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El primer centenario de Guillermo Prieto y algunas reflexiones sobre la cuestión del atraso económico
Marcos Tonatiuh Águila M.
Profesor-investigador de la UAM-Azcapotzalco.


Introducción

Guillermo Prieto, o Fidel, como gustaba firmar sus escritos literarios, nace con el signo de la inminente independencia de México respecto a España, en 1818, y muere cuando el régimen autoritario de Porfirio Díaz estaba en plena madurez, hacia 1897. Es decir, que en 1997 se conmemora el primer cente-nario de su deceso y en 1998 se cumplen 180 años de su nacimiento. Prieto expresa entonces la densidad de todo un siglo de historia mexicana. El azaroso primer siglo de su vida independiente, el siglo xix.

En las páginas siguientes me propongo establecer un vínculo entre algunos aspectos de la actividad política de Prieto concernientes a la política económica que le tocó enfrentar, y el debate contemporáneo sobre los orígenes del atraso económico de México. Mucho de este debate se ha centrado en el siglo xix (aunque sus raíces se remontan al menos al periodo colonial).1 De ahí la pertinencia de establecer semejante correlato histórico. Por lo demás, mientras que los economistas e historiadores que hoy debaten sobre el tema carecen prácticamente de influencia en la formulación de políticas públicas, y en sus opiniones apenas y arriesgan su prestigio académico, los liberales prácticos de la época de la Reforma arriesgaban el pellejo. Sus errores o aciertos tendrían un efecto duradero en la evolución de la nación. La revisión de los planteamientos de Prieto, que dio origen a estas notas, revela una conciencia bastante clara de algunos de los “nudos” principales que trabaron el desarrollo económico de aquella etapa de formación de la nación.

Guerrero de la pluma, liberal exaltado, patriota como el que más, Prieto refleja, aun sin proponérselo, a una generación excepcional de intelectuales y a toda una nación en vías de constituirse. El perfil de la “generación de gigantes” a la que perteneció Prieto e hizo referencia Antonio Caso se caracterizó por haber hecho frente de manera exitosa a la compleja tarea de construcción de la nación mexicana.2 La juventud y madurez de Prieto no solamente coinciden en el tiempo con la decadencia de los gobiernos santanistas, con el debate que culmina con la promulgación de la Constitución de 1857 y las guerras de Reforma y de la Intervención francesa, que la sucedieron, sino que, además, todos estos acontecimientos fundamentales tuvieron en Prieto a un protagonista destacado. Una de las facetas menos conocida de la fecunda actividad de Prieto fue su interés y vinculación con la cuestión de la economía de la nueva nación y, en especial, con sus asuntos hacendarios. Prieto fue cuatro veces ministro de Hacienda, si bien por periodos más bien cortos: tres meses y medio durante la presidencia del general Mariano Arista (del 14 de septiembre de 1852 al 3 de enero de 1853); dos meses durante la presidencia del general Juan Álvarez tras el fin de la Revolución de Ayutla (6 de octubre de 1855 a 7 de diciembre del mismo año); seis meses durante la primera presidencia de Benito Juárez (entre el 28 de enero de 1858 y el 5 de agosto del mismo año) y otros dos meses y medio en el año de 1861 (20 de enero a 5 de abril), todavía bajo mandato de Juárez.3

Los esfuerzos de Prieto por poner orden en las finanzas públicas de la convulsionada república durante los casi 15 meses de gestión repartidos a lo largo de 9 años, tuvieron principalmente un valor intencional, de fijación de principios de la doctrina liberal en la materia. No obstante, más de una ocasión Prieto habría de enfrentar la dolorosa necesidad de rechazar la ortodoxia liberal por las realidades de la constante penuria fiscal. Como escribió en sus Memorias en relación con su aceptación por vez primera del ministerio de Hacienda por recomendación del presidente Mariano Arista: “¿Quién es quien pretende la marcha recta y segura de un pasajero sobre cubierta cuando el buque lucha con la borrasca?”4 El mérito de Prieto y su generación fue evitar el naufragio total, enmedio de la borrasca, rehuyendo el aplauso fácil y efímero. Por lo contrario, Prieto cosechó ene-mistades y rencillas derivadas de su probidad como funcionario, así como de la absoluta imposibilidad de atender los múltiples reclamos de los frágiles y balbuceantes negocios públicos. Como escribió a su cercano amigo y compadre Melchor Ocampo en ocasión de aquella primera estancia en el ministerio:

Mi conflicto es grande porque no hallo partido qué tomar. ¿Puedo dar espera a las tropas que van en camino para Guadalajara? ¿Dejo sin un centavo a los diputados y senadores que se reúnen el quince y tienen en su mano la revolución? ¿A la guarnición, a la policía, a los presidios, a todo el mundo lo mantengo con esperanzas? Pues bien, me dirás, ¿no tiene renta alguna el gobierno? Respuesta: las aduanas del sur las ocupan los revolucionarios; las del norte producen bien poco y sus rendimientos se dedican a pagos urgentísimos militares. La aduana de Veracruz hundida entre consignaciones... ¿Y las contribuciones? Están hipotecadas hasta enero por mis antecesores; y el tabaco, etcétera, y todo está así...5

