Gestión y estrategia / No. 14 / Julio-Diciembre, 1998 /
UAM - A 
DESDE UNA PERSPECTIVA HUMANISTA,  ¿ EN QUÉ VALORES FORMAR AL ADMINISTRADOR QUE CRUZA EL SIGLO XXI?

Martha Patricia López Garza
Ana Cristina Zubillaga 
¿Qué es la filosofía humanista?
¿Qué son los valores?
¿En qué valores educar?
¿Cuál es el papel del docente en la formación de administradores?
Conclusiones
Fuentes bibliográficas
 

El ingreso al proceso de globalización a través del modelo neoliberal no es la simple adopción de un proyecto económico, es todo un cambio paradigmático que trae consigo transformaciones económicas, políticas, sociales, culturales y también educativas. Como consecuencia, de unos años a la fecha se habla de homologación de profesiones para que los estudiantes estén preparados ante la competencia y desafíos que se avecinan en un futuro no lejano. Desafortunadamente, hablar de mejorar la calidad educativa se ha reducido a criterios cuantitativos que enfatizan los aspectos tecnológicos, mismos que, aunque son indispensables y benefician notablemente al futuro administrador, no deben ser los únicos, ya que los principios cualitativos en la formación de profesionistas es de gran trascendencia y tema de análisis del presente trabajo.

Es evidente que no es posible analizar la problemática de los valores y la educación al margen de la realidad que se está viviendo, donde, entre otras circunstancias, se observa que un 20 por ciento de la población controla el 83 por ciento de las riquezas existentes, en tanto que un 60 por ciento sobrevive con sólo un poco más del 5 por ciento; fenómeno que no se había presentado a tal escala en la historia de la humanidad (Gorostiaga, 1996).

Las cifras anuales destinadas al armamento por países del primer mundo son cuantiosas. En cuanto al consumismo, cabe señalar que se ha convertido en el valor sustancial de la sociedad contemporánea, en el que la publicidad ha podido transformar al ser humano en comprador compulsivo. Así, la cultura está siendo modificada por los medios masivos de comunicación, que juegan un papel determinante en la homogeneización de los estilos de vida, en la imposición de una nueva escala de valores a partir de esquemas provenientes del exterior, los cuales buscan no sólo que la gente desee y compre lo mismo, sino que no piense diferente (Alarcón, 1997). Esta cultura, orientada también cada vez más a lo tecnológico, se ha olvidado de la esencia del ser humano, provocando que se le vea en función de su utilidad (Bandini, 1990).

La educación, inmersa en este contexto, también ha sido afectada: las instituciones de educación superior se orientan a capacitar profesionistas competitivos, acorde a la demanda de trabajo independientemente de que ellos sean personas íntegras, éticas y comprometidas en la solución de problemas que aquejan a su país. Ante esta panorámica es prioritario que los profesionales que se encuentran inmersos en el terreno educativo están conscientes y se aboquen a la tarea de fortalecer la formación humana en las futuras generaciones.

Así, este trabajo refleja cuáles son aquellos valores que deben estar presentes en la formación de los administradores, para que estén cabalmente preparados para enfrentar los cambios que hoy se viven y lleguen a ser no solamente profesionistas competitivos en el área administrativa, sino seres humanos con principios éticos sólidos que les permitan actuar de una manera responsable con su entorno.

En la primera parte de este trabajo se plantean brevemente los postulados esenciales de la filosofía humanista así como una serie de definiciones acerca de qué son los valores intentando definirlos; mientras que en la segunda, se enfatiza cuáles son esos valores que el docente debe fortalecer en su práctica cotidiana con los alumnos, así como la trascendencia de su papel como formador de futuros administradores.
 

¿Qué es la filosofía humanista?

Carl Rogers, precursor de la psicología humanista en la década de los años cuarenta, genera una nueva concepción del ser humano que defiende los siguientes preceptos. La persona es valiosa por sí misma, independientemente de sus accidentes (edad, nivel socioeconómico, estado civil, nombre, nacionalidad, etcétera). La naturaleza humana es constructiva, digna de confianza. Existen situaciones enajenantes que pueden bloquear el desarrollo constructivo del ser humano, pero incluso en estos ambientes adversos, la persona conserva su tendencia hacia su desarrollo integral. La motivación básica del ser humano es su autorealización que le lleva a tender hacia el desarrollo de sus potencialidades.

