Cultura, cultura en México y su impacto en las empresas

Elvia Espinosa Infante

Rebeca Pérez Calderón

Profesoras del Departamento de Administración de la UAM-A.


Introducción

El presente artículo es el resultado de la discusión que ha provocado el inicio de la investigación sobre calidad, al interior del grupo de trabajo que lo realiza.

En el número anterior de esta revista se publicó un artículo sobre calidad donde se proponía que la cultura mexicana, japonesa, europea y norteamericana no son comparables; son completamente diferentes, sus necesidades corresponden a otros valores y dan como resultado diferentes formas de interrelación. En ese mismo artículo, nos preguntábamos sobre la importancia de entender la cultura y el impacto que ésta tiene en las organizaciones, su estructura, funcionamiento, jerarquización, capacidad para cambiar, etc. y se aseguró que la cultura era importante e impactaba a las organizaciones, es más, se aseguró que todos los programas de calidad, para que funcionen en nuestro país era necesario mexicanizarlos, hacerlos adecuados a nuestros valores.

No hemos cambiado, por el momento, nuestro punto de vista, más sí creemos, que la afirmación fue hecha con mucha ligereza y poca rigurosidad teórica; así que en el presente artículo se intenta dejar ver como el grupo de investigación ha iniciado el proceso de discusión de lo que debe entenderse por cultura, cultura mexicana y cultura organizacional mexicana; aquí no hemos abordado la problemática de los programas de calidad, sólo el inicio de la discusión sobre la cultura. No está de más decir que éste ha sido un trabajo difícil, pues las formaciones académicas de los integrantes del grupo de investigación (administradores, abogados y sociólogos) provoca desacuerdos y agrias discusiones que afortunadamente dan como resultado interesantes avances y nos descubren nuevas vetas de investigación, que se abren ante nosotros como camino a explorar donde se puede encontrar las respuestas buscadas. Obvio es que este trabajo, al igual que el anterior, está en cierni, no podemos afirmar que lo que aquí de exponga sea nuestro pensamiento final, esto es todavía una senda que estamos explorando.

I. Sobre el concepto de cultura

La reproducción social del ser humano requiere para su cumplimiento de una "pre-condición" que resulta ajena a las condiciones operativas reconocibles en la perspectiva funcional que se le adjudica al ordenamiento de la vida puramente animal. (Echeverría, B. MIMEO).

Esta "pre-condición" bien podemos pensarla como "la dimensión cultural de la existencia humana".

En primer lugar, la cultura no debe ser pensada como algo ajeno a la cotidianeidad, improductivo, o alejado de los procesos productivos. La realidad cultural pertenece a la vida práctica y pragmática de todos los días y de todas las horas del día; es más, en aquellos lugares, que presumen o se creen desprendidos de ésta (como en un laboratorio científico) está presente, pues es indispensable.

En segundo lugar, debemos afirmar que la historia de cada hombre y la historia de la humanidad, es resultado de una serie de actos, y la decisión de llevar a cabo estos actos ha estado permeada por la dimensión cultural. Es por ello que la posibilidad de transformación de una técnica productiva se aprovecha por algunos pueblos y no por otros. 1

Es la cultura la que impide a ciertos pueblos usar técnicas de producción modernas, pues no les interesa, prefieren los ritos llenos de simbolismos, que les hablan de que son parte de la naturaleza, y si van a tomar algo de ella, piden permiso y purifican el lugar. 2

También las instituciones creadas por los pueblos y todas las transformaciones que surgen de éstas a lo largo de la historia, están atravesadas por la dimensión cultural. Por ejemplo no se vive el cristianismo de la misma manera en el norte de África que en Italia; y la democracia no es la misma en Estados Unidos que n México, por más que la modernidad homogenice los estilos de vida.

Así pues, la dimensión cultural de la existencia social está presente en todo momento y es capaz de frenar o de promover procesos históricos (Echeverría, B. MIMEO).

Por otro lado hay que decir que ha habido un complicado juego de variaciones del concepto de cultura a lo largo de la historia.

No tenemos ahora la capacidad para hablar de todos ellos, pero creemos que es importante mencionar por lo menos algunos elementos.

