Fray Bartolomé Carranza de Miranda, Dominico y Arzobispo de Toledo
Semblanza de un hombre espiritual
Por: Carlos Vizuete

Para citar este artículo: Vizuete, Carlos, 2004, "Fray Bartolomé de Miranda, Dominico y Arzobispo de Toledo, Semblanza de un hombre espiritual". Disponible en el ARCHIVO de Tiempo y Escritura en http://www.azc.uam.mx/publicaciones/tye/fraybartolome.htm

1.     Conmemoraciones centenarias, entre la historia y la propaganda

En los últimos tiempos el trabajo de los historiadores, al menos en la percepción del gran público, parece guiado por la sucesión de efemérides centenarias, la mayor parte de ellas alentadas y financiadas desde instituciones oficiales: La Gran Armada y la empresa de Inglaterra, La muerte de Carlos III y El Milenario de Cataluña, en 1988; La reconquista de Granada, La expulsión de los judíos y El descubrimiento de América, en 1992; La firma del tratado de Tordesillas, en 1994; La muerte de Felipe II y La pérdida de las últimas colonias americanas, “el desastre”, en 1998; La impresión de La Celestina, en 1999; El nacimiento de Carlos I y, con menor eco, La muerte de Carlos II y la llegada de la dinastía borbónica, en 2000; El nacimiento de Fernando de Habsburgo, en 2003; y La muerte de Isabel I de Castilla, en 2004, La primera edición de El Quijote, en 2005, y El nacimiento de San Francisco Javier, en 2006, las más notorias de entre las que se avecinan.

La primera de estas celebraciones promovida desde el Gobierno, del partido Socialista, fue la del Bicentenario de la muerte de Carlos III, en 1988, de modestas proporciones para lo que vendría después. Aquel año, promovido por su Gobierno regional, se celebraba el Milenario de Cataluña con la clara intención de marcar sus elementos autóctonos. A continuación, el impulso gubernamental se centró en las diversas celebraciones de 1992, eclipsadas por la Exposición Universal de Sevilla. En la estela de aquel centenario, la Comunidad Autónoma de Castilla y León promovió la conmemoración del Quinto Centenario del Tratado de Tordesillas, y tras su clausura el Gobierno de España, del partido Popular, constituyó la Sociedad Estatal para la conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V 1998-2000, que fue la encargada de organizar y coordinar las actividades culturales con las que se celebraron ambos centenarios: exposiciones, conciertos, congresos y publicaciones diversas. Amplias campañas publicitarias hicieron llegar al gran público estas actividades, como quedó patente en Toledo durante los tres meses que permaneció abierta la exposición Carolus. Por su parte, las editoriales comerciales lanzaron al mercado numerosos títulos relacionados con las efemérides -excelentes y mediocres, nuevos y antiguos- algunos de los cuales ocuparon durante semanas la cabecera de las listas de libros más vendidos, aunque se tratara de la adaptación de una obra publicada treinta y cuatro años antes.

Para aprovechar las sinergias, concluidos los centenarios de los primeros monarcas de la Casa de Austria, el Gobierno ha institucionalizado el organismo para dotarle de continuidad; apareció así la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales abierta ahora a todo tipo de celebraciones. En los años 2002 y 2003 organizó o colaboró en la ejecución de las siguientes: Centenario del nacimiento de Luis Cernuda; Conmemoración de los XXV años del Senado democrático; Bicentenario del Tratado de Amiens, con el Congreso Internacional y la Exposición 1802. España entre dos siglos y la devolución de Menorca; los primeros actos preparatorios del IV Centenario de El Quijote ; V Centenario del nacimiento de Garcilaso de la Vega, con la Exposición El amor y la guerra en el Renacimiento; Centenario del nacimiento de Rafael Alberti; III Centenario de la llegada a España de los Borbones; III Centenario del nacimiento de José de Nebra; y el 450 Aniversario de la muerte de San Francisco Javier (1506-1552); los Centenarios de los autores literarios Max Aub y María Teresa León; el 150 Aniversario del ingeniero e inventor Leonardo Torres Quevedo; y el Quinto Centenario del Emperador Fernando I de Austria; el Congreso El Reino de Nápoles y la Monarquía de España: Entre agregación y conquista; y el Congreso Internacional España y el Pacífico. Legazpi y la Exposición Filipinas puerta de Oriente. De Legazpi a Malaespina, con motivo del Quinto Centenario del nacimiento del conquistador del archipiélago Miguel López de Legazpi.

