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La crísis estructural de la economía mexicana, 1970-1995.
Un largo proceso de transición

Jesús Lechuga Montenegro
Profesor del Departamento de Economía de la uam-Azcapotzalco
e-mail:
jlmo@hp9000a1.uam.mx.


El autor agradece la colaboración de Carlos Gómez García en el procesamiento de la información estadística.

Introducción

Desde los años setenta las crisis recurrentes de la economía mexicana se inscriben en un largo proceso de desestructuración que ha modificado el régimen de acumulación; los cambios han afectado al sector externo, manufacturero y financiero, sin que hayan podido darse condiciones adecuadas para un crecimiento estable. La inclinación a adjudicar la ciclicidad de las crisis a errores de estrategia de los gobiernos en turno no explica de manera congruente el estancamiento estructural, debido a desequilibrios básicos gestados durante un cuarto de siglo y cuya superación implica la recomposición del aparato productivo en su conjunto, dada la pretensión de insertar eficientemente a México en una economía global altamente competitiva a partir de la apertura comercial.

Es claro también que en todo proceso de acumulación hay tanto factores externos como internos que conjuntamente determinan el ritmo y orientación de la misma. Por ello, en la sección i del presente artículo se analiza la inserción de la economía mexicana en una economía mundial globalizada, en lo que constituye la diferencia externa de la acumulación, y que se expresa en la creación de nuevos espacios de integración-fragilidad, así como en nuevas formas de estructuración de la relación dominación-subordinación, distintas de aquellas derivadas del análisis tradicional centro-periferia y en el que los desórdenes financieros desempeñan una función principal.

En la sección ii se estudia la complejidad interna de la acumulación por medio de la desarticulación entre lo productivo y lo financiero, los desequilibrios básicos en la producción y el sector externo (deuda, tasa de interés, exportaciones e importaciones), así como la desarticulación entre acumulación y distribución por los desajustes en las principales variables macroecónomicas (producción, inversión, ahorro y consumo). Todo ello con el propósito de explicar la dimensión de la crisis estructural de la economía mexicana. Por último, en la sección iii se hace una propuesta metodológica a fin de interpretar las desarticulaciones anteriores como cristalización de la ruptura orgánica del régimen de acumulación y, por ende, como transición de la acumulación extensiva-intensiva hacia la intensiva-extensiva.

I. México y la economía mundial: Centro y periferia una vez más

En el análisis tradicional centro-periferia está implícita una relación de subordinación-dominación en la cual se asigna a la última un desempeño pasivo, sujeto a los determinantes de la acumulación en el centro. Además de que la periferia es definida en relación con el centro como un estadio inferior de crecimiento, y específicamente de industrialización. Esta interpretación se ha modificado en dos ámbitos. Primero, al incorporar al análisis las particularidades de la periferia de tal forma que, aceptando la relación de dominación-subordinación, “si existen estructuraciones tendenciales impulsadas por los centros, las estructuraciones efectivas quedan sujetas a historias sociales particulares a estos diferentes espacios”.1 Así, por ejemplo, la extensión del fordismo ha tomado formas diferentes en Brasil, Corea del Sur o México; o bien en la mayoría de los países del África Negra parece no haber incubado todavía un proceso congruente de industrialización semejante al de los países mencionados.

En un segundo ámbito del análisis no tradicional centro-periferia, si bien se acepta que a partir de una gran crisis el modo de acumulación de los países centrales lleva a una estructuración tendencial de las economías periféricas, es obligado pensar “la configuración de las economías dominadas ya no en una dependencia funcional, sino en una dinámica de estructuración, y de estructuración conflictiva”.2 Por ejemplo, si bien la crisis global de deuda externa en los años ochenta explota en la periferia, ésta se da en el marco de una interacción centro-periferia a raíz de la caída de los precios petroleros, el aumento de las tasas de interés y el déficit en cuenta corriente en América Latina. En cambio, el crack bursátil de 1987 es una crisis originada en el centro que desemboca, entre otros aspectos, en la consolidación de una globalización financiera3 que permitirá después, en los años noventa, un amplio desarrollo de los mercados bursátiles en las llamadas “economías emergentes”, a partir del flujo de capitales del centro a la periferia con fines meramente especulativos, y cuya movilidad depende de su liquidez permanente.

Por tanto, la estructuración tendencial de las economías periféricas a las modalidades de acumulación del centro en el orden de lo financiero lleva a cambios que, a la par que favorecen el desarrollo de nuevos espacios de valorización, también se convierten en nuevos espacios de integración-fragilidad en su articulación con la economía mundial. En consecuencia, ya no se puede reducir el fenómeno a una simple relación lineal centro-periferia, sino también hay que considerar las condiciones propias a esta última y que pueden acelerar, contradecir o transformar esta estructuración inducida por el centro, aun cuando subsista la relación de dominación-subordinación, entendida ésta como la imposibilidad de la periferia de controlar el excedente económico en función de sus necesidades y poder llegar a convertirse también en un espacio central.4

Por tanto, las tendencias estructurantes dominantes tienen como contrapartida, en lo general, las especificidades de la periferia, y en lo particular las de los espacios-nación. Ambos elementos interactúan y determinan las modificaciones que tienen lugar en la periferia. Y si en el análisis tradicional las grandes crisis se originan en el centro, y ello determina los cambios en el régimen de acumulación, lo cual se expresa de cierta manera en la periferia, ahora con la globalización, en esta última también puede ubicarse el origen de una gran crisis y, en consecuencia, los cambios en el régimen de acumulación.

En esta perspectiva, por ejemplo, el “efecto tequila” puede considerarse el detonante de una gran crisis, abarcó al conjunto del sistema, y por primera vez una crisis originada en la periferia se transmitió hacia el centro. De un diagnóstico simplista –un problema de confianza de los inversionistas–5 se pasó a caracterizar a la crisis mexicana como la primera del siglo xxi,6 que además obligó a desarrollar mecanismos de control para regular los flujos financieros y prevenir colapsos semejantes a futuro con la creación de un fondo de contingencia, que semeja las funciones de regulación del sistema bancario por medio de un banco central, cuya intervención es siempre de última instancia para evitar la quiebra general.7

Y si el “efecto tequila” fue el detonante de una gran crisis, por ende hay también una relación causal invertida periferia-centro. Y puede plantearse que el largo periodo de ajuste de la economía mundial desde la supresión de la convertibilidad del dólar y el abandono del régimen de tasas de cambio fijas desde los años setenta, culmina en 1995 con la plena consolidación de la globalización de los mercados financieros, cuya prueba fehaciente lo es precisamente el “efecto tequila”, ya que a la par que fue catalizador de la crisis sólo pudo alcanzar la dimensión global precisamente por ser un eslabón de la cadena financiera mundial.8

Así, en la crisis las dinámicas de estructuración se manifiestan como fundamentalmente conflictivas, dado que factores de apoyo a la acumulación se convierten en su inverso, explicadas no sólo como resultado de la relación de dominación-subordinación sino también de las especificidades al interior del espacio periférico.9 Por ejemplo, la gran afluencia de capital financiero a México en el periodo 1989-1993,10 a la vez que permitió estabilizar la economía como factor de apoyo al proyecto de liberalización, se reveló luego como el factor de mayor fragilidad para la acumulación dentro del propio proyecto a partir de los “errores de diciembre” de 1994 y la subsecuente caída de la bolsa. El antecedente inmediato de crisis bursátil se dio en octubre de 1987, y en ambos casos las repercusiones sobre el aparato productivo han sido desastrosas. Sin embargo, el hincapié puesto en lo monetario-financiero da la impresión de que, de no haber ocurrido ningún percance en este ámbito, el aparato productivo hubiera mantenido su dinámica sin mayores problemas. En este enfoque, los desórdenes fundamentales en la llamada “economía real” quedan en un segundo plano, o no existían antes del crack bursátil.11 Pero en verdad, como se verá, los desórdenes financieros actuales remiten a desórdenes económicos fundamentales.

1. Desórdenes productivos y desórdenes financieros

Los desórdenes monetarios actuales en la economía mundial surgen por la depreciación del dólar frente a otras monedas fuertes debido al déficit comercial de Estados Unidos, que en 1982 fue de 30 mil millones de dólares, y fue cubierto en ese año por una suma similar por concepto de invisibles (servicios, intereses, transferencias); pero en 1987 la cifra alcanzó 156 mil millones de dólares sin compensación por haber desaparecido el excedente de invisibles.12 En consecuencia, lo que se observó entonces fue una huida del dólar hacia otras monedas; nadie quería retener dólares; en cambio, en la economía mexicana el desorden monetario se traduce en una huida del peso hacia el dólar.

Los desórdenes financieros en la economía mundial también tienen su origen en la caída del dólar, que lleva a aumentos concomitantes en la tasa de interés; y en México el fenómeno tiene la misma mecánica pero se internaliza, pues es la caída del peso –y no del dólar– lo que lleva a aumentos en la tasa de interés. He aquí entonces cómo en la periferia, en este caso el espacio-nación México, la especificidad de la misma determina el matiz con que el fenómeno desestructurante se manifiesta.

Teniendo como telón de fondo el desorden monetario, la desregulación financiera, al amparo de la ola neoliberal, ha multiplicado los movimientos de capitales. Las innovaciones financieras en los años ochenta tuvieron como objetivo reducir los riesgos del sistema de tasas flotantes que encarecía o abarataba una moneda frente a otra y que, por tanto, hacían más rentable o menos benéfico mantener un solo tipo de cambio de referencia dentro de una banda de flotación. Ante ello se buscó mantener posiciones mixtas frente a una mezcla de monedas, según el área de influencia (dólar, marco, yen, libra esterlina, franco francés), y desde luego tener vías expeditas de desplazamiento hacia los mercados de mayor rentabilidad en el corto plazo en movimientos totalmente especulativos. De tal manera que los desórdenes monetarios –depreciación del dólar por el déficit comercial de Estados Unidos– han engendrado desórdenes financieros que son posibles gracias a la globalización de los mercados bursátiles, en los cuales no sólo se cambia instantáneamente de posiciones en corto entre monedas fuertes, sino también en la compra-venta de bonos gubernamentales y de acciones, y de éstos por monedas fuertes. Las operaciones son validadas de nueva cuenta de manera instantánea, según la opción más rentable en el día mismo de la operación: adquisición o venta de dólar, yen, marco, libra esterlina, etcétera, en previsión de su respectiva apreciación o depreciación; compra-venta de bonos gubernamentales y de acciones según el rendimiento esperado de cada tipo de valor; y cambio de posición líquida (dólar, marco, yen, etcétera) a cuasi líquida (valores), según se estime más rentable o menos riesgosa una u otra posición. Todo ello al interior de un mercado pero también, y esto es lo más relevante, entre mercados de comunicación inmediata.

