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Mujeres, feminismo y cambio social en Argentina, Chile y Uruguay 1890-1940

por: Dra. Ana María Peppino Barale [*]

RESEÑA

Mujeres, feminismo y
cambio social en Argentina, Chile y Uruguay 1890-1940

de Asunción Lavrin.
Santiago de Chile, Centro de Investigaciones Diego Barros Aranda, 2005. 527 pp.


a autora, nació en Cuba y en 1956 se trasladó a Estados Unidos donde recibió su grado de maestría en Radcliffe College y su doctorado en Harvard University. Desde 1995 es profesora de Historia en la Arizona State University, en Tempe. Es pionera en historia de la mujer y la iglesia en el periodo colonial y la mujer y género en Hispanoamérica en los siglos XIX y XX. Esta traducción al español del original en inglés (1995), fue promovida por Anne Perotin, coordinadora del estudio sobre género en la Pontificia Universidad Católica de Chile y Nicolás Cruz, director del Instituto de Historia, con el apoyo de la Fundación Ford, para la difusión en el mundo de habla castellana, de esta esclarecedora investigación sobre el movimiento sufragista, el feminismo y el papel de las mujeres como objeto y sujeto de las políticas públicas, en los tres países que forman el cono sur latinoamericano.

Para reconstruir la obra inicial de los feministas, hombres y mujeres, debió rastrear y reunir materiales generalmente desdeñados u olvidados –panfletos, discursos y cientos de artículos en diarios y revistas- que le han permitido a la autora “una visión nueva y fresca de la sociedad” para interpretar la historia social conosureña y así obtener un cuadro más equilibrado del papel que cumplieron las mujeres en la sociedad argentina, chilena y uruguaya del medio siglo acotado. Lavrin enfoca su atención más allá de los logros alcanzados para presentar un análisis de los elementos históricos que “contribuyeron a conseguir que el sexo y la construcción del concepto de género fueran importantes para el Estado, para la ley y para ellos mismos”.

El periodo estudiado (1890-1940) corresponde a regímenes políticos más orientados al pueblo, impulsados por grupos de reformadores liberales (apoyaban cambios políticos y socioeconómicos), higienistas (promovían la salud pública como una cuestión de estado), socialistas (luchaban por el bienestar de la clase obrera) y feministas (procuraban convencer a los hombres de la importancia de la cooperación de las mujeres para construir una sociedad mejor). Respecto a las últimas, Lavrin destaca dos matices del feminismo del cono sur: el socialista y el liberal. Además, reconoce un feminismo “de compensación” en el que se “combinaba la igualdad legal con el hombre y la protección de la mujeres a causa de su sexo y las funciones precisas de éste.” Estos puntos se desarrollan en el primer apartado del estudio donde se precisan definiciones y objetivos del feminismo en la zona.

El segundo tema atiende a los fundamentos del cambio que debieron atenderse por la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado y que significó uno los grandes problemas sociales de la época, porque éste se llevaba a cabo en condiciones de insalubridad y horarios extremos y retribución minúscula, que no llevo a las trabajadoras a la independencia económica, por el contrario, muchas de esas obreras ambicionaban un cambio, pero en el sentido de que nunca más tuvieran que trabajar. Se traza el perfil estadístico del trabajo laboral de las mujeres y se precisan las condiciones de trabajo de acuerdo con los informes de los inspectores del trabajo y de los reformadores sociales. Mientras las feministas liberales encomiaban el valor social del trabajo femenino, las feministas socialistas hacían hincapié en la necesidad de mejorar la salud, seguridad y remuneración de las obreras. La reglamentación del trabajo de mujeres y niños demoró varios decenios para alcanzar su viabilidad política, al que seguirían reglamentos para mejorar las condiciones de trabajo dentro de las fábricas y del ejercido a domicilio.

La maternidad fue tomada por las feministas de los tres países, como la mayor representación de la condición femenina y elevada a la categoría de interés nacional; es el tema del capítulo “Puericultura, salud pública y maternidad”. Así, se comienza a profesionalizar el cuidado infantil y se atiende a la educación de las mujeres en relación con los problemas de la alimentación y la economía doméstica. Por su parte, los resultados del Primer Congreso Femenino Internacional (1910), y de varios otros sobre la infancia celebrados antes de 1930, definieron a la mujer como sujeto y objeto de las políticas de salud.

El cuarto capítulo, “Feminismo y sexualidad: una relación incómoda”, aborda el tratamiento otorgado a la educación sexual, a la necesidad de una moral única para ambos sexos y a la ilegitimidad como causa feminista para el reconocimiento de la paternidad. Lavrin resalta la problemática que enfrentaron las feministas al pugnar por la erradicación de las diferencias jurídicas entre los hijos legítimos y los “naturales”, puesto que se contraponía al reforzamiento de la posición de madre como resultado del reconocimiento de la igualdad de la mujer en el matrimonio, situación que enfrentaba a la mujer casada con la que no lo era.

Otro asunto espinoso, era el control de la reproducción, el debate sobre el aborto y el acercamiento del feminismo con la eugenesia, entendida ésta como medida de profilaxis e higiene social para tratar de combatir la funesta trilogía: tuberculosis, sífilis y alcoholismo (cap.5). Lavrin anuncia, que si bien las mujeres no se beneficiaron de inmediato con el análisis de las políticas reproductivas, considera importante su estudio, para comprender el significado de las dificultades de las mujeres en ese tiempo y la aportación de las mismas en los debates sobre la sexualidad humana en las legislaturas de los tres países.

