En ese sentido, es necesario distinguir el nuevo significado simbólico que adquiere la construcción de la nueva identidad femenina, en la configuración de las nuevas estructuras de la sociedad contemporánea de los últimos años. La discusión, creo, tiene que ver, en general, con la resistencia que tienen algunas "feministas", quienes guardan una posición notoriamente ideologizada, y las estudiosas del género femenino, en cuanto a satanizar o resistirse a analizar socioculturalmente las implicaciones de las diferencias naturales. De tal forma que las diferencias de sexo aparecen, básicamente, como herencia de las teorías darwinianas que colocan a la mujer en una condición subordinada con relación al hombre. Esto no quiere decir, que en lógica de una sociedad patriarcal, tal interpretación, a veces, todavía, quiera ser utilizada para "explicar" la superioridad "natural" del sexo masculino. En todo caso habría de considerarse una interpretación escencialmente antropológica donde la reproducción social se observe a partir de su relación con el medio ambiente, donde lo natural influye en la definición de lo social [2].
Por otra parte, valdría la pena considerar el que las transformaciones estructurales, que obedecen a la lógica propia de la sociedad contemporánea, hayan influido más de lo que hasta ahora se ha contemplado. Me refiero a la idea de Harris [3], en la que se suguiere que, en todo caso, el movimiento feminista de los años sesentas en los Estados Unidos parte del hecho concretado, donde la mujer, al ser incorporada al mercado de trabajo ha transformado ya las relaciones familiares. Se trata de un momento, entonces, donde las mujeres no se han constituido como sujeto social. Esta misma idea se puede replantear a partir de lo que Bell [4] suguiere acerca del cambio social, donde los cambios culturales no responden a la dinámica de los cambios registrados, por ejemplo, los de la economía.
Lo que intento plantear es que las transformaciones culturales que van dando forma a nuevas identidades genéricas, tanto de las mujeres como de los hombres, está más allá de una "conciencia de género". Que la cultura se va transformando independientemente de la consciencia del individuo acerca de las construcciones simbólicas que van redefinendo los roles sociales de uno u otro sexo. En ese contexto, independientemente de los cambios impulsados conscientemente por las mujeres, la transformación de las relaciones tradicionales entre la pareja y la familia, que propician la incorporación progresiva de la mujer al espacio público, se traduce en cambios simbólicos en la subjetividad masculina que, en determinado momento, se expresa a través de una suerte de crisis en la identidad masculina. Evidentemente, las conductas que confrontan las manifestaciones "machistas" de los hombres, profundiza una situación, que de por sí, resulta conflictiva.
Por último, antes de intentar abordar el problema de la crisis de la identidad masculina en el contexto del cambio cultural en México, es indispensable reconocer que el estudio del género masculino parte del background que nos heredan los estudios sobre las mujeres, en cuanto a participación económica y política, así como los avances registrados en el terreno de la sexualidad.

Evidentemente, el papel que la sociedad asignó a esas mujeres, su confinamiento al espacio privado, se expresó a través de su ausencia en el mercado de trabajo. Hasta esos años, entonces, es posible analizar la cultura, particularmente la referente a la forma en que se reproduce la vida cotidiana, a partir de conceptos que inicialmente utilizaron los movimientos feministas de las sociedades desarrolladas, como es el caso de la división sexual del trabajo. Este rasgo de la sociedad reflejaba uno de los principales elementos que determinaron la subordinación de la mujer. La desigualdad en referencia al hombre tenía claramente, como causalidad, su dependencia económica, puesto que a ellas correspondía la responsabilidad de la reproducción social, la procreación y el cuidado de los hijos. De tal forma que de manera social, no natural, al hombre le tocó el papel de proveedor de la familia. Este papel económico le redituó al hombre el "derecho" de ejercer el poder dentro de la célula familiar. Así, el hecho que el hombre representara el único sustento, propiciaba la "legitimidad" social para ejercer más derechos que la mujer. Es el caso de la doble moral que redondea la deteriorada imagen de la mujer tradicional que predominaba hasta los años cincuenta.
Poco a poco, la mujer fue incursionando en el mercado de trabajo. Su presencia en el espacio público modificó la estructura de la familia nuclear que definía los rasgos de la cultura tradicional. Aunque, nuevamente, la subordinación a que se sujetaba a las mujeres adquiría nuevas formas de expresión. La doble jornada tuvo su máxima expresión en México, cuando la mujer adquirió mayor presencia en el mercado de trabajo, haciendo evidente su explotación al cumplir, también, con las obligaciones del hogar.