En el mercado bursátil se reflejan los fenómenos monetarios y financieros. Los primeros reflejan los altibajos del tipo de cambio, en tanto los segundos los de la tasa de interés. Desde luego que los movimientos al alza son los que provocan el desequilibrio, y existe entre ambos una sincronía asimétrica casi instantánea. Así, en la economía mexicana a una depreciación del peso frente al dólar sigue un aumento en la tasa de interés, y ante expectativas devaluatorias la tasa de interés se mueve al alza. Dada la globalización de los mercados financieros, el parámetro para pronosticar el movimiento de la tasa de interés interna lo es la prime rate estadunidense. Por ende, la economía mexicana depende en sus decisiones financieras de decisiones monetarias externas, las cuales a su vez están en función directa de la situación de la balanza comercial y de las expectativas de crecimiento de la economía estadunidense.

México se ha insertado en el desorden financiero descrito por la vía de los mercados bursátiles sin haber resuelto sus problemas productivos. Por ejemplo, a la crisis petrolera no siguió un reordenamiento estructural que partiera del saneamiento del aparato productivo para resolver el déficit crónico de la balanza comercial en el largo plazo, sino que más bien en ese momento se logró el equilibrio por la compresión de las importaciones. Así, aun cuando se dio efectivamente un superávit comercial y un cambio estructural en la composición de las exportaciones en 1983-1988,13 en 1989-1994 el déficit comercial reapareció y llegó a representar, en el último año señalado, 7.7% del pib y 47.42% de las exportaciones totales. La crisis de 1995, una vez más, puso en el centro del debate los problemas estructurales de la economía mexicana.

II. La economía mexicana en crisis

De la manera más esquemática, una crisis se caracteriza por una interrupción brusca de la producción, pero las causas de ello son de diferente naturaleza, lo cual determina la forma en que ésta se manifiesta. Así, por ejemplo, en 1976 el factor detonante en la economía mexicana lo fue la devaluación monetaria, lo mismo que en 1994 pero en escenarios diferentes. En el primer caso el mercado bursátil no tuvo ninguna relevancia, en cambio en el segundo se convirtió en el catalizador del desequilibrio para el conjunto de la economía. Y en 1982 la caída de los precios petroleros fue lo que desencadenó la crisis, en tanto que en 1987 lo fue el crack bursátil.

Por tanto, puede distinguirse entre una fuente de origen (factor detonante) y un mecanismo de transmisión de la crisis. Los mecanismos de transmisión, según la fuente de origen, van de la esfera productiva hacia la circulación y viceversa. Es claro, por ejemplo, que en 1994 el mecanismo de transmisión va de la circulación (circuitos monetarios-financieros) hacia la producción, en tanto que en 1982 va de la producción a la circulación.

También al interior de la fuente de crisis pueden distinguirse diferentes niveles (o segmentos) de origen. Por ejemplo, en la producción no es toda la llamada “economía real” o la producción en general, sino un sector productivo en particular, como lo fue el petróleo en 1982. Lo mismo se aplica a la circulación ya que, por ejemplo, en 1976 se trata de un desorden monetario (devaluación) que provocó desórdenes financieros pero no bursátiles.

El escenario cronológico de las crisis en México de 1970 a 1995 es el siguiente:

Como se observa, a partir de 1982 las crisis en México dejan de tener una expresión meramente local y se inscriben en desequilibrios globales. Al interior de la economía mexicana este escenario puede dividirse a su vez en dos fases, en función de los ritmos de acumulación:

  1. Primera fase: 1970-1982, se observa una alternancia relativamente suave de aceleración y desaceleración del crecimiento, con una tasa promedio de 7%, pero en general una economía no estancada.
  2. Segunda fase: 1983-1995, se registra una alternancia brusca de estabilidad-inestabilidad de precios, pero en general una economía estancada con un crecimiento inferior a 1% en promedio anual.

En la segunda fase lo financiero desempeña una función protagónica y lo productivo queda subordinado. En los extremos, los desórdenes financieros pueden analizarse en dos vertientes: como resultado de desequilibrios monetario-financieros en sí mismos o como reflejo de desequilibrios productivos. Sin embargo, es claro que hay una interacción permanente entre unos y otros, por lo cual es importante entonces determinar las relaciones de causalidad entre ellos o bien las fuentes de origen del desequilibrio.

La desarticulación de lo monetario-financiero con lo productivo tiene como uno de sus factores causales la modificación de los mecanismos de intermediación, esto es cuando los circuitos cortos (la bolsa) compiten con, y sustituyen a, los circuitos largos (la banca), primero como instrumento de financiamiento y luego como instrumento especulativo. Es decir, primero la intermediación financiera tradicional por medio del sistema bancario es sustituida por el financiamiento directo por medio del mercado bursátil; y segundo, el punto decisivo es cuando este último se torna un instrumento preponderantemente especulativo.

Todo parte de la noción de ahorro. En las economías modernas, la esfera financiera nace de una separación: aquellos que ahorran no son forzosamente los que invierten. Los últimos tienen necesidades de los fondos de los primeros, y la eficacia del sistema financiero depende de la capacidad para transferir los fondos disponibles de unos hacia otros, todo reduciendo el riesgo del no reembolso. Ello puede hacerse vía los intermediarios especializados, que toman a su cargo este riesgo. Pero también existen circuitos cortos, sin intermediarios: el ahorrador retira de ahí en general una remuneración más alta pero, en contraparte, queda desprotegido ante una falta de pago de su prestatario. La bolsa es el principal de estos circuitos cortos.14

1. Lo productivo y lo financiero

La extrema fragilidad de los circuitos cortos tiene su origen en la autonomización relativa del capital financiero con respecto al capital productivo,15 y se agudiza por la incapacidad estructural del aparato productivo para mantener una dinámica de crecimiento endógeno sostenido de largo plazo. Para el caso de México, por ejemplo, los diferenciales de productividad respecto a Estados Unidos son evidentes; la generación de tecnología propia es mínima en las ramas más dinámicas en las cuales la inversión extranjera es dominante (automotriz y electrónica); y las ramas de capital nacional de mayor significación no pueden constituirse en un motor de arrastre autónomo para el resto de las manufacturas.16 De tal manera que el crecimiento de estas últimas, con base en las exportaciones, no se ha traducido en un núcleo dinámico de generación y difusión de progreso técnico ni de integración de las cadenas productivas para el conjunto del tejido manufacturero.17

La apertura comercial, la liberalización económica y la estrategia exportadora, no han actuado de manera decisiva para corregir la heterogeneidad estructural del aparato productivo heredada del modelo sustitutivo de importaciones.18 De tal modo que el desarrollo de los circuitos monetario-financieros en economía abierta no han tenido como correlato una planta productiva (industrial y agropecuaria) que permita insertar eficientemente a la economía mexicana en la economía globalizada.

Con respecto a lo último se ha señalado que centro y periferia como economía mundial conforman un sistema en el cual pueden distinguirse los factores externos e internos que determinan la dinámica en la periferia. Por una parte, los factores externos que inciden en la acumulación dependen de la relación que exista entre el espacio-nación periférico particular con su espacio central de referencia en primer lugar, y con los otros espacios centrales secundarios en su rol de dependencia. Para México es claro que el espacio central de referencia lo es Estados Unidos, en tanto que Europa o Japón tienen una influencia no significativa. El “destino manifiesto” de México en el contexto mundial es seguir el curso de la economía estadunidense en sus inercias y en sus contradicciones con los otros espacios centrales.

Por otra parte, los factores internos están definidos por la forma específica en que acumulación y distribución de plusvalía interactúan, y la manera en que esta relación se da en el largo plazo es resultado de un ajuste continuo que se expresa en los movimientos cíclicos de estabilidad-inestabilidad que han prevalecido en la economía mexicana desde 1976. A continuación se desarrolla este tema.

2. Desequilibrios básicos (1970-1995)19

Coyunturalmente la crisis en 1995 tiene una especificidad en relación con las anteriores. Sin embargo, cualquiera que sea la forma en que se manifiesten una u otras, en su origen se encuentra una disfuncionalidad entre acumulación y distribución. Visto en el largo plazo (1970-1995) es claro que los cambios estructurales en este periodo han provocado ajustes que no han podido conformar un patrón “armónico” de interacción entre las dos variables mencionadas, de tal suerte que lo que se observa es una especie de rebote destructivo y no de ajuste constructivo de crecimiento, desarrollo o acumulación, según el enfoque metodológico que se utilice.20

Una forma de plantear este problema es mediante los flujos de capital. Desde esta perspectiva, la economía mexicana en su relación con la economía mundial recibió flujos por más de 150 mil millones de dólares por exportaciones petroleras en 1977-1996; y por inversión extranjera lo acumulado en el periodo 1977-1995 fue de 79 586.6 millones de dólares.21 La otra cara de la moneda es la transferencia de recursos, que por el solo concepto de intereses de la deuda externa sumaron 147 234 millones de dólares en 1980-1995.22 Si a ello se agrega el pago del principal, entonces el flujo neto de capitales resulta negativo.23

Es claro por ende que la economía mexicana produce, atrae y expulsa capital y, en consecuencia, que utiliza y produce plusvalía pero que no la retiene al ritmo en que la produce y la recibe. No hay ejemplo más patente de ello que el aumento incesante de la pobreza que en 1970 comprendía un total de 12.5 millones de personas y en 1996 aumentó a 40 millones. A continuación se estudian las variables de producción y deuda externa, para analizar los desequilibrios básicos que ha provocado el ajuste desestructurante en que se desarrolla la economía mexicana desde los años setenta.

a) Producción

El producto interno bruto (pib) tiene dos escenarios claramente diferenciados: uno de crecimiento (1970-1981) y otro de estancamiento (1982-1995). En el primero el índice de volumen del pib tiene una tasa media de crecimiento anual (tmca) de 8.6%, en tanto que en el segundo es de un poco más de 1% (cuadros 1 y 2 ). En este último pueden distinguirse a su vez dos subperiodos, uno de recesión total con una tmca negativa de -0.5% del índice de volumen en 1982-1987; y el otro con un crecimiento moderado de 3.1% en 1989-1994. El año de quiebra total es 1995, con una caída de -9.3% en el índice de volumen.

