A la par de la escuela, la fábrica y los hospitales, las prisiones fueron tejiendo en forma silenciosa pero efectiva las fibras internas del proyecto de construcción de la subjetividad de la sociedad moderna.
Elaborada con cimientos de disciplina y control, en cuyo interior residía el gran ojo vigilante, la prisión ha resistido el paso del tiempo y ha logrado mantenerse en pie aún cuando sus funciones vitales -la función ideológica y la función económica- demostraron reiteradas veces su fracaso.
La prisión se presenta como un espacio altamente restrictivo y ritualizado en el que cada uno de los movimientos de los sujetos allí encerrados es controlado, observado y clasificado. La extensión de la normatividad y del disciplinamiento hasta el más recóndito rincón dibujan la permanente presencia de un espacio abstracto que impone reglas, prohibiciones y límites que lentamente corroen los grados de libertad y autonomía del sujeto. Ese desgaste progresivo fue denominado atinadamente por E. Goffman como "profanaciones del yo".
Sin embargo, cabe también la sospecha de que por debajo de este espacio abstracto subyace una capa silenciosa que funciona bajo códigos y registros que escapan a la lógica disciplinaria.
En efecto, en este trabajo se propone explorar aquellos movimientos opacos -realizados por los propios sujetos encerrados- que logran fragmentar el espacio abstracto en una serie de sub-mundos, regidos por reglas y juegos diferentes a los institucionalmente establecidos.
Así, sondeando una prisión de mujeres sentenciadas se descubrirá que el espacio carcelario es también un espacio de invención y un terreno fértil para que allí se elaboren estrategias de resistencia y rebeldía a la lógica de la institución.

Antes de revisar esas acciones tácticas será necesario comprender cómo es el espacio abstracto de una cárcel de mujeres para el cumplimiento de la sentencia -Centro Femenil de Readaptación Social- en el Distrito Federal.
El espacio abstracto de la cárcel de
sentenciadas.
Una vez dictada la sentencia, la interna es trasladada del reclusorio preventivo -establecimiento en el que se
encontraba en calidad de "procesada"- a un centro de readaptación social para el cumplimiento de la condena.
En el Distrito Federal existe un sólo centro de readaptación social para mujeres delincuentes, que hace pocos años fue establecido en un edificio diferente al de la penitenciaría de Santa Marta Acatitla donde tradicionalmente se localizaba.
Antes de su traslado, el actual edificio funcionaba -desde la década del 70'- como Centro Médico y Hospital Psiquiátrico de los reclusorios de la Ciudad de México. Para reacondicionarlo como penitenciaría se le hicieron algunas modificaciones, especialmente para dotarlo de dormitorios y celdas donde anteriormente existían pabellones para internación.
Las administraciones que se sucedieron desde el traslado de este centro de readaptación se han encargado de equiparlo con diversos sistemas de seguridad y control (rejas en las puertas, alambres en los muros exteriores, cerramiento del área de dormitorios, étc.) para volverlo funcional a las nuevas necesidades.
El Centro Femenil de Readaptación Social está constituído por una Dirección y tres sub-direcciones (técnica, jurídica y administrativa) que se encuentran espacialmente separadas del área donde residen las mujeres sentenciadas. Estas tres sub-direcciones ejecutan funciones distintas orientadas a la administración de personal y recursos de la institución, a la organización y supervisión de las internas (actividades, terapias, funcionamiento del centro escolar), y al seguimiento de aquellas causas jurídicas que reúnen los requisitos para la obtención de una reducción en el tiempo de la condena.
Así mismo, en este centro de redaptación social funcionan un Centro Escolar y un CENDI (Centro de Desarrollo Infantil), localizados en la zona de tránsito de las internas.
En el Centro Escolar se imparten cursos de alfabetización, educación primaria y secundaria, y algunas carreras técnicas del Conalep. En el CENDI, por su parte, se provee educación inicial y pre-escolar a los hijos de las internas que viven en prisión conjuntamente con los hijos del personal que trabaja en la cárcel. (1)
La población de internas se encuentra clasificada en cinco dormitorios distintos de acuerdo a los resultados obtenidos en los test de perfiles de peligrosidad y personalidad. En los dormitorios uno y dos se encuentran las internas catalogadas como de peligrosidad alta y media, el dormitorio tres está constituído por internas de peligrosidad baja, en el dormitorio cuatro se agrupan las internas que tienen hijos en la prisión, las embarazadas y las ancianas. Existe otro dormitorio, un poco separado de los anteriores, destinado a las internas inimputables y psiquiátricas. (2)
La población de internas de este centro de readaptación social es variable por la salida o llegada de nuevas sentenciadas. En términos generales, la población de sentenciadas se encuentra cercana a las doscientas internas. De este total se estima que un 30% son reincidentes y que en su mayoría las internas provienen de estratos socio- económicos bajos y marginados. A continuación se presentan algunos datos de la población de sentenciadas.