La filosofía humanista no niega la existencia de impulsos agresivos, los mira como partes o elementos del hombre que surgen como producto de la enajenación en la cual el ser humano pierde contacto consigo mismo, se cierra y adopta actitudes defensivas. Esto le lleva a la incongruencia y la contradicción.

La salud es el vivir funcionalmente, como un organismo total, integrado y unificado; cuando el individuo no tiene necesidades apremiantes en los varios aspectos de su existencia. La agresividad aparece cuando se requiere defensa o protección con el fin de sobrevivir y desarrollarse. El aprendizaje que es significativo tiene que ser descubierto en la propia vida. Se puede confiar en la persona y en su innata curiosidad y deseo de aprender; el ser humano desea conocer nuevos horizontes y adquirir nuevas habilidades.

A partir de la hipótesis humanista de que el ser humano es digno de confianza y respeto, que posee desde su nacimiento una capacidad de autodirección que le permite la toma de decisiones y elegir sus propios valores, Rogers propone la educación centrada en la persona (Rogers, 1969).

Rogers plantea, entre otras cosas, que cuando la educación tiene como único objetivo la información y el desarrollo puramente intelectual del estudiante olvida que la persona es una unidad de cuerpo-mente-espíritu al que hay que formar de manera integral. Esta postura busca y genera seres humanos dinámicos, responsables y comprometidos a través de un proceso donde el maestro o promotor y el alumno se involucran activamente en una atmósfera de igualdad en el salón de clases, con participación que conduzca a la espontaneidad al pensamiento creativo y al trabajo autodirigido.

Es sorprendente que esta filosofía planteada tantos años atrás esté cobrando fuerza en los albores del siglo XXI, donde diversos filósofos de todo el mundo, como los reunidos en Ginebra el pasado 21 de agosto por la UNESCO, coinciden que es necesario colocar al ser humano en el centro de todas las cosas y donde éste deberá desarrollar cierto grado de humildad y superar la actual arrogancia que exhibe en los campos de la ciencia, la tecnología y la economía (Jakowska, 1998).
 

¿Qué son los valores?

Los valores constituyen un tema que ha venido preocupando a los seres humanos desde el mismo inicio de la historia. Muchos autores coinciden en que los valores no son fácilmente definibles, ya que tienen diferentes significados según el contexto en qué se piensen. En una concepción naturalista se puede decir que éstos tienden a preservar la supervivencia humana. En los linderos de la ética, los valores se expresan como “lo bueno”, lo que muchas veces depende del juicio del que habla y se vuelve un concepto subjetivo (Treviño, 1990).

Una, entre muchas definiciones que hablan de los valores, definen al valor como: algo libremente elegido de entre alternativas después de considerar las consecuencias de cada alternativa, que es actuado repetidamente hasta convertirse en patrón de conducta, que da dirección y significado a la vida (Smith, 1977:14). El autor considera que es necesario distinguir entre valores e indicadores de los mismos. Los indicadores son expresiones de un valor; las metas, ideales, aspiraciones, intereses, actitudes, uso del tiempo, del dinero, etcétera, indican un valor subyacente.

Los valores se encuentran en todos los modos de ser. Las personas tienen algo que les hace valiosos para alguien, por lo que no podría haber valores sin personas. En consecuencia, éstos tienen una dimensión personal y subjetiva y siempre deben estar subordinados a los seres humanos (Ocampo, 1998). Las personas eligen y rigen su vida de acuerdo con la jerarquía de valores que han ido adquiriendo a lo largo de su vida. Esta escala no es exactamente igual entre un individuo y otro, ya que depende en gran parte de los condicionamientos pasados, de su medio ambiente y de su educación (Raths, 1976).

