
1. Introducción
2. Ambiente
Externo
3. El
modelo exportador
4. Efectos
sobre las organizaciones productivas
5. Tecnología
y globalización
6. Conclusiones
7. Fuentes
Bibliográficas
Actualmente la mayoría
de las empresas que operan en la economía mexicana se enfrentan
a serios problemas para su desenvolvimiento, algunos de éstos, emanados
directamente de la crisis de 1994-1995, otros se remontan a la etapa del
cambio estructural que inició en los años ochenta, o bien,
son reminiscencias del antiguo modelo económico de sustitución
de importaciones, que se implementó a fines de los setenta.
En este ensayo se
pretende analizar, desde el campo de la administración, algunos
impactos del medio ambiente (léase del mercado externo) sobre la
estructura y el funcionamiento de las empresas mexicanas. Se consideran
especialmente las experiencias de la planta productiva nacional ante la
exigencia del modelo neoliberal, para incorporarse de lleno a la modernidad
globalizadora de los mercados mundiales, misma que se sustenta en el incremento
de la productividad, la reducción de los costos, y el aumento en
la calidad de los productos y servicios.
La principal intención
reside en señalar algunos fenómenos resultantes de la estrategia
de liberalización de los mercados, los cuales que nos permitirán
comprender y desarrollar algunas hipótesis en torno al por qué
la recuperación económica no ha sido posible y, en cambio,
sí se han deteriorado en forma progresiva el empleo así como
los niveles de vida y bienestar de los mexicanos.
Aspectos conceptuales
A fines de los años
cincuenta, buena parte de los teóricos de la administración
intercedieron en favor del uso del enfoque de sistemas abiertos para estudiar
a las organizaciones. Por otro lado, los acontecimientos económicos,
sociales y políticos internacionales de la época, plantearon
la necesidad de comprender el impacto que el medio ambiente ejercía
sobre las organizaciones. De igual manera, la necesidad de teorías
más integrales de la organización condujo a investigar la
interacción entre el ambiente y la organización.
Bajo la perspectiva
de la teoría de la contingencia, los resultados obtenidos durante
los años sesenta y setenta se sitúen los niveles conceptual
y empírico, a través de los trabajos de: Dill (1958); Burns
y Stalker (1961); Emery y Trist (1965, 1973); Thompson (1967); Lawrence
y Lorsch (1967); Terreberry (1968); Duncan (1972); Child (1972, 1975);
Khandawalla (1972), Neghandi y Reiman (1973) Jurkovich (19749; Jacobs (1974);
Osborn y Hunt (1974); entre otros. El eje conductor de estos estudios fue
la definición y caracterización del medio ambiente; de sus
dimensiones y su naturaleza.
Para Osborn y Hunt
(1974) el ambiente de la organización puede agruparse en, por lo
menos, dos categorías: el macroambiente y el ambiente de trabajo.
El macroambiente se refiere al contexto de un país o área
geográfica específica y comprende las fuerzas cuya importante
influencia se reconoce, aunque indirecta, sobre las características
organizacionales y el desempeño de la organización. De tal
manera, puede considerarse como el marco general en el cual operan todas
las organizaciones de un país. Farmer, Richman (1964), y Schein
(1965), indicaron por su parte que estas fuerzas pueden agruparse en categorías
económicas, políticas y socioculturales.
Respecto al ambiente
de trabajo, Dill (1958), lo define como el segmento del ambiente total,
que es relevante para el establecimiento de las metas de la organización
y la ejecución de las mismas, es decir, incluirá todas aquellas
organizaciones con las que el sistema u organización mantenga interacción
para sobrevivir y crecer. Osborn incluye aquellos factores que afectar
directamente la realización de los objetivos y las operaciones diarias
de la organización; tal como es la habilidad de la organización
para obtener sus recursos básicos, convertirlos en productos y/o
servicios y venderlos en el mercado.
