Departamento de Economía, UAM-A
Como es conocido, las posibilidades que da el método racional consisten en deducciones basadas en sucesos ya registrados, con un margen de error variable. Por lo tanto, el lector no debe engañarse con respecto al título que he utilizado para este artículo, el cual contiene una dosis de autoironía que deseo sea considerada de buen gusto.
La prioridad declarada y constatada de la administración Clinton es la política interna y no la externa. Ello se debe a que el nuevo gobierno demócrata llega con la convicción de que es necesario recuperar los espacios y las posiciones perdidas en la lucha competitiva, especialmente con respecto a Europa y Japón. Por lo que ese será el eje central de toda la política estadounidense con derivaciones, naturalmente, en la política exterior y muy particularmente con respecto a México. En este último sentido es que debe examinarse la intención de los EU de contar con una gran maquiladora en nuestro país.
Una constante de las páginas que siguen es discutir algunos asuntos como el que se acaba de mencionar a manera de ejemplo, en el entendimiento que la política exterior estadounidense estará condicionada mucho más por los procesos estructurales de largo plazo, y aun por las iniciativas políticas de las anteriores administraciones republicanas, que por el estilo particular que pueda imprimirle el staff Clinton a sus acciones de ámbito mexicano.
Es decir, que la idea esencial que preside este trabajo, es que Clinton no innovará radicalmente con respecto a sus antecesores en materia de política exterior; sin embargo, son los condicionamientos de base (estallamiento de un conflicto militar generalizado en Europa Central, guerra civil en Rusia, caída de Fidel Castro), los que pueden reclamar políticas inéditas por parte de los EU, y ellas, a su vez, pueden repercutir en sus vecinos del Sur.
Particularmente en lo que hace al Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, se considera que las presiones sectoriales dentro de los EU pueden, a lo sumo, postergar la vigencia de ese Acuerdo o uno similar, pero no impedirlo a mediano y largo plazo.
Insuficiente capacidad de empleo en los EU
Aunque aún no ha alcanzado gran repercusión en la opinión pública de nuestros países, el problema de la insuficiente creación de empleo en las sociedades postindustriales o del Primer Mundo como la estadounidense, es de la mayor gravedad. En general, puedo decir que los otros factores productivos diferentes del elemento humano (maquinarias, sistemas de automación e informática, etc.), pueden ser cada vez más productivos con prescindencia de la incorporación de fuerza laboral humana, o, lo que es similar, con una incorporación cada vez menos proporcional .
Canadá, EU, Inglaterra, Francia, Suecia, todas esas economías tienen altas tasas de desempleo después de ser gobernadas por distintos elencos socialistas o conservadores; por lo que no se puede asociar el desempleo con algún perfil político en particular. En cambio, si existió un elemento común en esta historia reciente: la adhesión a la política económica neoliberal. Por lo que nos reencontramos con algo que ya se dijo hace tiempo: las políticas restrictivas y ultraliberales del neoliberalismo son aptas para la reconcentración de recursos, pero no para la recuperación. Pero eso es demasiado simple; veamos algunos matices con respecto a lo anterior.
El pasaje de las formas de acumulación extensivas (cambio tecnológico y organizativo relativamente lento), a las formas de acumulación intensivas (cambio acelerado), hace que se incrementen enormemente las ganancias de productividad de los factores, para lo que se necesita cada vez menos mano de obra en casi todas sus calificaciones. Varios especialistas en estos asuntos hablan de una tendencia irreversible que hará, por ejemplo, que en Francia dentro de 10 anos se pueda emplear solamente al 50% de la PEA. Lo que quiere decir que la actual tasa de desempleo del 10% se verá entonces como prácticamente nada, de cumplirse estas proyecciones.
Aunque podemos dudar de ese 50% de desocupados en 2003, lo cierto es que la tendencia de base no posibilita dudas. No he visto el mismo tipo de proyecciones para EU y Canadá, pero ambos están sometidos a los mismos condicionamientos del cambio en las formas de acumulación y la tecnología; por lo que, importante consecuencia con respecto a México: nosotros no tenemos la culpa si las economías postindustriales tienen cada vez menor capacidad de generar empleos e ingresos masivos y están presentes en ellos tendencias de largo plazo hacia el desempleo crónico independiente de la integración económica .
En los países ricos (postindustriales) se está ante un verdadero cambio de modelo de desarrollo (agotamiento del entrópico) que implica una profunda transformación de las mentalidades no siempre fácil de asumir y mucho menos en el corto plazo. Ya se están aplicando una serie de medidas correctoras del desempleo, o por lo menos, que buscan frenar su progresión, mientras se apela a otras medidas estructurales. Identificar y habilitar las posibilidades de nuevos trabajos en servicios (guardianes de unidades habitacionales), reducción de horarios, incremento de las ocupaciones del tiempo libre, reciclajes/estacionamiento, etc., constituyen solo ejemplos de los remedios que hasta ahora constituyen nada más que paliativos para enfrentar las sucesivas oleadas de despidos.
El rechazo por parte del Congreso al plan de estímulos fiscales destinados a paliar el desempleo (alrededor del 5 de mayo del 93), constituye una indicación de las grandes dificultades que existirán para combatir el desempleo aun con medidas coyunturales que no solucionan las insuficiencias estructurales. Si el programa de combate al desempleo hubiera logrado la aprobación del Congreso, aun así, ello hubiera representado crear "empleos de beneficencia pública" (Cal Thomas en el diario "El Economista", DF, 28 abril 1993), que son meros paliativos a la deficiente creación de empleos por causas estructurales en los EU. Estos "empleos de beneficencia pública" consistían en (Ibídem): trabajos de verano, construcción de autopistas, coordinación del tránsito urbano, maestros de escuelas de verano, ocupación para jóvenes inválidos, etc.
El clima social tiende a enrarecerse. En primer lugar los obreros y mandos medios bien pueden redescubrir las conductas de los ludistas ingleses del siglo pasado que rompían las máquinas a martillazos. En segundo lugar los motines populares como en Los Angeles hace poco, no facilitan la convivencia y en todos estos casos se hace referencia al desempleo. En tercer lugar, la mundialización económica lleva a que numerosas actividades caigan bajo los efectos de la competencia internacional: los campesinos franceses o los pescadores daneses no pueden ganarle a la globalización económica, de no ser que se hagan más rígidas las barreras al comercio y se enfatizen las políticas nacionalistas y de bloque. Cabe hacer el mismo tipo de razonamientos para los agricultores estadounidenses protegidos tanto por las administraciones anteriores, como por la actual.
En el Sur todos los paliativos ante el desempleo que se aplican en los países centrales, no tienen mayor significación (redistribución de las plazas y los tiempos de trabajo, reducción de la jornada laboral, etc.). Aquí el problema es doble: hay que lograr una mucho mayor movilidad de la fuerza de trabajo, desde actividades de baja productividad a otras de alta, y, al mismo tiempo, hay que dar empleo real a enormes masas de desocupados y subocupados.