El término cultura apareció en la Roma antigua, como la traducción de la palabra griega paideia, que significa "crianza de los niños", aunque hay quienes afirman que el concepto pre-clásico es aethos, que hace referencia a hábito, costumbre, morada, refugio, concepto que parece obedecer más a la percepción que los griegos tuvieron de la dimensión cultural.

Lo interesante es que desde entonces el concepto se entrelaza con la noción de cultivo, pensando así, se trata de cultivo de las humanidades, cultivo de sus relaciones con otros hombres y con sus dioses, cultivo de costumbres, arte, conocimientos, sabiduría y del espíritu (nous).

La redefinición moderna del término cultura se gesta en Alemania (S. XVIII); aparece junto con la afirmación de una clase media intelectual que vive al amparo de la nobleza o de la burguesía. Estas dos últimas clases habían establecido entre sí determinadas relaciones de compromiso, que permitían a la burguesía implantar el modelo de producción capitalista y a la aristocracia asegurar sus privilegios; en esa coexistencia pacífica, es donde aparece esa clase media intelectual (a ella pertenece Kant, para quien ser culto significa poseer la capacidad de crear nuevas formas a partir del contenido).

Todos los intelectuales de esta época se atreven a "mirar por encima del hombro" en el terreno del espíritu a los aristócratas, cuya cultura vacía y frívola no corresponde a la superioridad jerárquica que ostentan en lo social y lo político. Lo valioso para este grupo de intelectuales, lo que corresponde a la verdadera cultura, no se encuentra en los cortes estilo versallesco, sino en la comprensión efectiva se lo que encierran las formas del universo,, en el desarrollo de la técnica, la lógica, en pocas palabras: la cultura se encuentra en el desarrollo de la ciencia.

Cuando la burguesía como agente modernizador deja de justificarse por la autoridad de la nobleza y pasa a justificarse por la de los estados nacionales modernos, se plantea la idea de que la cultura está ligada a lo popular. Serán los románticos los primeros que afirmen que el único agente de la creación cultural efectiva es el pueblo y que las otra capas (burguesía y nobleza), lo único que hacen es aprovechar y refinar los esbozos de obras que él les entrega.

Una visión más actual nos diría que cultura es un conjunto de formas de comportamiento adquiridas, que ponen de manifiesto juicios de valor sobre las condiciones de vida y que un grupo humano transmite mediante procedimientos simbólicos (lenguaje. mito. saber) de generación. (Margaret Mead, 1953). Esta posición, la cual por cierto es estructuralista; nos deja ver cómo las estructuras son las que mueven a los hombres y éstos son sólo ejecutores de las formas culturales. Las formas culturales son las que existen y la sociedad sólo es el soporte dinámico de las formas culturales. El sujeto es la cultura y no el hombre que la produce.

Creemos que, la problemática actual de la definición de cultura, gira en torno a este punto, o bien las cultura, son las formas o las normas de comportamiento, etc., o a definir la cultura debemos reconocer que no estamos describiendo a una dimensión de la existencia de otro sujeto, del verdadero sujeto, que es justamente la comunidad social tal como se encuentra dividida en clase, sometida a una determinada dinámica histórica, y la cual tiene una dimensión cultural.

Actualmente hay una resistencia a entender cultura simplemente como un conjunto de formas de comportamiento que se transmiten de manera simbólica y ponen de manifiesto determinadas actitudes valorativas de esa comunidad en referencia al mundo, se afirma que cultura es algo más que eso. Jean-Paul Sartre (Crítica de la razón dialéctica, 1960) nos dice que la cultura se configura como un conjunto de formas, pero de lo que se trata es de comprender el proceso del cual la cultura resulta ser sólo una dimensión, pero la principal. El sujeto verdadero del proceso histórico son las sociedades concretas, las cuales generan y viven un proceso de creación y destrucción de formas. El modo como existen las formas culturales, se diría desde esta perspectiva, es simplemente un proceso de destrucción y reconstrucción por parte del sujeto social, dentro de cuya existencia hay esta dimensión cultural (punto de vista muy hegeliano, aunque está de más decirlo).