CUADRO 1
ÍNDICE DE VOLUMEN. PRECIOS DE 1970a
(Base 1970 = 100)
 

pib total

pib manufacturero

pib agrícola

1970

100 100 100

1971

104.2 103.9 105.7

1972

113 114 106.5

1973

122.5 126 110.8

1974

130 134 113.6

1975

137.3 140.7 115.9

1976

143.1 147.8 117.1

1977

148 153.1 125.9

1978

160.3 168.1 133.4

1979

174.9 185.9 130.6

1980

189.5 199.3 139.9

1981

204.6 213.2 148.4

1982

203.4 207.1 147.5
Fuente: Elaboración propia con base en Nacional Financiera, La economía mexicana en cifras, 1990.
a El índice de volumen se calcula a partir de datos a precios constantes, en donde el año base es el punto de referencia para toda la serie.

El comportamiento sectorial del pib no es homogéneo ya que el índice del volumen manufacturero tiene un mayor dinamismo cuando el pib total crece –sobre todo en la fase de alto crecimiento–, pero en la fase recesiva su caída es más pronunciada. En cambio, el índice de volumen del pib agrícola en la fase de crecimiento se rezaga con respecto al total, y este rezago es mucho más pronunciado con respecto al manufacturero, el cual se acentúa a partir de 1975. Pero en la fase recesiva del pib total (1982-1987) el índice de volumen agrícola no cae como el manufacturero (cuadro 2).

CUADRO 2
ÍNDICES DE VOLUMEN DEL PIB. PRECIOS DE 1980
(Base 1980 = 100)
 

pib total a

pib manufacturero b

pib agrícola c

1980 100 100 100
1981 108.8 106.5 106.1
1982 108.1 103.5 104
1983 103.6 95.4 106.1
1984 107.3 100.2 109
1985 110.1 106.3 113.1
1986 105.9 100.7 110
1987 107.9 103.8 111.5
1988 109.3 107.1 107.3
1989 112.9 114.8 104.9
1990 117.9 121.7 111.1
1991 122.2 126.6 112.1
1992 125.6 129.5 111
1993 126.6 128.5 112.6
1994 131 133.2 117.3
1995 121.7 130.2 112.9
Fuente: Elaboración propia con base en:
a Banco de México, Informe anual, 1995.
b y c Elaboración propia con base en Nacional Financiera, La economía mexicana en cifras, 1995.

El rezago del pib agrícola con respecto al total y al manufacturero puede explicarse por una mayor capacidad de respuesta del resto de los sectores económicos en una fase de crecimiento; en tanto que en recesión es el sector agrícola el que tiene una mayor capacidad de resistencia ante la caída del producto total. Lo anterior por la naturaleza misma de las actividades ligadas más a la producción de bienes alimentarios básicos, y en los cuales el maíz temporalero ocupa las mayores extensiones de superficie cultivada.

El punto que interesa destacar es el desequilibrio existente en los sectores fundamentales del aparato productivo, ya que no sólo es normal que la industria manufacturera tenga un crecimiento mayor que la agricultura en todo proceso de acumulación de largo plazo, sino que en la economía mexicana el sector agrícola se desarrolla en un larguísimo estancamiento,24 en el cual el producto agropecuario per cápita es mucho menor que el alcanzado de 1970 a 1981.

En esta situación, las políticas modernizadoras y de apertura comercial no han permitido superar los problemas estructurales heredados desde el modelo de crecimiento hacia adentro. La crisis agrícola sin duda es también un factor de inestabilidad. La agricultura, desde inicios de los años setenta, se ha mantenido en una situación de estancamiento que ha requerido de importaciones de granos básicos en los pasados veinticinco años. Por ejemplo, ya en 1970 estas importaciones fueron de casi un millón de toneladas; y en 1996 se estimó una importación de 13 a 14 millones de toneladas, equivalentes al 50% del consumo nacional.25 Con lo cual:

La falta de crecimiento agropecuario pone en entredicho la posibilidad de recuperación de la economía, por su importancia en la provisión de alimentos y materias primas para la exportación y el mercado interno, con el consiguiente abaratamiento de los llamados bienes salario. El estancamiento de la oferta exige recurrir a importaciones, con el respectivo costo de divisas. En términos generales, la modernización ha sido acompañada de un deterioro no sólo en la producción sino también en las condiciones de los agricultores. Un producto decreciente en términos per cápita, desde luego, no es el mejor instrumento para combatir la pobreza, el problema más grave del campo mexicano.26

Pero aun cuando se lograse un equilibrio entre oferta y demanda de bienes agropecuarios –la llamada autosuficiencia alimentaria–, ello no eliminaría las ancestrales carencias nutricionales de la población, pues en 1970 de una población total de 48 millones de habitantes, 26.4% no usaba zapatos; 16.6% no comía carne, pescado, leche o huevos; y más de 20.8% no comía pan.27 Para 1996 esta situación se tradujo en la existencia de 40 millones de personas en condiciones de pobreza, y de ellas 20 millones estaban en condiciones de pobreza extrema, el 50% de los niños en el campo se encontraban desnutridos y la mitad de la población no consumía el mínimo diario de calorías necesarias.28 En consecuencia, las crisis cíclicas de la economía mexicana han tenido como constante el estancamiento agrícola y un fuerte rezago social, y como detonantes los problemas registrados en los sectores externo, manufacturero y financiero.

b) Deuda externa, exportaciones e importaciones

Todo problema de deuda externa está asociado con las crisis de la economía ya sea como fuente de origen o como mecanismo de transmisión de los mismos. Esta vía de financiamiento externo se ha convertido en una fuente recurrente de desequilibrio, desvirtuando así los propósitos originales con los cuales se le contrata, esto es los de servir de apoyo a la acumulación. La relación entre deuda externa, pib y sector externo refleja este fenómeno.

El endeudamiento externo respecto al pib en 1970-1995 ha tenido una alternancia al alza y a la baja, en la cual pueden distinguirse cuatro fases:

  1. La primera va de 1970 a 1977 en que el índice deuda externa/pib pasa de casi 17% a poco menos de 36% (cuadro 3). Esta duplicación del índice llegó a calificarse en su momento como la peor situación de la economía mexicana en la posguerra.
  2. Posteriormente, con la crisis petrolera y los efectos devaluatorios el índice prácticamente explotó, al llegar a 62% en 1983, minimizando así el dato de la primera fase.
  3. Pero el pico máximo se alcanzaría en 1987, con un índice de 78%, proporción inimaginable una década antes. En consecuencia, en el periodo 1970-1987 se generó el mayor desequilibrio en cuanto a las obligaciones externas de la economía mexicana. El monto absoluto de la deuda externa en esos años pasó de 6 mil a 107 420 millones de dólares, lo cual refleja el amplio redimensionamiento de la economía registrado en aquel periodo.
  4. Y desde 1988 el índice disminuyó hasta 1994 para explotar de nueva cuenta al año siguiente, en el que llegó a 75% y fue calificado una vez más como la peor situación de la economía en su historia, pero ahora “moderna”. Proporcionalmente, en economía cerrada se dio el salto más amplio de este indicador: la deuda creció catorce veces de 1970 a 1982 (de 6 mil a 84 800 millones de dólares); y aunque en economía abierta la deuda casi se duplicó, el incremento porcentual no fue muy significativo frente al registrado en economía cerrada, pero en términos absolutos fue casi de la misma magnitud.29

CUADRO 3
DEUDA EXTERNA/PIB
(Porcentaje)

1970

16.9

1983

62

1971

16.9

1984

55

1972

17

1985

49.2

1973

18.6

1986

72.2

1974

20.2

1987

78.2

1975

22.9

1988

68

1976

29.1

1989

46.9

1977

35.9

1990

35.1

1978

32.6

1991

33.2

1979

29.9

1992

30.2

1980

27.2

1993

36

1981

31.3

1994

39.4

1982

50.8

1995

74.1

Fuente: Elaboración propia con base en Nacional Financiera, 1995; Banco de México, Indicadores Económicos, varios años.

Por tanto, en economía cerrada y en economía abierta ha quedado manifiesta la vulnerabilidad por endeudamiento externo, y la frágil estabilización lograda en el periodo salinista se hizo sobre la base de reprimir la inflación y de sobrevaluar el peso, financiando el déficit comercial con inversión extranjera por medio del mercado bursátil. Pero una vez agotadas las reservas del banco central por la fuga de capitales a finales de 1994, la devaluación elevó considerablemente las obligaciones en pesos por el servicio de la deuda. En consecuencia, con la caída del producto en 1995, el cociente deuda externa/pib casi se duplicó con respecto al año anterior.

Así, lo observado a lo largo de un cuarto de siglo muestra que las numerosas restructuraciones de la deuda han permitido paliar los problemas posdevaluatorios, pero sólo para reaparecer con mayor virulencia al cabo de un tiempo, sin poder resolver de manera definitiva este desequilibrio básico de la economía.

c) Autonomización de la deuda externa

Otro desequilibrio básico relacionado con el endeudamiento es el de la carga financiera por los intereses que se generan por deuda contratada a tasas variables. El indicador de intereses de la deuda a exportaciones (Dei /X) mide el grado de la autonomía para cubrir las obligaciones externas por la variación de intereses. También la relación de importaciones de bienes de capital a intereses (Dei /MBK) mide el sobrendeudamiento en que puede incurrir la economía cuando este indicador es inferior a la unidad, pues ello obliga a utilizar recursos externos para el servicio de la deuda en detrimento de la importación de bienes de capital. Ambos cocientes pueden considerarse indicadores del grado de autonomización de la deuda, dado que es una “carga de la deuda” por razones ajenas al préstamo o flujo de capital en sí mismo.