Independientemente de lo que digan las estadísticas oficiales, cuestionables las más de las veces, según la OIT en América Latina en 1992 el desempleo y subempleo llegó al 40% de la PEA, y es conocido que la PEA de nuestros países toma un intervalo de edad más amplio que en los países centrales. En base a estos datos someros y a una breve revisión de la historia reciente, me parece difícil negar que estamos ante un problema masivo y estructural causado por una insuficiencia endémica a nuestros estilos de crecimiento y que tiene mucho más que ver con la lenta creación de plazas, que con la sobrepoblación (que en realidad no es tal sino mala distribución espacial de la misma).
Con tasas de desempleo y subempleo como la indicada en el párrafo anterior, ¿puede decirse que una economía como la mexicana funciona bien porque hay estabilidad de precios corrientes, del tipo de cambio, superávit primario del gobierno, reducción del peso de la deuda pública, y otras indicaciones del cambio de tendencia con respecto a la década pasada ? Creo que hay que dudarlo seriamente, aunque sería injusto no decir que podríamos estar peor todavía, de no haberse revertido las tendencias montadas por la economía rentística con posterioridad a 1930 y que hicieron eclosión en 1982.(Sobre la economía rentística, véase mi artículo aparecido en "Análisis Económico" No. 21, segundo semestre de 1992).
¿Que mucho podrá ayudarnos el Acuerdo de Libre Comercio? En cuanto se traduzca en nuevos puestos aquí, si. En cuanto a que haya movilidad de la mano de obra hacia allá, queda pura y simplemente descartado durante la administración Clinton. (De manera significativa y no anecdótica, téngase presente la edificación de un muro en la frontera México/EU, al mismo tiempo que caía el Muro de Berlín). El señor Robert Reich lo dice con toda claridad en "La economía mundialisada" ("L' économie mondialisé", Dunod, París 1992): si facilitamos la interdependencia entre los EU y el resto del mundo (México), nuestros salarios tendrán como referencia el salario natural no de los EU, sino del resto del mundo. Ello implicaría una espiral degradante no solo de los salarios internos a los EU, sino de todo el régimen de seguridad social del Tío Sam. Conclusión inapelable: en materia laboral se recrudecerá el proteccionismo; por lo que recaerá en nosotros (México) la mayor parte del esfuerzo para abatir los niveles de desempleo y subempleo existentes. En la realización de ese empeño, la inmigración de tecnologías obsoletas intensivas en mano de obra más allá de las maquiladoras, podría ser facilitada por el ALC de América del Norte.
Por lo que tenemos un doble condicionamiento del empleo en México: por una parte, el perfil tecnológico y organizativo que se irá haciendo predominante en EU será cada vez menos creador de empleo masivo; y, por otra parte pero al mismo tiempo, México tendrá que superar la insuficiencia dinámica que tradicionalmente tiene para crear puestos de trabajo; cometido en el cual bien puede colaborar el ALC, pero no solucionar las tendencias poco empleadoras del largo plazo.
En general y hacia el futuro no tan lejano; este proceso actual de crecimiento con acumulación intensiva basada en tecnologías muy poco utilizadoras de la mano de obra, ¿ no estará minando los cimientos de nuestras economías de demanda efectiva y consumo masivo?, ¿no será una formidable manera de dualizar no solamente la economía de México, sino también las de los EU y el Canadá? Cabe responder por la afirmativa no en la perspectiva alarmista que podría adoptarse, sino en la identificación de una tendencia de base que puede dar lugar a la aparición de contratendencias. Y entonces podrá comprenderse que la asociación del ALC con políticas laborales demasiado basadas en los mecanismos mercantiles, podrían representar una acentuación del carácter dualizado de los mercados de trabajo y presiones renovadas, tendientes a incrementar el carácter excluyente de nuestras economías.
Todo lo anterior, siempre que no mediaren políticas correctoras de los automatismos mercantiles, tales como parece que serán la predilección de la administración Clinton en tanto que morigeradora del ultraliberalismo de los republicanos que lo precedieron en el poder. Al punto tal que algunos autores (Kenneth Swedel en el diario "El Economista" DF, 22 abril 1993) sostienen que la voluntad de la administración Clinton en establecer acuerdos paralelos con México obedece al deseo de desarrollar una política industrial, obviamente centrada en los EU. Afirmación ésta, que bien puede introducirnos en el contenido del próximo apartado de este artículo.
Promoción de sectores estratégicos
La década de los ochenta produjo una especie de macartismo intelectual como consecuencia de la indudable hegemonía del neoliberalismo. Particularmente en los EU, pocas, y valientes, voces se atrevieron a cuestionar los sacrosantos principios de la teoría tradicional de las ventajas comparativas. Hoy en día tomamos conocimiento que algunos miembros del actual staff de Clinton (Laura D'Andrea Tyson, Robert Reich), se estuvieron preparando durante los ochenta para cuestionar a esa teoría ricardiana, al mismo tiempo que transcurría la década pasada y con ella aparecían algunas contradicciones entre la teoría y la práctica del neoliberalismo hegemónico que justificaron las propuestas neoschumpeterianas que parecen inspirar en gran medida a varios dirigentes del equipo Clinton. Aunque al liberalismo (viejo o nuevo) le queda todavía un enorme potencial ideológico y político, no solamente en los EU, sino en el mundo entero y particularmente en los países ex-comunistas; pareciera que los noventa van a acarrear el declive del neoliberalismo mesiánico y, por lo tanto, macartista.
El tema de la política industrial que intentara desarrollar la administración Clinton viene al caso, para ilustrar lo que acabo de anotar, particularmente por la promoción que se espera lograr en cuanto a los sectores estratégicos, asunto que no puede menos que traer reminiscencias a los mexicanos, otrora preocupados en definir los sectores prioritarios del gobierno, y que ahora tendrán que discutir los sectores prioritarios de la iniciativa privada en función de la industrialización exportadora.
En EU el replanteo de esta problemática sobre los sectores estratégicos estuvo motivada en la siguiente situación. Los estadounidenses constataron que Japón y Alemania lograban éxitos competitivos por no aplicar un modelo ultraliberal, sino por introducir cierta dosis de dirigismo. La literatura económica, política y administrativa, dio cuenta de ello: Porter("The Competitive Advantage of Nations", The Free Press, New York 1990), Kennedy ("The Rise and Fall of the Great Powers", Random House, New York 1987), Albert ("Capitalisme contre Capitalisme", Seuil, París 1991), y hasta Crozier ("Cómo reformar al Estado", FCE, DF 1992, pág. 111 a 145), entre otros. Dentro de toda esta corriente de opinión, Robert Reich junto con Ira Magazinier (citados por Serge Halimi en el periódico "Le Monde Diplomatique", París, marzo de 1993), sostuvieron que en lugar de desarrollar las ventajas comparativas ricardianas, los EU tenían que especializarse en automóviles, informática. aeroespacial, y telecomunicaciones; es decir, en actividades de alto valor agregado dirigidas a una demanda nacional e internacional muy elástica. Se llegaba así a una opción en favor de una política industrial deliberada, y en contra del endiosamiento de los automatismos mercantiles.
