Gestión y estrategia / No. 14 / Junio-Diciembre,1998 /
UAM - A

Movimientos Sociales y Gubernabilidad en el momento acutual

Gilberto Calderón Ortíz 
El contexto

El concepto de sociedad
Movimientos sociales. Conflictos colectivos
Conclusiones
Fuentes Bibliográficas
 

El objetivo central del trabajo es realizar una reflexión teórica sobre los movimientos sociales que permitan situar el problema y algunas implicaciones para la gobernabilidad. También anotamos algunos de los rasgos más importantes a nuestro juicio sobre la globalización, pues consideramos que los movimientos sociales se incrementan con este proceso obligando a los aparatos del Estado a la búsqueda de soluciones.

Para la administración pública es importante conocer las causas de los movimientos sociales porque es ésta la que ejecuta la política para disminuir los riesgos de la ingobernabilidad. Para los estudiosos de las ciencias sociales así como para los funcionarios públicos y los dirigentes sociales, es conveniente contar con elementos para comprender las razones que subsisten en dichos problemas y observar los alcances y limitaciones de las medidas que se toman. Este trabajo es una aproximación inicial a un tema cuya importancia es insoslayable.
 

El contexto

La globalización de la economía a nivel mundial es una realidad que con seguridad se inició desde el momento mismo del descubrimiento de América Latina, es cierto que ya los países europeos, dado su desarrollo, en la búsqueda de nuevos mercados y zonas de explotación, destinaban recursos para alcanzar Asia Central, pero al toparse con nuestro continente se aceleran las condiciones para los intercambios comerciales –ahora sí– en todo el globo terráqueo. Poco a poco un nuevo modo de producción desplaza y/o se combina con otros, de tal suerte que en la producción y el comercio las relaciones capitalistas adquieren cada vez más importancia transformando a la sociedad, la cultura, la ideología, por lo que impactan al quehacer político.

No es preciso detenerse en reseñar la historia del capitalismo a nivel de Estados Nacionales ni en el plano internacional, sólo se indicará que su desarrollo apuntó hacia ambos planos, ampliando y conquistando mercados y extendiendo las relaciones de producción capitalistas, proceso que se realizó no sin resistencias ni cruentas luchas. Puede decirse que en la década de los ochenta las condiciones estaban dadas para que la globalización adquiriera una velocidad vertiginosa. En este proceso, el avance de la ciencia y su aplicación en el plano tecnológico traen como consecuencia que las empresas privadas produzcan cada vez mayor cantidad de mercancías y que los mercados resulten incapaces de absorber esa creciente riqueza,  la cual nunca antes alcanzó niveles como los actuales, capaces de satisfacer las necesidades de la población mundial. Sin embargo, la distribución de esa riqueza se hace cada vez más inequitativa aún en los países de alto desarrollo. Son razones estructurales las que impiden se resuelvan los problemas generados por la globalización, pues ésta determina, incluso, las políticas nacionales y la solución a los movimientos sociales.

La globalización puede entenderse como el proceso que tiende a borrar las fronteras económicas para que los movimientos de bienes y servicios no tengan restricciones. Pero es quizá el traslado de capitales –de un continente a otro y entre países a una velocidad casi instantánea, parte de ellos golondrinos y en magnitudes como otrora no se conocían–, lo más significativo de ella. Las empresas se transforman, urgidas por no perder competitividad en un mundo de luchas, pero también de cooperaciones y fusiones, cada vez más complejas (Reich, 1993:88; Drucker, 1996:93-95). Es indudable que la globalización tiene efectos positivos como lo son permitir la búsqueda de eficacia y eficiencia en las empresas y los gobiernos (Crozier, 1995), logrando ahorros y evitando el desperdicio y el despilfarro. Pero también tiene efectos negativos, como son, dice Emilio Zebadúa: [...] destrucción ambiental, crisis cíclicas, empobrecimiento creciente, conflictos, políticos, etcétera" (Zebadúa, 1997). En el caso de América Latina, las movilizaciones sociales son protestas por la implantación de la política neoliberal, que acompaña necesariamente el proceso de globalización, tal política  lleva al Estado a reducir su participación en la economía, vendiendo, si no todo, parte de su sector paraestatal; desregular la economía, y abrirse, –casi sin limitaciones, como no se hace en igual magnitud en otras latitudes–, al comercio internacional. Con el fin de abatir la inflación se reduce el gasto público, justamente aquél que permitía una cierta redistribución del ingreso a favor de los que menos tienen. Los gobiernos cumplen los acuerdos internacionales con organismos supranacionales que les imponen medidas restrictivas y controlan las variables económicas. Lo que podemos esperar en el futuro, con cierta certeza, es que crezcan las organizaciones sociales y se den movimientos con éstas al frente y, que en forma espontánea, pongan en riesgo la estabilidad política y creen problemas de gobernabilidad.
 