Pero la vinculación de Prieto con los vaivenes de la economía del México independiente no se limitaron a su fugaz e intermitente incursión en la gestión de la hacienda.6 Deben ubicarse también –y principalmente– en el ámbito de la difusión de la doctrina económica del partido liberal y de sus frecuentes choques con el pragmatismo de la gestión cotidiana de los asuntos del Estado. La defensa de los preceptos liberales se repitió tanto en la tribuna parlamentaria como en la cátedra. A Prieto se debe el impulso inicial a la naciente ciencia de la economía política. Prieto fue votado para el Congreso en 20 ocasiones entre 1848 y 1896, desde que cumplió los treinta años hasta su muerte, y en casi todas las ocasiones formó parte de la Comisión de Hacienda de la Cámara. Su voz en la tribuna parlamentaria del Congreso Constituyente de 1857 se levantó en 74 ocasiones, una de las cifras más altas de dicha histórica reunión, haciendo observaciones ligadas con frecuencia a temas como la libertad de trabajo, la eliminación de trabas a la movilidad del capital y de las mercancías (como las alcabalas), así como la completa separación de los ne-gocios de la Iglesia y el Estado. Prieto fue un abanderado de las ideas liberales más ortodoxas.

En lo que toca a su contribución escrita a las cues-tiones económicas, destaca su voluminoso estudio de Lecciones elementales de economía política,7 así como numerosos artículos y discursos públicos. Las Lecciones, en su primera versión, de 1871, cuando se designó a Prieto para fundar la cátedra de Economía Política en la Escuela de Jurisprudencia de la ciudad de México, y la segunda edición, notablemente ampliada, de 1876, constituyen uno de los primeros intentos por sistematizar las ideas vigentes sobre teoría económica y su aplicación al caso de México.8

I. México a mediados del siglo xix

Ahora bien, ¿cuáles eran las condiciones de la actividad económica a mediados del siglo xix, cuando más intervino Prieto en la vida política nacional? Hacia 1850 la población total de la República ascendía aproximadamente a 7 y medio millones de personas, cifra que evolucionó a ritmos crecientes (0.7% entre 1846 y 1865; 0.9% entre 1865 y 1878; 1.6% entre 1878 y 1910) hasta duplicarse antes de la Revolución.9 La distribución de la población era absolutamente heterogénea, concentrada en los estados del centro y con muy poca presencia en el norte y en las costas. Mientras el estado de Guanajuato tenía más de 700 mil habitantes a mediados de siglo, el de Nuevo León apenas 137 mil, Tabasco 65 mil y Chihuahua 147 mil. En 1852 la gran ciudad de México contaba con unos 170 mil habitantes, mientras Guanajuato alcanzaba unos 40 mil, y Monterrey apenas 15 mil.10 La composición racial de la población, hecho decisivo ante la herencia de segmentación de la estructura social proveniente de la Colonia, continuaba siendo abru-madoramente indígena, con unas tres cuartas partes del total de la población. No es casual que todavía hoy llegue a expresarse el descontento social detrás de una expresión como la de: “todos somos indios”.11

Por lo que toca al producto nacional, éste se mantuvo en esencia estancado durante toda la primera mitad del siglo xix. Aunque no se dispone de estimaciones absolutamente confiables, se calcula que de 240.3 millones de pesos en 1800, el ingreso pasó a 268.7 millones en 1845. Si se considera un moderado crecimiento de la población en el periodo, resulta una caída real del producto por habitante.12 Uno de los sectores estratégicos de la estructura colonial, el de la minería, pasó de una producción de 5.5 millones de toneladas de plata entre 1800-1810, a 2.5 millones en la década 1821-1830.13 El descenso de la minería tuvo graves implicaciones para la economía regional de estados como Guanajuato y Zacatecas, así como para la estructura general del comercio exterior con España, que sencillamente dejó de existir. Al mismo tiempo, la dependencia de la estructura fiscal en los impuestos al comercio exterior condujo rápidamente a la bancarrota de las finanzas públicas y al posterior endeudamiento externo. Para completar el cuadro, la destrucción de la Guerra de Independencia y la fuga de capitales, tanto de la minería como de la hacienda y de la poderosa clase comerciante peninsular, dejaron a la nación independiente exhausta.