Por otro lado y al mismo tiempo, surgía a la notoriedad Laura D'Andrea Tyson, Según esta autora, ("Who is Bashing Whom; Trade Conflict in High Technology Industries", citada por Daniel Gervais en el periódico "Le Monde Diplomatique", París febrero de 1993) pueden plantearse críticas con respecto a la teoría tradicional del comercio y la producción internacionales. Hoy en día parece convergir hacia las posiciones de Reich y otros "intervencionistas" del equipo Clinton, en cuanto hay que desarrollar y promover los sectores estratégicos de lo aeroespacial, la informática, y las telecomunicaciones. Y ahora dos aclaraciones. La primera es que lo de "intervencionistas" es un calificativo que proviene de la mentalidad ultraliberal que impera en ciertos medios norteamericanos. La segunda es que el lector familiarizado con las discusiones recientes de la teoría económica, no dejará de reconocer posiciones neoschumpeterianas en planteos como los que acabo de citar (sobre el particular, véase mi artículo aparecido en el nº 18/19 de la revista "Análisis Económico", segundo semestre de 1991).
El lector no debería deducir de lo expuesto que esta será la política industrial efectiva de los EU en los años venideros. El ala" dirigista" del partido demócrata (Reich, D'Andrea), así lo quisiera, pero no puede darse por admitida la supremacía política de esta ala "radical" de los demócratas. En este como en otros temas, el Presidente parece optar por una Tercera Vía mucho más condicionada por los grupos de presión y las circunstancias, que por la elección de una estrategia pura. Si el período Reagan/Bush pudo ser calificado de ultraliberal (Hands Off), el intervencionismo de los radicales del partido demócrata puede ser visto como dirigista (Hands All Over Approach). Por ahora todo parece limitarse al plano de la retórica, donde Clinton utiliza un tono más duro que el del librecambismo de Bush (promoción de sectores estratégicos), pero también cuidándose de exagerar la imagen proteccionista que podría resultar de esa dureza.
Los partidarios de la política industrial, por su parte, se apoyan en una teoría del crecimiento endógeno que en nuestros países ha sido divulgada por los autores cepalinos (Osvaldo Sunkel -compilador- "El desarrollo desde dentro", Lecturas 71, El Trimestre Económico, FCE, DF 1991). Estos partidarios del crecimiento endógeno en los EU son los mencionados Reich (ministro de trabajo), y D'Andrea Tyson (jefa de asesores económicos). La teoría del crecimiento endógeno sostiene que dada la prioridad en la promoción de las exportaciones, es necesario conformar en la economía doméstica un núcleo endógeno de crecimiento quien no tiene por qué identificarse con el sector productor de bienes de capital, sino que bien puede asimilarse con el flujo de innovaciones o aun con el sector servicios. En el caso de los autores norteamericanos indicados, todo ello se reduce a los sectores estratégicos o prioritarios (aeroespacial, informática, y telecomunicaciones), que no son otra cosa que el "eje electrónico" del cual han hablado hace tiempo los neoschumpeterianos.(Para la versión neoschumpeteriana en el caso quebequense, véase mi artículo del diario "El Economista", DF 24 junio 1992).
¿Cuánto influenciarán las limitaciones presupuestarias a la política industrial en los EU? Creo que mucho. En este sentido baste traer a colación que hace un par de meses el seór Reich pidió un apoyo de 60 mil millones de dólares para crear nuevos empleos y que, ante ello, la oficina del Tesoro recomendó atenerse a una estricta disciplina presupuestal. El Presidente Clinton optó por la segunda opción, mostrando que muchas veces las Terceras Vías son más que nada ilusiones forjadas por la publicidad política. El rechazo del congreso al programa de estímulos de 16 mil millones de dólares confirman perfectamente la tendencia.
En fin, de todas maneras no parece correcto esperar una vuelta pura y simple al ultraliberalismo de los ochenta. Aunque ahora los "intervencionistas" demócratas sostengan que las partes del mercado importarán más que las reglas del juego, contestando así decididamente las posiciones del neoliberalismo institucional (Gatt, Ronda Uruguay) hoy en ida en la oposición norteamericana, varios elementos de juicio llevan a pensar que la administración Clinton intentará una estrategia industrial que tendrá no pocas dificultades para asimilar el modelo alemán o Japones, porque el declive del modo de vida americano (rezago educativo, deuda pública, caída de la productividad, vulnerabilidad financiera) hace mas difícil cualquier política industrial y ésta en particular.
Sobre todo cuando las limitaciones presupuestarias no son pocas, al registrarse el déficit público más grande del mundo. Detengámonos entonces a comentar la fiscalidad Clinton.
La política fiscal
En su discurso del 17 de febrero próximo pasado, el señor William Clinton indicó cinco prioridades de su programa de gobierno: 1.- creación de empleos; 2.- inversiones a largo plazo; 3.- refundación del régimen de salud pública; 4.- reducción del déficit presupuestario del gobierno; y 5.- distribución equitativa de los beneficios. El nº 4 constituye el motivo de este comentario.
Clinton propone una reforma fiscal que nadie podría calificar de revolucionaria. Algunos dicen "con realismo", yo digo porque las cualidades de potencia hegemónica le permiten a los EU aplicar un ajuste estructural de terciopelo, bien diferente de los severos ajustes aplicados en América Latina durante la década pasada. Cierto es que de no introducirse las reformas en EU, al ritmo actual en 1998, se llegaría (Alain Frachon, en diario "Le Monde", París 19 febrero 1993) a un déficit igual al 8% del PIB con una misma composición presupuestal (partidas de gastos e ingresos) que la del presente. En cambio, de aplicarse las primeras reformas propuestas por Clinton, en 1993 habrá un déficit del 5% del PIB, en 1994 del 4%, en 1995 de un poco más del 3%, en 1996 de casi el 4%, en 1997 de un poco más del 4%, y en 1998 del 4.6%. O sea que si en 1992 estuvo arriba del 5%, de aquí hasta 1998 estará aproximadamente en algo más del 4% en promedio anual, y tal vez si cambie la composición del presupuesto. No será entonces algo similar a la revolución hacendaria de Calles (J. Iturriaga de la Fuente, "La revolución hacendaria de Calles", SEP Setentas DF 1976), ni mucho menos al ajuste fiscal de De la Madrid/Salinas, pero si será una pequeña revolución del Primer Mundo.
