Después de que por mucho tiempo se consideró que la única vía que tenía un individuo para aprender era en la escuela, y que para alcanzar el reconocimiento formal de sus conocimientos y habilidades debía cubrir determinados niveles o ciclos de formación escolar –que implicaban cumplir con una serie de prerrequisitos de escolaridad y edad, seriación de programas y cursos, entre otras condiciones de ingreso y egreso–, actualmente en diversos países, como el Reino Unido, Australia, Alemania, Francia, Japón, Corea y México, se empieza a reconocer y, sobre todo a valorar, que las personas aprenden de diferentes formas y modalidades, en distintos tiempos y ritmos, y también en distintos lugares.
Así, se empieza a cuestionar si la educación constituye una etapa finita en la vida del individuo y si la formación sólo tiene lugar en la escuela. Sin duda, y debido a razones históricas que no abordaremos en este trabajo, ambos aspectos constituyen características fuertemente arraigadas en la cultura del país y, desde luego, en los ámbitos educativo y laboral.
Sin embargo, es de observarse también que en la sociedad mexicana está gestándose un cambio sobre la forma de concebir y abordar el análisis de estas tendencias y sus efectos sobre la educación que se imparte en distintos niveles, especialmente, en el ámbito de la educación superior, por lo que muchos sectores, incluyendo al de los académicos, empezamos a revisar los modelos educativos que por muchos años han sustentado nuestra actividad docente con el fin de reformularlos a partir de considerar dos hipótesis básicas: primera, que la educación ocurre a lo largo de toda la vida de las personas; y segunda, que los aprendizajes significativos no sólo para el ejercicio profesional y laboral, sino también para la vida social, familiar, civil, e incluso, para la vida cotidiana de las personas, se logran, fundamentalmente, a través de dos vías: la educación y el trabajo.
Estos cambios de perspectiva de la
educación, constituyen tendencias que progresivamente nos conducen
a introducir modificaciones en las formas de planear, organizar, ejecutar
y controlar los servicios educativos que ofrecen tanto las instituciones
de educación superior –gubernamentales y privadas– como las acciones
de formación que se realizan al interior de los centros de trabajo
para capacitar, desarrollar y acrecentar el nivel de conocimientos de su
personal.
Cambios en el mundo del trabajo e implicaciones para la organización y la educación
El origen de estas premisas se explica,
básicamente, por las modificaciones que se gestan debido a la influencia
del cambio tecnológico en la organización de los procesos
de producción y trabajo, así como en la administración
de las empresas y de las organizaciones en su acepción más
general. El trabajo ya no se concibe como el esfuerzo físico que
se emplea para realizar una actividad o el cumplir con determinada secuencia
de tareas, invariablemente repetitivas y rutinarias. A partir de las posibilidades
que ofrece la nueva tecnología para introducir flexibilidad en los
procesos productivos y en los desempeños laborales de las personas
–y en este sentido–, para ampliar la capacidad de adaptación de
la unidad productiva a los cambios en el mercado, la idea tradicional de
trabajo rígido, especializado y circunscrito al puesto de trabajo,
se empieza a sustituir por un concepto más dinámico, integral
y demandante de nuevos conocimientos y amplias competencias para el trabajo.
Actualmente, el individuo debe poner
de manifiesto sus conocimientos, experiencias, habilidades y potencialidades,
no sólo manuales; especialmente las intelectuales. De manera que
el personal de las organizaciones no sólo sigue procedimientos y
repite secuencias de trabajo, sino que ahora también debe aportar
sus conocimientos al análisis y solución de los problemas
organizacionales y la toma de decisiones, para lograr adaptarse a los continuos
cambios en el mercado laboral y, en general, de la sociedad.
El contenido del trabajo y los perfiles ocupacionales se modifican no sólo por el cambio en máquinas y equipos (hardware), sino también por la nueva tecnología administrativa que cambia las formas en que se organizan los centros de trabajo, tanto en su interior como en sus relaciones con el medio que les rodea. En lugar de los puestos de trabajo fijos y especializados, organizados en una estructura jerárquica rígida con muchos niveles de autoridad, las organizaciones empiezan a funcionar con personal multihabilitado para desempeñar diferentes funciones, que se integran en equipos de trabajo autodirigidos y contribuyen en el análisis y solución de los problemas de calidad y competitividad de sus centros de trabajo, y que, además, cuentan con estructuras orgánicas planas que las convierten en organizaciones flexibles y con mayor capacidad para adaptarse a los cambios.
