Rodolfo Tuirán
Profesor-investigador del Centro de Estudios Económicos y Demográficos de El Colegio de México.
Los enfoques más usuales de los estudios de la pobreza recalcan que ésta puede ser vista en términos tanto relativos como absolutos. En el primer caso, se la define en relación con otras situaciones y contextos sociales con los cuales es confrontada y diferenciada. Bajo esta perspectiva, puede decirse que la pobreza es relativa, como también lo son sus grados y heterogeneidad (que remiten a privaciones mayores o menores), pues se establecen por comparación.
Este enfoque debe ser complementado con el acercamiento a la pobreza vista en términos absolutos, que imprime otros matices a la relación pobreza/necesidades. Bajo esta perspectiva, hay una suerte de nucleo de necesidades absolutas que son irreductibles a determinadas comparaciones, tanto en términos contextuales -un país, una comunidad- como en términos de niveles, sean éstos de bienestar o de estilos de vida, ya que remiten a "la dignidad e igualdad esenciales del individuo considerado como ser humano" (UNESCO,1991:822), vinculando la cuestión de la necesidad con la de justicia y enmarcando el logro de su satisfacción en el ámbito de un campo de disputa. La pobreza absoluta alude, por lo tanto, a estados de carencia en los que se soslayan necesidades que todos, por compartir la calidad de seres humanos, tienen el derecho de satisfacer, razón por la cual no pueden ser relativizadas. En este sentido, lo que se subraya es la idea de la dignidad humana vinculada a necesidades universales y a la universalidad de los derechos que la garantizan.
La teoría de las capacidades y la formulación de la "trampa de la privación" constituyen vertientes de análisis que demostraron ser de utilidad para la definición de conceptos integradores de distintas dimensiones. Robert Chambers (1983), apunta que la llamada "trampa de la privación" es utilizada para referirse a un problema más amplio que la pobreza (véase Jusidman y Salles, 1994) y presenta cinco conjuntos de factores que se interrelacionan como una telaraña respecto de la cual resulta muy difícil escapar. Los conjuntos incluidos son: (a) la misma pobreza; (b) la debilidad física; (c) el aislamiento; (d) la vulnerabilidad; y, (e) la carencia de poder (powerlessness).
La pobreza se refiere a la insuficiencia de ingreso (flujos en dinero o en bienes) y de riqueza (disponibilidad de activos) y es un fuerte determinante de los otros conjuntos. La debilidad física se vincula con la falta de fuerza, desnutrición, salud deficiente, incapacidad física y una alta tasa de dependencia del grupo de pertenencia, lo que frecuentemente se asocia de forma directa con la pobreza. El aislamiento considera la lejanía física, la carencia de educación, la ignorancia y la falta de acceso a servicios e información. La vulnerabilidad se relaciona con tensión interna y externa y el peligro de volverse más pobre y carente de todo, mientras que la falta de poder significa la incapacidad y debilidad para enfrentar la explotación y las demandas de los poderosos.
Amartya Sen (1985) fue el pionero en la discusión sobre la noción de capacidades. Junto con otros autores señala que una persona es pobre si carece de los recursos para ser capaz de realizar un cierto mínimo de actividades. Al respecto, Meghnad Desai (1992) propone las siguientes capacidades como básicas y necesarias: (a) la capacidad de permanecer vivo/gozar de una vida larga; (b) la capacidad de asegurar la reproducción intergeneracional; (c) la capacidad de una vida saludable; (d) la capacidad de interacción social; y, (e) la capacidad de tener conocimiento y libertad de expresión y pensamiento.
Estas capacidades cubren lo esencial para permitir a una persona ser miembro de una comunidad social, económica y política. Para lograr que toda persona sea capaz de realizar esas actividades se requieren recursos tanto de ingreso privado, como de bienes y servicios públicos, de activos físicos, así como de capital. Estas capacidades podrían traducirse en derechos en varios ámbitos o en derechos de acceso (entitlements) a los recursos necesarios para adquirirlas.