El concepto de sociedad

Como la sociedad es cuna de los movimientos sociales, es necesario recapitular el contenido del término. Éste ha dado lugar a interminables discusiones entre los especialistas en ciencias sociales. Lo hemos escogido en lugar de población, comunidad, colectividad, etcétera, porque, a diferencia de los anteriores, da una idea más cercana a un todo con organización e identidad. Es cierto que también pueden encontrarse esas características en las tres últimas, pero ellas forman parte de ese todo al que denominamos sociedad. Así la sociedad nos parece es más que la comunidad y la colectividad, y más bien éstas están incluidas en ella, por eso nos parece que comprenderla como un todo nos permitiría el estudio del comportamiento humano conocido como movimiento de masas o movimiento social, etcétera, que se expresa a lo largo y ancho de los Estados nacionales y, en mucha menos medida y con menos cohesión a nivel internacional.

Para Neil J. Smelser no hay definición de sociedad, pero si de sistema social y éste se constituye por la interacción, informal o institucional entre las personas; puede ser casual, sin mayor trascendencia, o bien perdurable y amplio, [...] como el de una iglesia, un sistema de mercado, aún una sociedad (Smelser, 1995:36). En los sistemas sociales se da la acción social que puede ser sólo de un actor; pensamos en un individuo, o la interacción de dos o más actores (Ibid:36). La acción social no es espontánea, tiene como componentes básicos: valores que orientan la acción del actor o los actores, por lo que la acción es deliberada; hay reglas o normas para alcanzar esos valores o metas; el sujeto o sujetos se movilizan; se organiza u organizan "motivados en papeles y organismos". Para alcanzar valores y metas; el o los actores, utilizan instrumentos como medios que van desde conocimientos hasta herramientas y aptitudes (Ibid). A nuestro juicio existe una combinación de elementos subjetivos y objetivos que guían a la acción social en un sistema o sociedad.

La influencia del sociólogo Parsons en Smelser es obvia, cuando el primero define explícitamente a la sociedad como [...] el tipo de sistema social que se caracteriza por el más alto nivel de autosuficiencia en relación a su ambiente, incluyendo otros sistemas sociales (Parsons, 1974:17). Los otros sistemas sociales son: los culturales, los de personalidad y los organismos conductuales. Se desprende entonces que la sociedad (sistema social), es el sistema más general de acción que da lugar a la interacción social concreta (Ibid:13). Los sistemas sociales son una abstracción que es necesario comprender en sus componentes básicos para el estudio de la interacción en la realidad. Visto por Parsons, desde el punto de los componentes del sistema general de acción, los sistemas sociales son subsistema, por lo que cumplen, el social, la función de integración; el cultural, el mantenimiento de patrones; el de personalidad, el alcance de metas; y el de organismos conductuales, la adaptación. En Parsons y Smelser entendemos que los movimientos sociales o el comportamiento colectivo es la movilización, la interacción social, que busca lograr metas a partir de una actitud valorativa dando lugar a la organización para alcanzarlas, utilizando para ello conocimientos e instrumentos.

Otro investigador, Marcur Olson, tampoco da su concepto de sociedad, pero si define al grupo como "la lógica de la acción colectiva". Éste se forman por un [...] número de personas que comparten un interés común y que pertenecen a una organización" (Olson, 1992:18). Nótese que utiliza el término acción colectiva y no movimientos sociales, comportamiento colectivo, etcétera. Es claro que puede haber individuos con intereses comunes, pero en tanto no los compartan y se organicen no forman un grupo. Se desprende que realizan acciones para alcanzar metas y objetivos; nos parece que un grupo implica el que haya, primero, una causa que los integre y, segundo, la comunicación cualquiera que sea el medio para el intercambio de ideas, opiniones y sugerencias.

Así pues, lo casual, la interacción, etcétera, genera un sinnúmero de preguntas. Para los fines de este trabajo nos interesa concentrar nuestro esfuerzo en la organización que tiene valores, normas, movilización; que utiliza instrumentos para alcanzar las metas u objetivos; esto es, que aglutina y realiza acciones, como el hacer o dejar de hacer.

Alain Touraine señala que hay ambigüedad en el uso de las palabras sociedad o sistema social (Touraine, 1987:16), y se muestra escéptico en cuanto a la cuestión de que en las sociedades modernas, dominadas por un pensamiento lejano a lo mágico-religioso, puede haber, de acuerdo con Weber, un principio central de [...] orientación de los actores y de la integración de los conflictos (Ibid:19). También, al igual que Smelser, señala que los actores se sitúan [...] a nivel de la historicidad y la producción de las grandes orientaciones normativas de la vida social (Ibid:19). La contradicción en una misma página salta a la vista, pues negar un principio central ello conlleva implícitamente que no hay grandes orientaciones, lo cual no puede sostenerse, pues en la realidad, incluso la ideología dominante, cumple con el papel de proporcionar grandes orientaciones.

Para nosotros la sociedad es a un entramado social donde se desarrolla el tipo de comportamiento que estamos analizando, y con el cual el grupo o grupos buscan modificar o preservar, para su provecho, un proceso que hasta ahora les es perjudicial o les ha beneficiado. El conflicto no es contradicción ni revuelta, sino forma social de la historicidad, de la producción de la sociedad por si misma (Ibid:91). Estamos de acuerdo en cuanto a que hay movilizaciones como producto de un conflicto, pero nos resulta difícil pensar que no hay contradicción ni revuelta, pues todo conflicto es justamente la manifestación de una o varias contradicciones.