Frente a una actividad laboral que exige aporte intelectual, innovación y adaptación, la educación continua en y para toda la vida de las personas, se transforma en un elemento indispensable de la nueva organización productiva. En ese sentido:
Algunos especialistas, entre ellos Carlos Mancera (1997) señala que:
En algunos países avanzados se ha demostrado que en la creciente competencia por los mercados globales, la educación y el conocimiento juegan un papel relevante, en tanto que las nuevas industrias (biotecnología, telecomunicaciones, informática, entre muchas más) dependen más de la organización del conocimiento y del aprendizaje, que de recursos naturales, tamaño de empresas o materia prima.
Los países como México, a una distancia todavía considerable de los avances logrados por esas naciones, arriban a la sociedad del conocimiento con mayores dificultades y rezago económico y educativo que superar.
Es frecuente que en la docencia que
se practica en la educación superior se privilegie la transmisión
del conocimiento y no la investigación y la exploración como
medios para descubrir la ciencia y el conocimiento. De igual forma, se
observa el predominio de la enseñanza sobre el aprendizaje. Enseñar
es la acción del profesor que muestra algo, él es el protagonista.
Aprender es la acción del estudiante; sólo cuando se habla
en términos de aprendizaje se le reconoce al alumno el papel de
protagonista. Debido a la pasividad del estudiante y a la ausencia de mecanismos
que estimulen su creatividad, el espíritu crítico y su interés
por la investigación y la práctica, en alguna ocasión
Bernard Shaw, premio Nobel de Literatura, expresó: [...] mi educación
fue interrumpida por mis años escolares, lo cual nos muestra
la magnitud del reto educativo, que no se reduce únicamente a sus
aspectos cuantitativos de oferta y demanda, sino fundamentalmente de visión,
perspectiva, orientación y, desde luego, de recursos de apoyo, que
favorezcan las condiciones para un cambio integral que permita a la educación
superior responder a los retos y aprovechar las oportunidades que se presentan
con la transformación tecnológica, económica y social.
Gestando un nuevo paradigma educativo
La magnitud de esta transformación y de sus implicaciones para la organización y el mercado laboral, demanda también cambios en las instituciones educativas, a fin de que adapten su estructura y programas de estudio tanto a las nuevas condiciones de la sociedad, la economía, el empleo y las organizaciones, como a las cambiantes necesidades de formación de las personas.
En este contexto, la formación ya no debe entenderse como la simple adquisición o impartición –si lo vemos desde la lógica de la institución educativa– de conocimientos y habilidades para el desempeño de un puesto específico de trabajo o para el ejercicio de una especialidad académica, porque precisamente esto es lo que ya no se está requiriendo en el mundo productivo, organizacional y laboral. Ante tal situación, las instituciones educativas deben reorganizar sus servicios de manera que sean flexibles, de calidad y pertinentes con los nuevos requerimientos de la población, el empleo y la sociedad.
Una de las líneas de reflexión en la que mayormente han coincidido los analistas es que la organización de la oferta educativa por planes y programas definidos únicamente a partir de lógicas y objetivos académicos, están dejando de ser una opción viable para asegurar el nivel de calificación que se demanda a los egresados de instituciones de educación superior; lo cual se debe, básicamente, a que no se están considerando suficientemente las nuevas condiciones de la sociedad, ni las exigencias y características actuales y futuras de las organizaciones y el mercado de trabajo y, porque tampoco se tienen mecanismos flexibles que permitan incorporar y reconocer las diversas formas por las que un individuo puede adquirir, perfeccionar o actualizar aprendizajes.
Para enfrentar los retos de la sociedad del conocimiento, el Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI, presidida por Jacques Delors, propone que la educación se estructure en torno a cuatro aprendizajes, a los cuales denomina los “pilares del conocimiento”, éstos son:
–Aprender a conocer, que se relaciona con la adquisición de los instrumentos para la comprensión del mundo que nos rodea, el descubrimiento y el incremento del saber del individuo, que estimule la curiosidad intelectual y el sentido crítico y de aportación a la solución de los problemas que aquejan a la sociedad.
–Aprender a hacer, para influir sobre el propio entorno, poner en práctica los conocimientos, adaptar la enseñanza al mercado de trabajo y pasar de la noción de calificación a la de competencia, considerando que el mercado exige un conjunto de competencias no sólo de carácter técnico, sino también de comportamiento social, aptitud para trabajar en equipo, iniciativa y capacidad para asumir riesgos.
–Aprender a convivir con los demás, para participar y cooperar en todas las actividades humanas.