II. La bancarrota inicial

En su reconocido estudio histórico sobre la hacienda pública mexicana, que data de 1905, Pablo Macedo asienta una triste verdad: “La hacienda pública mexicana fue concebida en pecado original: cuando vino a la vida, nació con ella la bancarrota; y, sin hipérbole alguna, al día siguiente de consumada la Independencia, apenas instalado el primer gobierno nacional, se vio que los ingresos no alcanzaban a cubrir los gastos...”14 En el estudio posiblemente más acabado hasta el momento sobre la evolución hacendaria regional, Carlos Marichal ha documentado la situación para el estado de México, donde se produce una caída vertical de los ingresos tributarios de 1 062 000 pesos líquidos en 1825 a 278 mil pesos apenas tres años después.15 Marichal cita a Fagoaga, presidente de la Junta Provisional del fugaz imperio de Iturbide: “Quedó el imperio al disolverse el antiguo gobierno, sin erario...”16

Esta circunstancia no deja de ser paradójica, si tomamos en cuenta que a lo largo de los tres siglos de dominación colonial, la Nueva España aportó a España un excedente muy significativo, y en ocasiones veraderamente enorme. Cálculos recientes ubican la carga fiscal metropolitana en unos 17 millones de pesos anuales durante el final del periodo borbónico (1797-1820), lo que equivalía aproximadamente a 7.3% del ingreso de la colonia en 1800.17 A mediados del siglo xviii los impuestos de la Nueva España se utilizaban también para subsidiar la administración de la isla de Cuba (700 mil pesos para la Armada de Barlovento, 400 mil para el ejército y las fortificaciones), Puerto Rico (376 mil para los gastos de Justicia, Hacienda y Guerra), Santo Domingo (275 mil), Louisiana, Florida y hasta Filipinas, sumando alrededor de 3 millones de pesos adicionales.18

Este tránsito entre la relativa prosperidad de la más importante colonia española y la decadencia de la primera mitad del siglo xix mexicano ha sido interpretado de diversas maneras. En general, es conveniente eludir una interpretación lineal o abstracta según la cual los años que van de 1820 a 1870 constituyen pura catástrofe, sin ningún progreso o cambio institucional. Marichal ha mostrado, por ejemplo, que en el estado de México (que en los albores de la República incluía los actuales estados de Guerrero, Hidalgo, Morelos y el D.F., además del de México mismo) se atravesó por distintos regímenes fiscales que por periodos llegaron a obtener éxito en la recaudación.19 El propio Coatsworth ha ofrecido una interpretación interesante del fenómeno del déficit crónico durante dicho periodo: “El problema no era el de la magnitud de los ingresos del gobierno, sino la magnitud de sus gastos militares requeridos no solamente para la defensa nacional... sino para establecer y restablecer la autoridad de los diferentes regímenes en contra de la oposición política y de las revueltas indígenas”.20 Esta circunstancia indica una modificación estructural de la vida cotidiana respecto del viejo régimen: el deterioro de la hegemonía de la Iglesia. Según palabras de David Brading, “era la Iglesia, y no la fuerza militar, la que conservaba la paz en la Nueva España”.21

En todo caso parece haber consenso en el sentido de que la capacidad de emprender obras públicas o de desarrollo social por los gobiernos, sea con fachada liberal o conservadora, fue mínima. Para el caso del estado de México existían, observa Marichal, “...niveles abismalmente bajos de inversiones estatales en obras públicas, en instrucción pública y en el ámbito de la salud y lo social”.22 El estado de las primeras déca-das de vida independiente en México era víctima de múltiples tendencias centrífugas y se encontraba en una “debilidad extrema”.23 Es en este contexto que debe analizarse, por ejemplo, la pérdida de la extensa franja norte del territorio nacional tras la derrota en la Guerra de 1847 con los Estados Unidos.

III. Más obstáculos

En su esquema explicativo sobre las razones principales del retraso económico de México en el siglo xix, Coatsworth identificó dos causas fundamentales: “transportes inadecuados y una ineficiente organización económica: geografía y feudalismo”.24 Trabajos más recientes han venido a confirmar y enriquecer el análisis sobre la importancia de estos dos factores.25 Una sencilla mirada a la imponente Sierra Madre Oriental confirma la validez del primer factor. La introducción del transporte ferroviario en gran escala en el periodo porfirista redujo a una décima parte, aproximadamente, los costos del transporte de carga.26 Pero el costo de la introducción de los ferrocarriles era altísimo por la naturaleza montañosa del terreno, el clima tropical de extensas regiones que deberían estar comunicadas y la ausencia de carreteras en buen estado o ríos navegables que facilitaran las tareas de construcción o el diseño de redes de comunicación amplias.27

Como ha discutido Paolo Riguzzi, la República mexicana nació con dos características más (aparte de su bancarrota fiscal): el infeliz estado de los caminos y el dominio de la arriería de mulas en las formas de tracción.28 El estudio de David Brading sobre la minería en el Bajío confirma esta circunstancia en dicha región: “En el transporte de mercancías la recua de mulas reinaba como medio único”.29 No es entonces sorprendente que la forma del crecimiento económico durante la primera parte del siglo xix adquiriese un fuerte sesgo regional.30 La vitalidad de los espacios regionales ha sido estudiada recientemente, entre otros, por Eric van Young.31 La forma de gobierno federal representó el mecanismo adecuado para evitar la completa disgregación del país en pequeñas repúblicas autónomas.