Siguiendo con lo anterior, nos parece que Touraine reconoce que las orientaciones culturales dominantes no permiten que el individuo determine su vida, pero cuando pretende hacerlo se convierte en actor que busca cambiar las condiciones en que se produce su vida colectiva y personal. Si bien dice Touraine que rechaza la idea parsoniana de la sociedad organizada alrededor de ciertos valores, normas, estatus o roles, también señala que no comparte aquella que sostiene que la sociedad está dividida en clases sociales, donde se imponen los intereses de la clase dominante (Ibid:68-69). En el fondo retoma ambos posiciones, pues los actores tienen valores, estatus, etcétera, y poseen orientaciones culturales que definitivamente dominan y ante los cuales el regreso del sujeto, actor, implica su cambio de actitud para ser quien decida su vida social e individual.

Consideremos ahora a Alberto Melucci. Considera que el sistema social contiene una cierta cuota de moral y expectativas totalizantes hacia la felicidad, la verdad y la justicia (Melucci, 1985:803), en un contexto de interdependencia y globalización del planeta (Ibid:807). No encontramos una definición explícita en este autor sobre sociedad y sistema social, sin embargo cuando sostiene que existe una [...] continuidad entre comportamiento colectivo y las formas normales
institucionalizadas de la acción social (Ibid:802), nos parece que se apoya en la corriente de inspiración funcionalista, por lo menos los términos que utiliza eso lo denotan, no se diga ya el contenido. Es interesante observar que, a diferencia de otros, da peso a la interdependencia entre sociedades, lo cual compartimos.

Pero si ahora rastreamos en Marcor Olson, el concepto, vemos que da cuenta del término sociedad en un trabajo de 1971 y, si bien no la define explícitamente, la hace aparecer como un grupo que no tiene como base las relaciones consanguíneas sino que es complejo y variado a diferencia de las sociedades primitivas (Olson, 1982;28-29). A su vez James G, March y Johan P. Olsen, hablan de instituciones sociales, políticas y económicas, y aunque utilizan también el concepto de sociedad, es menos claro lo que implícitamente contiene. Anotan que una estructura institucional (conceptos también utilizados), tiene reglas, normas, expectativas y tradiciones. Páginas adelante, refiriéndose al comportamiento político, señalan que las estructuras políticas tienen además instalaciones físicas, edificios, etcétera. (March y Olsen, 1987:2). Consideran que actualmente enfatizan las ciencias sociales al observar que la [...] vida es caracterizada como toma deliberada de decisiones (Ibid:7-8). Parece que volvemos a encontrar los elementos constitutivos de sociedad, acción social y sistema social. Es importante anotar que también se pone acento en la parte activa de la organización: la toma deliberada de decisiones. Esto es, recordando a Max Weber, la acción social como un hacer o no hacer con un contenido subjetivo (Weber, 1984:6). Para nosotros es también toma deliberada de decisiones con el objetivo de lograr una solución única, que permita un proceso histórico eficiente. Tal solución se define luego de considerar una variedad de opciones.

Además del término eficiencia histórica, March y Olsen introducen el de equilibrio, pero éste puede o no alcanzarse, ya que en la realidad social los cambios pueden ser más rápidos y dejar atrás la meta fijada, en cuyo caso, cuando se alcance este equilibrio otras serán las metas pues las condiciones habrán cambiado (March y Olsen, 1987:10). Ambos autores atienden al análisis de las instituciones políticas, que sin duda son sociales pues hay interacción en los términos señalados por Parsons. Esto es: hay lucha y conflictos por el control del poder político.

Se considerarán otros trabajos como el de Wayne A. Cornelius: México contemporáneo: análisis estructural del caciquismos urbano (Cornelius, W.A, 1973), y en el Martha Schteingart, Autogestión urbana y derecho ciudadano (Schteingart, 1991). El concepto de sociedad no está presente en el primero, pero sin duda utiliza implícitamente el instrumental funcionalista, pues vemos que se habla de una respuesta de las comunidades a expectativas no satisfechas por lo que se generan organizaciones, valores, normas, movilizaciones, así como la utilización de instrumentos. Hay expectativas, equilibrios, desequilibrios, relación con los poderes políticos y procesos de cambio. La lucha interna y el juego político dentro y hacia el exterior señalan rasgos del materialismo histórico. Si en esta corriente con más frecuencia se hicieran trabajos teóricos y/o prácticos al nivel, no sólo macro, sino también micro habría más aportes importantes. En el trabajo de Martha Schteingart se utilizan, además del concepto de sociedad civil, el de Estado. La autora posee una concepción de sociedad propia del materialismo histórico, pues señala que el Estado, en la etapa neoliberal, provoca que los movimientos de autogestión urbanos sean una respuesta independiente que busca soluciones a través de la organización; su análisis se basa en algunas experiencias, pero no teoriza sobre los conceptos señalados.

Como bien lo dice Touraine, los términos sociedad, sistema social, etcétera, dan lugar a ambigüedades, y como hemos revisado algunos prefieren definir otros términos como organización, grupo o sistema social. La elección al escoger los términos contiene ciertos rasgos de arbitrariedad, pero quien se decide por un o por otros, tiene todo el derecho pues es la forma en que percibe y teoriza sobre la realidad; el problema es que quizá haya términos distintos que hablan sobre el mismo objeto.