Las tres primeras capacidades se relacionan con la salud y permiten asegurar que la persona esté viva y sana para trabajar, pero también hace referencia al derecho a reproducirse [1] . Estos derechos exigen garantizar cierto nivel de salud y de nutrición y la libertad y autonomía frente a presiones externas que buscan interferir en tales derechos. Para asegurar estas capacidades se requeriría un acceso garantizado a un mínimo de servicios de salud, así como un conocimiento de la función reproductiva tanto de los hombres como de las mujeres.
Las dos últimas capacidades se refieren a la vida social y política [2] . La capacidad de interacción social es negada por las prácticas discriminatorias entre las que se encuentran las de confinamiento femenino en el ámbito privado, enmarcadas en las asimetrías de género. También significa privación, la negación al derecho de participar en la vida política o de acceder a un flujo libre de información (Desai, 1992).
La pobreza vista a la luz de los determinantes de género conforma una nueva perspectiva que gana importancia en los noventas (Salles, 1994). Los estudios que se enmarcan en esta preocupación "examinan las diferencias de género en los resultados y procesos generadores de pobreza, enfocándose en particular en las experiencias de las mujeres y preguntándose si ellas forman un contingente desproporcionado y creciente de los pobres. Este énfasis implica una perspectiva que resalta dos formas de asimetrías que se intersectan: género y clase" (Kabeer, 1992:1).
Desde una perspectiva teórica, las autoras que se situan en esta óptica inquiren si las relaciones de género exacerban o neutralizan las desigualdades asociadas con la clase económica. Desde una perspectiva metodológica se cuestionan los supuestos convencionales en que se apoyan las medidas e indicadores de la pobreza. En particular se critica el supuesto de la naturaleza interna no diferenciada de los hogares que emerge en los trabajos que analizan la pobreza hogareña (Boserup, 1970; Sen, 1985; Kabeer, 1992; Blumerg, 1990; Salles y Tuirán, 1994)
En los trabajos examinados se enfatizan diferentes dimensiones consideradas útiles para estudiar la pobreza femenina a la luz de las asimetrías de género: i) la división sexual del trabajo; ii) la capacitación y especialización en el trabajo; iii) las recompensas del trabajo (salarios por ejemplo); y, iv) el acceso y utilización de recursos institucionales. En estas mismas investigaciones se identifican una serie de mecanismos de causación circular que reproducen y agudizan la pobreza de la mujer, entre los cuales se puede mencionar de manera destacada la transmisión intergeneracional de la situación de privación y vulnerabilidad [3].
Los estudios que constatan la existencia de desigualdades de género, particularmente los referidos al acceso y a la satisfacción de las necesidades básicas, permiten argumentar que "la pobreza femenina no puede ser comprendida bajo el mismo enfoque conceptual que el de la pobreza masculina" (Kabeer, 1992:17).
Generalmente, los indicadores de pobreza son captados con base en información de hogares, sin reconocer las diferencias extremadamente grandes que en esos ámbitos existen entre géneros y generaciones. Aunque sea usual y de utilidad captar y analizar esos indicadores, desde la perspectiva de género es necesario decodificar lo que pasa en los hogares, toda vez que estos espacios son ámbitos de convivencia de personas que guardan entre sí relaciones asimétricas enmarcadas en sistemas de autoridad interna. La experiencia derivada de los estudios de familia/hogar (Salles y Tuirán, 1994) sugiere la importancia de tener presente la naturaleza específica de la pobreza femenina, ya que ésta -al enmarcarse en la intersección de diferentes dimensiones- escapa a la mayoría de los indicadores disponibles [4] .
