Literatura 01
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El árbol, un leitmotiv arquetípico en dos cuentos infantiles del siglo XX
Por: Mtra. Alejandra Sánchez Valencia[*]
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a literatura infantil tuvo un inicio folclórico y más tarde pedagógico: siendo los niños el tesoro más grande y prometedor del futuro del género humano, era necesario no corromper su naturaleza, por el contrario asegurarse que pudiera permanecer tan pura como fuera posible.
El árbol, por otra parte, resulta arquetípico en tanto que no ha sido exclusivo de una sociedad o religión en particular, su esencia como “ser de dos mundos” con raíces que lo atan a la tierra y ramas que eleva al cielo, lo convierten en un símbolo del hombre en tanto su conexión con el arriba y el abajo.
Al hacer una revisión de la literatura infantil pueden encontrarse títulos como Juan Manzano, Jack y las Habichuelas, Jack y el Durazno Mágico e incluso El Gigante Egoísta de Oscar Wilde, donde el título no alude a la presencia de un árbol, pero sí resulta un elemento clave en el desarrollo de la trama. Representa en un principio la primavera, el deseo del otrora egoísta por compartir con la niñez y es en la escena final donde aparece un niño lloroso que no puede subir a un árbol. Ayudado por el Gigante que repara en las cuatro llagas que tiene en manos y pies, le anuncia que estará con él en su jardín eterno, con lo que las ideas de muerte, Jesucristo y recompensa a una vida de arrepentimiento, dan el cierre de la historia.
A dos siglos de distancia, ¿cómo se escriben los cuentos infantiles? ¿Existe alguna fuente particular de la que abreven? ¿Ha cambiado la temática? ¿Se ha abandonado el tono moralizante? En términos literarios, ¿qué se privilegia?
A continuación propongo una comparación entre The Giving Tree de Shel Silverstein (Estados Unidos, 1964) y Laila, la Pequeña Hada de Arcadio Lobato (España, 1991). Aunque pertenecientes a letras diferentes, las obras mantendrán en común pertenecer a la tradición.
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Shel Silverstein
Arcadio LobatoEn un principio se comentó lo arquetípico de la presencia del árbol en diferentes culturas, como símil del ser humano, o bien con otras connotaciones: eje del mundo (germanos septentrionales), lugar donde se alcanza la iluminación (budistas), proveedor de alimento y bebida para los muertos (egipcios), incluso el árbol navideño representa la consolación del renacer en la medida que se piensa en el reverdecer.
En la iconografía cristiana, común en Occidente:
El árbol es símbolo de la vida querida por Dios y su paso a través del ciclo anual hace referencia a vida, muerte y resurrección; en cambio, el árbol estéril o muerto hace referencia al pecador. De la madera del paradisíaco “árbol del conocimiento” habrá de construirse posteriormente la cruz de Cristo, que en adelante se convirtió para el creyente en el árbol de la vida. Muchas veces se representaba la cruz con ramas y hojas o se la comparaba con el árbol genealógico de la “raíz de Jesé”. El simbolismo del árbol y su veneración conservan finalmente un resto de la antigua religión de la naturaleza en la que los árboles no solamente son proveedores de leña y madera sino entidades dotadas de vida y habitadas por ninfas semejantes a elfos, y el hombre tenía con tales entidades una relación de sentimiento. (Biedermann Hans, 1993, pp. 41-42).
Shel Silverstein, antes de ser uno de los escritores de literatura infantil más queridos en Estados Unidos, tuvo una interesante carrera como compositor (escribió la letra de 800 canciones), poeta, dramaturgo e incluso caricaturista ¡en la revista Play Boy! Conocido por la combinación de sencillez, humorismo, ironía, sarcasmo, ludismo e incluso ingenuidad en sus obras, Silverstein tocó puertas durante cuatro años para la publicación de The Giving Tree (que él mismo ilustró).
Las contrariedades a las que se enfrentó el autor fueron que se trataba de una historia demasiado triste para los niños: “Everybody loved it, they were touched by it, they would read it and cry and say it was beautiful. But... one publisher said it was too short....Some thought it was too sad. Others felt that the book fell between adult and children’s literature and wouldn’t be popular”[1]
Tras cuatro años de infructuosos intentos, la editora Ursula Nordstrom de Harper Children’s Books se decidió a publicarlo a pesar del final y fue un éxito tanto para niños como para adultos. Shel Silverstein comentaría al respecto: “(...) because life, you know, has pretty sad endings. You don’t have to laugh it up even if most of my stuff is humorous”.[2]
The Giving Tree, es una historia más bien simple, económica en tanto universo contenido que maneja en todo momento a los personajes como tipos: uno dadivoso y el otro de las peticiones. Sin embargo, la tipificación no cae en bueno y malo, siendo éste uno de los méritos de la historia, además de que el árbol adquiere cierta complejidad en tanto la manifestación de sus emociones que van de la alegría a la tristeza, al nerviosismo, al sentido práctico y a la meditación, borrando del espectro emocional cualquier enojo, reproche o insatisfacción.