El anterior repaso nos da una idea de la complejidad del problema. Para nosotros si es esencial señalar el contenido del concepto para, incluso, definir sus alcances y limitaciones. Como antes se dijo, resulta más manejable utilizar el término sociedad y por tal entendemos un conjunto de individuos que agrupados o no tienen interacción permanente y sistemática, comparten en diversos grados una identidad común y un espacio; puede haber grupos que no lo hagan: extranjeros, minorías, pandilleros, etcétera, pero (lo cuantitativo) debe ser que la mayoría de la población participa de la identidad en grados distintos. En la sociedad, más aún, hay desigualdades de diversa índole: culturales, económicas, políticas, etcétera. Contiene sistemas sociales, normativos, de acción, de personalidad. Siendo las instituciones elementos también constitutivos de la sociedad, sistemas normativos que regulan la conducta de los hombres, para los cuales los seres sociales tienen estatus y representan papeles y roles, entrando en interacción o no, permanente u ocasional. La sociedad contiene grupos para la defensa o no de sus intereses. Por otra parte, es mensurable, tiene cierta estabilidad pero al mismo tiempo se está transformando en forma lenta (larvada) o acelerada. Es claro que toda sociedad tiene una forma de producir y reproducir no sólo sus condiciones materiales sino también su forma de ser y de pensar social; contiene rasgos culturales que se comparten en mayor o menor grado. Sobre todo las sociedades contemporáneas –preferimos este término al de modernas– conllevan un sistema político que regula las relaciones de poder y decisión entre gobernantes y gobernados así como entre los distintos grupos sociales. Los gobernantes determinan junto a los grupos económicamente dominantes, tanto internos como externos, la política económica. El actual proceso de globalización adquiere un dinamismo que ocasiona desequilibrios que tensan la interacción entre las organizaciones, dando lugar a conflictos más complejos que demandan soluciones tocantes a la distribución de recursos.
 

Movimientos sociales. Conflictos colectivos

Es obvio que en la sociedad se dan acciones colectivas o movimientos sociales como son pánicos, motines o rebeliones. Aquí se entiende que un movimiento social puede reforzar, ser neutral o rechazar al sistema político. Sobre el particular hablaremos de los elementos que lo caracterizan, además del porqué y hacia donde va, como bien lo dice Melucci, quien señala: En el campo de la acción colectiva la falta de más conceptos adecuados dificulta llegar a desechar una noción como movimiento social (Melucci, 1985:799). Otra vez el concepto y su contenido es un reto. Melucci habla de campo de la acción colectiva y de los movimientos sociales, para él: Acción colectiva es el conjunto de las conductas conflictuales al interior de un sistema social (Melucci, 1976:99). Existe en la acción solidaridad y, por supuesto, un conflicto. Una situación conflictiva es la condición previa para un movimiento social, y éste, para alcanzar tal categoría, necesita aspirar a modificar los límites del sistema considerado (Ibid:99). El citado autor habla de conflicto cuando cuestiona el sistema de clases; lo plantea desde el materialismo histórico; por ello, si no está presente este aspecto no es un movimiento social y mucho menos se puede calificar de clasista. El señala que los movimientos son de tres tipos: reivindicativos, políticos y de clase; en el primero se cuestionan las reglas y se busca la redistribución de los recursos así como la reestructuración de los roles; el político pretende modificar los canales de participación política y mover las relaciones de fuerza; en cuanto a las reglas, romperlas; el último busca cambiar los rasgos estructurales del modo de producción (Ibid:99-100). No puede ser considerado desde esa óptica como acción colectiva el que, por ejemplo, una muchedumbre asista a un concierto de rock; en tal caso no hay conductas conflictuales, y es problemático definir esa muchedumbre que interactúa. No es el caso; en cambio, al reunir las condiciones anotadas por Melucci, cuando el concierto de rock es de protesta, hay interacción, comunión de ideas, etcétera. Que no sea un movimiento social es acertado, para serlo se requiere pasar a otro nivel organizativo y generar conflictos que salen del contexto del concierto.

Para Alain Touraine, como hemos visto, la acción colectiva e individual persigue instaurar el derecho de los hombres a elegir y hacer la historia (Touraine, 1987:12-13), el conflicto y su naturaleza es central en el análisis, pero pone énfasis en el problema de la historia [...] el control social de la historicidad y los modelos de construcción de relaciones entre, por un lado, un conjunto social que puede seguir llamándose sociedad por razones de comodidad, y, por otro, su medio (Ibid:49). En vez de acciones colectivas Touraine, habla de conductas colectivas y éstas son movimientos sociales sólo cuando pretenden transformar las relaciones de dominación ejercidas sobre los recursos culturales –la producción, el conocimiento, las reglas éticas (Ibid:94). Lo que evidentemente choca con los fundadores del materialismo histórico, pues separan producción (elemento de la estructura) de cultura (componente de la superestructura).

Siguiendo a Touraine, conductas colectivas no son la conciencia individual, sino la acción social en el sistema, pues [...] las conductas colectivas son heterónomas orientadas por restricciones económicas o políticas externas, o más aún impulsadas por un jefe que encabeza una secta o movimiento integrista y a quien se identifica con el orden a establecer. Sostiene que a la sociología no le interesa la conciencia individual, esto es comprensible, pero que la colectiva debe verse lejos de la conciencia de los actores (Ibid:95). Tal afirmación es controvertida si pensamos que la colectiva es la suma de las partes y más que eso, lo cual no excluye a la individual.

