Ciencia, tecnología y sociedad en el siglo XX.

FRAGMENTO DE:Publicación original: "Ciencia-Tecnología-Cultura del siglo XX al XXI", en Medina, M. y Kwiatkowsnka, T. (eds.), Ciencia, Tecnología /Naturaleza, Cultura en el siglo XXI. Barcelona: Anthropos, 2000 


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Introducción

En el origen de las grandes divisiones

Las grandes divisiones filosóficas modernas

Ciencia, tecnología y sociedad en el siglo XX

La tradición prometeica de la concepción integrada de la cultura.

Ciencia, tecnología y cultura en el siglo XX.

Tecnociencia, naturaleza y cultura para el siglo XXI

A modo de conclusión

 En el primer tercio del siglo XX, se articularon los primeros estudios sociales e históricos de la ciencia, a partir de los planteamientos sociológicos desarrollados por Marx, Scheler y Mannheim en sus investigaciones sobre el conocimiento en general. Estudios como los de Fleck, Hessen o Zilsel [Rossi] formaron parte de un importante giro sociológico que se manifestó claramente en el II Congreso Internacional de Historia de la Ciencia de Londres, en 1931. Los nuevos planteamientos entendían la ciencia, fundamentalmente, como el resultado de interacciones sociales y su estudio se centró en los contextos sociológicos y económicos que configuraban su desarrollo. Con Merton se instaló como disciplina académica, en EE UU, una sociología de la ciencia que intentaba un compromiso entre los planteamientos más críticos de la tradición marxista y los más conservadores de Max Weber. El objeto de la investigación sociológica mertoniana se limitaba, sin embargo, a las normas, los sistemas de remuneración, los roles etc. que estructuraban socialmente las comunidades de los científicos, dejando de lado, como territorio de la filosofía, el estudio de cómo se producían los conocimientos propiamente científicos.

En el ámbito de la filosofía de la ciencia, el giro social permaneció prácticamente inoperante (debido, sobre todo, a sus connotaciones izquierdistas en el escenario de la guerra fría de la época) hasta que irrumpió La estructura de las revoluciones científicas en 1962. Para Kuhn, su autor, la ciencia no consistía en "la totalidad de las proposiciones verdaderas", ni estaba regida por principios lógicos y metodológicos inmutables, sino que representaba "una empresa social basada en un consenso organizado". Como el mismo Kuhn señalaba en el prefacio, su obra estaba en deuda con el estudio publicado por Fleck treinta años antes. Pero, de hecho, la reelaboración kuhniana supuso un impulso al giro sociológico de mucha más trascendencia filosófica que el estudio original.

En esta misma década de los 60, empezó a cristalizar en el contexto norteamericano de la guerra del Vietnam y de las crisis ecológicas, un cambio en la valoración de la ciencia y la tecnología. Este replanteamiento o giro valorativo venía a cuestionar algunos de los rasgos que la filosofía y la sociología ancladas en una rígida delimitación entre hechos y valores, atribuían a la ciencia, tales como la supuesta excelencia racional de los conocimientos científicos y de los procedimientos tecnológicos o la neutralidad valorativa (respecto a posicionamientos éticos o políticos) de la investigación científica y de sus resultados. Así surgieron los programas Science, Technology and Society (STS) en numerosas e importantes universidades norteamericanas. El mensaje de este movimiento académico insistía sobre los condicionamientos sociales y los trasfondos valorativos que regían el desarrollo científico y tecnológico y alertaba de los graves impactos que se estaban derivando para la sociedad y el medio ambiente. En vista de las consecuencias, en buena parte negativas, de muchas de las innovaciones científicas y tecnológicas, se reivindicaba la concienciación pública y el control social sobre las mismas.

En el entorno académico de los estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad se fueron estableciendo nuevas disciplinas sobre materias tradicionalmente marginadas, como la historia social y la filosofía de la tecnología. También se desarrollaron tratamientos sistemáticos de cuestiones éticas relacionadas con la ciencia y la tecnología que posteriormente dieron paso a éticas especializadas, como en el caso de la bioética. En el movimiento STS llegaron a integrarse una gran variedad de grupos y tendencias. Entre las mismas hay que señalar las procedentes de corrientes filosóficas o religiosas humanísticas, portadoras, en realidad, de las viejas separaciones interpretativas y valorativas entre el mundo humano de la cultura y el mundo no-humano de la tecnología. Destacan por su crítica militante en contra de la ciencia y la tecnología modernas, propugnando, en general, la restauración del primado de las humanidades y la supeditación efectiva de la ciencia y la tecnología a los valores filosófico-religiosos que ellas representan.