Sin embargo, en esta abundancia de conmemoraciones son muchas las que pasan sin pena ni gloria, acontecimientos o protagonistas de nuestro pasado, reciente o lejano, que no han merecido la atención de los que administran el presupuesto cultural quizá porque, prescindiendo de otras consideraciones, tendrán una menor repercusión propagandística entre un público que cada vez demanda con más frecuencia grandes manifestaciones culturales. Éstas son ofrecidas desde el poder –local, regional[1] o nacional- con varias intenciones: en primer lugar como reinterpretación de pasado; en segundo lugar como actividades de turismo de calidad para promocionar, con el reclamo de una Exposición, ciudades del interior; y por último, como un producto publicitario destinado a mejorar la imagen de España en el extranjero.

Un claro ejemplo de estas dos últimas notas son las Exposiciones organizadas por la que hoy es Fundación Las Edades del Hombre. En su origen pretendían mostrar los tesoros artísticos y culturales de las diócesis de la región autónoma de Castilla y León. Tras el enorme éxito de las primeras exposiciones, se han ido sucediendo en cada una de las catedrales de las diócesis organizadoras, algunas de ellas situadas en pequeñas ciudades del interior que durante los seis meses que suele durar cada muestra se ven repletas de visitantes atraídos por Las Edades del Hombre. Las celebradas hasta hoy han sido las siguientes: Valladolid, de octubre de 1988 a abril de 1999; Burgos, de mayo a octubre de 1990; León, de octubre de 1991 a julio de 1992;  Salamanca, de diciembre de 1993 a octubre de 1994; El Burgo de Osma, de mayo a diciembre de 1997; Palencia, de abril a octubre de 1999; Astorga, de mayo a octubre de 2000; Zamora, de octubre a diciembre de 2001; Segovia, de mayo a octubre de 2003; Ávila, de nuevo, de marzo a septiembre de 2004. Además, en dos ocasiones se  han presentado en el extranjero: Amberes, de septiembre a diciembre de 1995; y Nueva York, de septiembre a noviembre de 2002. En cuanto al número de visitantes, las de Valladolid y Salamanca superaron el millón, que casi se alcanzó también en Burgos; en las restantes, las cifras se sitúan entre los 460.000 de Astorga y los 612.000 de Palencia. El fenómeno de Las Edades ha influido notablemente en el nuevo interés del gran público por las conmemoraciones centenarias, en las que ya no falta una Exposición que “es necesario” visitar, aunque a veces no se comprenda.

En ninguno de estos apartados ha tenido cabida la figura del dominico y arzobispo de Toledo Bartolomé Carranza, nombre que se asocia ineludiblemente con el enorme proceso inquisitorial del que fue protagonista, y cuyo Quinto Centenario de su nacimiento, conmemorado modestamente con un Congreso en la Universidad de Navarra a finales del año 2003, me proporciona la ocasión de trazar esta semblanza.

2.     De Navarra a Roma

Si hoy conocemos con precisión la trayectoria de su vida -desde las orillas del Arga, donde vio la luz, hasta las riveras del Tiber, donde reposaron sus restos hasta 1993- es gracias a las investigaciones de José Ignacio Tellechea Idígoras que ha dedicado fray Bartolomé más de cuarenta años de paciente trabajo. Los principales dato biográficos de su infancia y juventud proceden del interrogatorio que el arzobispo compuso para los testigos de abono en su causa inquisitorial.