Cuadro 1
Rasgos característicos de los géneros
(década de los sesentas)
_______________________________________
Mujeres Hombres
_______________________________________
Estabilidad emocional
caprichosa decidido
histérica firme
miedosa asentado
emotiva tranquilo
Mecanismos de control
habladora disciplinado
incoherente metódico
atolondrada organizado
astuta severo
Autonomía, dependencia
sumisa independiente
Dominio, seguridad de sí mismo
débil deseo de poder
ambicioso
arrivista
necesidad de afirmarse
Agresividad
astuta combativo
cínico
Nivel de actividad
pasiva impetuoso
Cualidades intelectuales
intuitiva creativo
objetivo
razonador
apto para las ciencias
Orientación afectiva
sexualidad
cariñosa obsceno
compasiva
dulce
necesidad de amor
deseo de tener niños
___________________________________
Fuente: Tomado de Anne-Marie Rocheblave Spenlé. Lo
masculino y lo femenino en la sociedad contemporánea,
Ciencia Nueva, Madrid, 1968.Aún así, aunque socialmente se aceptaba un nuevo tipo de mujer, las desigualdades en referencia a los hombres se hacía más patente. Por una parte, la autoridad que detentaba la figura masculina al interior de la familia no disminuyó. Aunque la mujer cooperaba con su ingreso, el hombre continuaba ejerciendo el poder, ya sea en su caarácter de padre, esposo o hermano. Por otra parte, en la medida que el trabajo femenino retribuía bajos ingresos para el mantenimiento familiar, su participación económica fue vista como una ayuda "complementaria" que reproducía nuevamente la imagen de inferioridad femenina que en cada ámbito social se le asignaba. Así, los rasgos de su identidad como mujer confirmaban la imposibilidad de desempeñar actividades económicas que estaban definidas a partir de los roles masculinos. Ya que a los hombres se les atribuía "naturalmente" todas aquellas características que requerían los puestos superiores en la administración pública y privada.
Tal situación, en mi opinión, reproducía un contexto sociocultural en el cual todavía era posible comprender la permanencia de una división sexual del trabajo; sólo que ahora ya no se trataba de una especialización de trabajos en función de los espacios sociales [5], donde al hombre le correspondieron, por prácticas culturales, las actividades económicas remuneradas y a las mujeres no, ya que su espacio social era el doméstico. La división sexual del trabajo podría advertirse en la medida que si bien ya se advertía mayor presencia femenina en el mercado de trabajo, existían muchas ramas de la economía en las que todavía no incursionaba la mujer. Además, y en todo caso esto es lo importante en la perspectiva de este trabajo, que el tipo de actividad remunerada de la mujeres en los años cincuentas, reflejaba "la inferioridad femenina" que una sociedad patriarcal reproduce en cada uno de sus ámbitos.
Es cierto, la mujer adquiere mayor presencia en las burocracias, públicas y privadas, pero desempeña trabajos secretariales o de asistencia adminsitrativa; incursiona en algunas ramas industriales, pero en calidad de obrera; consolida su presencia en los servicios, aunque, normalmente, es en carácter de dependiente, etcétera. Es decir, que se trata de papeles económicos de importancia secundaria, en la medida que las mujeres no acceden a puestos de dirección en los que se haga patente el ejercicio del poder. De tal forma, que si bien es factible reconocer la permanencia de la división sexual del trabajo, ésta se manifiesta, más claramente, en la medida que el hombre monopoloiza las tareas que exigen una capacidad racional y conocimiento técnico de las ingenierías y las ciencias administrativas, por ejemplo.
Estos cambios sociales se expresan, entonces, a partir de una serie de transformaciones en los hábitos que exige cada espacio social, el público y el privado. Tal situación, refleja una serie de contradicciones en la reproducción de la cultura, sí ésta la entendemos como un conjunto de costumbres, normas, formas de pensar, y por tanto, de prácticas cotidianas que guían a las relaciones sociales. Por ejemplo, si bien es cierto que la mujer "ya trabaja", habrá de recordarse como una mujer próxima a casarse tenía que abandonar su empleo para cumplir con su nuevo rol social de madre-esposa. De tal forma que si la mujer ya había logrado, aunque fuera incipientemente, su independencia del hombre, para confirmarse socialmente como mujer en la nueva etapa de su vida, tenía que volver a una situación de subordinación, esto es, de dependencia económica-social que le impedía consumarse como persona, fuera de la esfera familiar.