Para Carroll y Huo
(1986), en cambio, el ambiente o entorno organizacional es susceptible
de observarse agrupado en dos niveles: el ambiente de trabajo y el ambiente
institucional. Se consideran dentro del ambiente de trabajo todos los factores
y actores externos que están directamente relacionados con la tarea
de la organización, específicamente las variables que definen
los elementos del flujo de trabajo, como la corriente de insumos y productos.
En el ambiente institucional,
se incluyen a todos los factores externos que afectan indirectamente la
organización, a través de normas sociales, de la estructura
de mercado, de los sistemas legales y de los sistemas políticos.
En síntesis,
el ambiente de trabajo podría reducirse a cuatro grupos de actores
o sectores. Scott (1981).
1. Demandantes del producto o servicio de la empresa.
2. Proveedores de los insumos de la organización.
3. Competidores.
4. Grupos de regulación
En el ambiente institucional
estarían circunscritas las creencias y reglas de la sociedad, así
como las formas en que éstas se introyectan a la organización.
a través de las instituciones económicas, políticas,
sociales y culturales.
Más adelante,
Richard Hall (1996), refiriéndose a la relación ambiente–organización,
consideró que cuando una organización decide la rama de operación,
también decide el mercado al que quiere acceder y, con ello, define
su ambiente de tarea, así como la posibilidad de establecer el dominio
sobre éste. Esto dependerá de las relaciones de poder o dependencia
que establezca, de tal manera que la organización tendrá
poder sobre su ambiente de tarea cuando sus decisiones afecten las decisiones
de los proveedores, clientes, competidores y entidades de regulación.
Por otro lado, la
organización tenderá a mantener una relación de dependencia
cuando sus decisiones se vean determinadas por los actores arriba mencionados
y, en la medida en que la organización consiga obtener control sobre
esos elementos, reducirá la incertidumbre ambiental para la toma
de decisiones.
En suma, el ambiente
se define como todo aquello que envuelve externamente a una organización.
Bajo este enfoque, la organización se observa como un sistema abierto
que mantiene transacciones e intercambios con su ambiente, por lo que todo
lo que ocurra externamente, influirá sobre la estructura y dinámica
organizacional.
La estructura y desarrollo
de una organización aparecen hoy, más que nunca, dependientes
de la interrelación que se establezca con el mundo externo.
En consecuencia, para
los teóricos de la contingencia las características del medio
ambiente son las que condicionan los elementos estructurales de las organizaciones
e incluso, su desempeño, por ejemplo, Burns y Stalker (1961) sugirieron
que la estabilidad del ambiente constituye una variable importante en la
determinación del tipo de estructura organizacional más favorable
para su operación, lo que los llevó a distinguir dos tipos
de estructura; la orgánica y la mecánica, encontrando que
la organización de tipo mecánica se ajustaba mejor a un ambiente
estable, debido a su mayor centralización y formalización
y que la estructura orgánica, con menor centralización y
formalización, se adaptaba mejor a un ambiente inestable o dinámico.
Con Emery y Trist
(1965) se identificó a la inestabilidad o tasa de cambio como una
dimensión fundamental para la caracterización del ambiente.
Lo que impulsó el surgimiento de estudios y mecanismos a través
de los cuales las organizaciones podrían adaptarse a esos cambios.
Thompson (1967) desde
un punto de vista diferente, definió al grado de heterogeneidad
o inestabilidad del ambiente, por el grado de incertidumbre que generaba
a la organización. Consideró que el mayor problema que enfrenta
la organización es poder contender con dicha incertidumbre y argumentó
que las organizaciones reducirán su incertidumbre en la medida en
que se establezcan estructuras que concerten con ella, por lo que propone
la formación de unidades de análisis que monitoreen al ambiente
de trabajo.
Al igual que Thompson,
Lawrence y Lorsch (1967), consideraron la incertidumbre ambiental como
una variable clave e, inclusive, llegaron a operacionalizar la midiendo:
1) La claridad de la información.
2) El grado en que la relación causa-efecto era conocida.