Sabemos, pues, que nació en la villa navarra de Miranda de Arga en 1503, sin más precisiones, en el seno de una familia de modestos hidalgos y cristianos viejos; que a la muerte de la madre, su tío Sancho Carranza, canónigo Magistral de la catedral de Sevilla, Inquisidor de Calahorra y catedrático en Alcalá, se lo llevó a la ciudad complutense donde cursó gramática y artes, entre 1515 y 1520, en el Colegio de San Eugenio; y que concluidos los estudios de artes ingresa en el convento de los dominicos de Benalaque, una aldea próxima a Guadalajara, de donde quiso sacarlo su tío enviando a uno de sus profesores para tratar de disuadirlo, el doctor Almenara de quien había oído la Lógica de Aristóteles. Pero el joven novicio perseveró en su decisión y allí, en una de las casas aparecidas al calor de la reforma de la orden, concluyó el año de noviciado y emitió su profesión religiosa en 1521.

-         Los dominicos, la reforma y el Colegio de San Gregorio

La ejecución de la reforma de las órdenes mendicantes fue encomendada por Alejandro VI, el 26 de diciembre de 1496, a dos obispos de total confianza de los reyes: el dominico fray Diego de Deza y el franciscano fray Francisco Jiménez de Cisneros. Los dominicos tenían bastante desarrollada su Congregación de Observancia y se impuso con facilidad al conventualismo. Su foco reformador estaba en el convento de San Pablo de Valladolid, por iniciativa de uno de sus frailes residentes en Roma, el cardenal Juan de Torquemada, aunque no se instituyó formalmente hasta 1474; mientras que la resistencia a aceptar los excesos de los rigoristas se concentraba en el colegio de San Esteban de Salamanca. Cuando se venció ésta, rápidamente la reforma se extendió por toda Castilla. El capítulo provincial de Burgos de 1506 pudo proclamar la reforma total en los conventos de la provincia de España. Sus bases eran: la observancia, el estudio y la predicación apostólica.

Uno de los pilares de la reforma será el Colegio de San Gregorio de Valladolid, fundado por el dominico fray Alonso de Burgos, obispo de Palencia, para veinte estudiantes selectos, que a la muerte del fundador serán aumentados a cuarenta, procedentes de todos los conventos de la provincia y que cursarían allí por un periodo de siete años. Su objetivo era la preparación de hombres de ciencia, dominicos que enseñaran en los centros universitarios de la orden o del reino. Los catedráticos de todos los Estudios Generales dominicanos procedían de San Gregorio, y a su imagen se crearon otros colegios en Sevilla, Alcalá, Lisboa, México y Lima.

-         Carranza en Valladolid

En el otoño de 1523, procedente de París, llegó para enseñar en el Colegio el maestro Francisco de Vitoria. Permanecerá en Valladolid hasta junio de 1526, en que gana la cátedra de Prima de Salamanca. Durante un curso fue maestro de Carranza, que en agosto de 1525 llega a San Gregorio; luego seguirá estudiando teología con el Maestro Diego de Astudillo, al que sustituirá en 1533. En junio de 1529 llega al colegio fray Luís de Sarria, procedente del convento de Granada. El 3 de octubre de 1531 jurará los estatutos fray Melchor de Santa María, Cano, del convento de San Esteban de Salamanca.

En 1539, durante la celebración en Roma del Capítulo General de la Orden, obtendrá en el convento de Santa María supra Minerva el grado de Maestro en Sagrada Teología, con asistencia de cardenales, entre los que se encuentra el teatino Juan Pedro Carafa, embajadores y doctores. Era el título más preciado de los conferidos por la Orden.

A su regreso continuó la docencia en san Gregorio, explicando a Santo Tomás y la Sagrada Escritura, hasta 1545. Su posición se inclina hacia la teología positiva, sustentada sobre la Escritura, los Padres y los Concilios y orientada a la oración y la vida cristiana. En el colegio supo compaginar la docencia universitaria con la dirección de conciencias y la práctica de la caridad -especialmente durante el hambre que asoló la ciudad en 1540- significándose como miembro de una corriente espiritual de la que formaban parte otros dominicos: Luís de Granada y Juan de la Cruz. Predica en el convento de San Pablo, en las parroquias y por los pueblos. Sus sermones se parecen a los del Maestro Ávila, por lo que hay que contarle entre los renovadores de la predicación pretridentina, con Dionisio Vázquez, Tomás de Villanueva, Luís de Granada y Juan de Ávila. La Biblia y los Padres son sus fuentes. Los temas: la fe, la confianza, la conversión. La espiritualidad se va haciendo paulina, marcada por la interioridad, la autenticidad, las obras; y cada vez está más presente la reforma necesaria de la Iglesia.