–Aprender a ser, que implica el desarrollo de la persona, así como el descubrir, despertar e incrementar sus posibilidades creativas y de emprendimiento.
En un mundo donde los recursos cognoscitivos
tendrán cada día más importancia que los recursos
materiales como factores de desarrollo, aumentará la importancia
de la enseñanza superior, por lo que las instituciones educativas
tendrán que elevar la calidad y pertinencia de la educación
que ofrecen, mejorar el potencial de investigación que permita hacer
progresar el saber, y a la vez atender las necesidades de la demanda, adaptando
sus programas a los requerimientos del empleo y la sociedad.
La formación de los administradores frente a un nuevo perfil de estos profesionistas
Ante una sociedad que tiende a privilegiar el conocimiento y las capacidades intelectuales entre los trabajadores de todos los niveles, el mercado de trabajo demanda profesionales de la administración altamente competitivos lo que, a su vez, exige a las instituciones de educación superior niveles de calificación cada vez más elevados de sus egresados. Actualmente, es frecuente que las organizaciones exijan de su personal que sea capaz de resolver problemas y de tomar iniciativas, trabajar en equipo, manejar lenguajes tecnológicos y procesamiento de información, capacidad de comunicación y de relaciones interpersonales, entre otras competencias indispensables no sólo para el desempeño laboral, sino también para la vida cotidiana.
Hoy en día, el campo de trabajo de los administradores se caracteriza por ser altamente competido, pues enfrentan una situación sui géneris en la que compiten no sólo con sus propios colegas de la disciplina, sino también con los profesionistas de prácticamente todos los campos del conocimiento; un administrador no puede sustituir a un abogado o a un ingeniero, pero ellos sí pueden desempeñarse como administradores, por citar un ejemplo. Esto, además nos indica que en la actualidad, la administración se ha convertido en una herramienta indispensable para el adecuado ejercicio profesional, sin importar la disciplina, carrera o profesión que se ejerza.
Como hemos apuntado, los avances de la ciencia y tecnología están gestando cambios en las formas de organización y administración de las empresas, lo que requiere también que los planes y programas de las unidades de enseñanza-aprendizaje se sometan a un proceso de revisión para modificarlos de manera que se adapten a las nuevas condiciones de la sociedad y el mercado laboral. La revisión incluiría, además de los contenidos temáticos, las metodologías de enseñanza-aprendizaje, la formación de profesores, la investigación, los sistemas de evaluación y la vinculación con el sector productivo. El propósito básico sería mejor su calidad y hacerlos congruentes con los cambios que se están produciendo en la teoría y práctica de la administración, lo cual se relaciona directamente con las nuevas formas de organización de las empresas y las transformaciones en el mercado de trabajo.
La exigencia de formar administradores que respondan a las nuevas necesidades y tendencias plantea, asimismo, el reto de revisar el paradigma educativo que por muchos años se ha seguido en las universidades que ofrecen estudios de licenciatura en administración y, específicamente, en la Universidad Autónoma Metropolitana en su Unidad de Azcapotzalco.
Frente a un tipo de organización que se orienta a la producción en masa, con tecnología fija y estructura administrativa rígida, basada en el puesto de trabajo y en una línea de autoridad piramidal, los planes de estudio para formar administradores se organizan conforme a los segmentos del mercado que se busca atender. En este sentido, existen planes y programas para la formación de administradores públicos, para administradores con énfasis en empresas del sector privado, o bien planes organizados por área de especialidad: mercadotecnia, finanzas y recursos humanos, entre otras. Desde luego que no está en duda su eficacia y utilidad, ya que para evaluar su impacto, se requiere de una investigación profunda que escapa a las intenciones de este trabajo.
Sin embargo, ante el escenario de la sociedad del conocimiento progresivamente las características de la demanda de administradores se vienen modificando, planteándole retos a las universidades que ofrecen estudios en esta licenciatura, que deberán atender en el corto plazo.
Actualmente, las organizaciones empiezan a demandar un nuevo perfil de administrador, a quienes se les requiere que sean altamente competitivos no sólo desde el punto de vista de las competencias técnicas del proceso administrativo y las áreas funcionales de la empresa, sino que también posean y desarrollen visión holística de los problemas humanos, sociales, económicos y organizacionales que enfrenta el país, así como conciencia del cambio y pensamiento sistémico.