Hay varias cosas que acotar. En primer lugar, que todavía la reforma fiscal en un sentido amplio de la misma, es decir, incluyendo las ayudas para el combate al desempleo mencionadas anteriormente y aun los nuevos impuestos que serán propuestos con seguridad, tienen que pasar por el Congreso donde las presiones y los cabildeos de los afectados por la misma no van a ser menores. En segundo lugar, que el planteo de la reforma fiscal prevé un incremento más que proporcional de los impuestos, que la reducción del gasto. Aun cuando Clinton lograra todos sus propósitos fiscales "(cosa poco probable), su programa representaría 4.85 dólares más en impuestos por cada dólar de recorte de gasto (Cal Thomas en el diario "El Economista" DF, 28 abril 1993). Con lo que vemos que las rigideces de este último están reconocidas desde el principio, y que Clinton tiene en cuenta a los numerosos y muy importantes beneficiarios del gasto público, por ejemplo la clase media. En tercer lugar, que se renuevan los conocidos argumentos en contra del déficit público, ciertos, a no dudarlo: que el déficit es una hidra de mil cabezas porque mina la confianza de los inversionistas, desvía el ahorro, debilita la moneda doméstica, incrementa la deuda per capita, etc. Pero también es cierto que al entonar estos cánticos que satanizan al déficit público, podemos fácilmente olvidar que los resultados financieros del gobierno provienen de sus relaciones con la economía privada.
De todas maneras, con esta lucha contra el déficit más declarativa que real, Clinton pretende cooptar al 19% de los electores que votaron por Perot quienes son especialmente sensibles a estos temas. Con lo que se va perfilando la política de Clinton que hará viable, si puede, a una reforma fiscal que de ninguna manera se agotó con la promesa incumplida de no aumentar los impuestos a la clase media.
El Presidente no ignora, por supuesto, que el Congreso es un concentrado de presiones sectoriales y, por lo tanto, pretende apuntalar su reforma desde fuera, es decir, desde la opinión pública quien no sabe bien todavía si confiar o no confiar en Clinton, pero si que la docena republicana hizo arribar a la colectividad a un estado de saturación. Lo cual coincide con el hecho de que Clinton pretende reeditar una especie de New Deal (William Schneider en el diario "El Economista" DF, 13 abril 1993) que ahora como antes conforma un amplio abanico de grupos sociales.
Si al final de la administración Clinton se cumpliera !o que se afirma ahora en el sentido que el mayor peso de la nueva fiscalidad (70%) recaerá sobre todo en las rentas personales superiores a 100,000 dólares anuales, pareciera en principio que las clases medias no serían defraudadas como afirman algunos comentaristas. Pero en favor de estos últimos, cabe recopilar otros datos, para estimar cuáles serán los resultados finales de los aumentos de impuestos y de las reducciones del gasto, ambos sobre los contribuyentes agrupados por clases sociales.
El impuesto sobre las rentas de las empresas pasa del 34 al 36% en cuanto a tasa y el de las rentas personales pasa del 31 al 36% y habrá una sobretasa para los "millonarios" (no dispongo de precisiones en este último sentido). Clinton aumentó en 10 billones la reducción del gasto militar prevista por Bush. Y la alícuota fiscal para los pensionados ricos pasa del 50% al 85%. Al mismo tiempo se aplicará un impuesto genérico sobre el consumo de energía, que tiene como parte principal el consumo de gasolina, pero que no se limita al consumo del combustible para automóviles.
Con todo lo cual, Clinton se enfrenta en el corto plazo a tres agrupaciones de intereses: el Pentágono, las asociaciones de pensionados, y los camioneros. Es importante especificar los intereses afectados en primera instancia, porque mas allá de una aplicación ingenua de los principios de translación e incidencia impositiva, todos sabemos que quien termina por soportar la mayor carga fiscal es el consumidor final (donde numéricamente es claramente mayoritaria la clase media) y no los formadores de precios (clases altas). De lado del gasto, igualmente, las rigideces son más duras cuando se trata de agentes económicos con un alto poder de cabildeo (Pentágono), y más blandas cuando ese poder de presión es menor (beneficiarios del gasto social). Por todo lo cual, sí hay que considerar en serio la posibilidad que Clinton le haya mentido a la clase media, no solo por aumentarle las alícuotas fiscales, sino también por incrementarle la carga fiscal neta. Como condicionante menor, restan a precisar las conductas elusorias a que dará lugar la reforma fiscal de Clinton (sobre el particular, véase Martin y Kathleen Feldstein en diario "El Economista" DF 13 abril 1993).
En el sentido del gasto social, el acento estará puesto en la salud pública quien ha devenido muy cara, (representa el 53% del presupuesto de egresos), por lo que el recorte resulta inapelable, sobre todo porque Clinton aprovechará la ruptura del frente de los proveedores de salud, en tanto que el lobby farmacéutico apoya la reforma.
Con todo lo cual Clinton espera obtener 253 billones de dólares de ingresos fiscales nuevos en cinco años (Frachon op cit 19 febrero 1993). En este primer ano 31 billones de los que se destinarán 16 a los gastos del gobierno para crear nuevas plazas en el sector público; y 15 para estimular la inversión privada productiva. Finalmente, es posible que el Presidente cometió un error de perspectiva, al aceptar el consejo técnico de los asesores que le recomendaron reducir el déficit fiscal para, en esa medida, repercutir una baja en las tasas de interés (sobre este asunto véase mi artículo en diario "El Economista", DF 27 enero 1993) y un cambio en la tendencia del desempleo. Pero esos son temas tratados en otras partes de este escrito. Por ahora podemos subrayar que el pasaje por el Congreso puede modificar fuertemente el contenido definitivo de las reformas fiscales a partir de las autocorrecciones que realizará el propio Presidente para facilitar su aprobación.
Si los grupos de presión y cabildeo tienen gran importancia en el Congreso norteamericano que juzga las reformas fiscales de la nueva administración, semejantes tipos de grupos de intereses actúan sobre las medidas de comercio internacional. Este último es el tema del próximo apartado.
Presiones sectoriales internas sobre el comercio exterior
Raymond Vernon tiene dos referencias que viene al caso citar ahora. La primera: "El dilema del desarrollo económico de México", Diana, DF 1967. La segunda: "El ambiente exterior de México. Perspectivas para los anos noventa", en Brothers y Solis (compiladores) "México en busca de una nueva estrategia de desarrollo" Lecturas 74, El Trimestre Económico, FCE, DF 1992.
Según el autor citado y con respecto a la primera referencia, para que México perdurara en altas tasas de crecimiento económico, era necesario un cambio de funciones entre sector público y sector privado. Contrariamente a lo que puede pensarse a partir de este planteamiento, la obra no profundizaba en las implicaciones de esta alternativa, sino que hizo un planteamiento genérico susceptible de adaptarse a muy diversas situaciones empíricas. Hoy, en retrospectiva, me permito decir que el mencionado texto no realizó un análisis substancioso de la economía internacional, así como tampoco del caso mexicano.
Ahora, el lector interesado consultará tanto la ponencia del profesor Vernon, como los comentarios a la misma realizados por Jesús Reyes Heroles en la edición del Fondo de 1992 que anoté al principio. Por mi parte y como sintetizo en este apartado, cabe hacer algunas observaciones a la presentación de Vernon que parecen más que necesarias para situarse en la actualidad y la prospectiva de los noventa.