Por su lado Theodor W. Adorno (Cultura y Administración 1986), dice que se debe asentar, ante todo, algo muy simple: y es que lo específicamente cultural es precisamente sustraído a lo nudamente necesario para la vida, y es más, creemos que es indispensable para la reproducción de ésta. El hombre pertenece al reino animal, pero es el animal superior, esta superioridad en buena parte debe entenderse gracias a la cultura la cual es creada en el proceso de apropiarse la naturaleza.

Todas las culturas han aparecido como una cristalización de las diferentes estrategias de supervivencia de los grupos humanos dentro de una naturaleza mucho más fuerte que ellos. De ahí que en las formas culturales se hagan legibles ciertas elecciones, que lo mismo reprimen determinadas necesidades de disfrute, y determinadas capacidades de producción mientras exageran otras diferentes que las sustituyen y permutan unas por otras.

Los primeros grupos humanos se mueven bajo la lógica de la escasez, su relación con la naturaleza está atravesada por esta óptica y la cultura que emana también. Pero a partir del siglo XVIII, es lo humano, convertido en hombre moderno, lo que se impone sobre la naturaleza.

Con el surgimiento de las máquinas y la tecnología, y sus posibilidades de desarrollo, queda marcado el dominio del hombre sobre una naturaleza que empieza a dejar de ser escasa, y en esa medida queda marcada la eliminación de las bases de las cuales se levantaron las formas de las culturas tradicionales.

Adorno nos dice que la cultura tiene que aceptar, haciendo memoria, cuánto yace en el camino, y en este proceso no pasa de ser una dominación progresiva de la naturaleza, que se refleja en una racionalidad creciente y en formas de dominio cada vez más racionales. Es este proceso el que provoca la separación de la cultura, del proceso vital material.

Pero nosotros insistimos, ¿que, acaso la cultura no está en la cotidianeidad?

Creemos que es necesario que se construya un concepto de cultura que se desprenda de una teoría más general acerca de las determinaciones esenciales, de la vida humana, consideradas como determinaciones de un modo específico del proceso de reproducción de la vida natural.

Así también, creemos que la reproducción de la sociedad humana en general, requiere necesariamente de que se cumplan dos cosas: 1) la reproducción vital, como proceso práctico o material y 2) una reproducción espiritual o cultural; ambas son simultáneas.

Desde el mismo momento de su nacimiento todo individuo recibe una "herencia cultural" que asegura su formación, orientación y desarrollo como ente social. La herencia cultural no se limita a superponerse a la herencia genética, sino que se combina con ésta y determina los estímulos e inhibiciones que contribuyen a todas y cada una de las ontgénesis individuales, y modela la expresión genética en el fenotipo humano. 2 (Morin, E. 1974).

Así pues, todo proceso de reproducción social posee necesariamente una dimensión cultural.

En torno a lo que debe de entenderse por cultura mexicana

No es nuestra intención, en este artículo, ni en la presente investigación, hablar de la sociedad mexicana, su génesis y su cultura, pero al estudiar la calidad total y sostener como hipótesis de trabajo que la cultura del pueblo mexicano, específicamente del trabajador mexicano, rechaza ciertos valores de esta propuesta de organización del trabajo, se hace necesario que hablemos de esta cultura, y sus valores.

Se ha dicho que todo individuo recibe una herencia genética y una herencia cultural, podemos agregar además que la personalidad de un sujeto es resultado de las dos anteriores, más sus historia personal.

Rodríguez Estrada y Ramírez-Buendía (1992), proponen el siguiente esquema.

En este esquema los valores juegan un papel muy importante, siendo éstos los elementos dinámicos que definen la cultura en los diferentes campos, tales como la familia, la escuela, el trabajo, la diversión, el gobierno, la religión, etc.

Ahora bien, la pregunta sería ¿cuál es el origen de estos valores, en el caso de México?

Podemos identificar "grosso modo" dos componentes básicos:

1) El indígena. El cual en ciertos momentos históricos ha sido negado y repudiado, y en otros ensalzado con vehemencia, y el cual actúa como el inconsciente silencioso de nuestra personalidad social.