Un aspecto adicional tiene que ver con la existencia cada vez mayor de evidencias y datos de índole cualitativa (derivados de métodos tales como los sociodramas, las técnicas de los grupos focales, las entrevistas en profundidad, las historias de vida, las trayectorias biográficas, etc.) que constituyen una rica fuente de información para avanzar en la comprensión de aspectos rara vez considerados en los análisis convencionales sobre la pobreza. Dicha información permite, junto con los datos cuantitativos agregados, tener una visión más acabada e integral de este fenómeno. Así, es de crucial importancia combinar diferentes maneras de re-construir la realidad, buscando espacios de complementación analítica entre los índices y tipologías de pobreza construidos con base en datos agregados y las evidencias surgidas de la aplicación de metodologías cualitativas en diversas dimensiones.
A partir de estas consideraciones nos parece importante tener presente los siguientes aspectos:
En México contamos con un acervo importante de estudios sobre este tema. Algunos son de naturaleza histórica, relacionados con el carácter antiguo y persistente del problema, como el de González Navarro (1985); otros de aparición relativamente reciente se ocupan de la evolución de la pobreza en las últimas décadas (Lustig, 1990; Hernández Laos, 1990, 1991, 1992; Boltvinik, 1990, 1993; CEPAL, 1985, 1991); Levy, 1992; INEGI/CEPAL, 1993). Aunque la gran mayoría de las referencias disponibles no aborda específicamente las diferencias por género, dichas publicaciones tienen gran importancia para nuestros fines porque proporcionan la información básica que permite conocer la magnitud absoluta y relativa de la pobreza en el país, así como su distribución espacial, constituyendo la base sobre la cual se formulan las políticas públicas y las acciones de instituciones y actores no gubernamentales. Con base en algunos de los estudios disponibles es posible examinar las tendencias de largo plazo de la pobreza y la pobreza extrema en México:

a) Un estudio de COPLAMAR determinó el grado de marginación de las regiones y municipios del país en los años setenta, concluyendo que el fenómeno de la pobreza es eminentemente rural y afecta en mayor medida a los estados y regiones agrícolas e índigenas [5]. Dichas áreas se concentraban en el centro y sur del país, en tanto que el grueso de los municipios marginados se localizaba en las áreas rurales de los estados de Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Hidalgo, Puebla y Yucatán (COPLAMAR, 1982: 48-51). Más recientemente, un estudio del CONAPO (1993) reveló que la pobreza y la marginación siguen siendo un rasgo predominante de los estados y regiones indicados.
b) Utilizando fuentes de datos y procedimientos metodológicos relativamente comparables para diferentes momentos del período 1963-1988, Hernández-Laos (1991) sostiene que, en el ámbito nacional, la población mexicana en condiciones de pobreza se redujo significativamente en los años sesenta y setenta, pasando de 77.5% a 72.6% de la población entre 1963 y 1968 y de 58% a 48.5% entre 1977 y 1981. A pesar de los innegables avances logrados, su volumen absoluto se incrementó de 29.8 a 34.6 millones de personas entre 1963 y 1981. A lo largo de este período ocurrió un cambio gradual en la composición de la población en condiciones de pobreza: mientras que en la década de los sesenta la gran mayoría de esta población se encontraba en una situación de pobreza extrema, en los años setenta su peso relativo disminuyó de manera significativa. A lo largo del período considerado, la población del país en esa condición pasó de 70% a 56.7% entre 1963 y 1968 y de 34.0% a 26.1% por ciento entre 1977 y 1981. En términos absolutos, el número de personas en condiciones de pobreza extrema fue de 26.7 millones en 1963 y de cerca de 18.6 millones en 1981.
c) Con la irrupción de la crisis, la tendencia descrita no solo se vió frenada sino que incluso se revirtió: la evidencia disponible indica que entre 1981 y 1988 se registró un incremento en los niveles absolutos y relativos de pobreza y marginación. Según las cifras de Hernández-Laos, el porcentaje de la población en condiciones de pobreza pasó de 48.5% en 1981 a 58.5% en 1984 y a 59% en 1988, lo que significó que su número se incrementara en aproximadamente 14.2 millones de personas, al pasar de 34.6 a 48.8 millones entre 1981 y 1988. La población en condiciones de pobreza extrema también aumentó en los años ochenta: ésta pasó de 26.1% en 1981 a 29.9% en 1984, para finalmente observar hacia fines de la década una leve disminución en su participación relativa (28.2% en 1988). En términos absolutos, el número de personas en esa condición aumentó de 18.6 a 23.2 millones entre 1981 y 1988.