3) El tiempo de respuesta de la organización.
Por su parte, Duncan
(1972) distinguió explícitamente a la inestabilidad de la
complejidad, definiéndolas como dos dimensiones ambientales claramente
diferenciables. La inestabilidad es la tasa de cambio que sufre el ambiente,
y la complejidad, el número y heterogeneidad de los factores implícitos.
Khandawalla (1972),
identificó a la hostilidad como una dimensión diferenciada
que debería tomarse en cuenta, ya que una organización puede
vivir en un ambiente benigno o en uno hostil, en donde los obstáculos
pueden tomar la forma de un crecimiento de la competencia o de ataques
directos por parte de los cuerpos reguladores del sector público.
En 1984, Dess y Beard
contribuyeron a la reagrupación de las dimensiones establecidas
hasta esa época a través de un esquema de tres categorías:
munificencia, complejidad y dinamismo. La munificencia se define en términos
de la abundancia de recursos y de la capacidad resultante para sostener
el crecimiento de la organización. El dinamismo refleja la inestabilidad
ambiental y la complejidad, se define como la heterogeneidad y la concentración
de los elementos del ambiente. Este esquema proveyó la base para
desarrollos teóricos posteriores sobre la interacción ambiente,
estructura y desempeño de la organización bajo una perspectiva
integral.
Precisamente, Romanelli
y Tushman (1986), al revisar las investigaciones que explicaban la interrelación
existente entre el medio ambiente, la organización y su desempeño,
proponen su integración a través de tres modelos: el de control
externo, el de administración estratégica y el modelo inercial.
Los tres modelos consideran
la influencia del ambiente externo. Sin embargo, el modelo de control externo
sugiere que el ambiente ejerce la influencia dominante sobre las acciones
de la organización. El modelo de administración estratégica
considera el sentido inverso, esto es, será a través de la
estrategia que la organización seleccione e interprete su ambiente,
respondiendo a los elementos que no pueda cambiar y retomando los elementos
restantes para su propia ventaja. Por lo que se refiere al modelo inercial,
el ambiente, la estrategia o ambos, pueden tener una influencia preponderante
sobre la acción organizacional en sus primeros estadios pero, cuando
la organización se desarrolla, el tamaño y la estructura
implícitas se convierten en limitantes para las acciones organizacionales.
Además del
ambiente, la tecnología es otra variable de importancia, ya que
influye poderosamente sobre las características organizacionales
y puede ser interpretada como una variable ambiental –influyendo a la organización
de afuera hacia adentro– como si fuese una fuerza externa sobre la cual
la empresa tiene poco control. al mismo tiempo, se presenta como una variable
organizacional interna que afecta a los demás recursos y a la capacidad
de la organización para enfrentarse a su entorno.
A lo largo del desarrollo
económico capitalista, la tecnología se volvió sinónimo
de eficiencia y, con base en ella, se han establecido criterios para evaluar,
mejorar y comparar el funcionamiento de las empresas. Mientras más
sofisticada sea la tecnología, son mayores las oportunidades de
reducir costos, aumentar y mejorar la productividad y los niveles de competitividad,
tanto en los mercados locales como en los internacionales.
Finalmente, quisiéramos
referirnos a dos fenómenos que surgen de la dinámica de desarrollo
del modelo de producción capitalista; la diferenciación y
la integración.
La diferenciación
está marcada por la división de la organización en
subsistemas o departamentos, en los que cada cual desempeña una
tarea especializada dentro de un contexto ambiental igualmente especializado.
Esto es, si los ambientes específicos difieren en cuanto a las demandas
que plantean, aparecerán diferenciaciones en la estructura.
En cuanto a la integración,
ésta se refiere al proceso opuesto, es decir, ante las presiones
de globalización del ambiente se promueve la unidad de esfuerzos
y coordinación entre los diversos departamentos o subsistemas.