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Mujeres, feminismo y cambio social

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El capítulo 6, “Reforma de los códigos civiles: en busca de la igualdad jurídica”, expone el camino seguido para superar la subordinación legal de las mujeres al padre o al esposo y para obtener la igualdad civil con los hombres. Se sucedieron diversas conferencias que pusieron en la palestra internacional la discusión sobre la igualdad jurídica de las mujeres. En ese ámbito, Argentina fue el primer país del cono sur en introducir reformas de peso en su Código Civil en 1926; Chile, en 1934; Uruguay, en 1946.

El apartado séptimo, se ocupa de otro debate importante, “El divorcio: triunfo y agonía”. Aparentemente se trataba de un asunto entre Iglesia y Estado, pero la apasionada defensa o impugnación, tanto en los debates parlamentarios, los análisis jurídicos y los escritos de unos y otros, para la autora, ofrecen “una rica fuente de exploración respecto de las visiones, tanto tradicionales como reformistas, de la feminidad y la masculinidad.”

Los últimos tres capítulos se dedican a la “política femenina y el sufragio” en cada uno de los tres países, donde el movimiento sufragista revistió aspectos culturales originales, prefirieron la persuasión a los actos violentos y al enfrentamiento. No todas las mujeres participaron activadamente, más bien un grupo pequeño de mujeres y hombres abrió el camino. Lavrin describe los debates en el Congreso, y revive los esfuerzos de las mujeres y los grupos encargados de promover los derechos políticos femeninos. Se desgranan los nombres que participaron en la lucha, sus uniones y desuniones, la fundación de organizaciones y publicaciones que asombran por su número y permanencia. En Argentina, las médicas Cecilia Grierson y Julieta Lanteri impulsaron la creación del Consejo Nacional de Mujeres (1900) y la Liga para los derechos de la Mujer y el Niño (1911). La socialista Fenia Chertcoff promovió El Centro Socialista Femenino y la Unión Gremial Femenina (1902, 1903); Alicia Moreau presidió la Unión Feminista Nacional fundado en 1918 por el Partido Socialista. Pese a la actividad de estas importantes promotoras y muchas otras y otros, las mujeres argentinas obtuvieron el voto hasta 1947, si bien en ciertas provincias ya se les había otorgado para elecciones municipales.

En Chile destacó la labor pionera de Amanda Labarca, que fundó en Santiago el Círculo de Lectura (1915), que en 1919 se separó en dos grupos: el Consejo Nacional de Mujeres y el Centro Femenino de Estudios. En 1921 se fundó el Partido Femenino Progresista y al año siguiente Partido Cívico Femenino al que se adhirió la Revista Femenina que comenzó a circular en 1924. En 1931, la Unión Femenina de Chile no solo era la agrupación de mujeres más importante y la mejor organizada del país, sino que invitó a todas las agrupaciones de obreras y de mujeres profesionales y a destacadas personalidades a unirse en pos del sufragio. El derecho al voto, restringido a elecciones municipales y a mujeres mayores de 21 años alfabetos, se otorgó en 1934; catorce años después, en 1948, se aprobó finalmente la ley que aprobaba el sufragio femenino equiparado al masculino.

La presencia de las feministas en la vida nacional uruguaya fue un poco más tardía, debido quizás a la escasa oportunidad de las mujeres para realizar estudios formales, particularmente universitarios, y que su principal exponente, María Abella de Ramírez (1863-1926) vivió la mayor parte de su vida y desarrollo sus actividades en la ciudad argentina de La Plata, donde fundó las revistas Nosotras (1902) y La Nueva Mujer (1910), esta última como portavoz de la Liga Feminista Nacional. A diferencia de los otros dos países, en Uruguay los hombres fueron los principales abanderados de la reforma social, hasta que apareció Paulina Luisi que encabezaría el feminismo uruguayo durante los veinte años siguientes a 1916, año en que se creo –bajo su inspiración- el Consejo Nacional de Mujeres. En 1932 se inició en la Cámara de Diputados el debate sobre el proyecto de ley de sufragio, los partidos políticos se pelearon el privilegio de haber iniciado y apoyado el sufragio femenino, mientras que un diputado nacionalista reclamó el reconocimiento a la labor de las propias mujeres, particularmente a Paulina Luisa como precursora del sufragio. El 14 de diciembre de 1932 se aprobó la ley del sufragio y aquí viene a cuento el refrán de que “no por mucho madrugar amanece más temprano”, referido a que fue el primer país del cono sur en aprobarlo a pesar de haber iniciado su lucha más tarde.

La investigación de Lavrin cumple plenamente con su objetivo de colocar al feminismo dentro de la historia del cambio social en los tres países del cono sur latinoamericano, y da luz sobre el contexto político e intelectual que rodeó la lucha de las mujeres por conquistar su lugar en el quehacer ciudadano. Su lectura impacta a un amplio espectro de intereses disciplinarios porque no se trata únicamente de la historia de las mujeres y de sus derechos como ciudadanas, sino también del devenir de medio siglo de encuentros y desencuentros que sirven de base para la interpretación de las relaciones actuales entre mujeres y hombres, lo que permite evaluar las diferencias, apreciar los avances y proponer las mejoras necesarias.


NOTAS:
[*] Dra. Ana María Peppino Barale |Arriba
Profesora- investigadora del Departamento de Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco (México, DF) Doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Investigadora Nacional. Perfil PROMEP.