Para entender los valores que de este pueblo nos fueron heredados, hay que penetrar en su cosmovisión cíclica, del eterno retorno al origen (M. Eliade. 1960), de rituales, de purificación, donde lo religioso y lo cotidiano, confunden su espacio y su tiempo.

Hay que comprender a su sociedad fuertemente jerarquizada, donde "la gente común de la tierra es la más domesticada del mundo es la más sujeta a sus príncipes e caciques" (Bartolomé de las Casas 1974).

El segundo componente importante que da origen a nuestros valores es:

2) El hispano. El conquistador que en 1492 descubrió América e inició la conquista y colonización, y había recientemente terminado la reconquista española contra los moros. El constante guerrear de moros y cristianos, seguramente marcó a los españoles y los trajo a nuevas tierras en busca de poder, aventura, riqueza, con la convicción de realizar la tarea de civilizar a pueblos inferiores y el noble propósito de evangelizar.

Los misioneros, quizá, piadosos y bien intencionados, "fueron sin quererlo el instrumento definitivo de la dominación... al desarticular el equilibrio de un sistema de vida coherente, estructurado, contribuyeron más profunda y radicalmente que los conquistadores a destruir el mundo que quisieron defender" (Historia General de México, COLMEX, 1981).

Llámese encuentro, conquista o evangelización, lo que dio como resultado fue un nuevo mexicano con un conflicto de identidad y de lealtades.

"Los dioses de los vencidos se convirtieron en los demonios de los vencedores y así la hazaña de los europeos redundó en la destrucción de todos los valores de los naturales, Situación particularmente espinosa fue la de la mujer: al unirse al español traicionaba a su raza y a su cultura. Pero era forzada a ello. Y los hijos crecían a la sombra de al madre y lejos del padre. Y desde entonces la familia mexicana sufre de exceso de madre y falta de padre" (Rodríguez y Ramírez-Buendía 1992).

Para conocer los condicionamientos profundos que mueven al mexicano a interpretar la realidad en formas peculiares, y los resortes psíquicos que lo llevan a actuar, es necesario una investigación dedicada sólo a ello; pero no por esto podemos dejar de mencionar aspectos que creemos importantes.

Primeramente, la crisis de identidad toma las formas de disimulo y de máscaras, con las cuales el mexicano se burla de sí mismo, utiliza un lenguaje procaz, tiene desplantes de superioridad y alardes, así como rebeldía. Todos estos mecanismos psicológicos son para ocultar su debilidad, su desconcierto y su confusión, porque el mexicano experimenta inseguridad, temor, busca el anonimato, el disolverse en lo social, en el nosotros. "El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás; lejos también de sí mismo" (Octavio Paz, 1970).

Tal es el sentimiento del mexicano de que no es nada que cuenta Octavio Paz, que creyéndose solo en su casa el escuchar ruidos preguntó: ¿Quién es? y la sirvienta recién llegada de Oaxaca contestó: "No es nadie señor; soy yo". Como quien dice "yo no soy nadie..." (El laberinto de la soledad, 1970).

la religión del mexicano, pensada como un fenómeno psicológico y no como un hecho social, es resultado de una conversación masiva, forzada y acelerada que no pudo dar lugar más que a un mal sincretismo, dogmático que llevó a las masas a la obediencia y a la sumisión, donde subsiste, el ritualismo mágico, plagado de superstición, de resignación y de fatalismo.

Su antigua religión, se hace presente, recordando su anterior cosmovisión, cuando se burla de la muerte, la festeja y hasta la invoca.

El mexicano es un pueblo dominado y reprimido durante siglos, quizá por ello sea fácil presa del caudillismo, regional o institucionalizado, es un pueblo que ha aprendido a solicitar favores en vez de exigir respeto a sus derechos; es un pueblo capaz de aguantar resignado como si no hubiera historia sino destino (Rodríguez Estrada y Ramírez-Buendía 1992). Además la nación mexicana ha sido siempre el proyecto de una minoría (Octavio Paz, 1972), desde el inicio de su historia hasta nuestros días.

La familia sigue siendo eje fundamental de la sociedad, aquí resulta y resalta una paradoja, la familia forma individuos con su fuerte sentido de clan, pero esto no quiere decir que con un sentido de equipo. las connotaciones psicológicas de unos y otros son diversas, para el equipos son importantes la eficiencia y la colaboración. mientras que en el clan, lo son el afecto, la seguridad, la aceptación. Así la familia forma individuos individualistas.