Paralelamente su fama crece y los cargos se suceden: consejero del Santo Oficio, consultor en el tribunal de Valladolid y luego de la Suprema; realiza censura de libros e interviene en el proceso de fray Antonio de Guevara. Esta actividad le reportará no pocos adversarios, pero allí también hace amigos, como Francisco de Navarra, promovido al obispado de Badajoz y luego Arzobispo de Valencia. Y a la postre a él también le ofrecen una mitra, la de Cuzco, que rechaza, así como el confesionario del Príncipe.

-         Trento

En abril de 1545 acude al Concilio como teólogo imperial, en compañía de fray Domingo de Soto. Sus intervenciones en debates y sermones le ganaron el aprecio de los padres conciliares del ala reformista, que se vio incrementado con la aparición de algunas obras impresas, sobre todo el tratado De necessaria residentia episcoporum, publicada en Venecia en 1547. Pero también le granjearon enemigos irreconciliables, como luego se verá.

-         Cargos de gobierno en la provincia

Suspendido el Concilio, regresó a España en 1548, siendo elegido prior del convento de Palencia, en el que residiría dos años y leerá las Cartas de san Pablo, con asistencia de algunos clérigos y canónigos de la catedral.

En el capítulo provincial de 1550, celebrado en Segovia, fue elegido provincial, entregándose a la visita de los conventos de frailes y monjas. La Provincia no era una balsa de aceite, sino que más bien se anunciaba en ella la gran fractura que Domingo de Soto llamará pasión de los demonios y fuego encendido terrible. En el capítulo se produjo el primer enfrentamiento público entre Cano, que asistía como conventual de San Esteban, y Carranza. El salmantino encabezaba un sector mayoritario entre los más jóvenes frailes opuestos al espiritualismo de los más viejos. No se harán con el control de la provincia en esta ocasión, pero volverán a la carga en los capítulos posteriores para desatar la pasión y el fuego.

-         Trento, otra vez

En mayo de 1551 llegará a Trento, donde ya está Cano que también ha sido nombrado teólogo imperial y no ha tenido que detenerse en los negocios de gobierno. Su intervención conciliar más notable fue al tratar del sacrificio de la Misa. Tras la nueva suspensión de las sesiones regresa a España, en enero de 1553, y, concluido el periodo de provincialato, se reintegra en la comunidad de San Gregorio, tras rechazar una nueva mitra, la de Canarias. En Valladolid, además de las lecciones, comenzó a tener contacto con la Capilla de la corte, en la que predica asiduamente. El príncipe don Felipe lo elegirá para que le acompañe en la jornada de Inglaterra.

-         Inglaterra

El desembarco de la comitiva filipina fue el 20 de julio de 1554. Carranza llega a la isla con el nombramiento de Comisario General y Vicario del Maestro General de la Orden y con los poderes necesarios para la restauración de los dominicos en Inglaterra. Podría fundar o restablecer conventos, llamar a aquella provincia a frailes de otras, unir casas y aplicar los bienes de una a otra y recibir a los apóstatas convertidos. Pero su función no era sólo ésta, el Príncipe lo lleva como principal consejero en los asuntos de religión. Por eso se alegrará al enterarse de que el papa ha designado legado al cardenal Pole, al que conocía desde los días de Trento y que será un gran apoyo de la reina María en la restauración católica de Inglaterra. El principal problema al que habrán de hacer frente era al de la restitución de los bienes eclesiásticos, donde pesó la opinión de Carranza para adoptar una vía media. La gran obra de Pole y Carranza para la restauración de la Iglesia fue la reunión del Sínodo Nacional inglés, desde Todos los Santos de 1555 hasta la cuaresma de 1556. La situación del clero inglés era penosa: ignorancia, escándalos, matrimonios sacrílegos, predicación deficiente. Carranza, que tiene experiencia por haber impreso una Summa Conciliorum, dará forma a las constituciones sinodales para remitirlas a Roma. Cuando se apruebe allí el texto, en 1562, ya no tendrá utilidad en Inglaterra, pero la Reformatio Angliae, distribuida por el cardenal Borromeo entre los asistentes al tercer periodo de sesiones del Concilio, influirá en los sínodos postridentinos.

