena de Indias, el 60% de los esclavos vivían en los barrios la Merced y San Sebastián. En los barrios principales había casas que tenían una insospechada corte de esclavas, que cumplían labores junto con otras sirvientas domésticas y negras
libres[29]. Eran estas los que precisamente las que contaban con mayor probabilidad de ser atentadas carnalmente.

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La proximidad física entre las esclavas y los amos propició desde estrechos vínculos emocionales entre las nodrizas y las criaturas blancas, hasta las crueldades propias del vínculo amo-esclava alimentadas por el cotidiano contacto doméstico: “de lo que se queja la esclava es falso sin visos de verosimilitud y originados de indebidos influjos fomentados por el ambicioso deseo de su goce…, en dos palabras sería reportar a la sierva con modo de sus propios excesos y el más punible de culpa falsa y calumniosamente a su amo que omitiendo otras cosas son en realidad incompatibles entre dos amantes y repugnan al comercio ilícito que supone en que siempre tienen más lugar las caricias y halagos aunque solo las promueva el celo de no ser descubierto de la complicidad y mucho más la indecorosa con una esclava de puertas adentro”[30]. Los individuos de la sociedad cartagenera y momposina encontraron formas, aunque prohibidas, para el logro de sus deseos o necesidades, en especial las relacionadas con la sexualidad y por ende de sus cuerpos. Pero violar la prohibición propiciaba la instauración de la culpa en sus conciencias, dada la fuerte asimilación de las creencias impuestas por la Iglesia. Una de esas creencias que tuvo serias repercusiones en la concepción de la sexualidad fue la relativa a la idea del cuerpo como fuente de pecado, proveniente de los primeros tiempos del cristianismo con el pecado
original[31]. Sin embargo, muchos amos superaron tales cargas y pudieron satisfacer deseos sexuales con sus esclavas.

Con el crecimiento de las ciudades y dada su importancia política, económica y social, se introdujo un número considerable de negros para diversas actividades, como cocheros, herreros, zapateros, tejedores, panaderos, lavanderos, capataces, cargadores, carpinteros, cantores, músicos, mayordomos, criados, cocineros y acompañantes. A pesar de que dentro de las clases sociales la negra ocupaba un lugar en extremo baja, quienes eran servidoras domésticas tenían en general mejores condiciones de vida, y también excelentes escenarios para abusarlas. Posiblemente poseían algunas características idóneas para esa clase de actividades o tal vez el precio que se había pagado por ella, incidía en que su condición fuera mejor. Dentro de la casa había jerarquía. Los hombres podían ser cocineros, mayordomos, a las esclavas jóvenes se les asignaba la limpieza a las de edad avanzada eran amas de cría, amas de llave y cocineras[32]. Las esclavas domésticas no realizaban un trabajo calificado, pero podían vivir, comer y convivir con su amo; y si el propietario lo requería hasta dormir con él.

La esclavitud habría destruido las relaciones conyugales y de parentesco dando origen a hogares centrados en la madre con un padre marginado o ausente, lo cual habría socavado la autoestima del varón negro. Para comprender mejor la influencia que la esclavitud ejerció sobre la familia afroamericana es preciso analizar las pautas de formación de parejas y las conductas familiares de esta población en sus interrelaciones con las élites y la población pobre de procedencia europea. La esclavitud fue un sistema de explotación humana que dejó una marca indeleble en las sociedades que se sustentaban con el trabajo esclavo. Las sociedades esclavistas dieron origen a jerarquías socio-raciales respaldadas por la coacción y exclusión legales y extralegales destinadas a asegurar la supremacía de la población blanca[33]. Ventaja que aprovecharon algunos varones en el ámbito erótico.