En el origen de la crisis de deuda en los años ochenta está el aumento desproporcionado de los intereses debido a la concentración de la deuda con vencimientos de corto plazo y con tasas variables. Este problema reaparecería en los años noventa, con algunas variantes que harían más catastrófico el desenlace, ya que en 1994 al emitir deuda interna nominada en pesos pero indexada al dólar (Tesobonos) y con vencimientos a muy corto plazo (1, 3 y 6 meses), llevaría a una crisis financiera con repercusiones mundiales (“efecto tequila”).

Como se observa en el cuadro 4, el indicador de intereses de la deuda externa a exportaciones (DEi /X) aumentó continuamente desde el año inicial hasta 1982. Sin embargo en 1970-1974 DEi representó en promedio menos de la quinta parte del total de las exportaciones; y es posteriormente cuando se tiene una aceleración del crecimiento DEi /X hasta representar más de tres veces el valor inicial máximo señalado. A partir de este punto la tendencia es descendente hasta 1993, pero nunca llega a ubicarse en valores similares a los iniciales con menos de 20% en promedio. Entonces el comportamiento de DEi /X puede considerarse como otro desequilibrio básico, sobre todo en 1977-1991, dado que el aumento de DEi se autonomizó relativamente del sector productivo al absorber cada vez más recursos provenientes de las exportaciones.

En 1994 el indicador DEi /X aumentó en relación con el año anterior, y con ello se revirtió la tendencia a la baja; sin embargo al año siguiente paradójicamente se tiene un valor menor que apuntaría a retomar la tendencia a la baja. Esto último se explica porque el efecto posdevaluatorio impulsó las exportaciones, las cuales aumentaron 40%, en tanto que DEi lo hizo en 22%. En cualquier circunstancia, no es de esperar que el efecto devaluatorio se prolongue mucho en el largo plazo, por lo cual en adelante, y dados los problemas históricos de endeudamiento externo, es probable que el indicador DEi /X se mueva al alza por la variabilidad de las tasas de interés internacionales. Sin embargo, dado el dato para 1996, parecería también que ello apuntaría a una corrección de este desequilibrio básico si es que las exportaciones mantuvieran permanentemente en el largo plazo una tasa de crecimiento mayor a la DEi.30

Otro indicador de autonomización de la carga financiera que afecta al aparato productivo es el de importación de bienes de capital (MBK) a intereses de la deuda (DEi), el cual ofrece una mejor perspectiva de análisis del sobrendeudamiento. Si hacemos

un valor de inferior a la unidad significará que el núcleo duro del aparato productivo tiene restricciones al crecimiento, dada la canalización de recursos hacia el exterior no para el pago de la deuda sino por el contenido usurario de la deuda, sin contraparte para la economía y además con efectos desindustrializantes.

CUADRO 4
INTERESES DE LA DEUDA, EXPORTACIONES,
IMPORTACIONES DE BIENES DE CAPITAL
(Porcentaje)

 

DEi / X

MBK / DEi

1970

16.9

4.90

1971

17.5

4.27

1972

16

4.47

1973

18.3

4.09

1974

20.6

3.79

1975

27.8

2.23

1976

28.9

1.83

1977

33.2

0.96

1978

33.4

0.98

1979

32.8

1.24

1980

35

0.95

1981

41.7

0.90

1982

57.5

0.37

1983

45.3

0.22

1984

48.4

0.22

1985

46.9

0.31

1986

51.6

0.35

1987

39.6

0.32

1988

43.3

0.45

1989

40.6

0.51

1990

34.3

0.74

1991

32.9

0.97

1992

29.4

1.43

1993

25.4

1.45

1994

27.1

1.42

1995

23.7

0.76

1996

23.2

Fuente: Elaboración propia con base en: Banxico, Indicadores Económicos; nafinsa, La economía mexicana en cifras, varios años.

En el periodo de estudio se observaron tres fases: la primera en 1970-1976 con valores promedio muy por arriba de la unidad pero en la que se manifiesta ya la tendencia a la baja (cuadro 4); en la segunda de 1977 a 1991 el valor de b fue inferior a la unidad, observándose que cayó en picada a partir de 1982 y llegó al mínimo absoluto en los dos años siguientes; y es hasta 1992 cuando es superior a la unidad. Este indicador expresa por sí solo la profundidad de la crisis estructural, pues la capacidad expansiva del sistema, dependiente del dinamismo del núcleo duro del sector i de medios de producción, fue reprimida considerablemente; y considerando también la gran dependencia de la economía de la importación de este tipo de bienes que implícitamente significan el acceso a nuevas tecnologías. En la tercera fase el valor de es mayor que uno en el breve periodo 1992-1994 y cae en el último año. No parece aquí, a diferencia de lo observado con respecto al indicador DEi / X, que en el largo plazo se dará una fuerte reversión de la tendencia general del comportamiento de MBK /DEi para recuperar los valores iniciales, con lo cual este desequilibrio básico puede ser interpretado como un efecto desindustrializante entendido como castigo a las posibilidades de expansión del sector de bienes de equipo. En la perspectiva del análisis adoptado, el endeudamiento en que se ha incurrido más que una fuente de apoyo a las actividades productivas se ha manifestado en los hechos como un sobrendeudamiento.

3. Acumulación y distribución

Los desequilibrios básicos a nivel de los sectores productivos (agricultura-manufacturas) y externos (deuda externa/pib, intereses de la deuda/exportaciones, importaciones de bienes de capital/intereses de la deuda externa) se han dado en escenarios diferentes, con crisis que también se manifestaron de distinta manera y que desarticularon la economía desde sus raíces. Por tanto, ¿de dónde proviene el desajuste en las variables macro que tanto en economía cerrada como en economía abierta han impedido la estabilidad? La hipótesis para intentar una respuesta es que las crisis coyunturales se enmarcan en un escenario de largo plazo de crisis estructural, en un tránsito de acumulación extensiva a acumulación intensiva.31

La desarticulación entre acumulación y distribución es un problema planteado en términos de adecuación entre normas de producción y de consumo. El primero refiere a la capacidad expansiva de la planta productiva en donde la inversión en bienes de capital es el aspecto central, pero también están presentes el desarrollo tecnológico, el llamado capital humano y la infraestructura física, como lo más relevante. En cuanto a las normas de consumo ésta remite a la realización de la plusvalía, en donde se asume que el acto mismo de la producción implica el consumo automático de aquella fracción de la plusvalía que se capitaliza por parte del capital individual.32 Quedando en consecuencia el consumo no productivo de plusvalía como la fracción que correspondería a los gastos de salario.33

La norma de producción puede interpretarse mediante la productividad del trabajo (valor agregado/empleo) y de la intensidad del capital (capital/trabajo); en tanto que la norma de consumo puede analizarse por medio del salario real (salarios/empleo). En el primer caso se observaría la potencialidad de la inversión y la densificación de las fuerzas productivas; en el segundo caso la capacidad de absorción interna de la plusvalía y, por ende, una relación armónica o inestable entre producción y distribución.

Es posible elaborar indicadores para evaluar el comportamiento tendencial de las normas de producción y de consumo. Así, para la primera la inversión productiva (o acumulación) puede tomarse como la formación bruta de capital fijo, en tanto que la segunda puede representarse por las variables de consumo privado y salarios en el sistema de cuentas nacionales. Estas variables a su vez pueden relacionarse con el pib, de tal modo que, al margen de situaciones coyunturales en las que se han presentado las crisis, permitan detectar también desequilibrios básicos pero ahora entre el origen y destino (usos) del producto. Estos indicadores muestran los ajustes por los que ha transitado la economía en el largo plazo.

a) Inversión/pib

La inversión en relación con el producto (i/pib) fue muy estable en 1970-1977, con un promedio anual de 18.5%. A partir de entonces, y en el marco del auge petrolero, registrará en 1981 el máximo con 26.4% y un promedio anual de 23.3%. Posteriormente, ya en el marco de una política contraccionista y a partir de la fuerte caída de 5.5% en 1983, el promedio anual para 1983-1994 fue de 19.1% (cuadro 5).

CUADRO 5
PRECIOS CORRIENTES
(Porcentaje)

Inversión fija
bruta / pib

Consumo / pib

Salarios / pib

1970

18.5

71.9

35.7

1971

16.7

73.2

35.5

1972

17.4

71.8

36.9

1973

18.2

70.5

35.9

1974

19.3

69.8

36.7

1975

20.2

68.7

38.1

1976

19.5

68.1

40.3

1977

18.3

66.3

38.9

1978

20.3

65.4

37.7

1979

1980

24.8

65.1

36

1981

26.4

64.4

37.5

1982

23

61.6

35.2

1983

17.5

60.9

29.4

1984

17.9

63.1

28.7

1985

19.1

64.5

28.7

1986

19.5

68.5

28.5

1987

18.5

65.8

26.8

1988

19.3

69.4

31.7

1989

18.2

70.3

31.9

1990

18.6

70.9

31.8

1991

19.5

71.8

33.9

1992

20.8

72.2

36.3

1993

20

71.5

38.7

1994

20.3

70

40.1

1995

16.3

67.3

36.2

Fuente: Elaboración propia con base en inegi, Sistema de cuentas nacionales, varios años; nafinsa, La economía mexicana en cifras, 1981, 1995. Los salarios son tomados como remuneración de asalariados; inversión fija bruta: formación bruta de capital fijo; consumo: consumo final privado