Touraine señala que El movimiento social es la acción, a la vez culturalmente orientada y socialmente conflictiva, de una clase social definida por su posición dominante o dependiente en el modo de apropiación de la historicidad, de los modelos culturales de inversión, de conocimiento y moralidad, hacia los cuales él mismo se orienta (Ibid:99). La introducción de las clases sociales y la historicidad es básica en su concepto; para el hay movimientos culturales y movimientos sociohistóricos. Un movimiento cultural sería, por ejemplo, la lucha de las mujeres contra el papel secundario que tradicionalmente se les asigna. En tanto que uno de índole político lleva a los grupos a movilizarse en torno a la disputa por la conducción del Estado y del desarrollo histórico. Como se ve, el sociólogo tiene un amplio margen para escoger sus campos de preferencia.

Marcur Olson, por su parte, habla tanto de comportamiento colectivo como de acción voluntaria, y de su contenido racional o irracional. El comportamiento colectivo es por supuesto distinto al individual ya que se distingue entre intereses individuales y de grupo. Sostiene que los intereses individuales son racionales y esencialmente individualista y por ello la conducta es egoísta, racional y utilitaria; en tanto que en el comportamiento colectivo hay intereses comunes ( Olson, 1992:40 y 70). El comportamiento colectivo es  acción voluntaria de los grupos y tiene pragmatismo, egoísmo y racionalidad. También habla de movimiento de masas realizado por grupos de presión, orientados ideológicamente, y, obviamente con intereses comunes.
Sostiene que se explican en términos psicológicos y también como efecto de la estructura social. No excluye la posibilidad del comportamiento irracional en los grupos de presión y hasta devoción fanática por un conjunto de ideas o por un líder. Para él la explicación de estos fenómenos es mejor proporcionada por la psicología y la psicología social que por la economía (Ibid:176).

Olson supone que los comportamientos colectivos se derivan de la disputa por los bienes colectivos. De paso, con mucha claridad cuestiona al modelo parsoniano que descansa en el supuesto de que la cohesión social es mayor cuando los bienes colectivos (públicos) aumentan. para él es justamente una hipótesis inversa, es decir: a medida que los bienes públicos aumentan la disputa por ellos incrementan los conflictos y disminuye la cohesión social. El conflicto es un elemento clave para Olson; que los comportamientos colectivos cuestionen el sistema social o lo reafirmen, es un tema de debate incuestionable. Las posiciones anteriores son sumamente sugerentes, la observación de la realidad indica que hay sociedades que responden al presupuesto parsoniano y otras que caen en el planteamiento de Olson. Definir los términos y señalar los parámetros, así como hacer una investigación profunda, resultaría interesante e ilustrativo.

También podemos introducir una planteamiento más: hay sociedades en donde los bienes públicos aumentan para posteriormente reducirse;, en algunas eso es motivo de incremento de los conflictos, en tanto que en otras, en circunstancias similares no sucede lo mismo. Una posible respuesta es que quizá los grupos sociales y sus condiciones ideológicas explicarían porque unos se movilizan y otros no. Por lo pronto, para el caso de América Latina encontramos que al disminuir los bienes públicos si aceptamos que las empresas públicas los incrementaban, y como sabemos estas subsidiaban bienes y servicios tanto al capital como al trabajo, al empezar en este rubro el Estado a reducir su presencia en la economía, entre otros con la disminución del sector paraestatal, desaparece empresas, sobre todo aquellas que subsidiaban a la población de escasos recursos, lo que ocasiona que, justamente a partir de la década de los ochenta, momento en que inicia la implantación de la política neoliberal, crezca el número de organizaciones no gubernamentales; lo cual indica que la sociedad se organiza para demandar y/o resolver lo que ya el Estado no puede hacer (Cardozo, 1996:76)

Tomemos ahora a Neil Smelser, quien tiene una definición expresa de comportamiento colectivo retomando a Blumer, lo cual en cierta manera, facilita el análisis, él avala que En sentido amplio, se refiere al comportamiento de dos o más individuos que actúan juntos o en forma colectiva [...] Concebir el comportamiento colectivo de esta manera sería abarcar toda la vida del grupo (Smelser, 1995:15). Es evidente que debe haber acción dentro del grupo. Como método, Smelser señala la posibilidad de estudiar el comportamiento colectivo con las mismas categorías usadas para el comportamiento convencional; ya que como proceso va de lo simple a lo complejo y [...] las formas más complejas incluyen como componentes los elementos encontrados en las formas más simples, pero no a la inversa (Smelser, 1995:40). Aclara que existe la idea de que el comportamiento colectivo debe verse como un proceso espontáneo y voluble; no compartimos esta idea; sería una forma simplista y superficial de observar la realidad. Con seguridad todo movimiento tiene algo de voluble y espontáneo, pero que esas sean sus características parece cuestionable, pues hay causas profundas que movilizan a los hombres solidariamente.