Pero sin duda, con ser esto importante, mayor repercusión tendrá la redacción de un Catecismo que a petición del cardenal Pole compondrá Carranza. Es el que imprimirá en Amberes en 1558 y será la causa de su ruina. En 1557 Carranza deja Inglaterra; Pole es acusado de herejía por el mismo papa, Pablo IV, aquel cardenal Carafa, -y esto también tendrá consecuencias para Carranza- que por la misma razón había encarcelado al cardenal Morone, otro de los legados que presidieron las sesiones del Concilio. El 17 de noviembre 1558, con pocas horas de diferencia, morirán la reina María y el cardenal Pole.

-         Arzobispo de Toledo

La tarea del dominico en Inglaterra había concluido antes, en julio de 1557 Carranza llega a Flandes para retomar su oficio de predicador real, y ahora no puede rechazar una nueva mitra, la de Toledo. Pablo IV aprueba la presentación en octubre y el 27 de febrero de 1558 fue consagrado en Bruselas por el cardenal Granvela. Toma posesión de la diócesis por poderes, el 5 de marzo, y a finales de junio sale para España. Quien tan duramente había criticado el absentismo de los obispos no podía permanecer lejos de su diócesis. En agosto estaba en Valladolid donde escucha los primeros rumores de su persecución, pero en una entrevista con el Inquisidor Valdés este no dice ni palabra; en septiembre confortaba al emperador y asistía a su final, en Yuste, y el 13 de octubre hacía su entrada en la catedral de Toledo.

De inmediato comenzó la visita pastoral a la catedral, las parroquias y los conventos de la ciudad, predicó, administró los sacramentos, confirió órdenes y dio constantes muestras de piedad, caridad y austeridad de vida.

El 25 de abril de 1559 iniciaba la visita a la extensa diócesis- Illescas, Pinto, Valdemoro- y el 5 de mayo está en Alcalá. Pero la visita no la concluirá nunca: en la noche del 22 de agosto de 1559, en la villa de Torrelaguna, fue prendido por orden del Consejo de Inquisición y trasladado a Valladolid a donde llegó en la madrugada del 28. Comenzó un largo proceso, una pesadilla, que habría de durar 16 años, 7 meses y 24 días.

-                En manos de la Inquisición

La tormenta se venía gestando desde la primavera de 1558 al aparecer su nombre en las declaraciones de algunos de los procesados en Valladolid acusados de luteranismo; a esto había de unirse la censura teológica, elaborada principalmente por Melchor Cano, de los Comentarios del Cathecismo Christiano publicado en Amberes en 1558; y la aversión del Inquisidor General, el Arzobispo de Sevilla don Fernando de Valdés. Carranza tuvo noticia de la tempestad que se cernía sobre él e intentó, por medio de terceras personas, evitar el escándalo que supondría su procesamiento, pero todo fue inútil. Eran tiempos recios, como dijo Teresa de Jesús, marcados por la publicación del Índice de libros prohibidos

No es el momento ni tan siquiera de resumir el largo proceso,, en sus dos fases, la española, entre 1559 y 1567, marcada por la recusación del Inquisidor General por notoria parcialidad, y en la que los jueces árbitros dieron la razón al demandante; y la romana, entre 1567 y 1576, desde que Pío V avocó la causa hasta que Gregorio XIII la sentenció el 14 de abril de 1576. El fallo considera al arzobispo de Toledo como vehementemente sospechoso de herejía, pero no hereje. Debía abjurar de 16 proposiciones contenidas en su obra, le absuelve de censuras, le suspende por cinco años en la administración de la diócesis, le impone ciertas penitencias de carácter espiritual al tiempo que le asignaba 1.000 escudos mensuales para su sustento. Libre, el 2 de mayo de 1576, en el convento de Santa María sopra Minerva, moría el Arzobispo, y allí reposaron sus restos hasta que fueron depositados por el cardenal González Martín en el sepulcro que el cabildo primado le tenía preparado en la catedral de Toledo el 10 de diciembre de 1993.