El coeficiente i/pib es un indicador de la formación de capital productivo y, por tanto, de la potencialidad de la economía. Un aumento continuo de la producción supone el aumento del capital físico, el cual puede ser de reposición o de innovación; y si asociado al aumento en la producción se dan aumentos en la productividad se asumiría que hay incorporación de progreso técnico más que de calificación de la mano de obra. En el auge petrolero y con la apertura comercial, las importaciones de bienes de capital han sido promovidas intensamente buscando con ello renovar la planta productiva, aun a costa de fuertes déficit comerciales manufactureros. En este enfoque el costo de renovar es el desequilibrio comercial, el cual sería más que compensado por una futura industrialización más integrada y eficiente. El índice de capitalización (i/pib) expresa el esfuerzo global de la economía para lograr estos propósitos y la proporción de las importaciones de bienes de capital en el total de importaciones (MBK /M) teóricamente expresaría la prioridad en la adquisición de tecnología moderna.34

La inversión en el largo plazo puede considerarse relativamente estable si para ello consideramos que en promedio se ha movido alrededor de 20% como proporción del pib (cuadro 5). Hay una fase de mucho mayor dinamismo (1979-1982) que está asociada directamente con el auge petrolero y, por tanto, con la mayor participación del Estado en la economía. El porcentaje más alto de inversión se dio en 1981 y el más bajo en la debacle “posmodernista” en 1995. La fase inicial muestra un descenso en 1971 explicado por la turbulencia política de entonces, en donde el enfrentamiento entre sector público y privado llevó a este último a contraer la inversión para contrarrestar los ímpetus populistas gubernamentales. Pero en general, en 1970-1978 hay una cierta irregularidad con una inversión promedio inferior a 20% en relación con el pib. Después del choque petrolero hay un lento pero continuo ascenso tendencial de la inversión desde 1983 hasta 1994 que se interrumpe bruscamente por la crisis del año siguiente. Lo anterior indica que en escenarios diferentes de economía cerrada y abierta la potencialidad para ampliar la planta productiva no va más allá de una quinta parte del producto y que, en consecuencia, un aumento de la inversión total requeriría de un esfuerzo significativo de la economía ya sea por la compresión del consumo o bien por una mejor utilización del excedente generado. En realidad el quid del problema está en la retención del excedente pues, como se señaló, las transferencias al exterior han drenado constantemente los recursos utilizables para invertir y no necesariamente se ha hecho un uso interno ineficiente de los mismos.

b) Salarios y consumo

La participación de los salarios en el pib (s/pib) en el periodo de estudio muestra tres comportamientos claramente diferenciados (cuadro 5). En el primero los salarios representan en promedio más de un tercio del pib, con el punto máximo en 1976. A partir de ese año puede interpretarse una segunda dinámica si para ello establecemos que hay un continuo descenso hasta el mínimo del periodo en 1987 en la que es la fase de caída más aguda en el indicador s/pib. Si tomamos como referencia el valor promedio del primer comportamiento podría decirse que el retroceso de la participación de los salarios en el pib se prolonga hasta 1990, pues los valores son siempre inferiores a un tercio. A partir de 1991 hay una recuperación continua del indicador s/pib e incluso se alcanza un valor similar al máximo señalado líneas antes. La estrategia de liberalización económica en la administración salinista parece congruente en cuanto a la recuperación salarial; sin embargo, la inflación más que controlada fue reprimida lo que, conjuntamente con la sobrevaluación monetaria, llevaría a la economía a la peor de las crisis hasta ahora registrada, impactando nuevamente la recuperación salarial vía inflación y desempleo.

El consumo (C) muestra una mayor regularidad en su comportamiento y, a diferencia de los salarios, anticipa con mucha anterioridad una caída continua como proporción del pib desde los inicios del periodo hasta el mínimo registrado en 1983. A partir de ahí hay un aumento constante hasta 1992 para luego desacelerarse y llegar a valores por abajo de los iniciales (cuadro 5).

Si se toman cinco datos en los extremos de la serie, pudiera plantearse que los valores medios normales del índice c/pib estarían ligeramente por arriba de 70%; en estos extremos los índices inflacionarios fueron los más bajos ya que en 1970-1973 el promedio anual fue de 6% y en 1991-1994 de 11%. En consecuencia, el largo periodo que media entre estos años puede considerarse como otro desequilibrio básico que afecta la norma de consumo y, consecuentemente, la variable distributiva. Parecería también que, al igual que en el caso del indicador s/pib, la inflación comprimida en los últimos años fue sólo un paliativo en la recuperación del indicador c/pib, pues su comportamiento se revirtió luego de la debacle posmodernista.

En consecuencia el desajuste en las variables de inversión y distribución corre paralelo a los desequilibrios básicos, sin que ello pueda atribuirse unilateralmente a un modelo de economía cerrada o abierta. Este análisis puede vincularse con el del cambio estructural en el sector externo que ha acompañado el tránsito de economía cerrada a abierta. El interés no estriba en un recuento del desequilibrio crónico de la balanza comercial, en particular la manufacturera, sino en evaluar el cambio en el patrón importador y su repercusión en el proceso de acumulación.

c) Importaciones por tipo de bien

Al analizar las importaciones por tipo de bien se observan cambios significativos que expresan una mayor relevancia de las importaciones de bienes intermedios en el largo plazo. En efecto, estas importaciones en 1970 representaban aproximadamente un tercio del total importado y crecen continuamente hasta el punto máximo en 74.5% en 1987 (cuadro 6). Posteriormente las importaciones de estos bienes declinan hasta estabilizarse en poco más de 60% en promedio en 1990-1994. Es en el auge petrolero (economía cerrada) cuando este indicador se duplica y con la apertura comercial aumenta su participación en el total hasta el máximo señalado, pero proporcionalmente el aumento en economía abierta es inferior al del periodo previo.

Es importante señalar que si se consideran los valores absolutos, las importaciones de bienes intermedios aumentan regularmente en 1970-1981, coincidente con el auge petrolero; y luego por efectos devaluatorios y políticas contraccionistas cae y es hasta 1988 cuando se recupera el pico absoluto del auge petrolero (cuadro 6). Posteriormente las importaciones de bienes intermedios crecerán poco más de dos veces y media en 1988-1994, lo cual expresa con nitidez la política de liberalización económica vía reducción arancelaria, para hacer del sector externo la apuesta principal en términos de política económica en el supuesto de que tales importaciones sirven para fomentar exportaciones.

CUADRO 6
IMPORTACIONES POR TIPO DE BIEN, 1970-1995
(Millones de dólares y porcentajes respecto al total importado)

 

Bienes de consumo

Bienes intermedios

Bienes de capital

1970

528

21.5

798

32.4

1 135

46.1

1971

443

19.6

796

35.3

1 015

45

1972

608

22.4

918

33.8

1,192

43.8

1973

851

22.3

1,414

37.1

1,549

40.6

1974

1,314

21.7

2,508

41.4

2,230

36.8

1975

444

6.8

4,241

64.4

1,897

28.8

1976

454

7.3

3,806

61.5

1,930

31.2

1977

369

6.6

3,719

66.8

1,482

26.6

1978

447

5.8

5,286

68.5

1,981

25.7

1979

705

6

7,424

63.4

3,577

30.6

1980

2,448

12.7

11,720

60.6

5,174

26.8

1981

2,808

11.3

14,572

58.4

7,574

30.4

1982

1,517

10.1

9,017

60

4,502

29.9

1983

614

6.8

6,215

68.9

2,197

24.3

1984

848

7

8,746

71.9

2,573

21.1

1985

1,082

7.4

10,287

70.8

3,165

21.8

1986

846

6.8

8,632

68.4

2,954

23.8

1987

768

5.8

9,907

74.5

2,631

19.8

1988

1,922

9.5

14,325

70.7

4,027

19.9

1989

3,499

13.8

17,171

67.5

4,769

18.7

1990

5,098

16.3

19,384

62

6,790

21.7

1991

5,834

15.3

23,763

62.2

8,588

22.5

1992

7,744

16.1

28,893

60

11,556

24

1993

7,842

16

30,025

61.4

11,056

22.6

1994

9,510

16.2

36,048

61.2

13,322

22.6

1995

5,335

11.5

32,242

69.7

8,697

18.8
Fuente: Elaboración propia con base en Nacional Financiera, La economía mexicana en cifras, 1981,1995.

También los valores absolutos muestran que tanto en economía cerrada (1974-1982) como en economía abierta las importaciones de bienes intermedios son siempre superiores a las de bienes de capital (MBK). En consecuencia, pudiera pensarse que un cambio estructural del aparato productivo se inició aun antes del cambio de estrategia económica, lo cual podría interpretarse de dos maneras:

La hipótesis de crecimiento extensivo la sustentan Enrique Hernández-Laos y Edur Velasco para los años 1960-1985, en función de que el incremento manufacturero se basó en el crecimiento de insumos más que en la productividad total de los factores (crecimiento intensivo). El cálculo de la productividad total de los factores, como efecto conjunto de las variaciones en la tasa anual de variación del valor bruto de la producción industrial a precios constantes y la variación anual de los precios relativos del capital y del trabajo, lleva a estos autores a concluir que “al encarecer la mano de obra respecto del capital, permitieron el sobredimensionamiento de las instalaciones respecto del crecimiento efectivo del mercado”.35

Lo observado por Enrique Hernández Laos y Edur Velasco supone dos periodos: el primero en los años sesenta con abaratamiento del capital con respecto al trabajo con el consecuente aumento de la capacidad instalada, hasta convertirse en un exceso “que anuló los efectos favorables de las economías de escala dinámicas. Durante los años setenta, en cambio, la modificación de los precios relativos de los factores influyó para utilizar de manera más eficiente las ampliaciones de la capacidad instalada”.36 Pero los datos del cuadro 6 sugerirían, de acuerdo con esta hipótesis, que el encarecimiento de los bienes de capital por la escasez de divisas habría reorientado la importación hacia bienes intermedios “obligando a racionalizar el uso de los acervos de capital en la industria” desde mediados de los setentas [como lo apuntan los autores]… y hasta la fecha, prolongándose así el crecimiento extensivo señalado por ellos.37