Los estudios que se ocupan de investigar los aspectos diversos que toman las formas de explotación del trabajo esclavo, coinciden en afirmar el genio benigno que por lo común expresa la esclavitud urbana cuando se la compara con la dura índole de la servidumbre que sufren los esclavos destinados a la actividad industrial. Esta valoración del carácter de la esclavitud urbana es buena tanto para las negros que desempeñaban labores domésticas en la cocina, la alcoba, la cuadra y otras dependencias de la casa y solar señoriales cuanto para esclavas a jornal que a diario salían a la plaza del mercado en busca de un empleo eventual o alquiler de su esfuerzo de su trabajo que les permitiera ganarse unos dineros con que acudir a la renta que les exigía el amo[34]. Las esclavas domésticas convivían con el señor, comían la comida del señor, vestían la indumentaria que hacía notoria la alcurnia del señor, habitaban la morada del señor y a veces las relaciones amo-esclava alcanzaban a introducirse en la esfera prohibida de la conversación sexual; que comenzaba muchas veces con el requerimiento sensual no violento y terminaba en la violencia genital.

Las esclavas domésticas y las esclavas a jornal gozaban de una gran libertad de movimiento en las villas y ciudades. El trato y correspondencia de estas esclavas con la población libre era, sin duda, uno de los factores que contribuyeron al mestizaje. Los amos en continua comunicación con sus esclavas llegaban a considerar lícito su uso como objeto sexual[35]. Por eso muchos consideraban una pérdida de tiempo asistir personalmente a las citaciones propias de los pleitos judiciales.


6. Los ambientes rurales. ¿Qué tipo de facilidades ofrecía el escenario agrícola a la hora de la exigencia sexual?


Mujeres esclavas en faenas.

De acuerdo con el censo de 1778-1780, el único general que se conserva para toda la época colonial, la población de la costa Caribe colombiana era de 162.272 habitantes con una distribución étnica de blancos 11.57%, indio 17.60%, libres de todos los colores 62.12% y esclavos 8.67%. Sobre este pequeño porcentaje de seres humanos descansó una parte esencial de la economía colonial. El oro, las grandes haciendas azucareras, los hatos extensos, las artesanías del Caribe fueron obra del trabajo esclavo, al menos durante el siglo XVIII. El algodón de las zonas cálidas y las artesanías de Bolívar dependían mayormente de ellos[36]. Cada uno de estas trabajos labores creaba un tipo de ambiente de trabajo propio en los cuales se desenvolvían amos y esclavas.

La Costa Caribe como una unidad regional tenía a finales del siglo XVIII un mayor número de esclavos que cualquiera de las otras dos grandes regiones esclavistas, Popayán y Antioquia. Solamente en la provincia de Cartagena, con 9.622 esclavos en 1778, había mas que el Chocó en cualquier época de su historia, casi tantos como en Antioquia y más de 70% de los existentes en toda la provincia de Popayán par aquel entonces. Para el tercer cuarto de la centuria decimoctava, la gran hacienda de esta región caribeña trabajaba básicamente con mano de obra esclava. Ciertas haciendas de trapiche y hatos eran laboradas en algunos casos por más de cien esclavos[37]. Y en estos ambientes se desarrollaron situaciones de abuso sexual, pues siempre existió el amo que quería encontrar placer sexual en sus subyugadas.

El sector agrícola fue uno de los más importantes de la explotación colonial, y la participación del negro en este trabajo fue clave. Con frecuencia la hacienda de trapiche formaba parte de una estancia y se distinguían cuatro partes fundamentales: el bosque debía proporcionar la madera necesaria para calentar las calderas de la destilación; las zonas de cultivo estaban ocupadas por huertos y campos de cereal, donde se bastecía a sí mismo de alimentos frescos al personal trabajador; los pastizales mantenían un ganado variado y suficiente para el trabajo y la alimentación; finalmente los cañaverales proporcionaban la materia prima para la obtención del azúcar. La fábrica propiamente dicha constaba de tres partes: el molino donde se trituraban las cañas, estaba accionado normalmente por energía hidráulica; en la casa de las calderas se destilaba la masa obtenida por la trituración; y en la casa de purgar se separaba el azúcar de otros residuos finales. En los trapiches estos espacios eran más bien pequeños y los tiempos en que los dueños podían acercarse a ellas estaban medidos, pero los había y se aprovechaban al máximo si el anhelo sexual era agudo. La africana, como individuo, era un componente al que se necesitaba y se le otorgan las condiciones indispensables para que pudiera ejercer su tarea. Como persona no solía ser apreciada, sólo en raras en ocasiones, y se le trataba con la indiferencia propia de un ser marginal y, en bastantes ocasiones con animadversión[38]. En los pocos momentos en que los amos las abordaban con cierta simpatía era cuando las querían para satisfacer sus apetitos eróticos.