Estos dos fenómenos
también serán considerados en el análisis que a continuación
se presenta, sobre el impacto que el ambiente globalizador ha tenido sobre
el funcionamiento de las empresas mexicanas.
La apertura comercial
impuesta en los primeros años de la década de los ochenta,
tomó por sorpresa a los propietarios de la planta productiva nacional
debido, fundamentalmente, al resurgimiento de los principios filosóficos
de la teoría clásica de la economía, lo cual modificó
radicalmente la concepción que existía acerca de la intervención
e importancia del Estado en las funciones económicas; así
se transitó de un ente considerado artífice del desarrollo
y del bienestar, a un Estado mínimo, regulador de las funciones
elementales de la sociedad mexicana.
La importancia de
esta doctrina, denominada neoliberal, se basa en la eficiencia del mercado
como el regulador económico por excelencia. Éste rompe con
la tendencia proteccionista y hasta paternalista de la acción gubernamental,
en donde las empresas requerían del apoyo estatal para llevar a
cabo sus actividades, asegurándose, desde un mercado cautivo, hasta
los financiamientos, subsidios, concesiones, etcétera, que les permitían
mantener abiertas las fuentes de trabajo y sus ganancias sin importar la
eficiencia alcanzada ni la calidad de sus productos.
Con este esquema de
funcionamiento proteccionista, el desarrollo económico dependía
de las inversiones que el sector público canalizaba en forma directa
a las actividades productivas, y también en forma indirecta, a través
de los gastos de mantenimiento y construcción de la infraestructura
social y material que se requería.
La legislación
también apoyó al sector privado en cuanto al desarrollo de
las empresas mexicanas a través de la llamada Reglamentación
de Industrias Nuevas y Necesarias, lo que permitió la consolidación
de la élite empresarial, al restringir o fomentar las actividades
que se consideraban relevantes para la satisfacción del mercado
interno.
En el caso de este
modelo podría decirse que el ambiente institucional y de trabajo
al que se sujetó fue homogéneo y estable, lo que emplazó
cierta certidumbre para la toma de decisiones de los empresarios mexicanos,
todo lo cual repercutió en el diseño de estructuras organizacionales
no diferenciadas y poco innovadoras al evitarse la competencia al interior
del mercado internacional.
El actual modelo de
desarrollo, implantado en México a partir de los años ochenta,
tiene como objetivos la reconversión y la competitividad de las
empresas mexicanas, a través de una política de racionalidad
y austeridad económica, basada en la disminución de salarios
y costos, por un lado, y del aumento de productividad y la elevación
de la calidad de los productos y servicios, por otro.
Su crecimiento se
sostiene a través de variables externas, es decir, sus ejes de conducción
son las disposiciones de organismos financieros internacionales como el
FMI y el Banco Mundial, así como las necesidades de la economía
norteamericana enmarcadas dentro del Tratado de Libre Comercio de América
del Norte y la nueva Ley de Inversión Extranjera.
De esta suerte, el
país quedó estrechamente ligado al flujo del capital extranjero.
Lamentablemente, este ingreso de capitales se ha sostenido en los altos
rendimientos de los mercados de dinero y bursátil y no ha participado,
como algunos supusieron, a manera de flujo dirigido a la inversión
productiva, que hubiera permitido mayores niveles de empleo y bienestar.
Lo anterior evidencia su carácter especulativo y los bajos resultados
en materia de reactivación económica.
Es cierto que a partir
de 1995 se registró una mejora en los saldos de la balanza comercial
y de cuenta corriente. Esto es, en 1995 se pasó de un déficit
en cuenta corriente de cerca del 7% del PIB a prácticamente al equilibrio,
como reflejo del importante ascenso en la balanza comercial, que alcanzó
un superávit comercial de 7 mil 089 mdd., contra el déficit
de 18 mil 464 mdd. que contó en 1994, lo que representa el primer
superávit anual que se obtiene desde 1989. En 1996, la balanza comercial
mostró nuevamente un superávit del orden de 6 mil 415 mdd.