Las resistencias silenciosas.
El largo tiempo de encierro y la necesidad de rearmar aquella cotidianidad que quedara trunca desde la prisión
preventiva son los principales móviles para efectuar la retraducción de este espacio abstracto en un espacio
experiencial. Así, las internas sentenciadas llevan adelante un conjunto de tácticas sofisticadas y variadas para
transformar el espacio normativo en un espacio cotidiano.
A diferencia de lo que ocurre en las cárceles de hombres donde las formas paradigmáticas de resistencia son las acciones violentas y visibles (motines, intentos de fuga, enfrentamiento directo entre grupos de internos), en el caso de las mujeres presas predominan aquellas formas de resistencia menos visibles, menos ruidosas y no tan violentas. Uno de los rasgos recurrentes de estas formas de resistencia es su carácter cotidiano: emerge en ámbitos cotidianos, se estructura en torno a demandas cotidianas y utiliza estrategias cotidianas, silenciosas, opacas.
Pero no por tratarse de resistencias cotidianas significa que sean insignificantes o poco importantes. Por el contrario, el carácter cotidiano de la rebeldía puede ser aún más desestabilizador para la institución que aquellas formas esperadas y abiertamente violentas de resistencia masculina. El hecho de que las acciones de las mujeres sentenciadas ocurran en el silencio del tiempo cotidiano hace que escapen generalmente al control de las autoridades, permitiendo de ese modo el reforzamiento de los espacios de autonomía y libertad al interior de la prisión.
Pero, ¿en qué consisten esas formas silenciosas de resistencia? Se trata de acciones tácticas porque se aprovechan de momentos imprevistos, de descuidos de la estrategia del poder para colarse y montarse en "el lugar del otro" (3) . Las tácticas son como un collage: amalgaman elementos heterogéneos que asumen la forma de una acción y de allí sacan partido para su jugada. La menor falla en el dispositivo de control es material fértil para que la táctica se introduzca y comience a trazar recorridos superpuestos e inasibles.
Estas resistencias silenciosas son, por otra parte, estilos de acción que están regidos por la lógica institucional pero que, paralelamente, logran introducir reglas y juegos diferentes que recrean el espacio normativizado de la prisión y lo transforman en un espacio diferencialmente apropiable. La gran mayoría de estas resistencias silenciosas consisten en operaciones de uso creativo de normas, espacios y recursos institucionales que son reapropiados por las internas y dotados de nuevas lógicas y sentidos. De esta forma se metamorfosea el orden institucional y funciona bajo otros códigos y registros.
En términos generales, el análisis de las resistencias silenciosas en la cárcel de sentenciadas ha permitido individualizar cuatro modalidades diferentes:
Uso diferencial de espacios institucionales
La cárcel de sentenciadas está conformada por "espacios oficiales" en los que se llevan a cabo las actividades
institucionales y en los que se ejerce un estricto control sobre los movimientos de las internas.
El tránsito por estos espacios está altamente ritualizado a través del registro en cada puerta de entrada que incluye el nombre de la interna, el dormitorio y la celda a la que pertenece, y los motivos por los cuales se quiere ingresar a otro espacio. Esta contabilidad minuciosa permite conocer la trayectoria y los recorridos de cada interna así como su localización en caso de ser requerida por alguna autoridad o dependencia de la institución. Así, estos espacios son transparentes, a pesar de la opacidad de las rejas y los muros.
Sin embargo, las astucias de las internas permite transformar -por momentos- estos espacios de vigilancia en "espacios libres" que se vivencian de manera sustancialmente distinta y que se encuentran regidos por reglas propias.
Algunas actividades institucionalmente programadas pueden ser reapropiadas de manera diferencial por las internas y constituirse en espacios útiles para la socialización de experiencias, de preocupaciones y depresiones, estableciéndose a partir de ello redes de solidaridad y apoyo mutuo entre las internas que participan de esa determinada actividad.