3.     Primera razón: el enfrentamiento de corrientes espirituales

La gran crisis se inicia con los primeros procesos inquisitoriales contra alumbrados, luteranos y erasmistas y viene a cerrarse con la prisión del arzobispo Carranza, los autos de fe de Valladolid y Sevilla y, en fin, con la publicación del Índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés.

A lo largo de estos dos periodos, dadas las relaciones políticas y económicas con los Países Bajos, se ha incrementado la presencia en España de obras espirituales de autores renanoflamencos –Kempis, Ruusbroec, Mombaert, Herp, Taulero, Hugo de Balma, Dionisio de Rickel, Zutphen, Ludolfo de Sajonia-; al tiempo que el cardenal Cisneros introduce algunos autores italianos, como Ángela de Foligno o Catalina de Siena. Paralelamente, la imprenta permite la difusión, en todos los ambientes, de la práctica de la oración mental metódica cuyo primer manual es el Exercitatorio de la vida espiritual del abad monserratino García de Cisneros, publicado en 1500. No faltó una cerrada oposición a tanta novedad que parecía abandonaba los caminos seguros para alcanzar la perfección para abrirlos a personas de toda condición.

Melchor Cano, el más virulento enemigo de los espirituales, lo expresaba con ironía: “Quien enseña camino de perfección, común y general a todos los estados más sabe que Cristo, el cual no halló otro para la perfección de uno que había guardado los mandamientos desde su niñez sino aquel: Adhuc unum tibi deest; si vis perfectus esse, vade, vende omnia quae habes... No dijo: Vade et ora mentaliter, como estos nuevos maestros declaran”. Entre los dominicos la división era evidente y se manifestó a las claras en la Censura al catecismo de Carranza, preparada por Cano y Domingo Cuevas, en la que se oponían a la difusión de los libros espirituales en romance. Junto a ellos se alineaban personas de tanta influencia como Domingo de Soto o Mancio del Corpus Christi. El grupo de los espirituales contaba entre sus filas con Domingo de Valtanás, Luís de Granada, Juan de la Cruz, Bartolomé de Carranza, Juan de la Peña o Domingo de Rojas. El Índice de Valdés marca su derrota, no en vano incluye una selección de libros espirituales, la más extensa tras la herética, con la clara intención de atacar a las cabezas visibles de la oración afectiva en la Orden de Predicadores, Carranza y Granada. Y de paso al fundador de la escuela sacerdotal más importante, Juan de Ávila; al jesuita más significado socialmente, Francisco de Borja; y al codificador de la mística del recogimiento, Francisco de Osuna.

Las principales de estas vías son: la de la oración mental metódica, que pretende alcanzar a Dios ordenadamente mediante la práctica de ejercicios semanales; a ella pertenecen el Ejercitatorio de Cisneros, que influyó en los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, y el Libro de la oración y meditación, de fray Luís de Granada, que fue la obra más popular de las que tratan de la oración mental.

La vía del recogimiento es el núcleo fundamental de la mística española y su forma más extensa, seguida por seglares y sacerdotes además de religiosos; en ella se incluyen Francisco de Cisneros, Francisco de Osuna, Bernardino de Laredo, Bernabé de Palma, Pedro de Alcántara, Nicolás Factor, Diego de Alcalá, Juan de los Ángeles, Antonio Sobrino, Diego de Murillo y Teresa de Jesús. Partiendo de la oración de propio conocimiento y pasando por la oración de seguimiento de Cristo –centrada en la meditación de su pasión-, se alcanza la transformación del alma o unión por amor. La experiencia suprema de Dios no se produce por un conocimiento intelectual, sino por amor.

Las aportaciones más importantes de la vía del erasmismo espiritual fueron el evangelismo y paulismo sistemático, los comentarios de la Sagrada Escritura y la insistencia en la adoración a Dios en espíritu como contraposición a los ritos externos. Este interiorismo enlaza con el de los recogidos y el de los partidarios de la oración metódica. El libro fundamental es la traducción del Enquiridion realizada por el Arcediano del Alcor, Alonso Fernández de Madrid, verdadero comentario que duplica la extensión del original, dulcificando algunas de las expresiones de Erasmo. Esta versión del roterdamo será la que se reciba, y se admire, entre los espirituales españoles.