Hacia el primer trimestre de 1997 se presentó un superávit
comercial de 1,419 mdd. Lo anterior se explica por el extraordinario crecimiento
de las exportaciones no petroleras. (Banco de México, INEGI-CHCP).
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1995 |
1996 |
1995 |
1996 |
| Exportaciones totales |
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| Petroleras
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| No petroleras |
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| Extractivas
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| Manufactureras
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| Maquiladoras
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| Importaciones totales
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| Consumo
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| Intermedias
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| Maquiladoras
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| Resto
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| Capital
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| Balanza comercial
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7 088.5 | 6 415.0 | n.a. | -9.5 |
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Sector |
mdd |
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| Manufacturas |
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| Servicios |
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| Comercio |
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| Otros |
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Fuente: Dirección General de Inversión Extranjera, SECOFI.
Efectos sobre las organizaciones productivas
Como se ha señalado,
los avances económicos recientes generados por el enclave exportador,
reflejados en el mejoramiento relativo de las variables macroeconómicas,
como los saldos de la balanza comercial y en cuenta corriente, no han podido
favorecer a la planta productiva nacional ni a la sociedad en lo general.
Los efectos resultantes
han sido adversos para el grueso de las organizaciones del país
y se pueden clasificar en dos grupos: el primero, referido al cierre definitivo
de las empresas; y el segundo, expresado en las limitaciones que tienen
que afrontar las organizaciones que aún sobreviven en el país.
Como datos del primer
caso, destaca la situación de la industria pequeña de bienes
de capital que prácticamente está marginada de las obras
y adquisiciones de las dependencias gubernamentales y, como resultado,
se encuentra en estado de extinción latente, en virtud de que sólo
quedan 600 empresas de las 1200 que eran, lo cual refleja, no solo la desaparición
del 50% de ellas, sino la subutilización de su capacidad instalada,
al trabajar entre el 20 y 30% de su capacidad total. Con ello se confirma
la ruptura de las cadenas productivas en este sector, que mantiene un rezago
tecnológico es de hasta 40 años (Fuentes, 1997).
Otro ejemplo lo tenemos
en la industria textil, en éste, los resultados del dinámico
proceso de apertura comercial han forzado la desaparición de 320
fábricas y, con ello, a la pérdida de 4 mil empleos. En este
ramo el 95% de la planta opera sin créditos, razón por la
cual se carece de evaluaciones adecuadas para estimar el monto del capital
que se requeriría invertir para sacar adelante a las 13 mil empresas
que agrupa dicho sector (Román, 1996).
Con respecto a las
desventajas que tienen las empresas orientadas al mercado interno, se observan
dificultades en los ámbitos productivo y financiero, debidas a la
baja inversión en capital de trabajo – que registró un descenso
de 29% anual. En tanto que el mercado interno sólo creció
2% frente al 18.6% del mercado externo, según las últimas
estadísticas referentes a los tres primeros meses del año.
Así tenemos que la inversión fija bruta mostró una
tasa de crecimiento real de 18.1%, la que es insuficiente para cubrir las
necesidades de capital de trabajo en el sector productivo.
De ahí surge
otra limitación en cuanto a la opción sobre la rama o giro
de actividad, la que se ve sujeta a las decisiones y dinámicas de
las empresas de exportación nacionales o transnacionales que invierten
en el país, tratando de configurar conglomerados de proveedores
a través de la subcontratación de los procesos productivos.
Así ante la
estrechez del mercado interno, para que las empresas continúen en
operación. se ven forzadas a pactar alianzas estratégicas
que las subsumen a la lógica de empresas dedicas a responder al
mercado de exportación. Con lo cual limitan su capacidad productiva,
funcionamiento y adquisición de insumos, dependiendo de estrategias
externas, que de alguna manera dictan "instrucciones" para seleccionar
el segmento del mercado al cual se deben de incorporar.