El señalamiento sobre las limitaciones estructurales al crecimiento económico del México en el siglo xix pone en entredicho la vieja leyenda de la riqueza proverbial de México. Ya Pablo Macedo razonaba: “Nuestras montañas no se consideraban tremendos obstáculos para el tráfico, sino depósitos inagotables de plata y oro... nuestras selvas vírgenes no se consideraban pobladas de dificultades... sino fragmentos del paraíso; la falta de ríos navegables y, aun de lluvias, nada significaban como elementos adversos...”32 La misma crítica era consciente en las lecciones de Prieto: “La industria locomotiva no podría sustraerse entre nosotros al atraso general durante el periodo que vivimos... Nuestras asperísimas sierras, la falta de agua en una tercera parte del país... han concurrido eficazmente a la incomunicación completa entre varios lugares de la República”.33 De esta circunstancia se deriva la insistencia de los liberales acerca de la importancia crucial de los transportes y en especial del ferrocarril. La razón del retraso en su introducción fue estrictamente de carácter económico, no programático. Por ejemplo, a principios de 1868, cuando Prieto militaba en la oposición a Juárez y formaba parte de la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, se pronunció en favor de los gastos relacionados con la construcción del ferrocarril a Veracruz (el Ferrocarril Mexicano, cuya concesión original era de1837 y su culminación no se logró si-no hasta 1873), pese a sus críticas a la elaboración del presupuesto en otros órdenes.34

En la magia del “camino de fierro” había consenso. Riguzzi ha mostrado que, antes de los años ochenta del siglo xix, no existían condiciones locales (ni la estructura financiera institucional ni el desarrollo tec-nológico indispensable ni la expectativa de una demanda comercial que justificara el riesgo de la inversión) para reunir los capitales nacionales privados necesarios para desarrollar este sector. Los ferrocarriles habrían de nacer con apellido extranjero o no nacer. Al mismo tiempo, la idea de una supuesta “oportunidad perdida” para la producción de bienes de capital y el fomento de un mercado interno nacional de manufacturas, pierde de vista el estado de atraso relativo en ese campo.35 El mismo Prieto, quien como se ha señalado era un ortodoxo del liberalismo económico en la teoría, en sus Lecciones tenía que reconocer que “...habiendo acontecido más de un vez que las franquicias para la apertura de una vía [férrea] sean medios para que aventureros ávidos busquen sus conveniencias privadas con detrimento de nuestros intereses y sin conseguirse jamás el bien general... El gobierno está llamado... a promover e intervenir en la apertura y el entretenimiento de las vías de comunicación...”36 Una vez instalado en la realidad de la inevitable intervención estatal en este campo, Prieto reniega de las presiones de inversionistas extranjeros y nacionales: “Es un verdadero absurdo tener que entablar casi negociaciones diplomáticas sobre la inspección en empresas que el gobierno costea en su mayor parte”.37 El liberalismo de Prieto, después de todo, tendía a ajustarse a un ideario de equidad que compartieron los miembros de la fracción de liberales “puros”.

Por otra parte, el segundo factor destacado por Coatsworth –el “feudalismo”– alcanza igualmente un importante consenso en la discusión contemporánea y en la evaluación de la generación liberal de mediados del siglo xix. La tradición colonial examinada por Coatsworth tiene dos componentes: la rígida adscripción socioétnica que definía las funciones económicas de indígenas, castas y europeos, por una parte, y la exacción fiscal en gran escala que incluía “un conjunto complejo de regulaciones, concesiones, permisos, privilegios y monopolios del Estado que lo apoyaban y complementaban...”,38 por otra. Estos obstáculos institucionales constituyeron una poderosa coalición contra el desarrollo económico. Así lo consideraban los liberales en su cruzada contra dicha herencia de racismo y monopolio. Escribe Prieto en sus Lecciones: “El sistema colonial, como esos insectos que depositan en el cuerpo humano huevecillos venenosos que lo pudren y agusanan, contribuyó eficazmente a ese malestar” se refiere a la guerra y a la recurrente crisis económica;39 En otro momento remata un editorial sobre temas hacendarios: “El comercio es la savia del árbol social: tiranizarlo es lo más contraproducente que puede haber en materia de hacienda”.40 Libre comercio, pues, era en su mente la medida de todo progreso.

La división socioétnica era un enorme obstáculo, aunque sólo fuera por el hecho de que los indígenas estaban excluidos del comercio y por tanto de la cuestión fiscal. Escribe Prieto: “...la heterogeneidad de la población excluye cuatro millones de habitantes [de los compromisos fiscales]... porque la raza indígena ni produce ni consume, ni trafica en relación con la raza blanca”.41 De modo similar, la crítica de Prieto hacia la “empleomanía” (o la existencia de “langostas palaciegas”, como llama Francisco Zarco a los numerosos funcionarios innecesarios de la administración pública)42 heredada del régimen colonial, permea toda su obra económica.