La búsqueda del placer posee dimensiones sociales, políticas e ideológicas. La Experiencia sensual y sexual se vive a través de las categorías de un discurso del deseo, el cual es dominante en algunas sociedades y que se encuentra determinado por los requerimientos económicos. El placer sexual tiene dos componentes principales: uno orgánico o somático relacionado con la anatomía y fisiología corporal; y otro psíquico o psicológico producto de la cultura y del medio espacial y temporal donde la persona se ha desarrollado[39]. Precisamente el contexto donde se desenvolvía el blanco de Cartagena y Mompox durante el siglo XVIII era de bastante represión sexual.

Aunque se reconoce el papel que jugaba la sexualidad en el funcionamiento del poder, es decir, en cómo el gobierno colonial a través de sus reglamentaciones morales (religiosas, legales, médicas) organizaba, moldeaba, orientaba, prohibía, castigaba, regulaba o reprimía prácticas, deseos y fobias sobre el placer; al mismo tiempo se resaltaba que éste era un campo de lucha en donde los hombres participaban activamente subordinados y/o generando oposiciones, negociaciones y resistencias[40]. La sumisión a las normas reguladoras de la sexualidad era pública en la medida en que se aceptaban sin quejas, los convenios se evidenciaban cuando los hombres no agredían las normas abiertamente pero las ignoraban en lo privado, y las resistencias eran siempre subterráneas, ocultas, asolapadas.

El interminable deseo sexual que diferencia al hombre de los animales se consumaba violentando la voluntad del otro o con una práctica social inscrita dentro de las normas que resguardaban las instituciones; la sexualidad reivindicaba la persistencia de los impulsos que había de encontrar su satisfacción o consumación al obtener el objeto sexual. Así en la evolución de la humanidad se puede observar cómo los hombres van aprendiendo a controlar sus
pulsiones[41]. Pero si el ambiente de las relaciones amo-esclava estaba apartado de la ciudad, de lo urbano, la presión sobre el primero tendía a disminuir y el espacio se hacía propicio para que surgieran y desplegaran los más bajos instintos sexuales.

Las esclavas no contaban con la misma protección que la Corona le brindaba a las indígenas y mestizas por lo cual los amos se sentían con todos los derechos para cometer con ellas toda clase de desmanes, sin que recibieran castigos ejemplares de parte de las autoridades. A la imposibilidad de tener relaciones sexuales por fuera del matrimonio, tanto los hombres como las mujeres eran vigilados por sus amos, y por la noche dormían encerrados sin posibilidad de salir de sus dormitorios[42]. El único que contaba con el permiso para rondar a las esclavas era el amo, quien lo hacía tanto en los momentos oportunos como inoportunos; pues definitivamente los ambientes rurales también proporcionaron sitios benéficos a los hombres blancos para que accedieran genitalmente a sus sometidas.


7. El juego de la libertad. ¿De qué manera se aprovechaba la promesa de manumisión para cometer abuso carnal?


Esclava pensando su libertad.

La manumisión fue una de las circunstancias favorables a los negros desde los mismos inicios da la colonización de América, tuvo gran aceptación en la doctrina cristiana y sus raíces procedían del derecho romano. Las Siete Partidas entraron en considerables detalles para definir las condiciones bajo las cuales podía verificarse la liberación. éstas eran más una declaración de principios legales y morales que una compilación de legislación especifica; contemplaban la esclavitud como un mal necesario, como una condición transitoria que no modificaba ni disminuía la naturaleza del esclavo y declaraba que la libertad era una de las máximas posesiones humanas. Expresaba que la libertad era objetivo legítimo del esclavo y que los amos que manumitieran a los suyos hacían un servicio a Dios al igual que los terceros interesados que liberaban esclavos con sus donaciones de dinero. El amo sabía que en medio del juego de la libertad servía al Todopoderoso celestial, pero igualmente podía servirse él mismo a una esclava necesitada de tal mecanismo.