Al respecto cabe señalar que esta reorientación de las importaciones hacia bienes intermedios se puede asociar con cambios en la organización de la producción fabril en los países desarrollados, ya que la restructuración de éstos ha hecho que los grandes conglomerados se apoyen en los segmentos más eficientes de su cadena productiva, aprovisionándose del resto de sus insumos por medio de empresas subsidiarias y maquiladoras especializadas en este tipo de producción, lo que se ha traducido en un “proceso de especialización dentro de la división del trabajo… [Y] cabe hacer notar que este proceso se ha extendido en el ámbito internacional, al proliferar las empresas maquiladoras, y tiene por objeto elevar la productividad de los países industrializados, y no necesariamente la productividad de los países maquiladores como México”.38

Una interpretación distinta del cambio en el patrón importador consiste en explicarlo como expresión de cambio estructural externo y de desarrollo de ventajas competitivas, ya que la base del auge exportador se explica precisamente por el gran dinamismo importador centrado en bienes intermedios: “El nexo entre las compras externas de insumos y la exportación de mercancías se observa con claridad en la creciente importancia que han adquirido los insumos importados para la exportación con respecto a la importación total de insumos”.39 Los datos de una encuesta en 1995 indican que del total de las empresas exportadoras 82% importaba insumos, y de las no exportadoras 49%. Además se señala que la “suma de las exportaciones e importaciones de bienes y servicios en relación con el pib, calculado a precios constantes de 1980, pasó de 22.8% en 1985 a 31.8% en 1990, a 38.6% en 1994 y a 41.8% en 1995”. A esta mayor relevancia del sector externo se agrega una mayor diversificación de las exportaciones centrada en las manufacturas, pues aun eliminando de ellas las de las maquiladoras, la participación de las manufacturas en el total exportado pasó de 23% en 1985 a 73.2% en 1995.40

CUADRO 7
TASA MEDIA DE INFLACIÓN ANUAL
(Porcentaje)

1970-1975

10.41

1976-1981

23.76

1982-1987

94.58

1988-1994

21

1995-1996

33.75

Fuente: Elaboración propia con base en Nacional Financiera, La economía mexicana en cifras, 1980,1995; Banco de México, Indicadores económicos, varios años.

En consecuencia, desde esta perspectiva, la maquilización de la economía en el grado en que se dé, no significa un problema de graves consecuencias, ya que aparentemente el concepto de maquila se asocia sólo con las empresas que se declaran como tales pues “los insumos importados para la exportación se midieron a partir de la importación temporal de la industria automovilística, la importación de insumos de las empresas maquiladoras y la importación temporal de insumos de empresas Pitex (Programa de importación temporal para la exportación)”. 41

Ante esta divergencia de opiniones y la obcecada presencia de la crisis, cabe analizar la misma tanto por la complejidad interna como por la diferencia externa de la acumulación, entendidas éstas respectivamente como los cambios en las estructuras de la periferia y su modo de articulación con la economía mundial. Si bien es claro que en el último aspecto ha habido un cambio orgánico a partir de la apertura comercial,42 el mismo es interpretado de manera no sólo distinta sino antitética, ya que en una vertiente la economía mexicana transita virtuosamente de la sustitución de importaciones a la de las exportaciones;43 pero en otro enfoque el mismo fenómeno es caracterizado como una involución por el “tránsito de la industrialización orientada hacia las exportaciones a una orientada hacia las importaciones”.44

No obstante las diferencias de interpretación del cambio en el patrón exportador, éste no ha propiciado una articulación (integración) adecuada de las distintas ramas productivas, ni tampoco ha conciliado la producción y el consumo internos, ya que la exportación manufacturera surge como necesidad de recuperar los niveles de producción existentes antes de la larga crisis en que se desarrolla la economía. Hay que subrayar aquí que la estrategia exportadora no surge por una insuficiencia histórica del mercado interno para realizar la producción de las ramas industriales más intensivas, sino por una crisis de la balanza de pagos asociada a los precios petroleros en 1982 . Si bien es cierto que la política sustitutiva implicaba un sesgo antiexportador con déficit manufacturero, el modelo no tenía como obstáculo el mercado interno mientras el déficit fuera compensado con ahorro externo. Paradójicamente, en economía abierta el déficit manufacturero en la administración de Carlos Salinas fue interpretado como no problemático aduciendo el mismo argumento, esto es, como financiable con inversión extranjera,45 lo cual también forma parte del discurso actual.

Estas interpretaciones del cambio en el patrón importador llevan a reflexionar sobre el contenido de lo extensivo y lo intensivo, así como a contextualizar el alcance del concepto de maquila. Respecto a esto último, el desarrollo tecnológico y la globalización han llevado a segmentar los procesos productivos a tal grado que las industrias más avanzadas realizan el ensamble de sus productos a partir de una alta especialización, con productos estandarizados y líneas de producción fácilmente transferibles.46 Tal vez los ejemplos más relevantes de ello lo sean las industrias automotriz y electrónica, las cuales han registrado un gran auge con la instalación de plantas ensambladoras, convirtiéndose en el eje del nuevo patrón exportador, de tal forma que no resulta excesivo asimilar ensamblaje con procesos de maquilización cuando ello va ligado a la exportación. Y en cuanto a las importaciones de las maquiladoras en sí, éstas representaron en 1993 poco más de un tercio del total de las importaciones de bienes intermedios, y esa proporción llegó a 45% en 1995. Por tanto, concebir al país como maquilador en este contexto alcanza su adecuada dimensión.

En cuanto al carácter extensivo o intensivo de la acumulación es menester hacer algunas precisiones metodológicas para incorporar en ellas los desequilibrios básicos estudiados.

III. Lo extensivo y lo intensivo

La acumulación, entendida como renovación de las bases materiales de desarrollo, comprende tanto los modos de producción como los de consumo. En este último aspecto lo preponderante es la institucionalización de la relación salarial, la cual puede expresarse en términos amplios como una tendencia al alza de los salarios reales y no sólo como una mayor participación de los salarios en el producto. Esta renovación de las bases materiales puede ser extensiva o intensiva. Extensiva cuando la capacidad de producción aumenta sobre las mismas bases tecnológicas y el modo (norma) de consumo permanece igual. Intensiva cuando la capacidad de producción aumenta con la transformación de las normas de producción y se transforma el modo de consumo.

La transformación de las normas de producción se da vía el aumento en la intensidad del trabajo, pero sobre todo por los aumentos en la productividad del trabajo y del capital fijo. En acumulación extensiva la relación capital-trabajo (K/T) es débil o aumenta lentamente lo mismo que la tasa salarial (salarios/empleo). En acumulación extensiva hay una débil intensidad del capital, es decir, un aumento moderado del coeficiente K/T, o bien hay un uso intensivo de la mano de obra. Los aumentos en los ritmos de productividad se dan en lo primordial por la intensificación de los ritmos de trabajo y la reorganización del mismo. Los salarios reales permanecen estables y aún cuando haya un aumento de la salarización de la economía –incremento del empleo total y de la masa salarial–, la norma de consumo no se modifica o lo hace de modo muy lento. Idealmente esta situación puede ejemplificarse para México con la industrialización realizada durante la segunda Guerra Mundial, en la cual la economía prácticamente se aisló y la producción aumentó sobre las mismas bases tecnológicas, dada la imposibilidad de importar bienes de capital, y con un uso intensivo del trabajo y del capital fijo. Obviamente en el largo plazo esta situación se ha modificado y lo que se tiene en realidad es una combinación de varios modos de producción que es lo que le da coherencia dinámica al conjunto del sistema en situación de estabilidad. El ejemplo de una acumulación de este tipo en el pasado reciente lo es la industrialización sustitutiva de importaciones, la cual cambió el patrón de crecimiento internalizando la acumulación, pero sin modificar el frente externo al mantener el modelo primario-exportador.

No es dable la existencia de un régimen de acumulación puro sino más bien la de un conjunto de relaciones de producción y de intercambio en el que se articulan varias modalidades de acumulación. Así, puede concebirse que en el largo periodo de la industrialización sustitutiva de importaciones las formas intensivas amplíen su radio de acción en una combinación extensiva/intensiva en la que aumenta más la productividad del trabajo que el salario real, para acceder después a una combinación con predominancia de lo intensivo sin eliminar lo extensivo. En esta última articulación intensiva/extensiva se dan aumentos estables o constantes en la productividad del trabajo y del salario real, y la tasa de crecimiento del producto avanza lentamente. El último escalón sería aquel en el cual la acumulación fuera globalmente intensiva con aumentos más que proporcionales de la productividad del trabajo y del salario real, y la norma de consumo se transformara en permanencia.

1. De lo extensivo a lo intensivo

Se entiende por régimen de acumulación “el conjunto de regularidades que aseguran una progresión gradual y relativamente coherente de la acumulación de capital, es decir que permite reabsorber o dispersar en el tiempo las distorsiones y desequilibrios que surgen permanentemente del proceso mismo.”47

Si en el largo plazo los cambios que se dan son reabsorbidos para mantener la coherencia de la acumulación registrada hasta entonces, ello puede calificarse como un cambio restructurante en el que el desajuste o desequilibrio es moderado, no yendo más allá de una recesión que puede ejemplificarse como tránsito de un régimen de acumulación X a uno X'. En tanto que si los cambios son desequilibrantes en el sentido de una recomposición profunda y, por tanto, desestructurante, la crisis es orgánica y puede ejemplificarse como un cambio de un régimen de acumulación X a uno Y.