d) La línea de pobreza ha abarcado sistemáticamente en los últimos treinta años a aproximadamente 8 de cada 10 personas residentes de las áreas rurales del país (i.e., 82.6% de la población rural en 1963; 80.0% en 1977 y 79.1% en 1984). En términos absolutos, dicha población se incrementó de 14.9 millones en 1963 a 18.1 millones en 1984. A su vez, la incidencia de la pobreza en las áreas urbanas exhibió, en valores relativos, una disminución considerable entre 1963 y 1977, comprendiendo cerca de 73% de la población en el primer año y 45.6% en el segundo, aunque en 1984 la cifra se elevó a 49.6%. No obstante el comportamiento descrito, la población urbana en situación de pobreza aumentó -en términos absolutos- de 14.9 millones a 26.5 millones de personas entre 1963 y 1984. Las cifras apuntadas muestran que en 1963 alrededor de la mitad de población pobre pertenecía a las áreas rurales y la otra mitad a las areas urbanas. En las dos décadas siguientes se observa una tendencia que apunta hacia la "urbanización" de la pobreza. De hecho, en 1984 ya había más pobres en las ciudades que en las zonas rurales del país (Hernández Laos, 1991).
e) La pobreza extrema es proporcionalmente mayor en las áreas rurales que en las urbanas. Ésta tendió a disminuir en el campo durante los años sesentas y setentas, pasando de 72.8% en 1963 a 47.9% de la población rural en 1977. En términos absolutos, ello significó una reducción de aproximadamente 2.2 millones de personas (de 13.2 a 11 millones). Sin embargo, su incidencia se acrecentó durante los primeros años de la década de los ochenta (52.3% y 12.1 millones de personas). Por su parte, la pobreza extrema en el ámbito urbano del país ha observado una continua disminución, al pasar de 66.5% en 1963 a 26.1% en 1977 y a 20.1% en 1984. En valores absolutos, dicha población se redujo de 13.6 a 10.7 millones entre 1963 y 1984 (Hernández Laos, 1991).
En la literatura sociodemográfica latinoamericana se ha arguído con insistencia que los hogares tienden a ajustar sus estrategias de vida para hacer frente a fenómenos tales como el desempleo, la caída de los salarios y el ingreso familiar. En esa literatura se le asigna a dichas estrategias el potencial para contrarrestar o reducir el deterioro en los niveles de bienestar causado por la recesión y las políticas de ajuste y estabilización. Como señala Cornia (1987:128), "muchas de estas estrategias, por no decir la mayoría, no son nuevas, y muchos pobres las han adoptado a lo largo de toda la vida. Es evidente, sin embargo, que las familias recurrirán cada vez más a ellas en períodos de crisis económica generalizada". Bajo tales circunstancias, algunas de estas estrategias pueden llegar a jugar una función clave como mecanismo amortiguador del deterioro de las condiciones de vida.
La investigación en este campo ha logrado identificar y sistematizar las variadas respuestas de los hogares de escasos recursos para hacer frente al deterioro de sus condiciones de existencia. En este trabajo agrupamos dichas respuestas -como lo hace Cornia (1987)- en tres grandes categorías: (a) estrategias destinadas a la generación de recursos; (b) estrategias para mejorar la eficacia de los recursos existentes; y, (c) estrategias que inciden en la estructura, composición y organización de la familia.

Estrategias destinadas a la generación de recursos
Este tipo de estrategias tiene por objeto proteger el nivel de ingresos del hogar (en dinero y/o en especie) o, al menos, contener su descenso dentro de ciertos límites para poder satisfacer las necesidades esenciales de sus miembros (Cornia, 1987). Con este fin, puede ocurrir que los hogares -de acuerdo a su disponibilidad de recursos humanos, a la división sexual del trabajo imperante dentro de ellos y a la existencia de oportunidades remuneradas- busquen intensificar y/o diversificar la participación de sus miembros en la actividad económica.