A este respecto, Joseph O'Connor y Jonh Seymor, en su libro PNL para Formadores (1996), citando a Peter Senge en su famosa obra La Quinta disciplina: el arte y la práctica de la organización abierta al aprendizaje, señalan que de acuerdo con este autor, para crear una organización en aprendizaje permanente se requieren cinco disciplinas clave: la construcción de una visión común, entendida ésta como la definición de un propósito y una identidad para la organización que motive a todos sus miembros; el aprendizaje en equipo; los modelos mentales que son las creencias inconscientes de los individuos y los grupos que configuran su comportamiento y decisiones; la maestría personal en el sentido del compromiso con el perfeccionamiento de las habilidades y competencias personales; y pensamiento sistémico, al que se le explica como la capacidad para identificar, analizar y decidir en términos de las relaciones que se dan entre las distintas partes de la organización y en sus vínculos con el ambiente que les rodea.
En este tipo de organizaciones, el comportamiento orientado a la tarea ya no es suficiente; se requiere de un administrador con habilidades interpersonales para conducir equipos de trabajo hacia el cumplimiento de metas y objetivos organizacionales.
Por su parte, Ernesto Gore en su libro La Educación en la Empresa, al igual que muchos otros autores, sostiene que la nueva forma de funcionamiento de las organizaciones requiere de su personal tres tipos de habilidades diferentes, pero interrelacionadas: habilidades para resolver problemas; habilidades para identificar oportunidades, y, habilidad para vincular la tarea de quienes detectan oportunidades y la de quienes resuelven problemas. Todo dentro de la idea de que el resultado de las habilidades combinadas de sus miembros es mayor que la simple suma de cada una de ellas.
Grosso modo, lo descrito anteriormente constituye la imagen-objetivo del nuevo perfil de administrador que socialmente se está demandando, a la cual el plan de estudios y los programas de las unidades de enseñanza-aprendizaje de la licenciatura en administración deben responder de manera estructurada y sistémicamente.
En el marco de las tendencias sobre la educación en el mundo, planteadas por el Informe de la Comisión Internacional de Educación para el Siglo XXI de la UNESCO, citado anteriormente, y con el fin de contribuir en la definición de los ejes que orienten la revisión y adecuación del plan de estudios de la licenciatura en administración a las características del nuevo perfil de administradores, se propone fortalecer seis tipos de competencias en la formación de estos profesionistas:
– Las competencias que denominaríamos básicas, referidas al dominio del lenguaje, la comunicación oral y escrita, el razonamiento matemático, las relaciones interpersonales, uso de tecnología y detección, procesamiento y aplicación de información.
– Competencias conceptuales, que le permitan desarrollar aptitudes para identificar, interpretar, aplicar y evaluar conceptos que le proporcionen una base sólida sobre el origen y evolución del pensamiento administrativo, así como comprender y participar en el proceso del cambio organizacional.
– Competencias metodológicas, que fortalezcan el dominio del método científico y de diferentes metodologías para el estudio de los problemas sociales, económicos y humanos, y que a la vez favorezcan el conocimiento y aplicación de metodologías participativas de planeación, diagnóstico y desarrollo organizacional, así como la adquisición de habilidades para la consultoría y el asesoramiento en la aplicación y formulación de planes de mejora continua, calidad y reconversión de las organizaciones.
– Competencias técnicas, que proporcionen los conocimientos para el dominio y aplicación de la técnica contable y financiera, mercadológica, de recursos humanos y de producción, así como de otras técnicas como la evaluación de proyectos de inversión, la micro y macroeconomía, el derecho administrativo y laboral, entre otras competencias que permitan formar administradores con amplio dominio de la técnica, los métodos y equipos necesarios para el estudio y resolución de problemas, y la toma de decisiones.
– Competencias para la comprensión de los problemas sociales y la convivencia con otras personas, que desarrollen su capacidad para el análisis social y el trabajo con personas, comprender la integración y desarrollo de equipos de trabajo, la motivación, y los procesos de comunicación, liderazgo y negociación.
– Competencia para la investigación y el aprendizaje continuo a lo largo de toda la vida, que le generen el hábito por el estudio, el interés por la autoformación, la creatividad y la innovación, así como el deseo de superación y la búsqueda de nuevos aprendizajes, mediante la revaloración de la función de investigación.
A partir de las orientaciones propuestas,
la Universidad podría avanzar hacia la formación de un administrador
que responda a las expectativas de la sociedad, la economía y las
organizaciones, así como cerrar la brecha entre el producto que
se está ofreciendo y lo que demanda el mercado. El reto para el
siglo XXI será ofrecer un programa de licenciatura en administración
que responda a las necesidades del cliente, esto es, la sociedad y el mercado
de trabajo.