Todos estos componentes, el indígena, el hispano, la conquista, el mestizaje, la religión, la familia, etc. crean un pueblo diferente, con valores diferentes, con peculiares y únicas formas de relacionarse los individuos, de organizarse para el trabajo, de apropiarse y relacionarse con la naturaleza.

III. cultura y organizaciones mexicanas

La cultura en México, y los valores que ésta conlleva, profundamente arraigados en el inconsciente del mexicano, son fundamentales para la cohesión social y la preservación moral, ayudan a la convivencia humana cotidiana; éstos no pueden ser dejados a la entrada de la fábrica, de la oficina, del despacho, son introducidos en estos espacios junto con las personas, de ahí la importancia de ver su impacto en la organización.

Eva Kras (La Administración Mexicana en Transición, 1991) divide a los fenómenos culturales (entendidos como formas y creencias sociales que afectan la manera de llevar a cabo los negocios en México) en dos: en aquellos cuya preservación es vital para la sociedad en su conjunto y por tanto para las empresas; y otros que pueden ser considerados un freno para la modernización, tanto en la sociedad como en las organizaciones.

Dentro de los primeros, se encuentra la familia; que proporciona a los individuos lazos de confianza, responsabilidad, afiliación, apoyo emocional; y la religión católica, la cual ofrece consuelo, tranquilidad y una aceptación del destino (quizá este es un elemento muy importante para comprender la paz social, en medio de los cataclismos económicos y sociales, que ha vivido nuestro país a lo largo de su historia), es además una base social que da cohesión al grupo y permite se difundan los valores fundamentales que determinan la autoimagen del individuo su relación con los demás individuos del grupo social y con la naturaleza.

Ambos, familia y religión (y muchos más valores que por el momento no tocaremos) provocan relaciones interpersonales peculiares y diferentes a las de otros países; ya que hacen que el mexicano se sienta motivado principalmente por el respeto personal y el reconocimiento. Esto es muy importante y trasladado a la empresa, en una situación de relación laboral obliga a prestar mucha atención al cuidado de las relaciones personales si se de desea lograr la máxima eficiencia y productividad.

Eva Kras dice que las relaciones interpersonales son tan importantes en la cultura mexicana que es necesario analizarlas timando en cuenta cuatro cosas:

1) La persona vs. la tarea; 2) la sensibilidad emocional; 3)la etiqueta; 4) el ambiente laboral. (La administración mexicana en transición, 1991).

Sobre el primer punto, o sea, la persona vs. la tarea, afirma que en los países altamente industrializados de le da prioridad a la tarea, y la persona es sólo un medio para realizarla, ésta puede ser sustituida, pero la tarea debe ser realizada siempre. Para el mexicano esto es una deshumanización del trabajo que resta importancia al individuo, reduciéndolo a una herramienta, el trabajador mexicano necesita ser reconocido como una persona con conocimiento sobre la tarea que realizará. El tomar en cuenta este valor y necesidad del trabajador mexicano, traerá un funcionamiento exitoso de la organización.

El mexicano tiene una gran sensibilidad emocional, la cual tiene varias manifestaciones cuando se encuentra en una situación laboral, ejemplo de estas manifestaciones son sus ideas ingeniosas para resolver problemas en el proceso productivo; pero también como consecuencia de tal sensibilidad, suele tomar la crítica acerca del trabajo como una cuestión personal; ante esto último, los gerentes, administradores y en sí todos aquéllos que controlan y dirigen personal han desarrollado un arte sumamente sofisticado de diplomacia al tratar la crítica, para que el trabajador no se sienta atacado (Kras, 1991).

La etiqueta, entendida como una expresión de cortesía y consideración hacia los demás, es enseñada por la familia a los niños, y se espera que los pequeños sepan comportarse de acuerdo a normas preestablecidas y con especial respeto y consideración hacia las personas mayores y la autoridad.