Visto así, podemos decir que la transformación de las prácticas sociales y su relación con valores culturales eran muy relativos. Sin embargo, este cambio significaba el inicio de la transformación del imaginario colectivo [6] que comienza a construir nuevas identidades para los géneros. Las estructuras simbólicas de la sociedad mexicana de los años cincuentas comienza a aceptar a la mujer en el espacio público, aunque esto, en la práctica, no significó, pues, el equilibrio en la relación de los géneros. Se permitió, en mi opinión, una suerte de independencia temporal de la mujer, mientras trabajaba remuneradamente, antes del matrimonio cuando era confinada nuevamente al espacio privado.
La identidad masculina, aún cuando ya se registraban cambios sociales que parecían ser los simientos del cambio en la identidad femenina, se mantenía prácticamente intacta, como lo establecía la tradición de la "familia mexicana". Al hombre lo rodeaba el aura del poder, por ello, lo masculino simboliza a la fecha, la autoridad en todos los ámbitos sociales.
Cuadro Núm. 2
Divorcios registrados en México
(1976-1986)
______________________________________
Año Total Incremento
porcentual
respecto al año
base
______________________________________
1976 19,002 0.0
1978 21,394 12.6
1980 21,674 14.1
1983 29,427 54.9
1985 34,114 79.5
1986 38,827 104.3
________________________________________
Fuente: México social, 1990-1991, Banamex.El cambio real en el ámbito de la cultura, se advierte desde los años setentas en nuestra sociedad. Considero que aquí no se atravezó por el conflicto generacional a través de las manifestaciones feministas que demandaban ser reconocidas como sujetos sexuales, por ejemplo. Más bien, nuestro cambio cultural en cuanto a nuevas formas de percepción de lo sexual y su efecto en la reproducción, se guió, apoyada por las imágenes del exterior, más por políticas gubernamentales que comenzaron a machacar en los medios de difusión que la "familia pequeña vive mejor". Evidentemente, el fenómeno de la liberación sexual tuvo su expresión en conductas sociales que comenzaron a expresarse, de manera generalizada en la juventud mexicana de clases medias, a principios de los años setentas. El "exito" de nuevas prácticas de los géneros representó el primer intento por abandonar los símbolos tradicionales que proyectaban en nuestra sociedad los valores de la virginidad, la fidelidad, el matrimonio y la familia. Esto sí representa un cambio palpable que se expresa culturalmente en las nuevas relaciones que comienzan a surgir en las parejas y la familia.
La desvalorización de esos principios representó la liberación tanto de las mujeres como de los propios hombres. El rompimiento con el tabú del matrimonio que esclavizó durante tanto tiempo a la mujer mexicana, exlica el incremento de divorcios y uniones libres, así como matrimonios por el "civil" (Ver cuadro 2), que de hecho refleja la confrontación de los principales valores que promovía la Iglesia católica. El hecho que la mujer apareciera como sujeto sexual representó para las generaciones jóvenes, el inicio de una búsqueda para descubrir y apropiarse del placer. Las medidas para controlar la natalidad, además de liberar a las nuevas generaciones, urbanas sobre todo, de "aceptar los hijos que nos envíe dios", se manifiesta en la reducción del promedio de hijos por familia (Ver cuadro 3).
Por otra parte, en los años setenta se registra una alta participación de la mujer en todas las actividades de la economía, además, que su incursión en las carreras universitarias, su formación profesional, le proporcionó el status para acceder a puestos en que se ejerce el poder, donde se toman decisiones. Ya no se trataba del hecho de participar en todas las actividades remuneradas, pues al adquirir los conocimientos técnicos de las diferentes disciplinas queda en condiciones de incursionar a otros niveles jerárquicos de las estructuras administrativas. Las mujeres, entonces, aparecieron como jefes, gerentes y directivos, es decir, ejerciendo el poder. Evidentemente, y de manera conjunta con una nueva relación entre la sociedad civil y el Estado, la mujer apareció participando, cada vez más, en la política. Lo que configuró un nuevo papel de la mujer en la sociedad.