Respecto al financiamiento,
encontramos que no es ni amplio, ni suficiente para satisfacer las necesidades
de nuevas inversiones o para pagar los altos intereses de los créditos
que se obtuvieron antes de la crisis de 1994, por lo que el pago de réditos
se elevó considerablemente, incidiendo en la incapacidad de liquidez
empresarial y dejando un grave vacío en lo que respecta a la satisfacción
de las necesidades productivas del país.
En efecto, el gasto en inversión tiene una barrera principal, el lento avance del mercado interno, que propició que las inversiones mantuvieran la participación más baja en el PIB. Mientras que en 1992 el coeficiente de inversión fija bruta era de 24.4% respecto del PIB, en el primer trimestre de 1997, se ubicó en 16.67% con respecto a dicho índicador.
Lo anterior favoreció la concentración de recursos en sectores privilegiados, así como la monopolización de las actividades económicas por parte de las empresas transnacionales, ya que la falta de capital propicia que éstas controlen la dinámica de las cadenas productivas, la producción destinada al mercado interno y la producción destinada a la exportación.
En otras palabras, se desarrollan aquellos proyectos que la economía norteamericana requiere. Proyectos ligados a sectores primarios y que apoyan principalmente la etapa terminal del proceso de producción y venta del producto.
La falta de proveedores
de tecnología viene a ser otro de los efectos a que se tiene que
enfrentar este sector de las organizaciones productivas, ya que ante la
imposibilidad de acceso a fuentes de financiamiento nacionales que satisfagan
sus necesidades, se ve obligado a acudir a las fuentes internacionales
que, con una política orientada hacía la modernización,
proporcionan tecnologías avanzadas para el país, pero que
en realidad resultan ser desechos industriales en sus respectivos países
de origen.
En lo que respecta
a la política interna llevada a cabo por el gobierno, encontramos
que estas empresas carecen de apoyos reales, tanto fiscales como administrativos,
para la realización de sus actividades productivas y en cambio,
encontramos la carencia de reglas claras, lo que entorpece excesivamente
los trámites administrativos, además de las complicaciones
y contradicciones que redundan en perjuicio del funcionamiento de las empresas.
Otra limitación
son las restricciones para incorporarse al comercio exterior, ya que los
requisitos que se solicitan para tener acceso a las políticas de
fomento a la exportación resultan inalcanzables, debido a que no
se tiene la capacidad para cumplir con las normas de cantidad y de calidad
que implementa la Organización Mundial de Comercio (OMC), por lo
que el famoso libre acceso a los mercados resulta un mito en la realidad.
De ahí que
la selección de sectores productivos, que reciben apoyo para la
exportación y para la incorporación de tecnología
de punta sean sólo siete: automotriz, construcción, telecomunicaciones,
servicios, electrónica, gas, petroquímica y financiero, los
cuales absorben el 60% de la inversión extranjera pues son considerados
redituables o con gran potencial para generar utilidades. Cabe destacar
que dentro de estos sectores productivos están las firmas empresariales
que forman parte del grupo de 500 empresas que tienen en sus manos
el 70% de nuestro comercio exterior y cuyo valor se estima en 65 mil mdd.
(CNI, 1997).
Las prácticas
desleales, que las autoridades mexicanas no han podido o no han querido
impedir, constituyen otro de los problemas que impiden el funcionamiento
y crecimiento de las empresas nacionales que, al mismo tiempo, enfrentan
prácticas de contrabando de productos competitivos, con subsidios
a los insumos y a los costos de infraestructura.
En este contexto,
la privatización de empresas del Estado y la llegada de grandes
capitales se convierten en los detonantes de una pugna que constantemente
se perfila por vías extralegales, entre ellas, se encuentra la llamada
kickback que son seguidas por medio de las transferencias bancarias que
revelan el flujo de los pagos. Esta práctica consiste en pagar un
precio documentado superior al verdadero y, posteriormente, devolver el
excedente. A la luz de la forma en que muchas dependencias oficiales en
nuestro país han operado, esta práctica no resulta del todo
desconocida ya que las mismas empresas argumentan en su defensa, que de
renunciar a pagar ciertos privilegios para la consecución de sus
negocios, la desventaja les representaría salir del mercado (FCPA,
1997).