En otros casos, espacios que tienen un uso específico y a los que se les ha asignado un determinado horario funcionan en ocasiones bajo otros códigos. Tal es el caso de las canchas para la práctica de deportes. De acuerdo a la normatividad de la institución, estos espacios deben ser utilizados para el desarrollo físico y la recreación de las internas. Sin embargo, en ciertas ocasiones, las internas logran apropiarse de este espacio y hacerlo suyo en los momentos en que no hay actividades planeadas por la institución. Y funciona como un espacio de reunión, de grupalización y de intercambio de información.
Las internas experimentan allí un uso más libre del cuerpo y del lenguaje, que normalmente deben controlar cuando este espacio funciona como "espacio oficial". Allí descargan también las agresiones: corren, se empujan, se pegan. Es un espacio lúdico, de mayor libertad y de poco control.
Los dormitorios o, más precisamente, la parte de la estancia que le corresponde a cada interna (4) es también un espacio que se usa bajo otros códigos. Pero a diferencia de los espacios anteriores, en este caso el uso diferencial que se efectúa es de carácter individual. Allí, la autonomía que se adquiere es secreta y pocas veces compartida con las demás.
En la estancia se puede permanecer casi al margen del control, con excepción de los momentos de cateos (revisiones) y de pasar la lista. Es una suerte de refugio individual donde se puede leer, rezar o trabajar sin tener que estar cumpliendo requisitos impuestos por la institución como horarios, registros y explicación de motivos en el paso de un espacio a otro.
Las normas, la decoración y el equipamiento de la estancia son obra de la propia interna. En ese pequeño espacio quedan las huellas de una reapropiación diferencial: botellas, recipientes, material del centro escolar que se deja de utilizar, trozos de tela de ropa que ya no sirve y muchos otros materiales que la institución dá de baja son reutilizados por las internas para reelaborar sus espacios. Todo parece funcionar bajo otros códigos. Y por ello la decoración que las internas hacen de sus estancias son imágenes de "bricolage".

Formas de eludir la normatividad
En la cárcel de sentenciadas hay diferentes formas de burlar y eludir la normatividad. En muchos casos, las
largas sentencias son las mejores aliadas en la adquisición de competencias más especializadas para pasar por alto
las normas o para transgredir reglas institucionales. Estas competencias, como se señaló anteriormente, están
estrechamente vinculadas con las formas tácticas de operar.
El Reglamento de Reclusorios y Centros de Readaptación Social estipula el cumplimiento de cierta cantidad de horas de trabajo como requisito para acceder a los beneficios de remisión parcial de la pena. Pero en el funcionamiento práctico, la institución no siempre puede ofrecer a las internas fuentes de trabajo para canjear el tiempo trabajado por días de condena. Por otra parte, el hecho de trabajar no garantiza la obtención de beneficios porque hay otros factores que también se deben computar, y porque en el sistema de canje de trabajo por días de condena se cometen una serie de arbitrariedades.
Así, las sucesivas desilusiones por el desconocimiento institucional de las horas trabajadas o la no valoración de los esfuerzos realizados a la hora de contemplar las posibilidades de otorgar la preliberación, lleva a las internas a buscar una serie de tácticas para eludir lo establecido por la institución. En ese sentido, a veces se finge o se simula estar enferma o tener algún problema físico que no permite a la interna trabajar pero que con un certificado de discapacidad emitido por el servicio médico se siguen contabilizando las horas de trabajo y, con ello, se sigue cumpliendo con la pauta que fija la institución sin realmente adscribirse a ella.
Esta que parece ser una solución magistral necesita, en realidad, del desempeño de una gran astucia por parte de la mujer sentenciada para poder hacer creíble su indisposición para trabajar. Así, la interna debe manejar hábilmente sus discursos, sus gestos y la sintomatología de la enfermedad que dice padecer para poder ser admitida en servicio médico. Una vez que se logró pasar a servicio médico, es necesario que los médicos crean lo que la interna representa para que extiendan los mencionados certificados.
Esta situación que parece un poco difícil de creer no lo es tanto si se admite el hecho de que las internas han desarrollado, a lo largo de tanto tiempo de encierro, una increíble capacidad histriónica y de simulación. Incluso, se han logrado simular embarazos durante varios meses sin que los médicos, que practicaban las revisiones de rutina, hayan podido darse cuenta de que todo era un juego.