Respecto al personaje hombre, su tipificación es contundente, sólo tiene una función: pedir, ni siquiera mostrar gratitud. Aunque transcurre una vida entera y su crecimiento físico va de la niñez a la vejez, y sus necesidades se miden en términos económicos para subsistir de acuerdo al estadío en el que se encuentra, su presencia queda congelada hasta el final con el epíteto “the little boy”.
La anécdota versa en relación a un árbol femenino (manzano) y un pequeño niño que se quieren mucho. Los días de infancia transcurren llenos de juegos simples: escondidillas, mecerse en las ramas e incluso “los reyes del bosque” (al hacer una corona de hojas).
Silverstein atrapa la atención del lector con el inicio folclórico “Once there was a tree... and she loved a little boy”. La relación se da constante: el niño visita al árbol cada día y el autor musicaliza la prosa que para un público infantil es importante en términos mnemotécnicos: “And every day the boy would come and swing from her branches and he would gather her leaves and make them into crowns and play king of the forest”. (Silverstein Shel, 1964, 3-6)[3] El ritmo está creado y permanecerá constante.
Se establece, además, la unión sentimental que los une: el amor: “And the boy loved the tree... very much. And the tree was happy”. Es durante la adolescencia que se opera el cambio; “the little boy”, junto con su novia, visita al árbol para tomar sombra, o bien se va al extremo y deja de frecuentarlo. Silverstein crea entonces un estribillo que será constante hasta finalizar la historia: “Come, Boy, come and climb up my trunk and swing from my branches and eat apples and play in my shade and be happy”.
Reverbera entonces el Génesis con la idea de un jardín, el paraíso, y la imagen comercial de la manzana como fruto prohibido –lo digo así porque no hay señalamiento alguno de que tal fruta fuera la existente, aunque se dé por un hecho-. Sin embargo, uno de los aciertos del autor es subvertir la idea para entonces, en este campo lingüístico adscrito a lo maravilloso[4], donde árbol y niño se comunican sin que a ellos ni al lector les cause extrañeza, adquiera tintes de parábola.
Muy pronto aparece el elemento en el que se mueven mayormente las sociedades de consumo: el dinero. El niño argumenta que está bastante grande para realizar los juegos que solía y ahora desea divertirse por lo que necesita efectivo. La diégesis del narrador se limita a un comentario que va de principio a fin en todo el cuento, al momento en que el árbol se despoja de algo para darlo a “little boy”: “And the tree was happy”. Además, las pocas intervenciones del narrador se dan en las señalizaciones del transcurrir del tiempo. Los personajes dialogan en todo momento y ello da la posibilidad de sentir que se presencia una obra de teatro.
El árbol se excusa pero plantea que al sólo tener hojas y manzanas, si el chico toma estas últimas podría venderlas en la ciudad. Cada visita es una nueva petición y siempre inicia con el estribillo del árbol en reminiscencia de los días de infancia, y el comentario del narrador “And the tree was happy” que mantiene a lo largo de toda la historia. Poco a poco el árbol es despojado de su esencia material (que recuerda el sacrificio de Jesucristo: su muerte), sin embargo la esencia dadivosa y llena de amor permanece fija.
El árbol dota al “little boy” de ramas para hacerse una casa –en la edad madura- y de un tronco para poder navegar cuando ya viejo decide hacerse a la mar. Finalmente, cuando el árbol es un simple cepo, “little boy” regresa y antes de decir nada, el manzano toma la palabra haciendo un recuento de todo aquello que desearía darle pero ya no dispone, y por cada “pérdida” se entiende que “little boy” ha perdido algo también al “vivir la vida” (su cuerpo se ha desgastado).
Las manzanas ya no son necesarias porque no hay dientes con qué morderlas, no es necesario mecerse en unas ramas inexistentes porque el cuerpo está achacoso... sólo se necesita un lugar tranquilo para descansar:
"I don’t need very much now,” said the boy, “just a quiet place to sit and rest. I am very tired.” Well, said the tree, straightening herself up as much as she could, “well, an old stump is good for sitting and resting. Come, Boy, sit down. Sit down and rest. And the boy did. And the tree was happy. (Silverstein Shel, 1964, 24-26).[5]
Parece que la fuente de la que abreva la historia es la parábola del hijo pródigo: aquél que regresa al Padre y reconoce que necesita de él. Tal vez de ahí deviene ese doble gusto de chicos y grandes por esta pieza literaria. Abocándose a la literatura infantil, Silverstein plantea una historia simple y rítmica, a nivel de adultos presenta una historia de complejidad filosófica dicha en términos sencillos.
¿Será quizás que muchos adultos se identifican con el árbol en su misión de padres?