Resulta por demás aventurado pensar que en los EU predominará una tendencia progresiva hacia 1a liberalización de sus relaciones comerciales con el exterior. Como condicionante externo, se afirmará la política de bloques por lo que el "juego de ida y vuelta" entre proteccionismo y liberalización, será permanente. Hechos recientes como el conflicto comercial entre el MCE y los EU, o el asunto del acero entre los EU y México, nos ilustran el punto. Como condicionante interno a los EU, y de manera francamente contraria a lo que sostiene el senor Vernon, imaginar un sendero firme hacia la liberalización es tanto como suponer que los diversos grupos de presión se harán menos poderosos en el vecino del norte. En este sentido, tiene que servirnos como indicador el fortísimo período de gracia de que se ha beneficiado el Presidente Clinton.
¿Que la administración Clinton mostrará una "resistencia creciente del gobierno a los reclamos proteccionistas" (Vernon 1992, pág. 65)? No lo creo así; y si hubieran ganado los republicanos diría exactamente lo mismo. "Es probable" (quiere decir que es la línea de tendencia predominante), "que los EU intenten dar importantes pasos en la dirección de una mayor liberación, aunque no sobre una base global e irrestricta que ha sido típica de dichas políticas en el pasado" (Ibídem pág. 64). La tónica predominante de la política exterior estadounidense ha sido la bilateralidad y la aplicación de criterios sectoriales. Actualmente torna la vista hacia el sur del río Bravo, básicamente condicionado por la pérdida de posiciones competitivas en todo el orbe, pero particularmente en el MCE y en la zona japonesa. Me resulta difícil pensar a los EU en el pasado, como ejercitando una política exterior liberal, en forma global e irrestricta. Y por supuesto que tampoco en el futuro.
La visión de México que plantea Raymond Vernon también es cuestionable
Me llama la atención que Vernon no haga un puente con su obra de los sesenta sobre México, particularmente sobre algunos asuntos tratados en ella que siguen siendo tan importantes ahora como antaño. En primer lugar, las relaciones con las firmas transnacionales (tema en el que Vernon es un experto; véase el conocidísimo "Soberanía en peligro"). Hasta 1982 el gobierno mexicano adquiría poder de negociación en base a un amplio sector paraestatal del que era en gran medida propietario, y las firmas transnacionales venían a instalarse en la industria manufacturera para venderle al mercado interno. Ahora el sector paraestatal se redujo significativamente y las empresas internacionales vienen a instalarse para exportar. La base de poder que tendrán los gobiernos será cada vez más política y cada vez menos económica; la función de acumulación estará decidida de más en más por las empresas privadas (foráneas o locales) y cada vez menos por el gobierno. Por todo ello, este último necesitará protegerse bajo el paraguas de la soberanía, aunque acuda a un concepto actualizado de la misma.
Resulta indispensable diagnosticar la actualidad mexicana y hacer ensayos prospectivos en base al concepto de ventaja competitiva sectorial y nacional (Porter op. cit.) que no es lo mismo que ventaja comparativa. La ventaja competitiva consiste en la posición de dominio que se alcanza en los mercados en base a precio y calidad de los productos. Las ventajas competitivas se alcanzan, se conservan, o se pierden. Dado que México es un país rezagado competitivamente, es razonable pensar que se podrían obtener ventajas competitivas en los sectores donde existen ventajas comparativas. Estos últimos son fundamentalmente maquiladoras, turismo, y petroquímica. Aunque yo mismo no estoy más que enunciando el problema, creo que por aquí pasa la prospectiva más fructuosa (véase Luis Enrique Mercado en el diario "El Economista" del 5 de mayo 1993).
En el mismo sentido del párrafo anterior, cualquier ventaja competitiva tendrá lugar en la medida que se deje atrás la economía rentística heredada del pasado y se avance hacia una economía basada en las ganancias de productividad. El desafío competitivo es grande, como se puede someramente evaluar con lo dicho anteriormente. Y todo comienza con la expansión de las exportaciones no tradicionales, las cuales no sabemos si crecieron en los últimos años por orientarse hacia la competitividad creciente o porque aprovecharon la desreglamentación, el precio de la moneda doméstica, y algunas situaciones particulares del mercado estadounidense.
Creo, de la manera mas respetuosa, que la ponencia del profesor Vernon reproduce la tónica de los defectos de su obra de los sesenta: no enfoca lo más importante de la economía internacional, particularmente la de los EU, y omite los aspectos esenciales del caso mexicano.
Nuevas condiciones políticas del comercio exterior
La de Vancouver fue una reunión sumamente significativa por sus repercusiones en el estilo de gobierno de la administración Clinton, y aun como indicadora de los cambios en las condiciones de la política exterior norteamericana .
Desde Rusia llegó Boris Yeltsin en búsqueda de un espaldarazo internacional a su política que se consolidó dais más tarde con el apoyo del Grupo de los Siete; y muy particularmente con el plebiscito de fecha reciente. La opinión especializada no debiera caer en la confusión de una supuesta cadena de éxitos políticos de Boris Yeltsin, particularmente afianzada por los resultados de Vancouver, porque la ayuda norteamericana a Rusia que "obtuvo" Yeltsin y "concedió" Clinton, se trató fundamentalmente de fondos ya aprobados por el Congreso, aunque no utilizados.
Fueron aproximadamente 1,500 mill. de dólares distribuidos de la siguiente manera (Alain Frachon y Jean- Pièrre Langellier en el diario "Le Monde" 6 abril 1993): 700 mill. para compra de cereales, lo que permitirá en un plazo cercano que Rusia vuelva a formar parte de los grandes compradores de EU en este tipo de productos (los objetivos dobles de Clinton son evidentes). 194 mill. de ayuda o don alimentario, 30 mill. de ayuda médica, 145 mill. de ayuda al sector privado ruso: 50 para pequeñas y medianas empresas, y 95 para facilitar las privatizaciones, 25 mill. para formar un "cuerpo de militantes por la democracia" (no puedo dar mayores precisiones), 23 mill. para la reforma jurídica, los poderes locales, la prensa independiente y los intercambios universitarios, 6 mill. para viviendas de los militares repatriados, 38 mill. para la producción energética y el combate a la contaminación producida por los oleoductos. Y, finalmente, 215 mill. para el desmantelamiento y el stockaje de armas nucleares y similares. Nótese entonces que existen tres partidas de tres dígitos: créditos para compras de cereales a los EU, desarme ruso, y ayuda alimentaria; donde el primero y el tercero se refieren a un sector agrícola estadounidense seriamente afectado por la competencia internacional.
El segundo me permite ir imprimiéndole un giro al comentario. El desarme ruso es una cuestión de seguridad nacional para los EU. Al ayudar financieramente en tal cometido a Rusia, el Tío Sam gana influencia sobre el manejo de un stock de misiles y otros artefactos bélicos que no es de dimensiones reducidas. Al mismo tiempo, le permite tomar posiciones para la eventualidad de una descomposición acelerada de la situación interna de Rusia y sus vecinos. Y, sobre todo coincide con la explotación de una ventaja comparativa que aun hoy en ida es hegemonía: la militar.