Un amo podía manumitir a su esclavo por testamento o por carta, pero debía hacerlo por sí mismo, aceptando un precio justo fijado por el juez local. Igualmente, la ley permitió a los esclavos comprar su carta de libertad por medio de cuotas. En la ciudad de Cartagena y en la villa de Mompox la compra de la libertad se estableció en el dispositivo legal de mayor importancia en el momento en que el esclavo intentaba hacer suya la libertad. Obviamente sustentado por Las Siete Partidas del Rey don Alfonso el Sabio y por el Código Negro Carolino, especialmente para finales del siglo XVIII[43]. El 50% de los esclavos que compraron su libertad en estas dos ciudades entre 1712 y 1792 fueron mujeres[44], las cuales tuvieron que haber experimentado por lo menos la intencionalidad por parte del amo de sustituir el dinero por unas caricias y una relación amorosa a escondidas.

Hablar de la sociedad novohispana es hablar de una sociedad totalmente permeada por el pensamiento de la religión católica, que llegó con la conquista, se instaló con la dominación española y constituyó la base religiosa sobre la que surgió la sociedad criolla y la mestiza. En especial se hace referencia a las repercusiones que tuvieron ciertas reglamentaciones sobre los deseos de los individuos de la sociedad novohispana, en especial, los relacionados con lo sexual. Como resultado de tales prescripciones, muchos individuos en apariencia cumplían con las normas establecidas, pero a la vez intentaban satisfacer una serie de pasiones no aceptadas según las enseñanzas cristianas, lo que los conducía a la transgresión de dichas reglas[45]. Al final de cuentas a eso le apuntaban la mayoría de los amos cuando veían demasiado reducido su entorno sensual. Es decir, en muchos casos la violación no sólo era de las pautas morales y religiosas, sino específicamente de los cuerpos negros en cuestión.

Fueron frecuentes las relaciones amorosas entre amos y esclavas. La mujer negra tuvo un fuerte atractivo para el blanco, algunas veces la esclava era inclinada a ser la iniciadora sexual de los hijos de los propietarios. Varias familias blancas de Cartagena se vieron envueltas en conflictos pasionales en razón de tales relaciones amorosas. La promesa de libertad hecha a algunas mujeres a cambio de favores sexuales era en cierto grado frecuente y desde luego también lo era el incumplimiento a la promesa[46], como le pasó a un número considerable de esclavas que terminaban demandando por libertad a sus respectivos amos, quienes se las habían prometido si se dejaban
seducir[47]. Algunas preferían esto último que finalmente ser violentadas si no consentían la persuasión.

Una aspiración un tanto común entre alguna gente negra era blanquearse todo lo que fuera posible y alejarse de la esclavitud todo lo que pudieran. En lugar de desarrollar una consciencia de su propia valía hicieron propia la ideología discriminatoria de los blancos que se les había impuesto desde arriba. El mismo desdén con que eran mirados por la mayoría de los blancos a menudo fue aplicado por ellos sobre sus iguales; en tal medida solían ser las negras quienes satisfacían las necesidades sexuales del joven
blanco[48]. Algunas mujeres negras trataban de mejorar la suerte de sus hijos mediante el blanqueamiento con la esperanza de que el padre acabase por formalizar la unión. Estas negras esclavas eran las que por iniciativa propia permitían el acceso libidinoso de sus propietarios y la unión coital se realizaba de una manera menos traumática.

Las mujeres esclavas tuvieron un rol activo en la consecución de la libertad y en garantizar la movilidad social de sus familiares. El hecho de la esclavitud africana marcó profundamente los discursos de diferenciación y los procesos de exclusión social. Concepciones de género y prejuicios raciales formaron las argumentaciones normativas del poder colonial. Entre éstos, la Normativa para la declaración de mestizos emitida en 1764 y cuyo propósito fue definir categorías sociales para efecto de
tributación[49].