En la literatura sobre el tema existe consenso en torno a la idea de que las unidades domésticas de bajos ingresos (rurales, urbanas y metropolitanas) colocaron en diversos momentos de la década de los ochenta a un mayor número de miembros en la actividad económica, principalmente mujeres y menores. Los estudios de caso realizados en algunas áreas urbanas del país han arribado a conclusiones semejantes. Dichos estudios han podido mostrar que los hogares de bajos ingresos, localizados en ciudades con una estructura productiva y ocupacional tan disímil como Oaxaca (Selby, et. al., 1990) Tijuana (De la Rosa, 1990), Guadalajara (González de la Rocha y Escobar, 1989; Velázquez y Arroyo, 1991) y la Ciudad de Mexico (INCO, 1989; Jusidman, 1989; De Lara, 1990; Tuirán, 1993) han encarado la crisis utilizando más intensivamente la fuerza de trabajo de que disponen.
Los datos derivados de una encuesta tipo panel -realizada por el Instituto Nacional del Consumidor (INCO) [6] en la Ciudad de México desde el año de 1985- han permitido observar con cierto nivel de detalle los cambios en el ingreso y el consumo de los hogares de sectores populares, así como las medidas adoptadas por dichas unidades para contrarrestar o amortiguar los efectos de la crisis. Con el objeto de explorar con mayor detenimiento la naturaleza y efectividad de las estrategias desplegadas por las unidades domésticas, en este trabajo describimos brevemente los resultados arrojados por esta encuesta [7].
El ingreso semanal promedio real de los jefes de hogares de sectores populares de la ciudad de México declinó de manera sistemática y generalizada a lo largo del período bajo observación. Las remuneraciones reales decrecientes y bajas de los jefes del hogar obligó a los hogares a utilizar de manera más eficiente los recursos humanos disponibles, observándose una tendencia ascendente en el número promedio de perceptores de ingreso y en los índices de utilización de la fuerza de trabajo (véase cuadro I). Dicho aumento se produjo primordialmente a través de la inserción de mujeres, jovenes y menores en ocupaciones con ingresos y condiciones de trabajo inestables. Como resultado de la creciente inserción de las mujeres en el ámbito laboral, su contribución al ingreso familiar se incrementó considerablemente. De hecho, el porcentaje de unidades domésticas en las que las "amas de casa" no realizaron contribución monetaria alguna disminuyó de manera significativa durante el período en observación, sobre todo en los estratos de menores ingresos.
Las características de los nuevos perceptores de ingreso -menores y adolescentes, mujeres casadas con hijos en edad preescolar, etc.- sugieren algunos posibles efectos perniciosos. Así, por ejemplo, la urgencia de obtener ingresos suplementarios en el hogar implicó una sobrecarga laboral para las mujeres. Muchas de ellas han debido combinar el tiempo dedicado al trabajo doméstico con modalidades diversas de participación en labores remuneradas. Más aún, su incorporación al mercado de trabajo formal o informal probablemente tendió a reducir -en ausencia de cuidado alternativo de carácter institucional o familiar- la atención prestada a los hijos, lo cual pudo tener graves implicaciones para la salud y el desarrollo de los menores (Al respecto, véase entre otros Trimberger y MacLean, 1982; Leslie, 1988; Gross, et. al., Fletcher, et. al., 1988).
Estrategias para mejorar la eficacia de los recursos existentes
De acuerdo con Cornia (1987:123), este tipo de estrategias tiene como finalidad contribuir a moderar el descenso de los niveles de consumo material y de bienestar familiar a raíz de una disminución generalizada de los recursos disponibles. Entre las numerosas estrategias que pueden ser agrupadas en este rubro cabe distinguir los cambios en los hábitos de compra, en las pautas dietéticas, así como en los hábitos de preparación de alimentos y en la distribución intra-familiar de los mismos.