Se trata de la construcción simbólica en el imaginario colectivo de un nuevo estereotipo de mujer. Es ahí el momento de reflexionar acerca del efecto que tiene tal transformación de las identidades genéricas en la subjetividad masculina, donde, sin duda, se reproduce una contradicción conforme la estructura simbólica del hombre reconoce que el nuevo perfil de la mujer queda constituido a partir de muchas de las características que anteriormente se atribuyeron a la identidad masculina [8].Ya no le va quedando a los hombres elementos tangibles que le confirmen su superioridad sobre las mujeres. Esta situación provoca en muchos hombres, sin importar su clase social y su formación profesional, un conflicto que se expresa a partir de una auto-desvalorización de su papel social como "hombre".
El ejemplo más sugerente es el caso de los hombres que tienen como superior, en el trabajo, a una mujer, pues no reconocen que ellas, las mujeres que han accedido al poder, han demostrado que la razón y el don de mando no son habilidades "naturales" de los hombres. Al momento en que las mujeres conquistan el espacio público [9], el hombre advierte que su status quo se ve amenazado por un sujeto que,en su interior, considera inferior a él. Su reacción inmediata e inconsciente es demostrar su superioridad a través de la violencia, de facto o simbólica. Como lo demuestran, por ejemplo, estudios donde se refleja que en las clases subalternas, los hombres recrean en el espacio privado su campo de dominio. Es claro que la violencia simbólica a través de la cual se expresa la autoridad masculina, se da más en las relaciones sociales de las clases medias y altas.
En lo años setenta y los subsecuentes, conforme la mujer ha tenido condiciones más favorables para insertarse en el mercado de trabajo, el concepto de la división sexual del trabajo deja de servir para explicar la realidad. La presencia de la mujer se encuentra en todas las ramas de la economía, al mismo tiempo que su preparación universitaria le permite acceder a puestos donde se ejerce el poder. Sin embargo, no se puede generalizar que la mujer ha ganado la batalla de la desigualdad ante el hombre. En todo caso, la subordinación de la mujer se torna más sutil.
Situémonos en el caso de mujeres que trabajan, y que no necesariamente o de manera significativa, ganan menos que sus parejas, por lo que su remuneración ya deja de ser considerada como un complemento del ingreso familiar. De cualquier forma sufre la doble jornada. Este fenómeno demuestra que aunque se hayan dado produndos cambios estructurales, las prácticas concretas entre los géneros reproducen esquemas tradicionales que mantienen, aparentemente, inmaculada la autoridad de la figura masculina. Ahí se reproducen, también, actividades que antes eran identificadas con uno u otro género. Sin embargo, en el contexto de las relaciones familiares, el reconocimiento del nuevo perfil de la mujer tiende, en muchos casos, a establecer relaciones más equilibradas.
Por otra parte, sobre todo en los últimos años, los medios de difusión masiva (cine y televisión fundamentalmente) han proyectado, y consolidado por tanto, una imagen de la mujer que prácticamente rompe con los estereotipos de la mujer tradicional de los años cincuentas. Se acepta ahora que la mujer tenga un proyecto de vida más allá del matrimonio y la reproducción de la sociedad. Ya no se trata de la mujer que lucha por se reconocido como sujeto en las relaciones de pareja. En lo que tiene que ver con lo que a ellos afecta, a la sexualidad, etcétera, sino del reconocimiento de un sujeto independiente que decide sobre elementos sociales que integran su proyecto de vida. Este fenómeno es otro aspecto que provoca la crisis en la identidad masculina, pues, al tener los hombres introyectado imágenes que los colocan en el centro de las decisiones de la pareja, no pueden comprender, muchas veces, que las mujeres tengan proyectos más allá de su trabajo rutinario y el espacio privado.