Las mujeres esclavas desempeñaron en la agencia de su libertad y la de sus miembros familiares un papel clave, movilizando todo un conjunto de maniobras y saberes que fueron alimentados por su experiencia personal como mujeres, como esclavas y como parte de una dinámica social determinada, que les permitió manejar relaciones, establecer contactos y hacer uso de herramientas discursivas y recursos institucionales a partir de los cuales construir con éxito estrategias de libertad; las cuales también fueron cultivadas por los hombres blancos con la intención de poder gozarlas sexualmente.


8. La arbitrariedad y el maltrato. ¿De qué manera se justificaba el agravio erótico?


Marcación a hierro.

Clásicamente se ha entendido la esclavitud como la dominación permanente y violenta de personas vendidas de nacimiento, como el derecho de propiedad que ejerce un individuo sobre otro con sus tres componentes: uso, producto y abuso. En este sentido el esclavo es aquella persona que se encuentra bajo la dominación de un amo ya sea por nacimiento, donación, compra, herencia, etc.[50]; y si oprimido también violentado y agredido físicamente, fuese esclavo dedicado al servicio doméstico o trabajador en las plantaciones. Prácticamente ninguno se salvaba de tal situación, y hasta se podría aseverar que hacía parte de su vida diaria.

En la cotidianidad los esclavos se vieron expuestos a los excesos y abusos por parte de sus amos. Multitud de documentos primarios dan cuenta de numerosos pleitos en los que se evidencia la aplicación desmedida estos malos tratos. Maltrato que puede interpretarse simplemente como un mecanismo de defensa para protegerse de la ansiedad producida por un sentimiento de inseguridad demasiado amenazador. Los sentimientos de inseguridad suficientemente fuertes pueden llevar al individuo a enfrascarse en una sobre-compensación, a esforzarse por la superación de maneras inapropiadas o exageradas, lo que en ocasiones se reflejaba en estilos de vida que implicaban el afán por dominar a los demás, sin importar la violencia que se practicara[51].

Es fácil imaginar la cantidad de abusos que la justicia privada decidió imponer sin tener siquiera en cuenta a la justicia pública. Látigos, hierros, cadenas, cepos y azotes fueron una constante en la vida del esclavo. La más cruel fue tal vez el calabozo, que reflejaba claramente la particularidad del sistema de dominación impuesta al negro. El más común de los instrumentos de castigo en las casas, negocios y fábricas fueron el chicote (un látigo pequeño) y la palmatoria, una especie de paleta de madera con huesos. Además del temor a éstos, los esclavos sufrieron maltrato diario con humillaciones, torturas, castraciones y hasta la horca si las condiciones lo facilitaban. Se presentaron casos de crueldad que llegaron a límites execrables como el de marcarlos en el rostro con sellos incandescentes, antes de pasarlos por la molestia de los grillos.

Otros de los castigos favoritos utilizados por los amos con sus esclavos fueron el cepo, el grillete y los grillos. El primero era una gran viga en posición horizontal con unos agujeros por los cuales eran introducidos y asegurados los pies de los negros. El tronco de la víctima, de espaldas o de pecho, “descansaba” sobre un par de tablones separados entre sí; el cuerpo se encontraba en un nivel más bajo de los pies. En esa posición, casi inmóviles, permanecían hasta días enteros. En ocasiones las lesiones eran tan graves que, si no morían, quedaban inutilizados de por vida. El grillete era un aro de hierro que se cerraba en el tobillo o en el cuello del esclavo, el cual estaba cerrado por un perno y pendía de él una cadena. Los grillos era un conjunto de grilletes, dos o más, que se aseguraban en las piernas de uno o varios negros a la vez; y que se aseguraban a una barra de hierro o a una larga cadena. Otro maltrato, principalmente hacia las mujeres esclavas, fue el de la agresión sexual, por eso es común encontrar denuncias contra amos por violación con promesa de libertad[52]. Es decir, pareciera que el dueño de la esclava la presionaba primero para que le diera de sus amores a cambio de la vida independiente, pero al menor intento de reacción mantenía la promesa con el elemento nuevo de agresión genital. Era como una forma de callar su conciencia si al tiempo que la violaba ofrecía cierta recompensa.