Con el contenido del párrafo anterior nos vamos acercando a una compatibilización nada sencilla que tratará de lograr la administración Clinton. Por un lado debe seguir desarrollando su política de hegemonía militar mundial a fin de compensar la pérdida de competitividad en lo económico: si en 1980 los EU eran líderes mundiales en acero, automóviles, electrónica, máquinas herramientas, semi conductores, textiles, aviación comercial, y química, en 1989 lo fueron solamente en las dos últimas ramas. Por lo que aprovechar la ventaja comparativa militar es más que necesario; por lo tanto, la administración Clinton no enfrentará, ni nada que se le parezca, a los causantes de la proliferación de armas nucleares, químicas, etc. (¿quién provee de armas a los serbios?). Esto último en nada se opone a que se reduzcan las fuerzas norteamericanas acantonadas en Europa, por ejemplo.
Por otro lado, la segunda parte de la compatibilización indicada el principio del párrafo anterior consiste en desarrollar la tradicional política de paz, derechos humanos, y democracia. En este sentido, Clinton ha apostado a que Yeltsin es el hombre indicado para desarrollar no solamente a los mercados económicos, sino a los políticos en Rusia y, por lo tanto, en toda su zona de influencia. Apuesta muy riesgosa, en mi opinión, porque la tentación totalitaria es y será muy fuerte para los "gobernantes" del caos en el País de los Zares. Y allí la administración Clinton parece sucumbir ante un claro economismo: si Yeltsin es la opción menos mala en una economía convulsionada y al borde del desastre que hará zambullir (la expresión no es casual) a Rusia en la economía de mercado privatista, todos los otros componentes de la decisión de apoyo a Yeltsin quedan subordinados al principal, o sea, a que Yeltsin mercantilizará la economía rusa. Más en el mismo sentido anterior: antes de subir al poder Clinton/Gore afirmaban que habría que haber apoyado más y mejor a los sublevados de Tiananmen. Después de llegados a la Casa Blanca, rápidamente se olvidaron aquellos decires y se hizo fuerte la idea de que si los bolcheviques en el poder conducen a China hacia la economía mercantil, los EU no deben aislarse de la misma, ni de su dirigencia. Pragmatismo de gobierno, dirán algunos; sesgo economicista, digo yo; el cual relega, tal vez por inmanejables, las complejidades y conflictividades que acompañan las transiciones desde el capitalismo de Estado bolchevique hacia el capitalismo privatista. Y en este último sentido habría que tener mucha precaución en aceptar sin cuestionamientos, la idea de que Rusia va mal porque no crece, y China va bien porque tiene una alta tasa de crecimiento del producto.
De todas maneras, ahí está la compatibilización que tendrá que lograr la política exterior estadounidense de nuevo tipo y en muchos casos más como el de Yugoslavia y tantos otros (Perú, etc.). Sin olvidar que mercado y democracia no tienen por qué ser términos opuestos, sino que muy bien pueden ser complementarios. Esta es la óptica de apoyo a la reforma política como complemento fundamental de la económica que realizó Bush y que continuará Clinton.
Después de Vancouver, y como dijo Clinton, nadie sabe qué va a pasar mañana en Rusia. En general, los EU deben asumir una política con nuevos componentes que incluye como aliados explícitos a los bolcheviques, sean ellos renegados o reformados. Lo cual acarrea una clara obsolescencia de la mentalidad de la guerra fría que no siempre parece haber sido comprendida por muchas personas, algunas de ellas, lamentablemente, con altas responsabilidades en la política exterior norteamericana (ver Paul-Marie de la Gorce en el periódico "Le Monde Diplomatique", París noviembre 1991).
Obsolescencia de una forma de entender al mundo que está definida por las nuevas condiciones de la producción y el comercio internacional, cada vez más ligadas a la conformación de los bloques económicos en los cuales librecambio y proteccionismo no son términos excluyentes, tal como trata el próximo apartado.
Alternancia y complementación entre proteccionismo y libre cambio
Formalmente pareciera que la administración Clinton le dará poca importancia a la política exterior, o que tiene poco que decir de nuevo con respecto a los grandes trazos de esta temática planteada por sus antecesores. En efecto, una consideración del número de páginas dedicadas a este tema en los discursos del Presidente, en comparación al resto de los asuntos, así lo indicaría. Pero lo que acabo de anotar es una observación meramente formal: si estalla un conflicto generalizado en Europa Central, los EU y el Presidente tendrán que dedicar muchos esfuerzos a la política exterior.
La idea principal que debe iniciar cualquier consideración de la política exterior Norteamericana es que los EU ya no son más la potencia hegemónica exclusiva que fueron entre 1945 y 1975 durante la expansión del modelo entrópico y las formas de acumulación extensivas. Ahora el Tío Sam es uno entre tres, y, de cumplirse algunos pronósticos por el momento tal vez prematuros sobre China, pronto serán uno entre cuatro.
Para asumir de forma madura el desafío competitivo multipolar, todos los estadounidenses, incluido el Presidente, deben concientizar que el "sueno americano" es una bella metáfora. Que el declive (no dije decadencia), de los EU implica reconvertir el modo de vida del pasado reciente. Que la interdependencia creciente, en su caso, ella no es ninguna metáfora y quién sabe si bella o muy fea, sino un proceso totalmente real y en plena expansión.
Por todo esto, reorientar a los EU hacia el resto del mundo en las condiciones muy someramente evocadas, hace necesario contar con estadistas de talla, y no con meros comunicadores más o menos competentes. Para el bien de propios y ajenos, ojalá que esos verdaderos dirigentes de Estado ya formen parte del staff presidencial.
Algunos comentaristas incisivos dicen que los estadounidenses ven al Gatt como otra manifestación del "primero es América". No están lejos de la verdad: Clinton continúa, no termina ni innova, con la alternancia y complementación entre proteccionismo y libre cambio que ejercitaron Reagan/Bush, por no remontarnos demasiado lejos. El tono más beligerante en lo que hace a política exterior de Clinton con respecto a su antecesor, no sería una gran novedad de no tratarse de una preparación eventual del terreno para una guerra comercial franca y decidida.
¿Es posible ver en el programa de ayuda a Yeltsin un acto de proteccionismo económico y militar en gran escala? Si así lo fuere, este acto proteccionista se suma a muchos otros que ya ha dispuesto Clinton en su corto período de gobierno: contratos públicos, reglamentos que favorecen la producción domestica (Buy American Acts), barreras sanitarias, cuotas, derechos de aduana ad hoc, subvenciones, acuerdos de limitaciones voluntarias.