No haremos sobre el particular más que algunas referencias, pues los alcances del trabajo no dan, por el momento, para revisar en los autores citados sus propuestas para acercarse a la realidad, de suyo compleja en el comportamiento convencional y harto complicado en cuanto al comportamiento colectivo. Nos parecen también muy sugerentes dos propuestas de Smelser, la primera, en cuanto al método, habla de que el proceso va de lo simple a lo complejo, si es de exposición estamos de acuerdo, no así en cuanto al método de investigación. Este ir de lo simple a lo complejo debe ligarse con la "lógica del valor agregado", en el sentido de que el estudio debe considerar que el comportamiento colectivo es por etapas: hay elementos que deben agregarse para que se pueda pasar a la etapa siguiente. Por ello es que puede haber malestar en una población o comunidad, pero si no se dan las condiciones de conductibilidad, es decir de comunicación y catarsis, así como reuniones previas donde se preparen las condiciones, no es posible pasar a la etapa de movilización, pero aclara que tal cosa se aplica al pánico o al movimiento reformista (Ibid: 26).

El segundo aspecto destacable en Smelser es el referido a su ámbito de estudio: el miedo pánico; el furor, que incluye la moda, la manía, el auge financiero, la imitación y el resurgimiento religioso; el estallido hostil; el movimiento normativo –que incluye la reforma social–, el de tipo valorativo, que comprende la revolución política y la religiosa, así como la formación de sectas o el movimiento nacionalista (Ibid:14). Es indudable que los comportamientos colectivos presentan diferencias cualitativas al tiempo que rasgos comunes; no es lo mismo una revolución política que la moda o el furor, y tal como lo vemos, el problema de discernir entre ellos las diferencias y las semejanzas no es fácil aunque aparenten serlo.

Acotamos que en una revolución vemos movilizaciones e interacción vigorosas; en la moda la interacción casi es imperceptible pues únicamente se comparte una misma actitud en cuanto a la apariencia, y no necesariamente habrá interacción o comunicación, salvo la que se expresa al cruzar dos individuos por una calle. El que se hable de comportamiento colectivo en lugar de conducta, acción, nos parece más adecuado, –si bien conducta social también implica participación de valores, normas, etcétera, y acción social remite a conductas convencionales, como el cuidado de los hijos, por ejemplo. Más aún si habláramos de comportamiento social, sería muy similar a los términos de conducta, pero el que se diga colectivo ya implica la formación de grupos.

Como lo dice Smelser, se requieren por lo menos dos actores que actúan juntos y nosotros agregamos que también debe ser condición el efecto en terceros; no es comportamiento colectivo, por ejemplo, la intimidad de una pareja, y sólo lo es cuando se filma y se exhibe; aún así resulta difícil definir lo que es convencional, pues si la película se muestra en un cine sin mayor trascendencia, con seguridad es convencional, pero si causa protestas que trascienden la sala de proyección, podemos decir que ha generado un comportamiento colectivo. Lo no frecuente es precisamente lo que genera reacciones que van por etapas, procesos que se van integrando y para ser cada vez más complejos –el valor agregado– pasando por diversas fases que mueven en los individuos al menos parte de su comportamiento convencional para situarlos por momentos o con cierta permanencia en otros niveles.

Como vemos, el problema resulta complejo. Pero quizá sea determinante no sólo ver la conducta sino la actitud activa que presentan los seres sociales; esto es, se movilizan o no.

March y Olsen no tienen a nuestro juicio una definición de comportamiento colectivo, pero señalan que hay teorías sobre tal objeto que son simplificadoras de algo complejo, así destacan que se recurre a la agregación estadística en la que el resultado de, por ejemplo, una elección depende de factores sistemáticos y aleatorios para que: De esta manera, las suposiciones convencionales sobre la agregación imponen un orden estadístico a los resultados. Es claro que no va hasta el fondo y con ello la comprensión queda circunscrita de manera arbitraria para definir las suposiciones convencionales y entender por qué la población votó en un sentido o en otro. También critican que la eficiencia histórica que posibilita el [...] predecir el resultado de una complicada negociación política suponiendo que cada uno de los actores está actuando racionalmente sobre la base de una información completa acerca del otro y acerca del mundo, incluso si reconocemos que tales suposiciones son completamente falsas tomadas como descripción del comportamiento individual (March y Olsen, 1987:19). En lo anterior esta implícito el supuesto de que los actores no actúan en forma siempre racional, pero de ello a que los autores sostengan que: Resulta relativamente difícil de predecir cada suceso concreto de una historia en continuo despliegue, pero esa predicción no se afina al conocer la historia de las realizaciones pasadas de ese proceso (Ibid:31), es difícil de sostener, pues de ser cierto lo que decía Lenin no hubiera, a partir de las experiencias y de la historia y además de estar pulsando el sentir social lanzado su consigna de todo el poder para los bolcheviques. Lo hace en el momento en que las condiciones han madurado y no antes, evitando así lo que ha llegado a suceder en cualquier parte del mundo: abortar movimientos porque no existe la combinación de factores que se requieren. La eficiencia de la historia, concedemos a los autores, no nos da todos los elementos ni ninguna acción anterior puede servir exclusivamente de modelo, el que hay que seguir mecánicamente para definir, no ya instrumentar la acción lo cual también es posible, el curso de la historia. El analizar cómo se desarrolla el momento histórico presente es importante, pero eso tampoco garantiza que la predicción se cumpla. Un alto grado de cientificidad se requiere para poder prever la realidad futura.