Cuadro Núm. 3
Promedio de hijos nacidos vivos por mujer según entidad federativa
1970-1990
_________________________________________________________
Entidad Promedio de hijos nacidos Tasa de
vivos crecimiento
1970 1990 %
_________________________________________________________
República
Mexicana 3.1 2.5 -19.35
Aguascalientes 3.4 2.7 -20.59
Baja California 3.0 2.3 -23.33
Baja California Sur 3.2 2.4 -25.00
Campeche 3.0 2.5 -16.67
Coahuila 3.2 2.5 -21.88
Colima 3.3 2.6 -21.12
Chiapas 3.1 2.7 -12.90
Chihuahua 3.3 2.5 -24.24
Distrito Federal 2.6 2.0 -23.08
Durango 3.6 2.9 -19.44
Guanajuato 3.4 2.8 -17.65
Guerrero 3.2 2.8 -12.50
Hidalgo 3.4 2.8 -17.65
Jalisco 3.3 2.7 -18.18
México (Estado de) 3.3 2.4 -27.27
Michoacán 3.4 2.8 -17.65
Morelos 3.1 2.5 -19.35
Nayarit 3.5 2.9 -17.14
Nuevo León 3.0 2.3 -23.33
Oaxaca 3.1 2.8 -9.68
Puebla 3.3 2.7 -18.18
Querétaro 3.5 2.7 -22.86
Quintana Roo 3.4 2.3 -32.35
San Luis Potosí 3.4 2.8 -17.65
Sinaloa 3.4 2.7 -20.59
Sonora 3.1 2.5 -19.35
Tabasco 3.4 2.6 -23.53
Tamaulipas 3.1 2.4 -22.58
Tlaxcala 3.7 2.8 -24.32
Veracruz 3.1 2.6 -16.13
Yucatán 2.8 2.5 -10.71
Zacatecas 3.8 3.1 -18.42
____________________________________________________
Fuente: XI Censo General de Población y Vivienda, 1990,
INEGI, SPP.Quiero ensayar sobre una idea que correlacione los efectos que tiene la revaloración de la imagen femenina, cuando las mujeres vienen conquistando espacios sociales históricamente monopolizados por el hombre, sobre la estructura simbólica del género masculino. Evidentemente, este fenómeno representa la erosión de los rasgos que socialmente "legitimaban" la superioridad ante el género femenino. Se trata de reconocer que el hombre introyecta un proceso a partir del cual, sí pensamos que la figura masculina simboliza el poder, la imagen masculina se deteriora al ser desplazados por las mujeres en todos los ámbitos de nuestra sociedad [10].
Por otra parte, la crisis económica que vivimos desde los años ochentas, que en la perspectiva de este ensayo considera el profundo deterioro del nivel de vida y el recrudecimiento del desempleo, agrava la erosión que sufre la estructura de valores que define la nueva identidad masculina. De esta manera, es necesario considerar cómo las condiciones económicas, por sí solas, provocan un profundo desequilibrio en el hombre, que todavía guarda en su inconsciente "su obligación" de garantizar materialmente la reproducción de la familia. Así, queda arrinconado, sin más salida que reconocer el valor de una pareja que está en condiciones de ayudarle a enfrentar los nuevos retos de la realidad nacional. El imaginario colectivo revalora, entonces, el papel social de la mujer, confirmando la desvalorización del papel tradicional de la mujer, que en su rol de madre-esposa cuida la reproducción de la vida cotidiana recreada en el espacio privado. Este proceso puede ser explicado a través de una relación suma-cero donde, conforme la mujer gana terreno, el hombre lo pierde.

Con este planteamiento trato de señalar cómo el género masculino, en su imaginario, construye, a veces acpetando otras rechazando, la nueva identidad de la mujer mexicana. De este conflicto depende que el hombre también asuma un nuevo tipo de identidad masculina que acepte una relación equilibrada con la mujer, pues no se trata de un proceso simbólico impulsado conscientemente, sino de un proceso que es producto de un cambio cultural que no manipulamos racionalmente. En ese sentido, habrá de reconocerse que tal proceso se introyecta dolorosamente por el género masculino. El cambio, aunque vislumbra una relación que libera al propio hombre, se vive de manera contradictoria que, muchas veces, no hace coincidir un discurso "motheeerno" que proyecta a los géneros como una relación equilibrada, con la práctica cotidiana de las mismas mujeres, aún con alta calificación académica y con puestos en que ejercen el poder, donde aceptan jugar roles domésticos que corresponden a prácticas de núcleos tradicionales de la sociedad mexicana en los años sesentas. Las mujeres modernas, a veces, parecen jugar al regreso del pasado, para no herir la susceptibilidad de sus hombres que no parecen asumir una nueva relación con la mujer, en la que pierdan sus privilegios que le corresponden por pertenecer al género masculino.