Las sociedades occidentales son herederas, en parte, de la tradición judeocristiana cuyas valoraciones y conceptualizaciones sobre la sexualidad tienen sus orígenes en los preceptos del judaísmo y el estoicismo helénico y romano que organizan un nuevo sistema sexual basado en el matrimonio religioso, como único espacio legítimo para ejercer la sexualidad orientada exclusivamente a la reproducción; la desaparición de la sexualidad y del sexo realizado solamente por placer[53]. Pero el amo cartagenero y momposino acumulaba cada vez más una serie de pasiones que sólo se menguaban en la medida en que desfogaba tales pulsiones en otros cuerpos que se concebían sin honor dentro de la sociedad.

La sexualidad es un instinto en la persona, surge automáticamente en forma espontánea, como el hambre y la sed. Tal impulso no pide permiso, simplemente se recibe; sin embargo en un segundo momento se hace propia y personal pasando del instinto a la capacidad de gobierno. De este modo, la sexualidad que nació por impulso pasa a estar sometida a las opciones del individuo y, así la atracción sexual nunca se podrá eliminar, pero su realización, es decir la forma cómo se podrá expresar, está sometida a todas las opciones y responsabilidades humanas[54]. Pero como el amo no sentía compromisos hacia sus negras esclavas, más que eliminar la atracción o el impulso sexual lo que hacía era satisfacerla.

El erotismo tiene como único fin el placer, la realización del ser a partir de la sexualidad. El primer elemento para reconocer la naturaleza violenta del hombre es, quizás, el miedo a la muerte que induce al hombre liberar sus impulsos. Así que los requerimientos que imponen la sobrevivencia y el miedo, inducen a los humanos a violentar a los demás. El malestar de la cultura que es el costo que normalmente paga el individuo por el hecho de pertenecer a una sociedad. Los fantasmas sexuales permiten a los individuos liberarse de la cultura, el ser se libera simbólicamente del orden establecido que rige cada uno de los actos[55]. De esta forma un buen número de amos vertían sobre sus sometidas todos aquellos elementos de la cultura que le reprimían su sexualidad.


9. Conclusión.

Independiente del ambiente donde se desenvolvía la vida de la esclava o del oficio de ésta, por lo general la responsable del abuso sexual era la misma víctima. No importaba si el amo o algún familiar de él fuera el que cometiere el acto agresor o que se acusar a la negra de buscar un favor de liberación, lo que interesaba era que tanto el grupo blanco como el negro entendieran que la condición de sin honor de la mujer negra esclava constituía por sí sola un elemento suficiente para justificar, por lo menos de una manera soterrada, el acercamiento sexual.

La sexualidad como desafío constante al aspecto espiritual del hombre fue una causa de preocupación permanente. Los modelos que proponía la teología moral como paradigmas de fervor difícilmente eran alcanzados por la mayoría de los mortales, pero se consideraban una guía en esta tierra. Sin considerar su viabilidad, las normas impuestas por la iglesia eran esenciales para entender los límites culturales impuestos en la vida cotidiana de la sociedad[56]. Al intentar estudiar la historia del comportamiento sexual, los historiadores deben admitir que cualquier cantidad de casos registrados representa sólo una pequeña parte de una realidad mayor. También se debe tener presente que aunque las transgresiones reflejan algunas costumbres sociales, no las definen en su totalidad, y bien forman parte de los modelos principales de comportamiento. Debe quedar claro que no todos los amos de Cartagena y Mompox incurrían en estos actos.