De signo menos crítico fueron los programas STPP (Science, Technology and Public Policy) y SEPP (Science, Engineering and Public Policy) que aparecieron, asimismo, en los años sesenta. Como su mismo nombre indica, estos programas constituyeron el inicio de un giro político, orientado hacia la gestión y la política de la ciencia y la tecnología. Ciencia y tecnología se concebían "como un recurso político y económico, como una institución enmarcada en una cultura económica, política y jurídica" [Nelkin, p. 51].

Junto con la gestión y la instrumentación política del desarrollo científico y tecnológico, surgieron otras especialidades afines como la evaluación de tecnologías, la evaluación de riesgos, el estudio de las transferencias tecnológicas o la economía de la innovación científica y tecnológica. Con una orientación socio-política parecida, aunque más dirigida a la investigación teórica que a la gestión práctica, se desarrollaron posteriormente estudios centrados en los contextos y condicionamientos socio-económicos y políticos de la ciencia y la tecnología, que "exploran el uso político de la pericia científica, el papel de la ciencia en los tribunales, los vínculos de la ciencia con poderosos grupos económicos y la relación entre la ciencia y las principales instituciones sociales como los medios de comunicación, la religión, el lugar de trabajo y los tribunales" [ibíd.].

Con todo y las radicales transformaciones que los anteriores giros fueron operando en la imagen de la ciencia y la tecnología del siglo XX, el cambio teóricamente más revolucionario se produjo en el último cuarto de siglo por una nueva vuelta de tuerca al giro sociológico. La investigación sociológica de la ciencia rechazó las delimitaciones mertonianas, para tomar como objeto propio de estudio empírico no ya la estructura social de las comunidades científicas, sino el mismo conocimiento científico y su producción específica. La nueva sociología del conocimiento científico abordó directamente, para escándalo de filósofos de la ciencia, la explicación causal del origen y el cambio de los hechos y las teorías científicas en base a intereses, fines, factores y negociaciones sociales. Sus tesis más características pueden resumirse en una concepción de la ciencia como resultado de procesos de construcción social.

Este giro sociológico-construccionista inició su andadura europea en la Science Studies Unit de la Universidad de Edimburgo, y encontró su primera articulación programática en el Strong Programme, formulado por David Bloor en 1976. El Programa Fuerte defendía una explicación sociológica de la naturaleza y el cambio del conocimiento científico que había de ser causal (especificaba los factores sociales determinantes), imparcial (la verdad o falsedad de los supuestos investigados era irrelevante), simétrica (podía aplicarse tanto a creencias verdaderas como falsas) y reflexiva (su aplicación incluía la sociología misma). En 1983, H. M. Collins formulaba con el nombre de Empirical Programme of Relativism un programa metodológico de carácter más operativo, en el que quedaban aún más claros los planteamientos abiertamente relativistas del construccionismo sociológico [González García, López Cerezo y Luján].

La idea de que la ciencia podía explicarse como cualquier otro tipo de creencias, junto con la realización de numerosos estudios de casos particulares donde se mostró la importancia de las influencias sociales y culturales, contribuyeron a apear definitivamente la ciencia de su pedestal supracultural, para tratarla, al igual que cualquier otro resultado de la práctica humana, como un producto socio-cultural. Esto atrajo a "historiadores y antropólogos hacia el estudio de la cultura de la ciencia y la tecnología contemporáneas. (...) Los antropólogos se acercaron al estudio de la ciencia mediante etnografías, biografías de científicos, análisis retóricos del discurso científico, comparaciones culturales cruzadas e investigaciones de las imágenes y representaciones populares de la ciencia" [Nelkin, p. 50] . De está forma, se establecieron en los años ochenta y noventa los llamados estudios culturales de la ciencia, con los que se consuma el que puede llamarse giro antropológico.