Sin embargo, pareciera que en la actualidad uno de los problemas principales de la persona es llegar a determinar cuál deberá ser la base de un código moral para encontrar lo que se debe hacer; ya que algunos adultos mantienen actitudes débiles hacia la transmisión de valores y dejan a los jóvenes confundidos puesto que se encuentran expuestos a demasiados modelos a imitar. Sin embargo, para que una persona pueda desarrollarse plenamente debe tener un sistema de valores integrado, que lo capacite para elegir confiadamente y ser relativamente imperturbable ante las frustraciones que se le presentan.
 

¿En qué valores educar?

Todo ser humano nace formando parte de una sociedad, de un grupo social particular, de una familia. En este sentido se encuentra con sistemas de valores ya dados, que debe asimilar de maneras diversas en su proceso de socialización.

Como la persona es una unidad biopsicosocial, su desarrollo no puede entenderse más que como una totalidad; a través de la dinámica de las relaciones sociales va internalizando valores que rigen el comportamiento social (Gancia y Vallena, 1992: 35). Así, en la adquisición de valores y en la formación de una jerarquía personal de los mismos, la educación juega un papel básico. La escuela ha sido desde siempre un medio importante que la sociedad utiliza para transmitir sus valores de una a otra generación. La vinculación de los valores a la educación es inminente, ya que no es posible formar sin ellos.

En la formación de futuros administradores hay una serie de valores que se plantean como deseables porque son importantes para el desarrollo personal de ellos y de su sociedad. De este modo, es importante fomentar en los estudiantes: el hábito de reflexión y pensamiento critico que conlleve a la aproximación a la verdad, al preferir lo cierto sobre lo erróneo, a través del cuestionamiento y el diálogo (Delgado, 1995); ética en su desempeño profesional; compromiso comunitario; integración organizacional, orientando el trabajo a retos mayores que los esperados de las organizaciones en el siglo XX, haciéndolo más humano (Casares, 1994); honestidad, justicia, humildad, fidelidad a sus principios con una actitud positiva en el deber y en el hacer; sentido de responsabilidad en sus deberes y de exigencia en sus derechos, en un marco de respeto a los demás (Treviño, 1990).

En un programa de valores en educación establecido en Europa en 1990 se contemplaron una serie de principios sobre los cuales se podría edificar una educación humanista. Tales principios fueron: sentido de autoestima; respeto y tolerancia hacia los demás; sentido de pertenencia; sentido de responsabilidad social y aprecio por la importancia del aprendizaje. Estos fundamentos se hallan en el núcleo de todo aprendizaje efectivo porque es claro que sin autoestima nadie es capaz de aprender; al no tener respeto hacia los demás, nadie escuchará; al carecer de sentido de pertenencia, nadie se interesará. Igualmente, sin sentido de responsabilidad social, no es posible el progreso; sin respeto por la enseñanza, no mejorarán los conocimientos.

Hernández (1983) señala que entre los valores más significativos que sostiene y pretende promover la Universidad Iberoamericana se encuentran:
 


Valores personales
Respeto por la libertad humana, dignidad, responsabilidad, compromiso, amor, verdad, diálogo, apertura a otros valores. 
Valores académicos
Libertad de enseñanza, excelencia académica, diálogo interdisciplinario, claridad y profundidad en los conocimientos, aprendizaje significativo. 
   Valores sociales
Justicia social, conciencia de problemas sociales, solidaridad, formación social humanista. 
 

¿Cuál es el papel del docente en la formación de administradores?

Diversos estudiosos coinciden en que el rol del maestro es esencial en la formación de futuros profesionistas, no sólo en la construcción del conocimiento, sino como formador de valores, enseñando actitudes y formas de proceder en la vida a través del ejercicio de su propia práctica profesional, misma que contiene valores implícitos que son los que transmite día con día dentro del aula, en la relación cotidiana con sus alumnos ya que éstos son partícipes de cada uno de sus actos. Sin embargo, decirle a un docente que tiene ciertos deberes que cumplir más allá de la transmisión de conocimientos puede resultar, a primera vista, un atentado contra su libertad de ejercicio de la profesión; pero la formación moral de los profesores es tan importante como puede serlo su formación matemática.
 
La manera de proceder del docente ante sus alumnos (saber escucharlos, respetar su opinión, motivarlos a reflexionar, dialogar, cuestionar, estimular su sentido de responsabilidad, etcétera.) son elementos de la educación moral y el profesor debe estar preparado y consciente de los valores que transmite a sus alumnos.