Hay que mencionar que no siempre se logra el resultado buscado por la interna pero que este tipo de operaciones menores tiene el valor de demostrar que existen "grados de libertad" y distanciamientos entre la institución y el sujeto. Y que en algunas ocasiones es posible burlar las normas desde las normas mismas, es decir, meterse en los laberintos del poder para elaborar una serie de prácticas de anti-disciplina que corroen discretamente los mecanismos.
Reapropiación diferencial de recursos
Hay un tercer grupo de resistencias menores ligadas no tanto a una reapropiación diferencial de espacios o de
reglas sino, específicamente, de recursos. Por detrás del uso de estos recursos hay una decodificación de prácticas y
de tácticas que dejan el rastro de un sujeto con capacidades para ejercer diferenciales de poder sobre la
institución.
Estas prácticas están bastante próximas a la idea goffmaniana de "ajustes secundarios", con la cual se definen aquellas formas de arreglo habitual mediante las cuales los miembros de una institución total alcanzan fines no autorizados o esquivan los supuestos implícitos (institucionales) sobre lo que debe hacerse y lo que se debe ser; es decir, son formas de apartarse del rol y del deber ser que la institución daba por supuestos (5) .
Son formas subrepticias de aprovecharse de la institución y de sacar ventaja de la situación de opresión a la que están expuestas las internas. Para poder comprender los procedimientos y los efectos de estas astucias se presentará a continuación un par de ejemplos.
Existen en el centro de readaptación social un número limitado de máquinas de escribir y computadoras que están destinadas al taller de mecanografía y a las prácticas de una de las carreras técnicas del Conalep que allí se imparten. Sin embargo, hay internas que no realizan ninguna de estas actividades pero que son usuarias de estos recursos. Son las internas que participan en el taller de literatura y que trabajan en las máquinas para elaborar sus "textos heréticos". Desde allí escriben prosas testimoniales sobre la situación de encierro, referidas a la violencia del momento del arresto o narran episodios de la memoria colectiva vinculados con rebeliones o huelgas de hambre que ocurrieron en la prisión unos años atrás.
En el taller de literatura se habla y se dice lo que en ningún otro rincón de la prisión de sentenciadas se puede siquiera esbozar. Allí se socializan las angustias y se toma conciencia, en forma grupal, de las vías para transformar la queja y las depresiones en juicio crítico.
La literatura es territorio de liberación y resistencia porque se logra problematizar lo natural, interpelar a las tecnologías mudas y poner nombres a los dispositivos anónimos.
Y todo ésto ocurre allí, junto a las otras actividades institucionales -como los talleres de peluche o de repostería, entre otros- que reproducen discursos estereotipados y lugares desvalorizados para la mujer; allí, donde el ojo vigilante cree que todo lo vé.
El trabajo que las internas realizan en la prisión es otra de las vías para ilustrar los modos de burlar la institución. Entre la carencia de fuentes de trabajo en la prisión y la rabia que produce trabajar para que finalmente nunca se reconozcan los esfuerzos de las internas, se abre una tercera alternativa: utilizar el trabajo con otros fines, lo que permite mostrarse como una "buena presa" y acumular horas trabajadas contabilizables para la preliberación.
Este es el caso de muchas internas que han pasado por sucesivas etapas de trabajo, desilusión por el no reconocimiento de las horas trabajadas, depresión y toma de conciencia de que dentro de la institución se puede trabajar para otros fines.
Así, aquellas internas que reciben visitas familiares utilizan este canal para que sus productos -tejidos, artesanías, manualidades- puedan ser vendidos fuera del espacio carcelario a un precio más elevado. Los ingresos que se obtienen por esta vía son destinados a la manutención de los hijos o a cubrir necesidades de las propias internas.
Formas ritualizadas de resistencia
Finalmente, existe un último tipo de resistencias silenciosas, más minúsculas aún que las anteriores, que
tienen una finalidad difusa e imperceptible. Se trata de las formas ritualizadas de resistencia que en sí mismas son
vacías pero que no por ello dejan de expresar artilugios de las internas para escurrirse de la lógica sistémica
expansiva.