La nueva mujer mexicana también vive el tránsito a la modernidad, como un proceso contradictorio que no necesariamente las realiza como individuos. Así lo suguiere Elsa Muñiz, al referirse al movimiento feminista contemporáneo:
"El ser feminista es el proceso de la construcción de identidad, la definimos como el momento de elaboración simbólica donde las mujeres subvierten una a una -y en diferente grado- las características de su femineidad. Se reconoce a las mujeres involucradas en este proceso una subjetividad en la que participan elementos de su identidad tradicional y de la nueva, actuando de manera contradictoria y haciéndose evidente en sus actitudes y comportamientos con los demás".[11]
En esa lógica, es posible advertir cómo, en todo caso, el cambio cultural que se registra a partir de una redefinición de las estructuras simbólicas con que los géneros se relacionan, adquiere un carácter lastimoso tanto para las mujeres como para los hombres. Se trata, entonces, de que los géneros se apropien del proceso del cambio cultural, de construir conscientemente una estructura simbólica que aligere el impacto cultural en las relaciones de los géneros, de generar una cultura que libere a la sociedad, y por tanto, a los hombres y mujeres que la conforman.
Este es el reto que se presenta cuando se intenta socialmente resolver el conflicto de la crisis en la identidad masculina [12].
"...no cabe la menor duda: compartir en el trabajo, en la mesa, en la vida cotidiana, con una mujer que critica, discute, pelea, piensa, no es una situación fácil para el hombre que, finalmente, también está determinado por la sociedad".[13]
Se trata de construir una nueva cultura que combata, en general, cualquier expresión de dominación-subordinación; de hacer hombres y mujeres libres que asuman responsablemente los cambios que vive la humanidad al finalizar el siglo XX; de una lucha en contra de las estructuras de poder que sitúan al hombre por encima de la mujer [14].
1 Cf. Agnes, Heller, "Existencialismo, alienación, posmodernismo: los movimientos culturales como vehículos de cambio en la configuración de la vida cotidiana" en Agnés Heller y Ferenc Féher , Políticas de la posmodernidad. Ensayos de crítica cultural, Península-Ideas, Barcelona, 1989.
2 Véase , por ejemplo, Elias, Norbert, Teoría del símbolo. Un ensayo de antropología cultural, Península-Ideas, Barcelona, 1994.
3 Harris, Marvin, La cultura norteamericana contemporánea. Una visión antropológica, Alianza Editorial, Madrid, 1992.
4 Bell, Daniel, Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza Universidad, Madrid, 1987.
5 Esto no quiere decir que hasta ese momento se advierta la presencia de la mujer dentro de actividades económicas remuneradas; es obvio que la mujer mexicana participa ahí desde los años del movimiento de independencia. El caso típico es el de la servidumbre, aunque dentro de la industria textil se reconoce su participación predominante desde el siglo pasado. De igual forma, podemos afirmar que en los servicios, como es el caso de la salud y la educación, la presencia femenina es un fenómeno clásico en la historia contemporánea de nuestro país. Más bien, cuando me refiero a la presencia progresiva de la mujer en la economía, pienso en áreas donde anteriormente no tenía incidencia o comienza a predominar su presencia, como es el caso de la asistencia administrativa y los trabajos secretariales en general, además, que se comienza a advertir su participación en actividades resguardadas socialmente para los varones.
6 V. Bartra, Roger, Las redes imaginarias del poder, Era, México, 1981. En este trabajo el autor entiende como imaginario colectivo, un conjunto de ideas acerca de la realidad que no necesariamente se estructuran como ideología dominante.
7 Me refiero a fenómenos generalizados que, tratándose de cultura, normalmente comienzan a tener aceptación en las clases medias y altas.
8 V. Lipovetsky, Gilles, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Anagrama, Barcelona, 1986.
9 Martínez V., Griselda, La mujer en el proceso de modernización en México, El Cotidiano, núm. 53, marzo-abril, 1993.
10 Vale aclarar que no se está suguiriendo que exista un equilibrio entre la presencia económica, política y social, de mujeres y hombres. Más aún, no alcanzo a vislumbrar tal equilibrio en el mediano plazo.
11 Muñiz, Elsa, El enigma de ser mujer: la búsqueda de las mujeres, UAM-A, México, 1994.
12 Ver por ejemplo, Badinter, Elizabeth, XY La identidad masculina, Alianza Editorial, Madrid, 1993. En este trabajo se revisan históricamente las crisis por las que ha atravesado la identidad masculina, puntualizando en los aspectos psico-sociogenéticos de la crisis masculina contemporánea.
13 Martínez V., Griselda, Liberación sexual y aborto, Topodrilo, núm. 19, septiembre-octubre, 1991.
14 Kaufman, Michael, Hombres. Placer, poder y cambio, CIPAF, Santo Domingo, 1989.