IV. Entre la teoría y la tosca realidad

La visión del mercado laboral en Prieto, como se desprende naturalmente de sus principios liberales, se orienta hacia las ventajas del trabajo “libre” asalariado, por encima de las formas de tipo servil predominantes en la mayor parte de los establecimientos e industrias semiartesanales. Su enaltecimiento de las virtudes del trabajo asalariado se complementan con su crítica frontal a los gremios y corporaciones. En nuestra opinión, existe exageración en ambos polos, tanto en lo que respecta a la exaltación de las virtudes del trabajo asalariado, como en la crítica a los gremios. Sobre el trabajador “libre” sostiene: “...escoge la materia sobre la que quiere trabajar, adapta los instrumentos a sus fuerzas, trabaja para sí y su familia, tiene en expectativa la remuneración con todos sus estímulos, el porvenir de dicha y de descanso con todos sus consuelos. Se siente hombre trabajando, y se siente inmortal haciendo participar a sus hijos el fruto de su trabajo”.43

Las debilidades de esta caracterización son evidentes a la luz de la evolución histórica del trabajo asalariado en México una vez que maduró la industrialización porfirista.44 La descripción, en cambio, se ajusta mucho más al trabajo artesanal; cuya trayectoria se mantuvo por un largo periodo.45 La exaltación del trabajo “libre” se acompaña en Prieto (siguiendo a José María Luis Mora) con su crítica a las corporaciones y a los gremios. El gremio, desde su implantación en la Colonia, “era la exaltación del privilegio... la incrustación en el cuerpo social de sociedades con intereses opuestos a los intereses de la sociedad en general...” Más aún, “...después de que esa banda de buitres caía sobre la producción en figura de diezmos, de reglamentos, de estancos, de sisas, de rentas, de abastos, de ‘tandas’, de faenas, ¿qué queda del trabajo según lo comprende la civilización?”46

Nada, a los ojos de Prieto y de los liberales que pug-naban por eliminar las trabas al libre flujo del mercado laboral. Por ejemplo, para Prieto, la introducción del ferrocarril permitiría desarrollar la inmigración y abrir los mercados de trabajo, en especial en beneficio del peón acasillado. Las asociaciones obreras tienen en Prieto la función principal de promover la educación y mejorar las habilidades del trabajador, no la implantación de luchas salariales. Las asociaciones deben enseñar al obrero que “...su porvenir, su progreso, su independencia, están basadas en la sobriedad, la aplicación al trabajo y la moralidad”.47 He aquí la idea liberal según la cual el obrero debe procurar su elevación hasta su transformación en capitalista, vía el ahorro. Aquí, de nueva cuenta, las ideas teóricas de Prieto chocan con la realidad del desarrollo de la primera oleada de industrialización capitalista en el Porfiriato.

A lo largo de todo el siglo xix hubo una escasez crónica de trabajo calificado en casi todas las industrias.48 Existen diversos indicadores, si bien indirectos, de esta característica: la distancia salarial entre el personal calificado (minoritario) y la planta de trabajadores no calificados;49 el origen campesino de la inmensa mayoría del personal de las manufacturas durante el siglo xix50 y la debilidad estructural de la educación popular y de la técnica y ocupacional en particular (temas de obsesiva importancia para Prieto y los liberales de su generación). Por ejemplo, un dato que llama poderosamente la atención es el resultado de una encuesta sobre el grado de alfabetización de artesanos domiciliados en la ciudad de México en 1873. Según el padrón de esta encuesta, conformado por 840 artesanos de 17 especialidades, únicamente 28 declararon saber leer y escribir, es decir, el 34%. Entre los oficios más socorridos, como el de los sastres, por ejemplo, sólo 75 de 148 sabía leer y es-cribir, (alrededor del 50%).

De los 191 albañiles encuestados apenas 14 se declararon alfabetos, esto es, un minúsculo 7%. Entre los zapateros, la alfabetización alcanzó a 52 de 167, es decir el 31%, mientras que de los 12 torneros encuestados ninguno sabía leer y escribir.51

Por supuesto, no se trata de que hubiese una identificación exacta entre lo que Prieto entendía por “sistema colonial” y lo que comprende, digamos, Coatsworth. Por ejemplo, la crítica del antiguo régimen en Prieto incluye a la Iglesia como un actor económico fundamentalmente retardatario (esto al margen de su indiscutible alianza política con el partido de los conservadores), mientras que Coatsworth ha revisado esa visión, concediéndole a la gestión administrativa de la Iglesia, así como a la gran propiedad territorial vinculada con muchas haciendas, mayor eficacia económica de lo que sostuvieron los contemporáneos.52 En este caso la evidencia disponible se orienta en favor de Coatsworth. Por ejemplo, mientras la Iglesia operaba a semejanza de un verdadero banco de desarrollo en el financiamiento de numerosos proyectos económicos, dando al diezmo una función de impulso al crecimiento, durante las primeras décadas de la época independiente la escasez de moneda y la ausencia de un sistema bancario así fuera incipiente y primitivo, condenó al gobierno y a los particulares a sufrir tasas de interés expropiatorias, en favor de un reducido grupo de agiotistas, para usar la definición de Barbara Tennenbaum.53