Si se acepta que la profesión docente confiere un grado de autonomía, los comportamientos de las personas que la ejercen deberán ajustarse a un conjunto de normas y valores. Precisamente porque se trata de una profesión en la que se trabaja formando personas, es importante considerar la tarea de comenzar a plantearse qué se está haciendo, si se está haciendo, así como lo que se debe hacer y si se hace bien. Alarcón (1997) hace una interesante reflexión acerca de que valores como la democracia, responsabilidad, justicia, honestidad, respeto y libertad son construidos en la interacción cotidiana del maestro con sus alumnos, dentro del aula. El citado autor señala que la democracia sólo se enseña cuando se permite el diálogo con los estudiantes, respetando sus diferencias y brindando iguales oportunidades.

La responsabilidad se aprende a través del compromiso que el docente manifiesta con su ejemplo, siendo puntual, asistiendo regularmente, impartiendo el programa de estudio, etcétera, y es así como se llega a proyectar este valor. Asimismo, en cuanto a la justicia, cabe decir que los alumnos la viven y aprehenden cuando son evaluados, y aprueban o reprueban acertada o erróneamente. En cuanto a la honestidad, el maestro tiene una difícil tarea tratando de romper en los jóvenes esa creencia errónea de que lo primordial es obtener las cosas sin importar los medios usados para ello; sobre todo siendo capaces de honestidad hasta para reconocer que desconoce algo.

Por otra parte, en cuanto al respeto, el docente debe preguntarse si trabaja para sus alumnos, con sus alumnos o en contra de ellos. Finalmente, con respecto al sentido de libertad, cabe preguntar cómo se llegará a éste cuando las normas de comportamiento institucional, las formas de evaluar y enseñar son determinadas desde arriba y desde afuera por la autoridad, y el estudiante ni siquiera puede opinar acerca de cuál sería la mejor manera de aprender y cuando se atreve a intervenir es reprimido.

Shelton (1994) coincide en la gran relevancia que hoy en día tiene la transmisión de este tipo de valores en la formación de los estudiantes universitarios y que, dados los difíciles antecedentes familiares y la falta de vínculos sanos en la vida de muchos, esta formación se vuelve aún más significativa. Propone una serie de sugerencias para que el docente interesado pueda hacer uso de ellas.

Escuchar las experiencias que viven los alumnos: uno de los retos más difíciles para el docente es mantenerse interesado en la experiencia subjetiva de los jóvenes, ya que el profesor filtra las reacciones de sus alumnos a través de su madurez y minimiza lo que realmente tiene significado para ellos. La mejor forma de evaluar esta posible falta de sensibilidad es reflexionar periódicamente sobre las propias experiencias juveniles, recordando los miedos, dudas y preocupaciones experimentados.

Tambien es relevante ser un modelo a seguir: inculcar con el ejemplo; desde respetar el horario de clase, la opinión de los alumnos, etcétera., hasta lograr que la propia conducta sea un reflejo de los valores que más aprecia el docente. Emitir juicios de valor: que el profesor deje conocer su posición al alumno en el salón de clases; a pesar de que la responsabilidad profesional obliga a presentar cualquier tema en forma objetiva, el alumno necesita escuchar cómo el profesor ha llegado a tomar una posición moral sólida y ha enfrentado el proceso de discernir sus valores.

Formular preguntas: conversar de vez en cuando con los alumnos acerca de lo que están aprendiendo de sí mismos como seres humanos; cuáles experiencias han sido significativas; en qué son diferentes; quiénes han contribuido a dar forma a su vida;, qué proyecto de vida esperan llevar a cabo y cuáles valores se reflejan en éste, finalmente, lo que desean comunicar a los otros mediante las acciones de su vida futura.