Otro problema que se
presenta en el marco de la apertura es la situación de la sujeción
a cuotas compensatorias en los países importadores a que están
sometidos los productos mexicanos, práctica que implica represiones
comerciales contra algunos de los productos. Esto constituye una de las
medidas proteccionistas que se llevan a cabo y que acarrean en la competencia
desleal y la caída de la producción nacional, ya que no permiten
ser compensadas por los niveles de productividad y eficiencia de los productores
mexicanos (González, 1997).
Finalmente, tanto
la falta de capacitación como el desconocimiento y uso de las nuevas
tecnologías, en telecomunicaciones, sistemas computarizados e internet,
limitan la comunicación pronta y oportuna entre la empresa, sus
clientes y proveedores, aumentando los costos y disminuyendo los rendimientos.
Sin embargo, el problema fundamental por el que atraviesa la planta productiva
nacional es su baja competitividad, lo cual es debido a un sin número
de factores entre los que destacan:
Retomando la importancia
que dejamos marcada anteriormente sobre la influencia del ambiente y la
tecnología en el desempeño de las organizaciones, encontramos
que actualmente en los países industriales las empresas usan la
tecnología de punta para reducir costos (los microchips e internet),
lo que permite aumentar la comercialización de los productos y los
servicios de localización de mercados allegando la información
a un número potencialmente mayor de consumidores, con la consecuente
reducción de costos y precios. Lo que conduce a una mayor competencia
entre empresas por los mercados nacionales y extranjeros así como
por el mejoramiento continuo y la calidad de los productos.
Las corporaciones
en México comienzan a seguir la creciente tendencia mundial de instalar
internet y otros servicios electrónicos de telecomunicaciones, es
decir, redes privadas de comunicaciones dentro de la empresa basada en
TCP/IP (el estándar para comunicaciones) y tecnologías WEB,
46% de las corporaciones en el mundo, ya cuentan con redes internas y se
estima que el porcentaje se elevará a 70% en los próximos
tres años (Cisco, 1997).
Es evidente el alza
en la demanda interna por este tipo de soluciones, especialmente en la
parte aplicativa, pues en la mayoría de los casos la infraestructura
de redes ya existe; la razón de tal aumento es la probada contribución
en la reducción de costos en empresas e instituciones mediante la
mejoría en las comunicaciones, la mayor productividad y competitividad,
además de su fácil uso y acceso a nivel global.
Un ejemplo de ello
lo constituye la Secretaria de Agricultura, Ganadería y Desarrollo
Rural (SAGAR), que cuenta quizá con la mejor intranet de alcance
nacional: tiene varias aplicaciones de producción y una interfase
que toma la información de los diferentes procesos –que pueden manejar
información en excell e inclusive tecnologías antiguas, como
cobol o bases de datos– y la convierte y presenta en formato HTMM para
así contar con la información más actualizada.
Otro caso ilustrativo
es el del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) que hoy despliega
una red interna con una cobertura de 800 puntos a nivel nacional, la cual
le permite el ahorro de personal en procesos internos (como contestar llamadas
telefónicas o atender solicitudes de información), ya que
mediante internet o red interna el empleado se "conecta" y toma él
mismo los datos que necesita.
Por otro lado, tenemos
que se realizan alianzas estratégicas entre empresas para formar
fuerzas de valor agregado que tienen como objetivo proveer soluciones completas
al mercado de telecomunicaciones (Riva, 1997). La comercialización
de productos y servicios se verá impactada por internet, que ha
logrado penetrar en el ámbito de la mercadotecnia y conseguido reducir
los costos en el soporte a clientes, reclutamiento y selección de
personal además de la búsqueda de información. La
tecnología de intranet -redes corporativas internas con recursos
de intranet– permitirá que las empresas aumenten sus ingresos y
reduzcan los costos.