Una noción de la magnitud en que se produjo la concentración de riqueza por medio de la usura en el México de mediados de siglo la ofrece Carlos Marichal. Según Marichal, los préstamos a los gobiernos independientes llegaron a fluctuar de manera “salvaje” entre 20 y 300%.54 La falta de estabilidad financiera, por su parte, significó un sensible retraso en el desarrollo de instrumentos bancarios y un mercado de capitales capaces de canalizar el ahorro hacia actividades productivas. Este retraso se produjo no únicamente respecto de los países industrializados, como Estados Unidos, Francia o Inglaterra, sino incluso en relación con Brasil, Chile o Argentina, que contaron con instrumentos de financiamiento más estables por lo menos un par de décadas antes que México, que sólo alcanzó un estatus semejante en 1880.55

La acción de los agiotistas, sin embargo, no era des-conocida para Prieto y sus contemporáneos. Las restricciones de la falta de crédito se recogen en la frase sumaria, muy a propósito de la obsesión contemporánea respecto al camino de fierro: “El capital sin el crédito es como un ferrocarril sin locomotora...”56 Al revisar sus Lecciones, nos topamos con frecuencia con los especuladores del capital: “Los pocos que poseen, o dinero u otros instrumentos de producción, los encarecen, y apenas nace un esfuerzo, cuando el buitre de la usura se apresta para devorar sus entrañas”.57

Así, puede afirmarse que Prieto, en tanto exponente de las ideas dominantes del partido liberal (Prieto cita a Ignacio Ramírez en forma asidua en torno de los temas económicos), tenía una conciencia clara de algunos de los obstáculos principales para el desarrollo económico del México independiente. Este conocimiento práctico llevó al ala radical del partido liberal a confrontar numerosas contradicciones con la teoría. Un ejemplo: en una intervención frente al Colegio de Abogados de México, Prieto se refiere a las bondades de la economía política en estos términos: “Ella hace del libre cambio el evangelio de las armonías universales que arraigan la paz en el universo; ella convierte el crédito en la fuente de aguas vivas de la regeneración de la humanidad...”58 ¿Cómo conciliar este sueño de liberalismo clásico con los “buitres de la usura”?

V. Ayer y hoy

Así pues, la generación de la Reforma estuvo conformada por utópicos irredimibles a quienes debemos mucho de lo que hoy es nuestro país, pero que no contaban con los medios necesarios para reducir la influencia negativa de la vieja tradición colonial. Labraron en el desierto; sembraron en el Congreso de 1856-1857, en tanto que otros (algunos de estos adversarios salidos de sus propias filas) alcanzaron algo de su cosecha en los años ochenta del siglo xix.59 Coats-worth ha sostenido la interesante hipótesis de que el compromiso entre las facciones liberal y conservadora que se produjo al final de la República restaurada abrió las puertas a la estabilidad indispensable para el flujo de las inversiones extranjeras a México, y con esto al ascenso inminente de un régimen autoritario.

El extraordinario esfuerzo en la construcción de ferrocarriles que se produjo entre 1880 y 1884 (bajo el interregno del general Manuel González en la presidencia, cuando se consiguió abrir al tráfico la línea México-Ciudad Juárez)60 hubiese sido impensable al margen de dicho acuerdo político, que supuso el desplazamiento del ala radical del liberalismo mexicano, entre cuyos sobrevivientes se encontraba precisamente Prieto. Coatsworth sostiene que la introducción del ferrocarril y la consecuente apertura al cultivo de nuevas tierras y espacios comerciales abrió las puertas a una coalición política entre un latifundismo de nuevo tipo (una “comercialización regresiva” de la agricultura, que dio nuevos aires a la exhausta fracción conservadora), con el capital extranjero, los agiotistas nacionales y el Estado autoritario.61 Así, paradójicamente, con la victoria sobre la Intervención francesa se inició la construcción de una coalición conservadora más estable (el gobierno de Maximiliano aplicó, de hecho, las reglamentaciones liberales en materia religiosa, judicial y económica) y el nuevo modelo afrancesado de la dictadura porfirista.

Por lo demás, el examen contemporáneo de los obstáculos históricos al crecimiento económico puede tener un sentido práctico que va más allá de su pertinencia académica. A la manera como el análisis freudiano (y sus múltiples variantes contemporáneas) se propone hurgar en el pasado personal para influir en el comportamiento presente del individuo; así el hurgar en las limitaciones estructurales del crecimiento económico puede contribuir a tomar mejores decisiones en el presente.

Dos hipótesis a explorar: 1) Que no hay soluciones únicas al complejo fenómeno del crecimiento y desarrollo económico. La “alquimia” de las decisiones afortunadas varía en cada caso. El retraso tecnológico puede compensarse con abundancia de materias primas estratégicas, la debilidad de algunas regiones agrícolas superado por la explotación de las costas, la presión de los bajos salarios menguada por un esfuerzo de capacitación y educación extraordinario.62 2) Que sin voluntad estatal unificada, que dé sentido a la noción de sacrificio colectivo en aras de alcanzar beneficios igualmente colectivos –como querían Prieto y los liberales “exaltados”–, la meta estará cada vez más alejada. El fatalismo del llamado neoliberalismo –su unilateralidad– es, pues, contrario a la herencia del liberalismo “puro” encarnado en sujetos como el hombre al que se rinde cumplidamente homenaje a cien años de su muerte.