Dejando de lado la intensificación de la guerra comercial que tendría como objetivo esencial dividir a Europa, más que atacar a Japón (aquí también existe contradicción entre la campaña electoral y los actos de gobierno), mucho influenciará la situación interna a la inclinación de los EU hacia el proteccionismo o el libre cambio (no dije que desaparecerá ninguno de los dos). En efecto, varios sostienen que 1993 será el año de la recuperación en EU; pero otros tantos desconfían de que ella sea duradera. Y esta forma poco contundente de hablar no es responsabilidad mía, sino que las técnicas de estudios coyunturales no permiten mayor contundencia ni aún en los EU. De todas maneras es cierto que el último trimestre del año pasado representó una mejora substancial en términos de PNB y productividad, pero es conocido que esos datos coyunturales no bastan para dar por confirmada la recuperación, y menos aún que ella será sostenida.
Como complemento e ilustración de lo que acabo de anotar, según el Departamento de Comercio norteamericano (citado por el diario "El Economista" 5 mayo 1993 pág. 4), en el primer trimestre de 1993 el Indice de Principales Indicadores (una "canasta" estadística) cayó a su más bajo nivel desde la recesión de 1991, lo cual compromete seriamente las posibilidades de ver confirmada la recuperación en lo que resta de 1993.
De todas maneras, como primera aproximación, y nada más que como primera aproximación, podemos pensar que de haber mayor recuperación habrá más librecambio, y que a la inversa, a menos recuperación corresponderá más proteccionismo. Pero todo ello como primera forma de análisis, porque después seguramente aparecerán sectores particulares que justificarán políticas contrarias a la regla general, es decir, más proteccionismo con recuperación, y más librecambio con recesión. La forma de componer todo esto de manera inteligible, no es aferrarse a ningún esquema teórico en especial, ni afirmar ingenuamente que la política exterior norteamericana es errática (Vernon l992, op cit), sino recordar que esta política es esencialmente nacionalista y, por lo tanto, ejercida para compatibilizar proteccionismo con libre cambio actualmente dentro del desafío competitivo cada vez más definitorio para los EU y para todo el mundo.
En 1945 tal vez fue aceptable creerles a los teóricos de la economía pura que si los EU se encerraban en una política proteccionista, el mundo sufriría las consecuencias. En 1945, igualmente, fue más fácil aceptar que si el yen bajaba su precio, Japón exportaría más, y si subía, él exportaría menos. Hoy en día mucho ha cambiado en el mundo competitivo que se vive. Si EU se vuelca desmedidamente hacia el proteccionismo, sufrirá los efectos de boomerang de un comercio mundial que ya no tiene por patrón monetario exclusivo al dólar. Y Japón, por su parte, sigue siendo el gran exportador aunque el yen haya subido de precio sostenidamente.
En los años venideros, Clinton buscará nuevas formas de complementar libre cambio con proteccionismo, sabiendo que estamos muy lejos de 1945 cuando fue tan fácil creer en que "Dios es norteamericano" y en el mito de la insularidad que acompaña a esa creencia. Por lo tanto, podrá profundizar su proteccionismo y aún emprender una guerra comercial con Europa Occidental, pero no para abandonar el libre cambio, sino para replantearlo en un estadio superior.
Por lo dicho en el párrafo anterior, se hace oportuno ahora que puntualice algunas perspectivas para los próximos años de esta década.
Perspectivas para los próximos años
Ultimamente se han reunido varias circunstancias que proponen una franca profundización y desarrollo de las relaciones entre los EU y México. Por ambas partes, resta dilucidar si sabrán aprovechar esta promisoria etapa histórica.
Del lado mexicano, varios acontecimientos favorecen un acercamiento entre los proverbiales vecinos distantes. Con la caída del Muro de Berlín y la implosión del bolchevismo soviético, dejó de tener sentido la doctrina de la seguridad nacional anticomunista que se difundió en toda América Latina, aunque con menor penetración en México, pero que en todos lados fue una considerable limitante del desarrollo democrático de nuestros países. Con el advenimiento de la hegemonía ideológica y política del neoliberalismo planetario, no son solamente los gobiernos, sino también las poblaciones mismas quienes aceptan de hecho a esa era neoliberal y las formas de organización mercantiles tradicionalmente asociadas con el espíritu estadounidense.
Todo lo dificultosa que pueda ser, la transición y transformación democrática se asocia indisolublemente al desarrollo de los mercados, en nuestro caso ante la perspectiva de un acuerdo plurinacional con respecto a estos últimos. Nadie puede afirmar seriamente que habrá una relación idílica con nuestros socios comerciales del Norte, pero si sostengo que existen tendencias objetivas e independientes de la voluntad de los agentes económicos o sociales, que propenden un verdadero acercamiento entre los dos vecinos separados por el Río Bravo.
Del lado estadounidense, la Iniciativa para las Américas es la síntesis, aunque sea declarativa. de la nueva propuesta continental. Asentada fundamentalmente en la iniciativa comercial (las otras partes se refieren a inversiones y deuda), ella representa un haz de políticas esencialmente mercantiles que suponen implícitamente a cualquier alternativa de desarrollo como asociada al crecimiento y diversificación de los mercados privados. Sin lugar a dudas, dentro del conjunto de países latinoamericanos, es México quien más ha avanzado (probablemente junto con Chile), en el nuevo diálogo con los EU.
Dado que para estos últimos la necesidad de reorganizar sus relaciones de poder e intercambios con el mundo provienen de un proceso de largo plazo que lo condujo a su declive hegemónico, no parece que Clinton vaya a innovar demasiado con respecto a las grandes normas de política exterior que heredó de Reagan/Bush. Habrá una defensa retórica del multilateralismo, pero una práctica efectiva del bilateralismo, el cual, al mismo tiempo, se convierte en la vía factible para el planteamiento de soluciones multilaterales en un futuro no demasiado lejano.
Sin embargo, la producción y el tráfico de drogas parecen empujar, aunque no justificar, a los EU hacia medidas unilaterales (Panamá, Alvarez Machain) que desafortunadamente pueden repetirse en el futuro, no como parte de una política deliberada y perdurable, sino como reacciones determinadas ante hechos del mismo carácter.
Teniendo en cuenta lo anterior cabe reafirmar que es por la vía comercial y bilateral (la inclusión de Canadá estuvo "jalada" por la propuesta bilateral mexicano/estadounidense) que avanza en la realidad el contenido implícito de la Iniciativa para las Américas.
Espíritu o modo de concebir la política continental que inició Bush y que continuará Clinton a pesar de la corriente de opinión interna a los EU que pretende liderar y acrecentar Ross Perot. Y no deja de ser paradójico que esto suceda siendo que México es quien mas ha avanzado en los tres capítulos de la Iniciativa para las Américas: deuda, inversiones, y relaciones comerciales.
En el aspecto militar, México se ha destacado desde hace tiempo por tener cuerpos castrenses apegados al orden civil y al respeto de las autoridades constituídas. Ello anticipó, de alguna manera, la actual política norteamericana que reclama de los ejércitos latinoamericanos una aceptación y a aún promoción de los regímenes políticos democráticos. La cuestión de las drogas, nuevamente, parece indicar tratamientos particulares, ahora en las relaciones militares.