La información disponible revela que los hogares se vieron en la necesidad de emprender un profundo proceso de reestructuración del gasto y a modificar sus hábitos de compra. Existen indicios que permiten sostener que dicha restructuración fue altamente diferenciada por regiones y estratos socioeconómicos. Al parecer, el consumo familiar fue defendido con cierto éxito en las entidades del norte, occidente y sureste de México, mientras que en el sur y en el centro del país sufrió un grave deterioro (De la Peña, 1990). Los sectores medios siguieron la estrategia de comprimir sus niveles de consumo, lo cual implicó la eliminación de algunos bienes y servicios de carácter prescindible. Conforme la situación de deterioro económico continuó agudizandose empezaron a manifestarse recortes en artículos básicos. Asimismo, algunos bienes tradicionalmente adquiridos en el mercado comenzaron a ser sustituidos por otros de manufactura doméstica. Entre los sectores de bajos ingresos la situación fue radicalmente distinta. En esos grupos, pocos son los gastos que podían ser recortados sin afectar en forma drástica el bienestar familiar.
Un estudio de seguimiento realizado en la ciudad de Guadalajara reveló que la clase trabajadora logró proteger con cierto exito el gasto promedio semanal dedicado a la alimentación. Sin embargo, disminuyeron de manera alarmante los gastos en educación y salud (González de la Rocha y Escobar, 1989). En contraste, en el área metropolitana de la Ciudad de México se observó una caída significativa y generalizada del gasto alimentario. Los diversos estratos tendieron a recomponer su consumo, procurando obtener lo más posible del gasto mediante la sustitución de productos caros por otros más baratos, advirtiéndose en particular la disminución de la porción del gasto alimentario dedicado a la compra de productos de origen animal y un aumento de los de origen vegetal (INCO, 1989; De Lara, 1990; Tuirán 1993) [8]. La crisis y el ajuste económico contribuyeron a empeorar la situación nutricional de la población que se halla por debajo o cerca del nivel de pobreza absoluta, dejando como saldo dietas aún más insuficientes y desequilibradas a las que ya prevalecían en esos sectores con anterioridad a la crisis (véase cuadro II).
Estrategias que afectan el tamaño y la estructura familiar
Este tipo de estrategias cambia el tamaño, composición y estructura del hogar para "aumentar su potencial de ingresos o modificar la relación entre necesidades y recursos" (Cornia, 1987:126). El tamaño de la unidad familiar va cambiando gradualmente a medida que ésta atraviesa por las distintas etapas de su ciclo de desarrollo. Sin embargo, como señalan González de la Rocha y Escobar (1989:715), los hogares también tienen "un cierto poder de manipulación del ciclo doméstico" [9] .
Algunos estudios en áreas urbanas de México han registrado cambios importantes en el tamaño, composición y estructura del hogar durante la crisis. Un estudio de seguimiento de unidades domésticas realizado entre 1982 y 1985 en la ciudad de Guadalajara detectó un aumento en el tamaño de los hogares. Dicho incremento se originó en el arribo de parientes -principalmente adultos- que se incorporaron en calidad de miembros capaces de generar ingresos adicionales o con la misión de cooperar con su trabajo en las tareas domésticas igualmente necesarias para la reproducción de los hogares. En ese período, los hogares se hicieron más complejos: en 1982, 80% de los hogares eran nucleares y 18.9% eran extensos y compuestos. Para 1985 las unidades nucleares disminuyeron a 74.7% y el segundo grupo ascendió a 24.2% (Gonzalez de la Rocha y Escobar, 1989). Chant (1988) y Selby, et. al. (1990) han observado un fenómeno semejante en las ciudades de Querétaro y Oaxaca, respectivamente.