Acentuar el compromiso y la responsabilidad es también, ciertamente, que una de las metas de la educación es la formación de la integridad personal. La integridad incluye la responsabilidad y la libertad de elegir conductas que sean fieles a los propios valores. Con frecuencia el alumno vive una división psíquica al evaluar sus propias responsabilidades: muy a menudo se siente inclinado a juzgar las debilidades de los demás; sin embargo, no examina en forma adecuada sus propios motivos y conducta, y no se cuestiona por cosas tales como: ¿qué influye en su comportamiento?; ¿cómo afecta su comportamiento a los demás? y ¿cómo puede su comportamiento dañarlo a él mismo?  Meneses (1978) indica que aunado a esto el docente debe transmitir entusiasmo, que al parecer es un grado más elevado del interés, y puede distinguirse como el sentimiento de agrado que acompaña a ciertas actividades, y que constituye un requisito indispensable de toda vocación.
 
            Características del entusiasmo

La Honradez. La auténtica enseñanza, sólo florece en una atmósfera de honrada interacción entre el maestro y el estudiante. La falta de honradez en la enseñanza se disfraza de formas diversas, como hacer alarde de la propia competencia en una disciplina con la cual no está familiarizado; desvirtuar los datos para encajarlos en el esquema de una teoría favorita. El maestro trata de dominar el material en cuanto es capaz de hacerlo, y, después, admite abiertamente su ignorancia más allá de este punto. Esta actitud honrada lleva al estudiante a formarse un cuadro realista de las cualidades así como de las limitaciones del maestro. Y, por lo tanto, éste aparece como una persona con la cual el estudiante puede relacionarse genuinamente. Por supuesto, si el maestro es incompetente, ningún grado de honradez puede salvarlo. La honradez está presente no sólo en el acto de enseñar sino en las motivaciones que tenga el maestro, básicamente si enseña porque la docencia le ofrece ventajas materiales, o porque desea enseñar.

            El compromiso con una materia

Si se trata de una persona honrada a quien alienta el vivo interés por la enseñanza, el requisito más importante para que alcance el éxito estriba en que esté comprometido con una materia particular, para dedicarse a enseñarla. La misión del maestro es única; trabaja durante largas etapas con personas jóvenes, no maduras y en sus hombros descansa la responsabilidad de educar. Otros profesionistas suelen percibir de inmediato los resultados de sus esfuerzos: sólo el profesor no suele ver el resultado global de su empeño; su misión es sembrar la semilla y dejar que otros contemplen el fruto de su trabajo.

Finalmente, cabe señalar que para que el profesor pueda realizar esta acción, primero debe tener presente la importancia que conlleva ser docente, las obligaciones que van implícitas en el proceso de educar, el tomar conciencia que con su conducta, lo quiera o no, está transmitiendo valores a los alumnos en cada palabra, en cada gesto y en cada acción que realiza.
 

Conclusiones

Después de la familia, es muy probable que el sistema educativo sea el que más influye en la formación de una persona. El docente es ante todo promotor de valores, y es el capitán del barco que dirige el rumbo a seguir de sus estudiantes. Su tarea va más allá de la transmisión de conocimientos; consiste en formar y propiciar el surgimiento de nuevos profesionistas que sean capaces de utilizar la tecnología en beneficio del ser humano, que trasciendan la esfera egoísta de crear un mundo altamente tecnificado, en pro de uno solidario, ético y responsable, comprometido; ya que: ¿sirve de algo toda la tecnología, si destruye su medio ambiente, si no erradica la pobreza?; ¿si no encuentra nuevas formas de organización social que respondan a las nuevas demandas de la sociedad?

En este siglo que se avecina se necesitarán administradores capaces de solucionar problemas, de pensar críticamente y no simples trabajadores habilitados técnicamente, o repetidores de información obsoleta. Profesionales con valores morales permanentes, con amor a la verdad, a la libertad, leales, honestos y solidarios. Así, la formación de administradores es todo un reto, que les permitirá estar a la altura de las circunstancias de todo lo que conlleva entrar al nuevo milenio.
 

Fuentes Bibliográficas 


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  • Bandini, Oscar, (1990), Las consecuencias psicológicas de las crisis de valores, Tesis de licenciatura, México, UIA.
  • Casares, David (1994), Liderazgo capacidades para dirigir, Tesis de licenciatura, México, UIA.
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  • Martha Patricia López Garza e-mail: mplg@hp9000a1.uam.mx
    Ana Cristina Zubillaga
    Profesores investigadores del Departamento de Administración de la UAM–A 

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