Historia Oral: Testimonio 01
volver
De la arena al campo de fútbol
por: Jaime Luis Morett Chávez [*]La arena estaba de bote en bote,
La gente loca de la emoción
en el ring luchaban los cuatro rudos
ídolos de la aficiónLa Sonora Santanera interpreta “la cumbia de los luchadores”, una canción que se escucha y se baila en las pistas de los salones de baile que la ribera de San Cosme alberga: el Candela y el Caribe; en las fiestas de XV; en las graduaciones, hasta en el Alebrije de Acapulco esta melodía obliga a los que no bailan a “mover el bote”, y qué decir de los antros más exclusivos del Distrito Federal a los que asiste la gente de la clase más alta en nuestra sociedad donde también la “gente bien” canta el corito de:
El Santo, el Cavernario
Blue Demon y el BuldogRecuerdo que cuando tenía 7 años, en la década de los 90´s era un aficionado auténtico a la lucha libre, y los que pertenezcan a mi generación recordarán aquellos muñecos de plástico con un brazo levantado y el otro hacia abajo; con la máscara y el pantalón perfectamente dibujados al igual que las botas, que complementaban la vestimenta del luchador favorito de la afición, y que se vendían por decena en una bolsa de plástico engrapada para que los muñecos no se salieran de su empaque. Mi favorito era Atlantis El ídolo de los niños, otros preferían a Ocatagón o a Máscara Sagrada, a Lismark, al Can de Nochistlán, el perro Aguayo; o simplemente se divertían con los movimientos circulares que hacía la cabeza de Súper Muñeco cuando lo golpeaban, había quienes, siguiendo costumbres inherentes al mexicano, preferían a los foráneos: Vampiro Canadiense y Último Dragón, quienes idolatraban a los malandrines, a los rudos, coreaban el nombre de Carmelo Reyes “100 caras”, del Satánico, o de Pierrot . El doctor Alfonso Morales era el narrador en la televisión, lo complementaba el siempre rudo Arturo Rivera, el referí solía ser el güero Rangel que representaba la rectitud, la justicia, y garantizaba un espectáculo limpio de artimañas aunque, por supuesto, siempre los rudos se las ingeniaban para subir un silla o pegarle un “foul” en las partes nobles al adversario, mientras el público aconsejaba al réferi para que fallara a favor del luchador “técnico” que había sido ilegalmente lastimado.
Así era el público, así era el réferi, así era el luchador rudo y el luchador técnico, así era el tele espectador que todos los fines de semana se sentaba frente al televisor a mirar a los gladiadores enmascarados y algunos sin máscara, esa era la lucha que me tocó ver, que me hizo llorar cuando Cónan “el Bárbaro” perdió la máscara; y es que la magia de la arena no la viví hasta el día de mi cumpleaños número ocho, cuando mi papá que detestaba las luchas, me llevó como regalo a una función, me sentí en un lugar mágico, la verdad no puse mucha atención a la cartelera pero el simple hecho de estar ahí lo volvió único; a pesar de que mi padre veía el ring con indiferencia, como si me hubiera llevado a ver una película infantil que le hubiera provocado un aburrimiento extremo.
Todas estas descripciones forman parte de algo que un niño de ocho años ve como fantástico, son sus ídolos, sabe de Historia, conoce a Miguel Hidalgo, sabe qué inició la independencia, pero ¿ha peleado contra El Satánico?; el infante conoce a los “niños héroes” y hace las efemérides el día 13 de septiembre, pero ¿acaso estos niños héroes han peleado una batalla a dos de tres caídas sin límite de tiempo contra Carmelo Reyes “100 caras” y sus hermanos que complementaban el trío dinamita? Esos eran mis héroes, mis ídolos, este era el tema de conversación el lunes en la escuela: la lucha libre.
José Emilio Pacheco aborda este tema dentro del cuento “El principio del placer “ el amor de Jorge, su diario, su familia, y la lucha libre a la que Pacheco, desenmascara como un farsa allí también retrata a nuestro pueblo: inocente fanático, y manipulable. La época histórica de la que nos habla en su relato, aunque este se sitúa en Veracruz, no difiere mucho de la que anteriormente describí, aunque empezaba la televisión, circulaban los Packard, el PRI se mantenía en el poder, la toma de posesión del presidente electo era un suceso que paralizaba la ciudad y del cual todos hablaban; ir del sexenio de Adolfo Ruiz Cortines al de Salinas seguramente requiere mencionar cambios sustanciales en la vida nacional como la privatización de la banca, el milagro mexicano, y la matanza de Tlatelolco, por citar algunos.
Pacheco en ese pasaje, donde a Jorge y a su guardia los quieren linchar porque piensan que han ayudado a que el rudo acribille al técnico, muestra la idiosincrasia del mexicano que es fanático, apasionado, desenfrenado, manipulable y me atrevería a decir que este comportamiento no es sino el reflejo de lo que históricamente hemos vivido, estamos destinados a
creer en algo y nos rehusamos a dejar nuestro fanatismo, a dejar de refugiarnos en una máscara, como menciona Octavio Paz en el Laberinto de la soledad, donde analiza las máscaras de los mexicanos pero, desde luego, no se refiere a las máscaras de la lucha libre que de una u otra forma son eso, un lugar, un momento donde encontramos refugio, a nuestra cotidianeidad, a nuestra naturaleza que nos impide mostrarnos; por eso ayer creíamos en la lucha libre, por eso hoy creemos en el fútbol y nos apasionamos, soñamos con ganar la Copa del Mundo cada cuatro años; por eso creíamos en los rudos y técnicos, y hoy creemos en el América – Chivas, y creer es algo que necesitamos, nuestra droga, desde luego que sabemos que la lucha no es real, que al igual que el personaje de Pacheco descubrió a los archienemigos tomando una cerveza quitados de la pena; de la misma manera sabemos que Vergara y Azcárraga comen juntos, que las grandes rivalidades no existen para los empresarios que viven de un negocio, de vender, y de comprar, de enajenar al pueblo que está contento con una victoria de su equipo favorito, que se siente orgulloso cuando un jugador mexicano es pretendido por un club europeo, que ya no ve con desprecio la naturalización de un jugador extranjero que es llamado a defender la camiseta nacional; ayer me apasionaba la lucha libre hoy es el fútbol el que merece mi atención, y es que necesito creer en algo aunque sepa que no es tan real como parece, y es que a veces es necesaria una dosis de fantasía para no morir de realidad.
Arriba |