Guillermo Prieto: Incansable guerrero de la pluma

José Guillermo Ramón Antonio Agustín Prieto Pradillo nace y muere en la ciudad de México entre 1818 y 1897. Con posterioridad a la muerte del presidente Juárez, y la ulterior consolidación del autoritarismo pragmático de Díaz y los Científicos, en cambio, la estrella política de Prieto entraría en declive. No así su bien ganada fama de incorruptible patriota y poeta popular.

I

El niño Guillermo Prieto vivió una etapa feliz en la casa familiar ubicada en un área vecina al bosque de Chapultepec. Su padre, José María Prieto Gamboa, administraba un molino de harina y una panadería, en el llamado Molino del Rey, muy cerca de la actual residencia presidencial de Los Pinos. En sus Memorias de mis tiempos, Prieto relata sus aventuras de niño, su habilidad como jinete, su aptitud para la escuela, así como el ambiente profundamente religioso en el que se desarrollaba la vida cotidiana de este estrato de familias más o menos acomodadas de la sociedad urbana en los albores de la vida independiente de México. La influencia moral de estos primeros años se expresa en el permanente comportamiento cristiano del futuro ministro y diputado anticlerical que, como la abrumadora mayoría de los liberales de la época, eran creyentes.

La niñez sosegada y apacible de Prieto fue violentamente interrumpida por la muerte de su padre en 1831, circunstancia agravada por la pérdida del juicio de su madre, Josefa Pradillo y Estañol. El pequeño quedó prácticamente desamparado, apenas bajo el techo de dos costureras de edad avanzada que aceptaron tomarlo a resguardo en atención a antiguos favores de la familia, en especial del padre, bien querido por sus sirvientes. La adolescencia de Prieto estuvo marcada por las dificultades económicas y la profunda tristeza interior provocada por la locura de la madre. Es muy posible que este repentino cambio de estatus y de fortuna, así como las nuevas vivencias, que acercaron a Prieto a la pobreza urbana de la ciudad, empujaran a este espíritu sensible a los brazos de la poesía. Prieto publicó sus primeros versos en 1837, en el calendario de Galván, y ya nunca dejó de producir poesía: popular, amorosa, patriótica. Un verdadero mosaico que recoge, con sensibilidad privilegiada, de manera espontánea y sin seguir cánones académicos o extranjeros, diversos aspectos de la vida nacional. Prieto inaugura, en cierta medida, la poesía mexicana propiamente dicha.

Pero nunca la poesía ha sido fuente segura de sustento material. El joven Prieto tiene que emplearse primero como dependiente de una tienda de ropa y después, por un golpe de fortuna, logra entrevistarse con el licenciado Andrés Quintana Roo, político yucateco radicado en la ciudad de México, periodista y aficionado también a la poesía, que impresionado por las virtudes del joven de 15 años que en-tonces era Prieto, le abre su casa y le facilita la obtención de un empleo en la aduana de la ciudad, que le permite continuar con sus estudios en el Colegio de San Juan de Letrán. Pero la educación de Prieto no avanzó por el camino formal tradicional. Ya viejo, en carta a un amigo historiador, Agustín Rivera, le confiesa que no domina el latín, herramienta intelectual generalizada en los círculos académicos de su tiempo. La escuela de Prieto fue la vida misma, asociada a una tenaz predisposición autodidacta. Así, pronto, las inquietudes sociales de Prieto lo condujeron al periodismo. Comenzó su carrera como redactor del Diario Oficial, más tarde comenzó su colaboración en el legendario Siglo XIX, donde publicara sus muy conocidas y sabrosas crónicas sociales y políticas, los “San Lunes” de Fidel. Pero sus inquietudes y la velocidad de su escritura le llevaron a publicar en muchos otros diarios y revistas: El Monitor Republicano, el segundo diario liberal, Don Simplicio, periódico fundado por Ignacio Ramírez y él hacia 1845; El Federalista, y El Universal, ya en su madurez. Entre las revistas que acogieron sus letras, se puede mencionar el Semanario Ilustrado, El Álbum Mexicano, El Mosaico Mexicano, Revista Mexicana, entre otras. Todo un género aparte lo constituyen sus Memorias de viajes.

II

A lo largo de su vida pública, Prieto representó, prácticamente sin excepción, el punto de vista del ala radical del partido liberal. Pese a haber ocupado altos cargos en distintos gabinetes durante la época de la Reforma, murió pobre. Fue ministro de Hacienda durante breves periodos en las administraciones de los presidentes Mariano Arista (1852), Juan Álvarez (1855) y Benito Juárez (1858 y 1861). Ligado a su actividad como ministro de Hacienda, publicó un voluminoso Tratado de economía política, en el que sostuvo las ideas más radicales sobre el libre cambio, tomadas de los clásicos ingleses. También en calidad de mi-nistro de Hacienda, por su escritorio pasaron muchos de los acuerdos sobre desamortización de los bienes eclesiásticos, sin que su imagen de hombre probo tuviese una sola mancha.