Talcott Parsons señala que existen tensiones y conflictos en las sociedades, no define comportamiento o conducta colectiva explícitamente, pero una lectura que puede hacerse de su trabajo es que las tensiones y conflictos se deben a que los lazos de solidaridad –que es el cemento del edificio social que mantiene la armonía y la coordinación y que descansa en la lealtad, como proceso– se están adecuando permanente. Para Parsons los lazos de solidaridad son más fuertes al interior de los grupos en comparación de una sociedad con respecto a otra. Eso explica que las guerras entre naciones sean más frecuentes que al interior de ellas (Talcott, 1974:16-30 y 178). Así el comportamiento colectivo como una revolución surge de un proceso de diferenciación, –por tal se entienden todas las innovaciones que se dan en la forma de producir la riqueza, de administrarla, las nuevas ocupaciones, etcétera– que conlleva problemas de integración, y, si da buenos resultados se generan nuevos mecanismos de integración (Ibid:103). Este planteamiento de Parsons parece adecuado dentro de su apreciación de la sociedad como un sistema; es evidente que una revolución tiene los componentes señalados: valores, normas, acción social, instrumentos, que modifican los sistemas: el social, el cultural, los de personalidad y los organismos conductuales.

Sin embargo, no es claro como sitúa el origen de la revolución en sus causas más profundas, aunque es evidente que con tal proceso se pone en entredicho la función del gobierno, quien para el autor [...] tiene derecho a actuar en pro de la colectividad societaria en conjunto, en contextos de alcance de metas colectivas. Cualquier otra agencia que trate de hacerlo directamente, cometerá ipso facto un acto revolucionario (Ibid:32). Si surge un proceso revolucionario –pensamos– es porque el gobierno no cumple esta función para con sectores amplios de una sociedad, por lo que puede originar el establecimiento de alianzas entre grupos antitéticos. Todo proceso revolucionario se acompaña de un movimiento considerado entre de las teorías formuladas por Smelser para el estudio del comportamiento no convencional. La concepción parsoniana sobre el gobierno, implícito el concepto Estado, es la de un ente con metas colectivas, pero se puede sostener que se coloca en un plano formal, pues la realidad es la existencia de un sistema donde una minoría controla y fija las metas colectivas para su provecho, y esto se comprueba fácilmente cuando se observa la distribución inequitativa de la riqueza tanto al interior de las naciones como a nivel internacional.

Cornelius, por su parte, analiza el liderazgo urbano y lo considera un factor importante para los núcleos de población –núcleo parece un término similar al de sistema social–, para modificar las condiciones económicas, sociales y políticas. A raíz de una situación que se desea modificar se genera un conflicto entre las autoridades y los núcleos (Cornelius, 1973:570 y ss.). Hay entonces interacción y acción social, fijación de metas, organización, valores, normas e instrumentos para realizar la acción. El liderazgo es una forma social para que grupos sociales específicos canalicen sus demandas.

Cuando Martha Schteingart analiza la autogestión, la concibe como una forma en que se expresa la organización –no utiliza el término comportamiento colectivo, sino la expresión actividades sociales– que informalmente establece relaciones con el Estado y el resto de la sociedad. Para ella con relación a los trabajadores esta forma crece a raíz de la crisis o el desempleo, etcétera (Schteingart, 1991). Por supuesto que maneja los conceptos que la sociología estudia: organización, interacción, sistemas sociales, instituciones, y grupos entre otros. Pero consideramos que la autogestión se ubica entre los comportamientos convencionales, aunque tenga su origen en uno no convencional, pero una vez establecido y normalizado su funcionamiento, las tareas se vuelven cotidianas, siempre y cuando el sector gobierno no genere políticas públicas que trastoquen las relaciones con los procesos y organizaciones de autogestión, en cuyo caso, es probable que abandonen su quehacer rutinario y entren en periodos de efervescencia.

Para el estudio de la gobernabilidad tenemos que tener presente el supuesto de que las condiciones cambian tanto en instituciones formales como en  las informales. Robert Merton, en su trabajo Teoría y estructuras sociales, afirma: [...] las deficiencias funcionales de la estructura oficial generan otra estructura (no oficial) para satisfacer necesidades existentes de manera algo más eficaz (Merton, 1964:83). La estructura social es el gobierno con sus deficiencias es parcialmente el origen de estructuras y movimientos fuera de él. El anterior se explaya sobre la problemática de lo funcional y lo disfuncional, sobre funciones manifiestas y latentes, etcétera, que enriquecen tanto la teoría como el método para entrar al análisis del comportamiento colectivo. Rescatamos de Merton también su visión de las deficiencias de la estructura social y aquí, valga la redundancia, sería preciso analizar cuáles son producto del sistema y por lo tanto casi difíciles de superar y cuáles no, pues esto serviría para situar los alcances y limitaciones de comportamientos como los estudiados por Schteingart. Por supuesto que tanto Parsons como Merton tienen presente a Carlos Marx y otros pensadores análogos con los que muestran desacuerdos, pero es un pensamiento que influyó sobre ellos sin duda. Obsérvese la posición de Parsons cuando sostiene que: [...] solamente el gobierno tiene autoridad para utilizar la fuerza en general, solamente el gobierno tiene autoridad para la utilizar la fuerza socialmente organizada como instrumento de coacción. De hecho, el monopolio gubernamental eficiente de la fuerza es uno de los principales criterios de integración en una sociedad muy diferenciada (Parsons, 1974:31-32). Lo anterior recuerda de inmediato a Max Weber, quien a su vez siguió los aspectos básicos señalados por León Trotsky. Esa autoridad, de la que hablan Parsons y Merton, se acepta y legitima por la mayoría, los no privilegiados. Pero esto último ni por asomo, hasta donde hemos leído lo ven los últimos citados.
 