La ironía y la queja son modos indirectos y no dirigidos a obtener un cambio efectivo de las condiciones institucionales pero que expresan ciertos movimientos de libertad al interior de la prisión. Generalmente, están acompañadas de un stock de gestualidades que salen a la luz en momentos de descuido o distracción de las autoridades. Son como un código secreto que tienen las internas y del que se valen cuando las palabras tienen menos poder que una risa burlona o que un gesto desafiante.
A pesar de que la queja tiene un bajo perfil de "peligrosidad" es, sin embargo, un modo sutil de resistencia. Muchas de las veces es un modo vacío porque no logra obtener nada, pero es útil para las internas porque permite administrar el malestar: la queja es una forma de dejar salir de a poco los sufrimientos y las frustraciones.
La queja que es totalmente descalificada por las autoridades representa un modo de "insubordinación ritual" que pone al descubierto uno de los puntos vulnerables de la institución: el no estar preparada para hacer frente a modos "femeninos" de resistencia.
La ironía, por su parte, es otra forma de resistencia vacía que deja escapar de manera sarcástica alguna crítica hacia la institución o hacia las autoridades.
El CENDI que es el lugar donde permanecen los hijos de las sentenciadas durante todo el día es llamado por las internas "el apandito", aludiendo irónicamente al apando o segregación de la que ellas son objeto en situaciones de intoxicación o indisciplina.
Es un "apandito" porque los niños permanecen allí desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde, y durante todo el día no pueden recibir visitas de sus madres.
Las formas de ironía están siempre presentes, algunas veces más visibles que otras. Se inscriben en las paredes de los pasillos o en los pizarrones que informan de las actividades institucionales.
En este centro de readaptación social, por ejemplo, es común que manos anónimas escriban frases o refranes en los que se deja entrever alguna crítica a las custodias, a las autoridades o a las mismas compañeras. Tal fue el caso de la frase que se escribió en un pizarrón del área de población y que decía "cuanto más conozco a los humanos, más quiero a los animales". Según algunas voces, esa frase estaba dirigida a la jefa de las custodias.
Conclusiones
El recorrido que se ha trazado hasta aquí puso en evidencia que al descentrar la mirada de las estructuras
normativas de la institución carcelaria emergen a la superficie territorios menores, en los que silenciosamente las
mujeres sentenciadas resisten y se oponen a la normatividad expansiva.
Al mismo tiempo, el análisis de las formas de resistencias silenciosas ha significado el reconocimiento de las potencialidades de acción y de las cuotas de poder con las que cuentan las mujeres encerradas aún en situaciones tan restrictivas como lo es la cárcel de sentenciadas.
Las acciones menores, como formas de resistencia predominantes, constituyen estilos tácticos de acción cuya eficacia reside en la capacidad de sustraerse a la mirada del ojo vigilante y de colarse por los intersticios de la maquinaria institucional.
El carácter cotidiano de estas resistencias encierra, precisamente, un potencial desestabilizador para la lógica carcelaria porque los mecanismos de control con los que ésta cuenta no están preparados para hacer frente a esas formas tan opacas como lo son la queja y la ironía.
Cabe señalar que las resistencias menores no siempre logran su cometido y que la mayoría de las veces sus triunfos se evaporan rápidamente, pero la sonrisa que causa la burla perdura por largo tiempo como una sensación de haber traspasado los límites de la obediencia. Porque cada una de estas acciones son formas de experimentar las fronteras del orden, son maneras de medir las franjas de libertad que todavía quedan en el espacio de la prisión de sentenciadas.
Notas
1 . Cabe mencionar que México es uno
de los pocos países que permite la estancia de los hijos de las internas en la cárcel, hasta la edad de seis años.
La institución está comprometida a brindar educación inicial y asistencia médica a los menores.
2 . Las inimputables son personas penalmente no responsables de su conducta. Las psiquiátricas, por su parte, son internas sentenciadas o procesadas que están en calidad de “depositadas”, cumpliendo un tratamiento médico. Una vez que son dadas de alta regresan al reclusorio preventivo (procesadas) o sus dormitorios anteriormente asignados (sentenciadas).
3 . De Certeau, Michel, L’invention du quotidien, Gallimard, París, 1990, p.62.
4 . La estancia es una sección del dormitorio que comparten varias internas. Cada una de ellas, a su vez, ocupa una pequeña porción de la estancia, en donde tiene la cama y sus pertenencias individuales. Las pequeñas porciones de la estancia pueden estar divididas, en algunos casos, con una cortina.
5 . Goffman, E. Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, Op. cit., p.190.