En la ciudad de México, la encuesta del INCO revela que el tamaño promedio pasó de 5.8 a 6.2 personas por hogar entre junio de 1985 y febrero de 1988. En ese mismo lapso, los hogares de los estratos formal-medio-bajo e informal-medio mantuvieron más o menos constante el tamaño promedio del hogar, mientras que en los estratos formal-bajo, formal-medio e informal-bajo ocurrió un incremento bastante significativo (véase cuadro III) . En esos estratos, el aumento del tamaño promedio de los hogares ocurrió de manera concomitante con un aumento en el número medio de personas de 15-44 y/o 45-64 años de edad, lo que sugiere un mayor grado de complejidad en la estructura de esos hogares. Ello se ve confirmado por el incremento registrado en la proporción de unidades extensas con respecto al total. En la encuesta del INCO, este tipo de hogares representó tan sólo 17.8% de los hogares encuestados en el área metropolitana de la ciudad de México; sin embargo, en el segundo levantamiento se incrementó a 27.4%, 30.9% en el tercero, 32.7% en el cuarto, 34.6% en el quinto, para finalmente estabilizarse en 33.3% en el último levantamiento.
Las Transferencias de Ingreso
Puede decirse que las unidades domésticas se diferencian entre sí de acuerdo al origen de sus percepciones. La obtención de recursos para satisfacer las necesidades de los miembros del hogar puede provenir de diversas fuentes. Algunos hogares descansan principalmente en las remuneraciones al trabajo, en la renta de la propiedad o en las percepciones provenientes de un negocio propiedad de algún miembro del hogar. Otros dependen en mayor medida de las transferencias formales e informales de ingreso. Las transferencias informales remiten al funcionamiento de redes sociales de índole diversa (de parentesco, amistad, compadrazgo, vecindad, paisanaje, etc.) que proporcionan recursos para satisfacer las necesidades cotidianas de los hogares. Su importancia tiende a variar significativamente según el origen rural-urbano, la posición social o la composición sociodemográfica de los hogares. Un estudio reciente referido al caso mexicano demuestra, por ejemplo, que una proporción bastante significativa (alrededor de 30%) de los hogares encabezados por personas de 65 años y más dependen total o parcialmente de las transferencias informales de ingreso (Tuirán y Wong, 1993).
Las respuestas colectivas
Ciertas necesidades de la reproducción cotidiana de los hogares pertenecientes a los sectores populares urbanos son resueltas por un conjunto de acciones grupales emprendidas por los habitantes de los barrios. Entre sus múltiples expresiones podemos citar la existencia de ollas comunes, comedores autogestados, huertas comunitarias y el apoyo vecinal solidario. La aparición y persistencia en el tiempo de pequeños grupos de personas, en su mayoría mujeres, reunidas para encarar necesidades no satisfechas de índole doméstico-familiar (vrg. en materia de alimentación, salud, vivienda, etc.) surgieron en diversos países de América Latina en la década de los ochenta sea en forma autónoma, sea vinculadas a la Iglesia o incluso a organismos no gubernamentales. Dichas prácticas trascienden el ámbito estrictamente doméstico de la reproducción. Son de una naturaleza diferente a las prácticas familiares o de carácter individual y se expresan en una variedad de iniciativas que van desde las acciones grupales espontáneas de carácter reivindicativo y/o solidario hasta la constitución de organizaciones de base [10] . La importancia de este tipo de acciones para la reproducción social de los hogares de sectores populares ha sido puesta de relieve por un número importante de investigaciones realizadas en diversos países latinoamericanos (Barbieri y Oliveira, 1989; Cariola, 1992; Fernández, 1992).
No obstante la reconocida abundancia de estudios sobre la pobreza, persisten dificultades teóricas y metodológicas, implicadas tanto en la definición del fenómeno como en la utilización de instrumentos para aproximarse a la realidad de la pobreza. En esta línea, un aspecto que debe ser contemplado en la investigación futura tiene que ver con la producción de evidencias y datos de índole cualitativa (derivados de métodos tales como los sociodramas, las técnicas de los grupos focales, las entrevistas en profundidad, las historias de vida, las trayectorias biográficas, etc.) que permitan avanzar en la comprensión de aspectos rara vez considerados en los análisis convencionales sobre la pobreza. Dicha información permitirá, junto con los datos cuantitativos agregados, tener una visión más acabada e integral de este fenómeno. Consideramos que es de crucial importancia combinar diferentes maneras de re- construir la realidad, buscando espacios de complementación analítica entre los índices y tipologías de pobreza construidos con base en datos agregados y las evidencias que surgen de la intersección de diversas dimensiones y de la operación de métodos cualitativos.