Las regularidades que deben mantenerse para validar un régimen de acumulación pueden caracterizarse así:

En esencia se trata de conformar un círculo virtuoso de producción y realización de plusvalía, o de acumulación y distribución, en el que destaca por su importancia en nuestro análisis “el horizonte temporal de valorización del capital”, en el cual deben cumplirse las regularidades que dan lugar al predominio de un cierto régimen de acumulación, que de no cumplirse llevan a un desajuste y por tanto a la crisis. Entendiendo que “en su origen las crisis no son simples desajustes funcionales, sino la expresión misma de los efectos de la estructura sobre los encadenamientos coyunturales. Enseguida, la evolución de la crisis conduce a un proceso mucho más abierto, de transición entre el antiguo régimen y un nuevo modo de desarrollo, incierto aún y parcialmente establecido”.49

Al referir lo anterior al análisis de la economía mexicana es posible plantear las siguientes hipótesis:

  1. No hay una dinámica “acumulativa”. Es decir, la fragilidad de la regulación se manifiesta por las desarticulaciones mencionadas líneas arriba tanto sectoriales (agricultura-industria) como externas (vulnerabilidad del endeudamiento externo como porcentaje del pib, autonomización de la deuda y su efecto desindustrializante); los límites históricos de la acumulación (inversión/pib); la desarticulación entre acumulación y distribución (salarios/pib, consumo/pib), y los cambios en el patrón importador. También pueden mencionarse las desarticulaciones intrasectoriales (tejido industrial desintegrado); ausencia de un desarrollo tecnológico autónomo en una industria con rezago permanente respecto de los centros industriales y sin crecimiento sostenido de la productividad; sin un alza sostenida de los salarios reales; y en la desarticulación entre la norma de producción y la tasa de crecimiento del consumo.
  2. Régimen extensivo/intensivo. En una primera aproximación el régimen de acumulación pudiera caracterizarse de manera limitada como una variante del “fordismo periférico”, en el cual el tejido industrial comprende una combinación de empresas locales maquiladoras para empresas transnacionales; empresas transnacionales que importan para exportar y empresas transnacionales que producen para el mercado interno. También un segmento de firmas locales fuera de esta red y que desarrollan sus propias dinámicas fuera del ámbito de la maquila o del aprovisionamiento de la demanda de las empresas transnacionales. En este segmento hay dos categorías: las empresas micro, pequeñas y medianas orientadas en lo fundamental al mercado interno, y las grandes empresas cuya producción se orienta cada vez más hacia el exterior.

    En el conjunto de empresas hay una jerarquía de sistemas productivos que puede sintetizarse así:

  3. Régimen de acumulación intensivo/extensivo. Los desequilibrios básicos y el desajuste de las variables macro expresarían el carácter desestructurante de los cambios en el régimen de acumulación en el sentido de transición, es decir de no coherencia de la acumulación en las condiciones prevalecientes con anterioridad. Así, la insuficiencia del fordismo periférico para explicar el proceso de acumulación50 conduce a entenderlo con más propiedad como una combinación de regímenes en la que la acumulación lleva hacia lo intensivo pero sin poder romper con lo extensivo. Esto puede caracterizarse como una semindustrialización que no se limita a la producción con tecnología obsoleta o en la gama baja de la tecnología moderna, sino que en economía cerrada éstas coexistían con tecnologías de punta en los segmentos industriales orientados hacia el exterior; y que en economía abierta han coexistido en los segmentos que mantuvieron sus condiciones de competitividad en el mercado interno con el capital extranjero o bien que exportan.

La heterogeneidad tecnológica se manifiesta también en la clara diferencia entre agricultura e industria, y al interior de cada sector también puede distinguirse una alta polaridad con segmentos altamente tecnificados y atrasados. En la agricultura existe una de subsistencia con bajísimos niveles de productividad –ubicada en los granos alimentarios básicos y en tierras de temporal–, y otra de altísima eficiencia en la producción de materias primas industriales y frutas y hortalizas para la exportación en tierras húmedas y de riego.51 En la industria manufacturera también existe la misma polaridad pues la mayoría de los establecimientos (99.13%) está constituido por micros, pequeñas y medianas industrias, con un máximo de 250 empleados por establecimiento, y que contribuyeron con 37.6% del producto manufacturero y 56.3% del empleo en 1993. En cambio menos de 1% de los establecimientos aportó dos tercios del producto.52

Finalmente dos consideraciones:

  1. En el escenario de largo plazo (1970-1995) no ha sido posible establecer una dinámica “acumulativa” de la acumulación, valga la redundancia; lo que se ha observado ha sido una sucesión de crisis moderadas, recesiones y crisis profundas; con alternancia de factores de cohesión y de fraccionamiento de las bases materiales de desarrollo. Ha habido inflación y crecimiento, inflación y estancamiento, estabilización sin inflación rápida y brutal; todo ello reflejando el carácter errático de la coyuntura (1976, 1982, 1987 y 1994). Así, es menester separar la contingencia histórica –el modo en que se manifiestan las crisis– de las permanencias y recurrencias, o sea de las causas que determinan la dinámica de la acumulación en el largo plazo en el cual se inscriben la “armonía” y los desequilibrios.

    Un simple dato, inflación, permite reconocer la complejidad del desequilibrio –la ruptura de la coherencia de la acumulación– pero no explicarlo:

    En consecuencia puede concluirse que el anterior aparato de regulación es inoperante para reconducir al equilibrio, lo cual vale para una economía cerrada y abierta, sin que al mismo tiempo se hayan podido constituir nuevas formas de regulación para superar la crisis que es, de suyo, estructural.

  2. La salida de la crisis estará dada por la conformación de un nuevo régimen de acumulación que no puede ser ya dominante intensivo, pues hay peldaños que no se pueden alcanzar para consolidar una vía de acumulación intensiva plena a imagen de los países centrales. Una especie de industrialización trunca o de casillero vacío,53 que no puede ser completada o llenada de manera adecuada a pesar de las políticas de ajuste implantadas cada vez con mayor acuciosidad.54 ¿Cuál es entonces el régimen de acumulación hacia el que se dirige la economía mexicana? Una pregunta sin respuesta en este ensayo pero que plantea el desafío principal de la reflexión analítica futura, ya que en otro contexto económico, político y social, la economía coreana o la española parecen estar encaminadas a llenar el casillero vacío.55

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

NOTAS

  1. Philippe Norel, Crisis et tiers monde, París, Syros- Alternatives, núm. 21, 1989, p. 21.
  2. Ibid., p. 48.
  3. En la globalización se condensan los factores externos de mayor influencia en la economía actual y que modelan, por decirlo de alguna manera, las formas internas de acumulación. Véase Dieter Ernest y David O’Connor, Technology and Global Competition. The Challenge For New Industrialized Countries, oecd, París, 1989; John Borrego, “La economía global: Contexto del futuro”, Investigación Económica, núm. 191, unam, 1990; François Chesnais, La mondialisation du capital, París, Syros, 1994; David M. Gordon, “The Global Economy: New Edifice or Crumbling Foundations”, New Left Review, 1988.
  4. Por ejemplo, las transferencias de América Latina hacia el centro en 1982-1986 se estiman en 25 mil millones de dólares anuales, equivalentes a 25% de las exportaciones totales de la región (Stephany Griffith-Jones, Deuda externa, renegociación y ajuste en América Latina, Lecturas de El Trimestre Económico, núm. 61, México, fce, 1987, p. 18). También puede mencionarse que, de 1974 a 1985, una suma equivalente a 300 mil millones de dólares fue transferida del Tercer Mundo hacia el centro, a modo de utilidades y fuga de capitales (Fondo Monetario Internacional, tomado de Denis Clerc, Les désordres financiers, París, Syros- Alternatives, núm. 17, 1988, p. 182). En este recuento faltaría cuantificar las transferencias por intereses de la deuda en la segunda mitad de los años ochenta. Y si bien en la primera mitad de los años noventa hay flujos netos hacia la periferia, éstos estuvieron constituidos en lo principal por inversión en cartera hacia los “mercados emergentes”, hasta el reflujo inverso a partir del “efecto tequila”.

    En los primeros años de los noventa las entradas netas de capital a los países en desarrollo fueron de 618 300 millones de dólares. Del total recibido en los mercados emergentes asiáticos, 55% fue inversión en cartera y en el latinoamericano fue de 75%. La alta volatilidad de estos flujos, sobre todo en América Latina, y la imposibilidad de internalizarlos productivamente, se evidenció brutalmente con el “efecto tequila”. Véase Homero Urías Brambilia, “Flujos de capital y mercados emergentes”, Comercio Exterior, diciembre, 1995.