Por su parte, las
actividades de comercio exterior vía internet, están potencialmente
habilitadas para satisfacer cinco áreas de necesidad: información
comercial; enlaces con clientes y proveedores; herramientas de trabajo;
comunicaciones y servicios interactivos y aplicaciones distribuidas. Internet,
con sus más de 50 millones de usuarios en todo el mundo, provee
oportunidades únicas, aunque no exclusivas, para el fomento de enlaces
comerciales.
Sin embargo, con tan
pocos mexicanos conectados a internet, actualmente es probable que otros
medios más tradicionales, como el radio, la televisión y
la prensa ayuden más a una empresa a promoverse en mercados locales
y regionales, por lo que internet no es una herramienta imprescindible
de mercadotecnia, y parece que no tendrá éxito en el corto
plazo (Sinclair, 1997)
Visto el ambiente que
rodea a las empresas mexicanas, podemos considerarlo como turbulento; es
decir, complejo, inestable e impredecible.
Turbulento por motivos
extranacionales, donde la situación macroeconómica depende
del comportamiento de los mercados externos, fundamentalmente de los mercados
monetarios financieros que influyen directamente al tipo de cambio, las
tasas de interés, la afluencia de capital externo, tanto el directo
como el dedicado a la especulación.
Internamente también
encontramos gran incertidumbre, por la falta de garantías a las
empresas, como son, las políticas crediticias y fiscales que permitan
la certidumbre en el funcionamiento de las empresas, así como la
regulación de ciertos mecanismos que contribuyan a que las políticas
de fomento y desarrollo a la planta productiva cumplan con sus objetivos.
La apertura comercial
ha beneficiado principalmente a las empresas dedicadas a la exportación
de manufacturas, así como a las grandes empresas extranjeras que
funcionan en el país, sobre todo las de capital norteamericano,
mismo que compite sin competencia interna, motivo por el que domina y dirige
el ambiente de trabajo de las medianas y pequeñas empresas nacionales,
al establecer las condiciones en que se ha de realizar la reconstrucción
de las cadenas productivas (con base en la subcontratación para
establecer el sistema de justo a tiempo).
De esta manera la
sobrevivencia de la mayoría de las empresas que conforman la planta
productiva nacional dependen de las nuevas condiciones del ambiente de
tarea que impongan las transnacionales que, en términos de la generalidad,
dominan al sector exportador, captador de divisas y de recursos para la
reactivación de la economía.
En lo referente a
la influencia de la tecnología, encontramos a esta variable estrechamente
relacionada con el ambiente externo y hasta parecerá que también
la domina, en virtud de que existe una gran diferenciación que obliga
a las empresas nacionales a importar sus requerimientos para seguir en
operaciones y no hay manera de un fomento real a estas actividades, por
lo que el acceso a las más avanzadas innovaciones tecnológicas
queda a disposición de las que tienen recursos propios o acceso
a los créditos amplios y suficientes para llevar a cabo la implementación
de los esquemas sofisticados.
Ante estas circunstancias
una propuesta es la consolidación de conglomerados de pequeñas
y medianas empresas –por giro de actividad productiva– las que, por efecto
de su unión, establezcan las condiciones favorables tanto financieras
como comerciales que permitan el desarrollo de las tecnologías que
propicien la integración de las empresas, ya un conjunto de ellas
para funcionamiento redituable de sus actividades en condiciones no de
sobrevivir sino de poder elevar su competitividad en los ámbitos
nacional e internacional.
Con esta estrategia
la planta productiva nacional haría frente tanto a la diferenciación
requerida por los avances tecnológicos internacionales como a la
integración requerida por las exigencias del ambiente global, posibilitando
con ello la recuperación económica.
Propiciando de esta
forma un proceso de desarrollo integral, al favorecer, simultáneamente,
la ampliación del mercado interno y la inserción eficaz al
mercado global, que mejorarían los niveles de bienestar.