En su conjunto, los diversos giros reinterpretativos no se desarrollaron como secuencias históricas que se sucedían estrictamente unas a otras. Más bien, se fueron solapando y entrecruzando en el tiempo, componiendo, a veces, sus fuerzas y repeliéndose, otras veces, como contrarios, para dar paso a procesos de demarcación e institucionalización de nuevas disciplinas, programas y campos académicos. Dichos procesos han sido más o menos largos y han tenido mayor o menor éxito en distintos países. Pero, sin lugar a dudas, la dinámica de la totalidad de los giros, con su diversidad de direcciones y fuerzas, ha generado una impresionante espiral reinterpretativa que ha transformado radicalmente la imagen de la tecnociencia para el siglo XXI.

De hecho, cada uno de los giros ha ido configurando una concepción de la tecnociencia actual que equivale, de algún modo, a una reivindicación integradora de la complejidad frente a las grandes divisiones tradicionales entre ciencia, tecnología, sociedad y cultura. Al yuxtaponer los términos que dichas separaciones habían disociado, los mismos nombres de los nuevos programas y disciplinas indican que tratan de reunificar, en un complejo entramado cultural, lo que había sido separado analítica y académicamente.

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EL MUNDO / Domingo 26 de noviembre de 2000 / Número 56

 

 

romboEMPRESAS

Biotecnología, la economía del siglo XXI a la que le falta dinero
Los gestores demandan más inversiones en biotecnología, un sector en crecimiento y con muchas posibilidades. Reconocen que implica un alto riesgo y que solo rendirá a largo plazo

ELENA HITA

Dicen de ella que es la economía del siglo XXI, que en “el 2002 el 80% de las bioempresas serán viables. Supondrán la mayor fuente de beneficios”, asegura contundente, como científico que es y como gestor de Pictet Biotech Fund, Vincent Ossipow.
Su homóloga en ambas facetas del Chase Fleming Global Life Science Fund, Marjan Depour, da las cifras para constatarlo: el año pasado, las ventas mundiales del sector fueron de 55 billones de pesetas. Para el 2020, los ingresos serán de casi 500 billones de pesetas.
BSN Banif ha reunido a gestores europeos de fondos de inversión en biotecnología para hablar de este sector. Y todos a una, como en Fuenteovejuna, apuestan por ella, están convencidos de sus posibilidades y tratan de animar a los inversores para que sigan el ejemplo de EEUU. Desde hace una década cotizan las bioempresas norteamericanas y su boom bursátil llegó hace año y medio, cuando las grandes farmacéuticas comenzaron a comprarlas.
En Europa, el Reino Unido y el Medicon Valley, situado en los países nórdicos, son los que más están desarrollando este sector. El 70% de las bioempresas están en EEUU, el 20% en Europa y el resto son compañías norteamericanas ubicadas en otros países.
“Tecnología no es sólamente Internet. Hay que desarrollar más este sector, sobre todo a través de la biotecnología, donde nadie está invirtiendo y no entiendo por qué, cuando es un sector en crecimiento”, afirma Mark Heappey, consejero delegado de 3i Europe.
El principal escollo es la falta de paciencia, la de los ahorradores que no están dispuestos a invertir en una compañía cuya rentabilidad puede tardar unos diez años, que es el tiempo estimado de duración de una investigación, si es que llega a buen puerto. El riesgo es alto, como las posibilidades de enriquecerse en cao de éxito. Pero son muy pocas las bioempresas que llegan hasta el final, dice Roberto Ranera, director de 3i Europe en España.
Esta entidad de capital de inversión ha puesto sobre la mesa más de diez mil millones de pesetas en biotecnología, en compañías con investigaciones en varios compuestos y en fases avanzadas “que den una cierta garantía de éxito”.
Por los largos procesos en investigación y por la volatilidad de la nueva economía, los expertos recomiendan invertir a largo plazo.
BSN Banif aconseja ser selectivos, ya que no todas las aplicaciones del sector tienen las mismas expectativas. Hoy por hoy, las que tienen más visos de salir adelante son las que se centran en salud humana, especialmente las que investigan enfermedades cardiovasculares y cancerígenas, y medioambiente.
Los gestores apelan a la función social, eso sí, dando garantías. Hace cinco años, los pequeños accionistas compraban esperanza, un concepto científico sin validar, por lo que el perfil de riesgo no era muy alto. Hoy, esos conceptos han madurado y están en el mercado. En el camino hay cerca de 300 compuestos en la última fase clínica de ensayo. Las probabilidades de lograr el éxito alcanzan el 80%. Pero las ganancias no se verán hasta dentro de tres a cinco años. De ahí que ahora sea el momento de invertir.
No son muchos los fondos especializados en Europa en biotecnología y en el caso de España, menos. 3i Europe dice que la tecnología es muy pobre y Ascri (Asociación Española de Capital de Inversión), que no hay suficiente tamaño empresarial para hacer un fondo especializado.
El BBVA tiene un fondo especializado en el sector sanitario. El 20% de los activos corresponden a bioempresas, pero sólo el 3% son europeas. En lo que va de año, acumula una rentabilidad neta del 37,8% (ver gráfico). El perfil es agresivo, pero el riesgo no es muy alto. Según Juan Luis Martínez, gestor del BBVA Biofarma, “el carácter defensivo de los valores biotecnológicos contrarrestan la volatilidad de otros títulos”.
Poco a poco, los inversores empiezan a ver una diferenciación entre empresas tecnológicas y biotecnológicas. Mientras que las primeras, si caen arrastran a subsectores, las de biotecnología no, porque no dependen de terceros. .
Desde que en abril se creó el Chase Fleming Global Life Science Funds, ha crecido un 74%. De nuevo, la mayoría de los valores son norteamericanos. El 75% de los activos de Pictet Biotech Fund también proceden del otro lado del Atlántico. Este fondo luxemburgués cuenta con una rentabilidad acumulada del 89,8%.
Podría ser la excepción que confirme la regla, pero la realidad no deja dudas. GBS Finanzas y Fincorp Finanzas han creado Marco Polo Investments SCR, una sociedad de Capital Riesgo constituida para invertir en proyectos ya desarrollados de TMT (tecnología –incluida la biotecnología–, multimedia y telecomunicaciones). Fuentes de la entidad reconocen que hay poco invertido en biotecnología. De hecho, de los 120 proyectos en marcha, apenas el 3% procede de este sector. Sus participaciones serán pequeñas, no más de cinco millones de euros.
Los promotores participan con un 16%. Caja Madrid tiene un 10% y el resto, como Amper, Indra, Unión Fenosa y otras entidades bancarias, entre el cinco y el uno por ciento. Durantes los tres primeros años se invertirán 16.000 millones de pesetas, preferentemente en España.
Pero no sólo es una cuestión del sector privado, también del público. Los analistas españoles aplauden la iniciativa tomada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología para impulsar el sector con la concesión de créditos blandos a las sociedades de Capital Riesgo que inviertan en tecnología.