En el caso de Arcadio Lobato, cuya obra está más próxima al finalizar del siglo XX con respecto a la de Shel Silverstein que yace en medio, hay una marcada tendencia al didactismo explícito. En el caso de Silverstein por medio de una economía de recursos e incluso una minimización de diégesis, concede al lector sacar sus propias conclusiones.
Con Lobato es obvio que sus lectores son niños y no podrán cerrar el libro sin haber aprendido algo. Ello se explica desde la misma formación del autor: antes que escritor es pintor y está adscrito al grupo de expertos italianos (diseñadores) que buscan “... una metodología de didáctica pictórica de alcance universal para niños y adultos (...)”[6] Al igual que el de Silverstein su cuento tiene un principio oral: “Hace mucho tiempo, en un bosque mágico, vivía una pequeña hada. Se llamaba Laila y asistía a la escuela para hadas. En la escuela, las hadas aprendían los secretos de la naturaleza.” (Lobato Arcadio, s/f 1).[7] Una vez más se instala al lector en un ambiente maravilloso, pero éste contiene múltiples personajes: profesoras, hadas pequeñitas, pastorcillos y los padres de éstos.
Laila, que significa “la que habla bien”, señaliza desde un principio su objetivo en la vida –se juega así con la intertextualidad del cuento folclórico, más que de la parábola-:
-Yo quisiera salir al mundo para tener aventuras, en lugar de estar aquí sentada aprendiendo –le dijo Laila a la maestra-. Quisiera ser el hada madrina de alguna princesa o rescatar a algún príncipe que alguien haya convertido en sapo. Quiero que todos hablen de mí y de las buenas acciones que realizo. Quiero ser famosa. (Lobato Arcadio, s/f, 3).
Al igual que en los cuentos folclóricos, se da a Laila una misión: hacer el bien con su varita mágica. En sus paseos por el mundo visualiza una aldea en que los niños juegan a la sombra de un bello y viejo árbol que es fulminado por un rayo en cuanto cae una tormenta.
Lobato juega con el discurso hiperbólico. El hada se acerca a los niños y dice: “-No lloren. Yo soy un hada muy poderosa. Muy pronto habrá un árbol aquí; será el árbol más grande que hayan visto”. Tocó una rama con su varita mágica y dijo: -No serás pequeño dentro de un año, de una montaña tendrás el tamaño”. (Lobato Arcadio, s/f, 6).
Así hay ya una conexión entre la magia y la hipérbole. Los diálogos abundan en la historia haciendo de ella prácticamente una pieza teatral. El árbol recibe el nombre de la función de su creadora: “El árbol del hada”.
A diferencia de los tipos empleados por Silverstein, Laila presenta un poco más de complejidad: su deseo es hacer el bien pero atrás de él, su orgullo y deseo de reconocimiento. Ello hace el tendido para una prosa didáctica de fin moral: el árbol ha crecido en tal forma que resulta incómodo para los habitantes de la aldea, consume el agua del río y el abastecimiento para los pobladores y sus rebaños no es suficiente.
Casi al final de la historia, los ecos folclóricos adquieren resonancia de parábola y una vez más el árbol como leitmotiv recuerda la relación del hombre ante la vida y Dios... o la magia, lo que está más allá de nuestras fuerzas. Tal parece que la anécdota de “el hijo pródigo” reverbera una vez más: Laila se da cuenta que no puede hacer nada por impedir el crecimiento del árbol, regresa a su escuela y pide ayuda a las maestras y compañeras, no sin antes arrepentirse y reconocer su falta, consecuencia del orgullo y la soberbia.
Es imposible empequeñecer al árbol pero sí es viable una transformación y de las 10,000 ramas que lo conforman (una vez más la hipérbole) nacen 10,000 árboles de diferentes especies que fueron plantados ya no en la aldea sino en todo el país.
Del gran árbol sólo quedó el tronco y por medio del discurso hay una sinalepsis:
A la mitad de un hermoso y soleado país hay colinas y montañas. Ahí crecen higos, naranjas y olivos. También hay muchos árboles muy fuertes y el tronco gigantesco de un árbol al que todavía le salen algunas hojas. -¿Por qué hay tantos árboles aquí? ¿Cómo se quedó sin ramas ese gigantesco tronco? –son las preguntas que hacen los niños. Sus padres les cuentan una historia que comienza así: “Hace mucho tiempo, en un bosque mágico, vivía una pequeña hada… (Lobato Arcadio, s/f, 24)
Finalmente, se han observado dos cuentos en que hay resonancias del género humano y su relación con el árbol. Ambos autores han hecho una alegoría del hombre, el uso de sus dones y su relación con los poderes superiores. Tal parece que aún en pleno siglo XX, la literatura infantil no puede concebirse sin un tinte didáctico y sin la infinita nostalgia del adulto por lo folclórico y mítico.