  5. Guillermo Ortiz Martínez, secretario de Hacienda y Crédito Público, El Financiero, 9 de enero de 1995.
  6. Michael Camdessus, director del Fondo Monetario Internacional, El Financiero, 20 de febrero de 1995.
  7. En la reunión de 1995 del Banco Mundial, en Halifax, para analizar los problemas del sistema financiero mundial, se reiteró la necesidad de desarrollar una estrategia y de crear un fondo de contingencia para prevenir una crisis similar a la provocada por el “efecto tequila” (Banco Mundial, “América Latina y la crisis mexicana: Nuevos desafíos”, junio de 1995).
  8. En el largo plazo, el análisis se centra en “las discontinuidades, es decir las crisis, en la medida en que éstas marcan la emergencia de lo nuevo”, Philippe Norel, op. cit., p. 44.
  9. Por ejemplo, para la economía mexicana en el periodo 1950-1970, un factor de apoyo tradicional como la agricultura, por su aportación de divisas, ha devenido en un obstáculo estructural al registrar déficit comerciales en doce años en el periodo 1980-1996. O bien, un factor de apoyo no tradicional, como la exportación petrolera, provocó posteriormente una ruptura (crisis); o el desarrollo del mercado bursátil que se agrega como factor de apoyo a la acumulación pero también se convierte en un factor de vulnerabilidad externa en los años ochenta.
  10. La entrada de capitales fue de 61 mil millones de dólares, cantidad equiparable por sus efectos dinamizadores a los ingresos petroleros en 1977-1982, equivalentes a 63 375 millones de dólares (Pemex, Memoria de Labores; secofi, Dirección General de Inversión Extranjera).
  11. Es menester recordar que en el Programa Nacional de Fomento Industrial y Comercio Exterior 1984-1988, al hacer el diagnóstico de la crisis de 1982 se planteó la necesidad de un cambio estructural para superarla, y es en la industria y en el comercio exterior donde se localizan los desequilibrios fundamentales, “dado que obstáculos y problemas de carácter permanente y no meramente coyunturales han acompañado el proceso nacional de industrialización e impedido su crecimiento autosostenido y su inserción eficiente en el comercio mundial”. Con precisión se señalaba que el patrón histórico de industrialización “conlleva un importante sesgo hacia el crecimiento de las importaciones, al tiempo que presenta una dinámica mucho menor en las exportaciones. Ello es debido a que el sector en el que se apoya principalmente el crecimiento económico es el industrial sustitutivo, que es intensivo en importaciones, tiene un grado bajo de articulación intersectorial y altos requerimientos de capital… (y) como consecuencia de ello, el conjunto de la industria manufacturera tendría un crecimiento medio anual en sus importaciones del orden de 15.9 a 18.7% frente a sólo 4.7% en las exportaciones. Así, el déficit en cuenta corriente alcanzaría 7% del pib en 1988, nivel que sin lugar a dudas sería insostenible” (pp. 79 y 85). Crónica de un desequilibrio anunciado que se cumplió fatalmente en 1994.
  12. Denis Clerc, op. cit., p. 74.
  13. Disminución del peso porcentual de las exportaciones petroleras y aumento de las exportaciones manufactureras no tradicionales.
  14. Denis Clerc, op. cit., p. 11.
  15. Véase Roman Rosdolsky, Génesis y estructura de El capital de Marx (Estudios sobre “Los Grundrisse”), México, Siglo XXI, 1978, pp. 69-79.
  16. La intensidad del capital (acervos netos de capital-empleo) en el sector manufacturero en 1988-1992 en las “cinco ramas líderes del subgrupo A están vinculadas con corporaciones transnacionales (automóviles y equipo electrónico), monopólicos (petroquímica básica) u oligopolios nacionales (vidrio, cerveza y malta)”. Habría que agregar también a la química básica, cemento, hierro y acero; actividades ligadas a capitales nacionales, y que por su estructura son también de carácter oligopólico. Véase Enrique Dussel Peters, “El cambio estructural del sector manufacturero mexicano. 1988-1994”, Comercio Exterior, junio de 1995.
  17. Para Enrique Dussel, por ejemplo, el cambio estructural manufacturero consiste en el tránsito de una industrialización orientada hacia las exportaciones a una orientada hacia las importaciones, es decir una involución, en el cual el resultado de la liberalización ha sido desde 1988 “la caída de los encadenamientos hacia atrás (debido a la cuantiosa penetración de importaciones) y la tendencia a la baja de los encadenamientos hacia adelante (dados los generalizados desincentivos a invertir)”, “El cambio estructural”, op. cit.
  18. Véase Aníbal Pinto, Heterogeneidad estructural y modelo de desarrollo reciente de la América Latina, Lecturas de El Trimestre Económico, México, fce, núm. 3.
  19. Se considera este periodo de análisis como representativo de los principales cambios estructurales de la economía mexicana. Los sucesos posteriores hasta principios de 1998 no modifican en lo fundamental el comportamiento de los desequilibrios básicos que se analizan a continuación.
  20. Por “armónico” entendemos la conjunción de variables cuyo desempeño en el largo plazo permite en los términos más llanos el crecimiento sostenido del producto. La experiencia más fructífera en este sentido en México lo es sin duda el llamado “desarrollo estabilizador” (1960-1970), con una tasa inflacionaria anual inferior a 1% y un crecimiento del producto de más de 6%. Sin embargo, no se pretende con ello equiparar “armónico” con “bienestar”, ya que en ese mismo periodo los niveles de desnutrición, analfabetismo y carencias sociales eran ya alarmantes.
  21. Banco de México, Informe anual, varios años; secofi, Dirección General de Inversión Extranjera.
  22. Banco de México, Informe anual; shcp, Dirección General de Planeación Hacendaria. Habría que consignar también las remesas de utilidades, con lo cual la cifra total de transferencias sería mayor.
  23. Las transferencias deben incluir también los flujos no cuantificables, como la fuga de capitales por los depósitos de mexicanos en bancos estadunidenses y que en 1996 fue de 28 mil millones de dólares (Reserva Federal de Estados Unidos, Informe, 1997). A la suma anterior habría que agregar los depósitos de mexicanos en los paraísos fiscales, así como en los bancos suizos y europeos en general.
  24. Véase José Luis Calva, Crisis agrícola y alimentaria en México. 1982-1988, México, Fontamara, 1988.
  25. Banco Nacional de Comercio Exterior, México, 1973. Hechos, cifras, tendencias; Víctor Suárez Carrera, “Crisis agroalimentaria en México: Hechos y alternativas”, La Jornada, 28 de agosto de 1996.
  26. Véase Julio Goicoechea, op. cit.
  27. Censo General de Población, 1970, Secretaría de Industria y Comercio.
  28. Programa Nacional de Solidaridad, Secretaría de Desarrollo y Solidaridad, 1990; Instituto Nacional de la Nutrición, Organización Mundial de la Salud.
  29. De 1970 a 1982 la deuda externa aumentó 78 800 millones de dólares, y en 1983-1995 el incremento fue de 71 mil millones de dólares.
  30. En el Programa Nacional de Financiamiento del Desarrollo se señala que “Los resultados alcanzados en estos dos últimos años en el manejo de la deuda pública han sido, sin duda, alentadores. La mejora en el perfil de vencimientos, el acceso más favorable de México a los mercados internacionales de capital, así como la solidez de las finanzas públicas, amplían el margen de acción de las autoridades financieras para continuar en el futuro un manejo activo y prudente de los pasivos, optimizando así el endeudamiento público” (p. 21). Los comentarios sobre este documento han sido de lo más encontrados, desde laudatorios hasta la negación total del mismo como instrumento idóneo para superar este desequilibrio básico. En nuestra opinión es aventurado aseverar que “no habrá más crisis financieras en este sexenio” (Guillermo Ortiz, Secretario de Hacienda y Crédito Público), ya que al margen de los buenos propósitos del pronafide y de su congruencia como instrumento de política económica, todo proceso de acumulación tiene dos determinantes: una interna representada por las características propias de la economía –entre ellas la pobreza–, y otra externa representada por la economía mundial en la cual, por ejemplo, las tasas de interés son un factor no determinable por ningún instrumento de política económica interna. Factor al cual es muy sensible la economía mexicana. Por ejemplo, en noviembre de 1997 se dio un ataque especulativo contra el peso, devaluándose casi 7% con respecto al dólar. Y la caída de los precios petroleros en febrero y marzo de 1998 obligó a realizar recortes presupuestales y a revisar a la baja las metas de crecimiento y al alza las de inflación, en la prefiguración de una minicrisis fiscal que pudiera anticipar desequilibrios financieros mayores a futuro.
  31. El analisis sobre el contenido de la acumulación extensiva e intensiva se presenta en la sección III.1 más adelante. Aquí se expone el comportamiento de largo plazo de las principales variables macro (salarios, consumo, inversión e importación de bienes de capital) que sustentarían la hipótesis de cambio en el patrón de acumulación.
  32. Las fracciones de capital comercial y financiero son esencialmente consumidoras y no generadoras de plusvalía.
  33. También los gastos de gobierno son consumidores de plusvalía; sin embargo, hay una parte que es productiva y otra no. Para efecto de facilitar la exposición consideramos que sólo es el gasto de salarios lo que consume plusvalía de manera no productiva.
  34. En economía cerrada la importación de bienes de capital si bien significaba incorporar tecnología, ésta podría ser obsoleta a nivel internacional pero más eficiente que la local. En cambio en economía abierta teóricamente ésta posibilidad estaría cancelada. Infra, inciso c.
  35. Enrique Hernández-Laos y Edur Velasco, “Productividad y competitividad de las manufacturas mexicanas, 1960-1985”, Comercio Exterior, México, julio de 1990.
  36. Ibid.
  37. Tal vez ésta sea una interpretación un tanto forzada de la hipótesis de crecimiento extensivo de estos autores, pues habría que validarla de acuerdo a su metodología con el cálculo correspondiente de la productividad laboral y de la productividad total de los factores en 1985-1995, lo que rebasa los alcances de este trabajo.
  38. Enrique Hernández-Laos y Edur Velasco, op. cit.
  39. Jesús Cervantes González, “Cambio estructural en el sector externo de la economía mexicana”, Comercio Exterior, México, marzo de 1996.
  40. Ibid.
  41. Ibid.
  42. Cambio orgánico entendido como ruptura con las partes que constituyen un conjunto armónico.
  43. Jesús Cervantes G., op. cit.
  44. Enrique Dussel P., op. cit.
  45. Véase Criterios de política económica para 1995, Presidencia de la República, noviembre de 1994.
  46. Véase Lorraine Eden y Maureen Molot, “Continentalizing the North American Auto Industry”, Ricardo Grispun y Cameron Maxwell, The Political Economy of North American Free Trade, Nueva York, Saint Martin’s Press, 1994.
  47. Robert Boyer, La théorie de la régulation: Une analyse critique, París, Agalma, La Découverte, 1987, p. 46.
  48. Robert Boyer, ibid., p. 46.
  49. Ibid., p. 60.
  50. Véase Robert Boyer y Jean-Pierre Durand, L’après fordisme, París, Syros, 1993.
  51. José Luis Calva, Crisis agrícola y alimentaria en México. 1982-1988, México, Fontamara, 1988.
  52. XIV Censo Industrial y Manufacturero, Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, 1994.
  53. Fernando Fajnzylber, “Industrialización en América Latina: De la ‘caja negra’ al ‘casillero vacío’”, Cuadernos de la cepal, núm. 60, 1989.
  54. Por ejemplo, en la estrategia neoliberal el equilibrio fiscal es un objetivo per se, lo cual en México se ha presentado como una de las joyas más preciadas de la última administración y de la actual, pero sin que ello haya podido constituirse en un factor central de estabilidad o de coherencia dinámica de acumulación.
  55. Aun cuando los acontecimientos por la crisis del sureste asiático (“el efecto dragón”) desde mediados de 1997 y principios de 1998 han cuestionado las bondades sin límites del crecimiento hacia afuera en sus versiones más apologéticas, no es menos cierto que la economía coreana se aleja cada vez más del concepto simplificador de maquila rudimentaria de su espacio central de referencia (Japón) de la primera mitad de los años sesenta, y avanza cada vez más en la densificación de su tejido industrial desarrollando por ejemplo segmentos electrónicos de punta. Así, su crisis financiera está montada en un sector industrial dinámico, el cual no se explica sólo por la presencia del capital externo sino en lo principal por la endogeneización del progreso técnico.


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