Sobre ese punto E. Kras nos dice que en ciertas empresas donde se usa un estilo autoritario, a veces suceden algunos abusos, sobre todo, en trato con los empleados de los niveles más bajos. En estos casos, los empleados sienten que se les ha ofendido su dignidad y subvalorado su trabajo y esfuerzo. Los empleados afectados de esta manera rápidamente pierden compromiso y lealtad hacia el trabajo. (La administración mexicana en transición, 1991).

El ambiente laboral que busca el trabajador mexicano es aquel que sea amistoso y no conflictivo, donde no exista confrontación, ni competencia, si no encuentra estos elementos ni siquiera un buen sueldo lo retendrá en la empresa.

Además y recordando que la familia es uno de los valores más arraigados, el trabajador mexicano buscará un trabajo que le permita un equilibrio adecuado entre trabajo y vida familiar.

Todos los valores culturales mencionados hasta ahora contribuyen a la preservación de la sociedad y de las organizaciones, pero hay otros que tienen un efecto negativo, sobre todo en las empresas. Dentro de estos últimos se encuentra la impuntualidad que caracteriza al pueblo mexicano. Da la impresión que se tiene otro concepto del tiempo, un concepto relativo, no moderno. Esta impuntualidad representa serios obstáculos para la modernización.

Por último, en México se le otorga un gran valor al individuo, el lugar de trabajo está estructurado sobre la realización personal del individuo, todo trabajo se organiza y delega a individuos. Cada persona siente responsabilidad y lealtad hacia su jefe, pero muy poco interés lateralmente, a menos que se trate de un amigo. El concepto de trabajo en equipo casi no existe y va en contra de los valores individualistas tradicionales de confianza personal y de reconocimiento dentro de la estructura jerárquica; el intentar cambiar este valor por el de reconocimiento del grupo, desempeño del grupo, planeación en grupo, toma de decisiones en grupo, sería un cambio radical para una sociedad basada en valores individuales (Kras, 1991).

No cabe duda que el reconocimiento de todos estos valores en la cultura mexicana nos ayudará a entender mejor la posibilidad de éxito que tienen los programas de calidad en nuestro país.

Conclusión

Se ha expuesto que todo proceso de reproducción social posee necesariamente una dimensión cultural. Así que la reproducción de la humanidad requiere una reproducción vital o biológica y una espiritual o cultural, simultáneamente.

Con esta doble herencia cada pueblo se relaciona con la naturaleza (en armonía con ella, en los primeros momentos de la historia de la humanidad, o destruyéndola para apropiarse de lo que necesita de ella como en los tiempos modernos), estableciendo relaciones de trabajo, apropiación de éste, y distribución en el grupo social, completamente diferentes, pues esta producción y distribución está permeada por la dimensión cultural.

Para el pueblo mexicano esta dimensión cultural es particularmente difícil, pues es un pueblo mestizo, una parte de su herencia es indígena y otra es hispana. Así que los valores se confunden, se desdibujan, se diluyen confundiendo la lealtad y creando un grupo humano particular.

Se asimila lo hispano, sin olvidar lo indígena, lo mestizo es una ligazón, vínculo indisoluble de uno y otro pueblo. Sólo así se comprenden los valores del México moderno; valores donde debemos resaltar a la familia y la religión, sin estos componentes, y otros más que nosotros no analizamos aquí, no comprenderíamos el actuar del trabajador mexicano.

Así pues, antes de proponer cualquier cambio en la organización del trabajo en México, uno tiene que analizar con mucha seriedad los valores que dan cohesión a este grupo humano y permiten su reproducción como ente social, olvidarlos nos llevaría a un fracaso en los nuevos programas de organización del trabajo, en el mejor de los casos, y en el peor a iniciar un proceso de desarticulación de la sociedad en su conjunto.


Notas

1 No queremos con esto afirmar que no hay explotación de estos pueblos, ni el hecho de que otros grupos sociales se aprovechan de este atraso, sólo queremos enfatizar la dimensión cultural que permite su reproducción.

2 En este sentido, la teoría culturalista de los "modelos de cultura" como determinantes de una personalidad de base" tienen su parte de verdad, siempre a condición de que sea adecuadamente restringida, relativizada e insertada en un marco de análisis dialéctico.

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