NOTAS:
[*] Dr. Moisés Munive Contreras |Arriba
Nacido en Barranquilla. Historiador de la Universidad Nacional de Colombia. Magister en Teología del Seminario Internacional de Miami y estudiante de Doctorado en Teología del mismo. Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santa Cruz Mompox. Autor de artículos sobre esclavitud, contrabando, administración pública y vida cotidiana en Cartagena y Mompox colonial; en Boletín Historial de Mompox, Historia Critica (Universidad de los Andes, Bogotá-Colombia), Procesos Históricos (Universidad de los Andes, Mérida-Venezuela), Tiempos Modernos (Universidad de Zaragoza, Zaragoza-España), Tiempo y Escritura (Universidad Autónoma Metropolitana, México D.F). Ponente en el XII Congreso Nacional de Historia (Universidad del Cauca, Popayán-Colombia), VI, VII y VIII Seminario Internacional de Estudios del Caribe (Instituto Internacional de Estudios del Caribe y Universidad de Cartagena, Cartagena-Colombia).
[1] CáRDENAS SANTANA, Luz Alejandra, “Lo maravilloso y la vida cotidiana. Mujeres de origen africano en Acapulco, siglo XVII”, En Desacatos, México D.F, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, No 9, 2002, p. 72 |Arriba
[2] MúNERA, Alfonso, El fracaso de la nación: región, clase y raza en el Caribe colombiano (1717-1821), Bogotá, Banco de la República, 1998, pp. 77 y 78. |Arriba
[3] TOVAR PINZóN, Hermes, Convocatoria al poder del número, Bogotá, Archivo General de la Nación, 1994, p. 30. |Arriba
[4] BERENSTEIN, Isidoro, Devenir otro con otro, Buenos Aires, Paidós, 2004, p. 146 |Arriba
[5] QUEZADA, Nohemí, Sexualidad, amor y erotismo. México prehispánico y colonial, México D.F, Plaza y Valdés Editores, 2002, p. 145. |Arriba
[6] Archivo General de la Nación (Colombia). Sección Colonia, Fondo Negros Esclavos de Bolívar. Tomo 1, folio 647. |Arriba
[7] CHAVES, María Eugenia, “La mujer esclava y sus estrategias de libertad en el mundo hispano-colonial de fines del siglo XVIII”, En Revista Punto Suspensivo, Santiago de Chile, marzo de 2008,
p. 3. |Arriba
[8] STOLCKE, Verena, Racismo y sexualidad en la Cuba colonial, Madrid, Alianza Editorial, 1992, p. 45. |Arriba
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[18] ALONSO DE DIEGO, Mercedes, “La vida cotidiana en la ciudad de México a mediados del siglo XVIII en los sermones de Francisco de Barbosa” En Anuario de Historia de la Iglesia, Pamplona, Universidad de Navarra, No 14, 2005, p. 206. |Arriba
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[21] ONFRAY, Michel, Teoría del cuerpo enamorado, Valencia, Pre-Textos, 2002, p. 108. |Arriba
[22] MEDINA CARRASO, Daniel, p. 70. |Arriba
[23] Archivo General de la Nación. Colonia. Negros y esclavos de Bolívar. Tomo 1, folio 645. |Arriba
[24] Ibíd, folio 646. |Arriba
[25] PIñóN GAYTáN, Francisco, pp. 45 y 95. |Arriba
[26] REID, Thomas, Del poder, Madrid, Ediciones Encuentro, 2006, pp. 15 y 73. |Arriba
[27] QUESADA, Nohemí, pp. 253 y 254. |Arriba
[28] BERNAND, Carmen, “Negros esclavos y libres en las ciudades hispanoamericanas” En La Nación, Buenos Aires, Editorial, 2002, p. 2-4. |Arriba
[29] RODRíGUEZ, Pablo, Sentimientos y vida familiar en el Nuevo Mundo, Bogotá Editorial Ariel, 1997,
p. 286. |Arriba
[30] Archivo General de la Nación. Colonia. Negros y esclavos de Bolívar. Tomo 1, folio 647. |Arriba