En 1857 participa activamente como miembro del eminente cuerpo legislativo que elabora la Constitución de aquel año. Prieto contribuyó con 74 intervenciones registradas, una de las cifras más altas del Congreso. Durante las guerras de Reforma y de la Intervención se encargó por largos periodos de la administración de Correos, labor estratégica para la supervivencia de la República. Fue electo al Congreso en 20 ocasiones diferentes, entre 1848 y 1896, y allí alcanzó una maestría en la oratoria parlamentaria. Fue diputado por los estados de Jalisco, Puebla, Guanajuato, San Luis Potosí, Querétaro, y en nueve ocasiones por el Distrito Federal. La verticalidad en sus juicios republicanos está fuera de duda. Para Prieto, sobre todo en los años heroicos de la formación de la República, la Reforma es una Odisea y él su Homero.

Prieto no percibía la política como cuestión de transformaciones paulatinas, avances y retrocesos palmo a palmo, escaramuzas constantes y batallas esporádicas, como la practicaban sus compañeros de partido. De esta actitud se desprende el distanciamiento que tuvo con Benito Juárez en 1865 cuando, en plena Intervención francesa, Juárez de-cidió prolongar administrativamente su mandato presidencial, apoyado en la circunstancia política que exigía el conservar el liderazgo de la República y del ejército liberal, en contra del derecho formal al cargo, que asistía al general Jesús González Ortega para sucederlo. Prieto se opuso al decreto de extensión del mandato de Juárez por considerarlo anticonstitucional. Sin embargo, el balance de Prieto sobre Juárez, expresado en su poesía e incluso en su prosa histórica, lo transforma en una leyenda. Al final, Prieto retornaba siempre al momento heroico en que él se interpusiera entre el presidente Juárez y un grupo de soldados que pretendían fusilarlo junto a otros de sus seguidores en la ciudad de Guadalajara, al inicio de la guerra de los Tres Años. Prieto detuvo a los soldados mediante una oratoria exaltada que culminó con un: “¡Levanten esas armas; los valientes no asesinan!”

En Prieto, la política parece entonces cuestión de principios absolutos, cuestión “de poesía”, no de prosa, de blanco y negro, nunca de gris. De Juárez canta: “Bronce, vuélvete carne; que palpite una vez más la encarnación potente... que hizo verdad la dignidad humana” (1891); de Juan Nepomuceno Almonte, un jefe conservador, espeta: “¡Traidor!... ¡humillación de hombre!... ¡vil criminal!... ¡reptil del cieno!...” entre otros adjetivos de un largo poema de 1867. En carta a su amigo el general guanajuatense Manuel Doblado, escribe en cambio, en plena guerra, el 2 de septiembre de 1859: “La causa es santa, la fe ardiente, el corazón entero y fuerte, ¿cómo dudar de la victoria?”. Esta elevación de miras tenía que producir muchos desencantos, pero al mismo tiempo, sólo con dicha altura es explicable el nivel de sacrificio de los hombres de la Reforma. Prieto fue, pues, un cruzado de la causa liberal. En sus trabajos históricos, principalmente en sus Lecciones de historia patria, publicadas cuando contaba ya con 68 años de edad, sus personajes no parecieran hombres de carne y hueso, sino héroes o villanos al ciento por ciento.

Como escribió Carlos Monsiváis, su historia parece un “arsenal ético”, una “fuente canónica”.

III

Como poeta, pero sobre todo como cronista y narrador, la pluma infatigable de Prieto recoge con gran fidelidad y precisión los distintos tipos populares mexicanos con sus ocupaciones, sus vestidos, sus miserias, sus sueños y sus prejuicios. Otro tanto logró hacer respecto a las costumbres y fiestas de los pueblos, los platillos típicos regionales, así como de los barrios de la ciudad de México. No fue una casualidad el que Prieto obtuviese una victoria arrolladora en el concurso convocado por el periódico La República bajo el título “El poeta más popular”, en el año de 1890. Un rasgo de su firmeza de carácter se manifiesta en el rechazo que hizo el poeta de la corona de plata en que consistía el premio de dicho concurso, para cederla, simbólicamente, al Pensador Mexicano, Joaquín Fernández de Lizardi, uno de los precursores intelectuales de la Independencia. “Yo no soy digno de esa corona”, señaló Prieto, acaso recordando su adolescencia, cuando su vida se asemejara tanto a la del Periquillo Sarniento, personaje central del Pensador Mexicano. Por su longevidad en relación con su época, a Prieto le correspondió cantar a muchos de los próceres de la Reforma. Sobre Francisco Zarco, el periodista más destacado del periodo, escribió en 1874: “En el palacio, en las calles, en su casa desnuda de muebles, en todas partes, Zarco era de la patria, vivía para ella...”. Otro tanto es exacto para el patriota Prieto: incansable guerrero de la pluma.


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