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Los cambios estructurales de la economía mexicana han ido más allá
de, y han precedido a, la apertura comercial. Esto es lo que se observa en un escenario de largo plazo en el cual,
de una parte, las nuevas condiciones de la economía mundial repercuten en las dinámicas de estructuración
centro-periferia marcadas por la presencia dominante de lo financiero sobre lo productivo, de tal modo que las
crisis en la periferia pueden rebasar el carácter local y adquirir una dimensión mundial (“efecto
tequila”). De otra parte, las especificidades de la economía mexicana, su dinámica interna, se expresan
en desequilibrios básicos de las principales variables macro como una disfuncionalidad entre acumulación
y distribución, que han impedido un ajuste constructivo para generar una nueva zona de estabilidad estructural
similar a la de la industrialización sustitutiva. Este largo proceso de ruptura puede sintetizarse en una
transición de un régimen de acumulación extensivo-intensivo hacia uno intensivo-extensivo
en vías de consolidación, como resultado final de la crisis estructural de la economía mexicana.
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