[31] RAMíREZ LEYVA, Edelmira, “Más allá de la norma: deseo y transgresión”, En Tiempo y Escritura, Azcapotzalco, Universidad Autónoma Metropolitana, No 12, junio de 2007, p. 4. |Arriba
[32] MONDRAGóN BARRIOS, Lourdes, Esclavos africanos en la ciudad de México, México D.F, Ediciones Euroamericanas, 1999, pp. 51 y 64-66. |Arriba
[33] STOLKE, Verena, “La influencia de la esclavitud en la estructura doméstica y la familia en Jamaica, Cuba y Brasil”, En Desacatos, México D.F, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores de Antropología Social, No13, 2003, p. 135. |Arriba
[34] AGUIRRE BELTRáN, Gonzalo, El negro esclavo en la Nueva España, México D.F, Fondo de Cultura Económica, 1994, p. 57. |Arriba
[35] AGUIRRE BELTRáN, Gonzalo, p. 63. |Arriba
[36] MúNERA, Alfonso, Fronteras imaginadas, Bogotá, Editorial Planeta, 2005, pp. 136 y 194. |Arriba
[37] MúNERA, Alfonso, Fronteras imaginadas, p. 217. |Arriba
[38] CORTéS LóPEZ, José Luís, Esclavo y colono, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2004, pp. 179, 197 y 198. |Arriba
[39] VALDéS RODRíGUEZ, María del Pilar, “Significados de satisfacción sexual en hombres y mujeres de la zona metropolitana”, En Psicología y Ciencia Social, México D.F, Universidad Nacional Autónoma, No 6, 2004, p. 35. |Arriba
[40] PONCE, Patricia, p. 113. |Arriba
[41] MARTíNEZ, Griselda, p.16. |Arriba
[42] ORTEGA RICAURTE, Carmen, Negros, mulatos y zambos en Santafé de Bogotá, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 2002, pp. 59 y 157. |Arriba
[43] MUNIVE, Moisés, “Por el buen orden: el diario vivir en Cartagena Y Mompox colonial”, En Historia Crítica, Bogotá, Universidad de los Andes, No 28, diciembre de 2005, p. 15. |Arriba
[44] MUNIVE CONTRERAS, Moisés, “Liberación por compra en los tribunales: ciudad de Cartagena y villa de Mompox, siglo XVIII. Un estudio de casos.”, En Boletín Historial, Mompox, Academia de Historia de Santa Cruz de Mompox, No 29-30, 1998, p. 238. |Arriba
[45] RAMíREZ LEYVA, Edelmira, pp. 1 y 2 |Arriba
[46] JARAMILLO URIBE, Jaime, “Esclavos y señores en la sociedad colombiana del siglo XVIII”, En Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, Bogotá, Universidad Nacional, No 1, 1968, p. 35. |Arriba
[47] Archivo General de la Nación. Colonia. Negros y Esclavos de Bolívar. Tomo 3, folios 262-268. |Arriba
[48] STOLCKE, Verena, Racismo y sexualidad en la Cuba colonial, Madrid, Alianza Editorial, 1992, p. 156. |Arriba
[49] CHAVES, María Eugenia, pp. 2 y 4. |Arriba
[50] DOCKES, Pierre, La liberación medieval, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, p. 126. |Arriba
[51] MUNIVE CONTRERAS, Moisés, “Blanco seguro: el maltrato a los esclavos en Cartagena y Mompox, siglo XVIII”, En Tiempo y Escritura, México DF, Universidad Autónoma Metropolitana, No 13 diciembre de 2007. |Arriba
[52] Archivo General de la Nación. Colonia. Negros y Esclavos de Bolívar. Tomo 4, folio 450. |Arriba
[53] PONCE, Patricia, p. 111. |Arriba
[54] SANTILICES, Lucía, El misterio de la sexualidad humana, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Católica, 1992, pp. 31 y 32. |Arriba
[55] MARTíNEZ, Griselda, p. 19. |Arriba
[56] LAVRIN, Asunción, “La sexualidad en México colonial”, En Sexualidad y matrimonio en la América hispánica siglos XVI-XVIII, México D.F, Grijalbo, 1991, pp. 57 y 64. |Arriba


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