Alianzas farmacéuticas

Los próximos años van a ser muy movidos en el sector farmacéutico y biotecnológico. El desarrollo de este último y el progresivo aumento del número de bioempresas va a conllevar una nueva forma de hacer negocio.
Estas empresas, especialmente las norteamericanas, están a caballo entre las investigaciones de las universidades y la distribución farmacéutica. El futuro de las primeras pasa bien por convertirse en las terceras, o por aliarse con ellas. Esas alianzas estarían basadas en la concesión de licencias a varias biotecnológicas para desarrollar fármacos. Esto acelerará los procesos en investigación, dará flexibilidad al mercado y supondrá un ahorro de costes. Los expertos también auguran fusiones y adquisiciones.
Las farmacéuticas han tardado en darse cuenta de la importancia de invertir en I+D, y ahora, no pueden asumir esta competencia, ya que van a verse inmersas en una reducción de sus costes por la expiración de las patentes. Por eso, necesitan cada a las bioempresas.
Al mismo tiempo, las farmacéuticas, por su tamaño, no pueden sostener el gasto tecnológico necesario para desarrollar medicamentos.
Por ejemplo, si una empresa quiere crecer un 10% al año, debe lanzar al mercado tres fármacos. En la actualidad, tan solo sale uno y el desarrollo del mismo cuesta en torno a los 70.000 millones de pesetas, con un tiempo medio en investigación de diez años.
La industria sanitaria representa un 10% del mercado mundial, del que casi el 3% corresponde al sector de la biotecnología.

 

Gráficos
Fondos de inversión en biotecnología
Bioempresas Europeas en bolsa


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