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1 Los datos oficiales de pobreza en general se basan en requerimientos de subsistencia, particularmente en materia de alimentos. Esta medición atendería a una sola de las capacidades enunciadas: la de permanecer vivo.
2 Debe reconocerse que el énfasis en la educación también tiene implicaciones económicas.
3 Para México esta línea de trabajo apenas empieza a ser desarrollada. Véase por ejemplo Atkin y Alatorre (1992).
4 Esta postura no resta importancia a los estudios que parten del hogar como unidad de análisis. Debido a la relevancia de este tipo de estudios, dedicaremos más adelante un capítulo al tema.
5 El problema de la pobreza tiene particular incidencia en el campo, y en este contexto sobresale la miseria de los grupos indígenas. En los medios periodísticos, las referencias a la población indígena se hacen en un tono dramático y de denuncias, destacandose los graves síntomas de privación y marginación en que vive esta población.
6 Esta encuesta estuvo a cargo del Instituto Nacional de Consumidor (INCO), que a partir de 1985 emprendió el proyecto Seguimiento de la Situación Alimentaria y Ocupacional de la Población de Escasos Recursos en el Area Metropolitana de la Ciudad de México.
7 En este trabajo se utilizan los resultados correspondientes al primero de los cuatro paneles que han sido levantados hasta la fecha. Cada panel comprende seis levantamientos; al sexto levantamiento se considera agotado el panel y se le sustituye por otro.
8 Para evaluar los riesgos nutricionales derivados de la reducción del gasto alimentario y de la sustitución de productos de origen animal y vegetal durante el período de estudio, el INCO (1989) evaluó las implicaciones de los cambios en la cantidad y composición de los bienes per cápita adquiridos por los hogares de bajos ingresos, concluyendo que la reducción promedio en el aporte calórico-protéico de los alimentos consumidos no fue tan severa como lo fue la caída del gasto alimentario a lo largo del período de observación.
9 Los hogares pueden disminuir su tamaño y, en consecuencia, el gasto familiar, cediendo temporalmente a uno o más de los hijos menores a hogares de parientes acomodados, o bien enviando a sus jóvenes a obtener ingresos en otros mercados laborales (por ejemplo, en otras ciudades de la república o en Estados Unidos). Pero las unidades domésticas también pueden incorporar nuevos miembros para compartir los gastos cotidianos y/o incrementar el número de perceptores de ingreso. Asimismo, los hogares pueden aumentar la presión sobre los jóvenes en condiciones de aportar ingresos para que permanezcan mayor tiempo en la unidad, intentando retrasar el matrimonio de estos miembros o bien haciendo arreglos para que las parejas recién casadas, en lugar de formar hogares independientes, se integren a las unidades domésticas de origen (González de la Rocha y Escobar, 1989).
10 El nivel organizativo de los pobladores urbanos se va gestando en el proceso de formación y consolidación de los barrios. En gran medida, éste depende de la integración de los individuos a la comunidad y de sus concepciones acerca del cáracter colectivo de sus necesidades. El surgimiento de las acciones colectivas se ve facilitado por factores tales como la existencia de lazos de parentesco localizados en el mismo territorio o por vínculos que sus pobladores establecen al compartir representaciones ideológicas y culturales de pertenencia social y/o territorial. Como señala Feijoó (1982), vecinos que inicialmente fueron amigos, parientes o paisanos, en la medida en que ocupan el mismo espacio y enfrentan carencias similares, van gestando una memoria colectiva y, por ende, una identidad de grupo que se expresa en un conjunto de comportamientos colectivos.