La vía del beneficio de Dios o del Buen Amor sigue un camino ascendente, de las criaturas al Creador. Juan de Cazalla, que fue secretario del cardenal Cisneros, propone este itinerario en Lumbre del alma, que trata de los beneficios recibidos de Dios y de la paga que el hombre está obligado a hacer. Significativamente, Ignacio de Loyola cierra sus Ejercicios con una contemplación “para alcanzar amor”.

La vía del beneficio de Cristo se centra en la consideración de Cristo encarnado y en la aplicación a los bautizados de los beneficios de su pasión. Juan de Ávila, Juan de Valdés, Bartolomé de Carranza y Juan de la Peña se encuentran entre sus seguidores. El tema guarda relación con algunos aspectos de la teología protestante –fe, fiducia, méritos de Cristo, situación del hombre tras el pecado de Adán- lo que les ganó la aversión de Cano y Cuevas que ven en esta vía un peligro de penetración protestante al destacar los méritos de Cristo en perjuicio de la penitencia, la caridad y las otras obras humanas.

4.     Segunda razón: La residencia de los obispos

El 8 de diciembre de 1558, Carranza escribe desde Toledo a fray Domingo de Soto, cuando ya se sentía víctima de una persecución inicua: “¿Vuestra paternidad no sabe que, si hubiera yo callado de residencia e presidencias, que mi libro [el Catecismo] no fuera condenado, sino que pasara como otros que no lo han merecido más?”. Era notorio que Valdés no residió nunca en sus sucesivas sedes y que tanto Carlos V como Felipe II le ordenaron ir a residir. La sospecha de que el inductor de tales órdenes pudiera ser Carranza la avalan algunos testigos.

En el impreso veneciano De residentia episcoporum se encuentra su ideal de obispo: fe viva y operante, caridad pastoral, humildad y sencillez, pureza de vida y santidad ejemplar. Es decir, debe ser un pastor que ora por el pueblo, que predica personalmente, que administra los sacramentos, que ejerce la caridad corporal –padre de los pobres-, que visita la diócesis, que selecciona a los sacerdotes, que consagra templos, que reúne sínodos. Todo lo contrario del obispo áulico y cortesano, absentista, dilapidador de rentas, ocupado en los negocios del reino que era el inquisidor general y Arzobispo de Sevilla Fernando de Valdés.

Una nota sobre las intenciones de Valdés con relación a Carranza. Cuando Cano muere en Toledo el 30 de septiembre de 1560, la obra de su vida, De locis theologicis, estaba incompleta. De ella existían dos manuscritos, uno en poder de Valdés y el otro en la biblioteca de San Esteban de Salamanca. En 1563 se publicaba la obra que colocaba a Cano en un lugar destacadísimo en el panteón de los teólogos. La edición la costeó Valdés, aunque los beneficios editoriales serían para el convento salamantino. El interés de Valdés estribaba en la confirmación de Cano como gran autoridad teológica, el autor de la censura de los escritos del arzobispo de Toledo.

En conclusión, para conocer a Carranza, hombre verdaderamente espiritual, más que estas noticias ordenadas cronológicamente es necesario acudir a sus escritos, y en especial al Catecismo Cristiano, y es allí donde podremos aprehender los aspectos de su personalidad que se adivinan tras esta sencilla semblanza.

Bibliografía

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[1] Cada una de las Comunidades Autónomas en las que se divide el Estado ha tenido particular interés por presentar aspectos de su pasado en grandes Exposiciones con las que se pretende afirmar sus señas de identidad. Sirvan como ejemplos las muestras: Cataluña Medieval, celebrada en Barcelona entre mayo y agosto de 1992, que hay que situar entre los actos del Milenario; El esplendor de los Omeyas cordobeses, celebrada en el palacio califal de Medina Azahara, Córdoba, entre mayo y septiembre de 2001; y Huellas, celebrada en Murcia entre enero y julio de 2002. En todas ellas, la promoción ha partido de los respectivos Gobiernos regionales.

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