Conclusiones

Se ha insistido en que la definición de los conceptos es siempre pertinente. Luego de la revisión anterior, y siendo consecuentes, se nos obliga a aclarar cuál es la definición que se propone en este trabajo. Se retoma, pues, el señalamiento de Neil Smelser en el sentido de que existen comportamientos convencionales y no convencionales. El tipo de procesos que estamos estudiando cae dentro del segundo tipo. El comportamiento colectivo no convencional, aquel que genera movilizaciones conscientes y por lo tanto racionales, implica que necesariamente en la sociedad –ese todo complejo que incluye instituciones, normas, valores, etcétera– los individuos se agrupan para alcanzar ciertos fines que en condiciones normales no pueden alcanzar y que los enfrentan a otros grupos, instituciones,  y organizaciones de variada índole. El comportamiento señalado implica la interacción social, la fijación de metas y objetivos a la luz de los valores que se persiguen, así como formas normativas que determinan las conductas personales y de grupo. Por supuesto que lo anterior implica la utilización de la infraestructura subjetiva y objetiva para, como instrumentos, buscar los fines que se persiguen.

El tipo de comportamiento colectivo que estudiamos puede o no cuestionar la estructura, incluso puede apoyarla. Tiene un tiempo y un espacio donde se desarrolla y su permanencia como tal depende de múltiples factores que, de alcanzar los objetivos, puede convertirse en un comportamiento convencional, o bien, proceder de éste tipo de conducta y luego dar cauce a uno no convencional. En caso de no alcanzarse las metas, o termina ahí y se disuelve o puede dar paso a nuevas formas de organización. El comportamiento colectivo no convencional –el de interés en este trabajo–, tiene que ir cumpliendo etapas y utilizando la propuesta de Smelser, del valor agregado, que deben necesariamente cumplirse para dar paso a formas de interacción más compleja.

Se apuntó que nos interesa el estudio de los comportamientos colectivos que dan origen a las movilizaciones sociales y que obligan al Estado y al aparato del mismo a generar una respuesta para evitar que desemboque en ingobernabilidad. Por ésta entendemos  la incapacidad del gobierno para el control de la estabilidad política, social e ideológica, necesaria para el mantenimiento del sistema. En los actuales procesos de globalización de la economía, al interior de los estados nacionales que aplican como política económica los postulados del neoliberalismo, los desequilibrios conllevan el incremento de movimientos sociales que cuestionan las nuevas y viejas formas en que se produce y se distribuye la riqueza, así como los privilegios de todo orden que son prerrogativas de una minoría.

Nos parece que, observando a Touraine, los individuos y los grupos excluidos quieren participar en la construcción de la historia; él les llama actores, aquí, sujetos protagónicos. Sobre este aspecto particular, se sostiene que actualmente los trabajadores y sus organizaciones –a raíz del fortalecimiento de las grandes empresas transnacionales y de los grandes capitales financieros– dejan de jugar un papel principal, pues generalmente se subordinan más a los gobiernos nacionales, los que, a su vez, lo hacen con los grandes intereses.

El elaborar teorías y realizar estudios de campo sobre las condiciones actuales de los movimientos sociales, rastreando sus orígenes, permitirá observar las posibles alternativas que en el futuro aguardan a una sociedad que ha entrado, tanto en el nivel mundial como al interior de las naciones en cambios vertiginosos que obligan a la sociología, a la economía, a la administración y a todas las ciencias, sean exactas o sociales, ha realizar un esfuerzo interdisciplinario para desde distintos ángulos y enfoques estudiar esa realidad cada vez más compleja para, en su caso, llegar a propuestas viables que den solución a los reclamos sociales. La gobernabilidad, esa capacidad de control de la estabilidad política está en juego.

Indudablemente quedan tareas pendientes anotadas en las primeras páginas de este trabajo, como el teorizar sobre el problema del Estado, institución central, desde el punto de vista político en los movimientos sociales. Así como desarrollar los conceptos: gobierno, administración pública, políticas gubernamentales y políticas públicas, pero el hacerlo en este momento rebasaría los límites de este trabajo, sin embargo se apuntan solamente para que, como a nosotros nos parece, se visualice la complejidad del problema.
 

Fuentes Bibliográficas  


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  • Touraine, A. (1987), El regreso del actor, Buenos Aires, EUDEBA.
  • Weber, M. (1984), Economía y sociedad, México, FCE.
  • Zebadúa, Emilio (1997), "Globalización y gobernabilidad", Suplemento de La Jornada Semanal, México, diciembre 14


  • Gilberto Calderón Ortíz  e-mail: gco@hp9000a1.uam.mx
    Profesor investigador del Departamento de Administración de la UAM-A   

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