En general, la decidida prioridad de los EU en su política interna destinada a acortar los rezagos competitivos con Alemania y Japón, permiten prever consecuencias implícitas para México, más que lo que podría deducirse de una inexistente "carta de intención" con respecto a México. Por ello es que la puesta en práctica del Acuerdo de Libre Comercio está basada en procesos objetivos que no permitirán su erradicación, en todo caso su postergación o su celebración bajo formas alternativas.
En el sentido del párrafo anterior, no veo constatada hasta el presente la manera de inserción divergente que diagnosticó Frisch (en Osvaldo Sunkel -compilador- op cit) para México y los otros países latinoamericanos. Habrá particularidades, por supuesto, pero ellas no justifican una tipología con formas de inserción divergente para distintos grupos de países latinoamericanos. La estrategia continental es predominante sobre las particularidades nacionales, y si no, véase como vías uniformes de ajuste estructural permitieron la estabilización de diversas economías (Argentina, Chile, Bolivia, México) .
Previendo el futuro: ¿qué repercusiones tendrá el estllo de la Administración Cllnton en México?
1. La administración Clinton tendrá serias dificultades para abatir los índices de desempleo en su país. A pesar de que se pusiera en práctica el Acuerdo de Libre Comercio, el control de los trabajadores provenientes de México podrá endurecerse y no flexibilizarse.
En cuanto a los efectos del ALC en el empleo aquí en México, en una primera fase ese acuerdo podría favorecer la creación de plazas, pero dado que la mano de obra barata es una ventaja comparativa efímera, a largo plazo México podría ver incrementados los problemas del empleo. Todo lleva a pensar que durante la administración Clinton se estará en la primera fase indicada.
2.- Clinton y sus colaboradores han abandonado el ultraliberalismo, pero no el liberalismo. La política industrial buscará asentarse en la promoción de sectores estratégicos, es decir relativizando la normatividad de la "mano invisible", y tratando de reproducir la experiencia alemana o japonesa, menos ultraliberales y más cercanas a una especie de liberalismo dirigido.
El efecto demostración en México no se hizo esperar. Ahora, cuando la administración Salinas llega a su fin, vuelve a aparecer el tema de la política industrial con las distancias necesarias hacia las administraciones de gobierno anteriores (véanse artículos de Luis Enrique Mercado en los diarios "El Economista" del 5 y 6 de mayo 1993), pero subrayando la necesidad de una política industrial no intervencionista, pero que si fije ciertas prioridades, ciertas reglas del juego, y ciertas delimitaciones espaciales. Todo ello a fin de transformar la ventaja comparativa de algunos sectores (petróleo, turismo, mano de obra barata), en ventajas competitivas de una economía nacional que aún con cierto retraso descubre su vocación exportadora.
3.- El primer paquete de reforma fiscal ya pasó por el Congreso con substanciales modificaciones, sobre todo la que consistió en aumentar los impuestos a la clase media en lugar de reducírselos como prometieron Clinton/Gore en la campaña electoral. Los paquetes actuales (estímulos económicos para combatir el desempleo) y venideros (nuevos impuestos como los llamados "impuestos al pecado" -tabaco y alcohol- para financiar la reforma de la salud pública), estarán signados por otros juegos de presiones que modificarán en mucho las intenciones declaradas del Presidente Norteamericano.
Dado que la integración económica implica una uniformizaron fiscal, los pesos relativos de los componentes presupuestales en México ¿seguirán las mismas tendencias que en EU? Probablemente en el corto plazo no (Salinas aumenta el gasto social en los últimos años de su gobierno), pero en el largo plazo si. Mientras tanto, la desconcentración del ingreso en nuestro país seguirá esperando, tanto tiempo como tarde, en elevarse substancialmente la productividad de todos los factores productivos, particularmente el trabajo humano.
4.- EU se ha caracterizado desde siempre por recomendar el libre comercio, pero en practicarlo de una manera sumamente particular. Con ALC o sin él, la política norteamericana de los próximos años seguirá la misma tendencia dentro de la conformacion de la "fortaleza americana" a que lo obliga la competencia tripolar.
Parece quedar excluída en los EU una inclinación radical en un sentido o en otro, es decir, hacia una liberalización vasta y diversificada, o hacia el proteccionismo autarcista. Lo que no quedará excluído, será el pragmatismo nacionalista en función de los grupos de intereses sectoriales.
5.- Dado que con Clinton se define el nuevo acercamiento de los EU a Rusia y China, ¿podrá suceder algo similar con la Cuba de Fidel Castro? Todo parece indicar que no. Que en este caso caribeño existen viejos resentimientos desde la crisis de los misiles en los años sesenta, un fuerte peso de la comunidad cubana de Miami, y hasta razones emocionales que hacen irritativa la presencia de Castro para cualquier eventual acercamiento a los EU. Por lo que son de prever renovadas funciones de triangulación entre EU/México/Cuba.
6.- Aún en la suposición de que el lº de enero de 1994 entrara en práctica el ALC trilateral de América del Norte, las relaciones entre México y los EU no serán idílicas, ni nada que se le parezca. Las previsiones hechas con respecto a la solución de las controversias en ese ALC, serán instrumentadas intensamente. Las prácticas de dumping y otras formas desleales del comercio (uva envenenada cosechada en California), podrán implicar para México relaciones librecambistas o proteccionistas por parte de los EU. Una cosa es la teoría económica que profesan los intelectuales norteamericanos, y otra muy distinta es la práctica comercial de ese país con el resto del mundo.
7.- De manera hipotética, podríamos suponer que mañana William Clinton anunciara definitivamente que no habrá Acuerdo de libre Comercio, ni acuerdos paralelos; ni hoy, ni nunca.
Pasado mañana, el Presidente Salinas lanzaría una nueva iniciativa de integración de cuatro puntos (véase Anthony Salomon en Brothers y Solis -compiladores- op. cit.): (1) las maquiladoras interiores a México, no fronterizas, elaborarán solamente productos que hasta ahora of recen competitivamente los países del Sudeste Asiático; (2) no habrá negociación casuística, o de arreas de libre comercio sectoriales y particulares, sino secuencias programadas en períodos de 20 o 30 años; (3) México terminará de uniformar su régimen jurídico de inversiones extranjeras con la normatividad de la OCDE; (4) EU incluirá sistemáticamente la cláusula de la nación más favorecida para México. William Clinton apoyaría con entusiasmo la iniciativa.
8.- Y si nada de esto sucediera, es decir que no fuera puesto en práctica el acuerdo de libre comercio, ni se aceptara la relación bilateral especial del inciso anterior, México no caería en los tenebrosos abismos de la pobreza y el aislamiento, sino que debería replantear su estrategia de industrialización exportadora, para restablecer lo más pronto posible las expectativas positivas en los inversionistas internacionales. Para entonces, claro está, tendríamos un nuevo Presidente, quien tendría que relacionarse con una administración Clinton que en estos momentos se perfila como poco brillante.